36 Silas
TREINTA Y SEIS
SILAS
—Recordadme qué es lo que sabemos.— Me apoyo en la encimera de la cocina, sosteniendo contra mi pecho una taza rosa neón pintada a mano.
El vapor de mi café recién hecho sube, y el aroma a cardamomo y canela hace que se me haga la boca agua.
Durante los últimos días, he estado robando un poco de la mezcla de té chai latte de Evie y usándola como crema para el café.
Bane exhala, pasándose las manos por el pelo y dejándose caer en la silla de la mesa de la cocina. —Esta caja ha llegado hoy. Está llena de fotos Polaroid.
—Algunas de estas son normales. Como este árbol cualquiera, y luego un café con hielo, y un edificio de ladrillo al azar.
Esas podría haberlas hecho cualquiera en cualquier lugar.
Pero algunas de estas... —coge un montón diferente y me lo acerca—.
Estas son jodidas. Esta es la puerta del lugar donde solía trabajar antes de venir a Rosewood este verano.
Esta es esa caja de papelería que encontró en su cama el mes pasado y que juró que había tirado hace años.
—Lanza cada foto sobre la mesa a medida que las enumera—.
El mausoleo de la familia Carter en el cementerio de Rosewood.
El puesto del mercado agrícola donde compró mermelada con Hunter.
Entradas para Hamilton. El mismo ramo de flores que compró hace tres semanas para nuestra casa.
Nova lanza el montón de fotos sobre la isla de la cocina y apoya las manos en las caderas, con la cabeza gacha. —Esto no nos ayuda a averiguar quién es. Lo único que nos dice es que lleva mucho tiempo vigilándola.
—Había una invitación de graduación en una, lo que potencialmente nos da una cronología —añade Bane con voz apagada.
—Además de las tarjetas, ¿verdad? —Señalo con la barbilla el sobre de manila de tamaño carta que hay sobre la mesa—. ¿Hace cuánto creemos que empezaron a llegar?
Bane niega con la cabeza, tapándose la boca con la palma de la mano. —Años, joder. ¿Una década quizás?
Doy un sorbo a mi café, disfrutando del calor de las especias del chai. —Entonces, ¿qué sabemos sobre los acosadores de larga duración?
—Que son persistentes y pacientes —dice Evie desde el umbral, dándonos a todos un susto de muerte. Parece un maldito sueño erótico vestida con un conjunto de estar por casa de color morado pálido a juego.
—Cielo —dice Bane, poniéndose en pie—. Deberías estar descansando.
Ella ignora la preocupación de Bane con un gesto y se adentra en la cocina con una mirada decidida.
—No estoy herida, y en las últimas dos semanas he descansado más que en toda mi vida.
¿Queréis saber sobre acosadores a largo plazo?
Bueno, da la casualidad de que he visto unas cuantas series documentales muy informativas hace poco.
Nova cruza la cocina, le pasa el brazo por los hombros y la guía hasta la mesa, lejos de las fotos. —Está bien, encanto. Suéltalo. ¿Qué deberíamos estar buscando?
Evie saca una silla, orientándola de modo que quede frente a los tres. Se deja caer en ella, cruzando una de sus largas piernas sobre la otra.
Mi mirada se clava en toda esa piel suave y cremosa que queda a la vista. Es una distracción de cojones.
Se me hace la boca agua por volver a saborearla, y debo de ser el mayor de los imbéciles por calcular mentalmente cuánto tardaré en tenerla debajo de mí otra vez. O encima; de cualquier puta forma que pueda tenerla, en realidad.
Dejo que mi mirada la recorra lentamente, bebiéndome cada centímetro de ella. Cuando llego a sus ojos, mis hombros se sacuden por la sorpresa al descubrir que ella ya me estaba mirando. Un lado de su boca perfecta se curva hacia arriba, y sé que me ha pillado.
Me aclaro la garganta y escondo mis mejillas calientes tras la taza.
—Si partimos de la teoría de que la persona que envió la caja es la misma que envió esas tarjetas de cumpleaños en blanco.
Y la que me secuestró. Sabemos que es persistente.
Es obsesivo y manipulador, no le teme a la violencia.
—Se detiene mientras un escalofrío visible recorre su cuerpo—.
Es evidente que lleva mucho tiempo por aquí, lo que significa que es alguien que pasa desapercibido.
No he visto ningún rasgo distintivo, que es probablemente como consigue mezclarse.
Seguramente habré pasado por su lado cientos de veces sin saberlo.
—Joder, por lo que sabemos, todos hemos pasado por su lado sin darnos cuenta —dice Nova, con la mano en el respaldo de la silla de ella.
—Es solo que... —Asiente unas cuantas veces, mordiéndose el labio inferior y mirando al suelo.
—¿Qué pasa, Evie?
Se aclara la garganta, clavando su mirada en mí. —He revisado todo lo que tenemos y, por lo que puedo decir, lo más antiguo es de hace ocho años. El verano que me gradué.
Observo cómo la comprensión se refleja en su rostro, con los ojos muy abiertos por una mezcla de miedo y entendimiento. —Creo que tenemos que investigar aquel verano. Puede que haya algo que haya olvidado o pasado por alto.
—¿Quién puede recordar en qué restaurante cenó hace ocho años? —pregunta Nova, con incredulidad en su tono bajo.
—Yo. Recuerdo cada segundo de un día de hace ocho años —murmura Bane, con la mirada fija en Evie.
Ella gira la cabeza despacio y veo que algo pasa entre ellos.
Sus ojos se suavizan, sus labios se curvan en una pequeña sonrisa privada.
Hay una chispa de celos que me calienta la sangre ante su evidente conexión, y tengo que luchar contra el impulso de arremeter solo para que ella me preste atención.
Exhalo en silencio y doy otro sorbo de café para distraerme.
—Vale. Voy a llamar a Cora. Éramos casi inseparables aquel verano, así que quizá ella recuerde algo que yo haya olvidado —dice ella, poniéndose en pie.
Los ojos de Bane no se apartan de Evie mientras ella sale de la habitación, con la preocupación y el anhelo grabados en la línea firme de su boca.
—Aunque esa información es buena, no sé cómo nos va a ayudar a averiguar quién es este hijo de puta antes de que decida hacerle otra visitita a nuestra chica —dice Nova, sentándose en la silla de Evie.
Me trago el último resto de café y enjuago la taza, infundiendo calma en cada movimiento. Mientras me seco las manos en la toalla cubierta de labradoodles, me giro hacia Bane.
—Llama a Diesel y cóbrate otro favor.
Bane arquea las cejas. —¿En qué estás pensando?
—Tenemos que pedir prestada su experiencia y encontrar ese puto coche. Si encontramos el coche, encontramos al hombre.
—Y luego lo matamos —dice Nova con una especie de sonrisa feroz.
Las botas de Bane golpean las baldosas de la cocina mientras asiente y camina hacia el otro lado de la isla, apoyándose en ella. Pulsa un botón y deja el teléfono en medio de la isla sin decir palabra. Un timbre agudo llena el aire, aumentando la tensión.
—Bane —dice Diesel con una risa—. Tengo que decirte, tío, que me sorprende saber de ti tan pronto. Pensaba que estarías encerrado con la niñera al menos unas semanas más.
—Diesel —gruñe Bane—. Estás en manos libres con Silas y Nova.
Diesel se ríe. —Ah, ¿tengo a toda la familia? Joder, ahora sí que me siento especial.
Mi paciencia se agota con cada segundo que perdemos con charlas banales. Apoyo las manos en la isla y me inclino hacia el teléfono. —Necesitamos un favor.
—Eso os costará.
—Vale —respondo con brusquedad.
—¿Qué puedo hacer por los Reapers? —pregunta Diesel con aire casual.
Bane me mira y asiente hacia el teléfono. —¿Recuerdas esa situación que nos encontramos en la puerta hace unas semanas? Necesito que nos busques un coche.
Diesel se ríe, pero no hay nada desagradable en ello. —¿No tenéis a gente en nómina para esas mierdas? Quiero decir, aceptaré el favor, pero yo puedo hacer esa mierda durmiendo, tío.
—No es este tipo de mierda. Esto es... complicado. —Tengo cuidado de no revelar demasiado. No creo que nos estén pinchando, pero siento que ya no sé nada de nada.
La risa de Diesel se apaga. —Está bien, os escucho.
Bane se aclara la garganta y mi adrenalina se dispara como si estuviera a punto de correr una media maratón o algo parecido en lugar de estar aquí parado en medio de la cocina de Evie.
—Buscamos un coche. Se estrelló en una cuneta al lado de un campo de maíz —dice Bane, pasándose la palma de la mano por la cara y soltando un largo suspiro—. No sabemos si se informó del accidente, pero habría ocurrido hace aproximadamente dos semanas.
Diesel chasca la lengua. —Un momento muy curioso. Así que esto tiene algo que ver con vuestra niñera, ¿eh?
Nova estira el cuello de un lado a otro y entrecierra los ojos mirando el teléfono. —Revisa los desguaces cercanos, chatarrerías, depósitos municipales... todo. Y sé discreto.
—De acuerdo. ¿Ubicación? —pregunta Diesel.
Bane niega con la cabeza. —No tenemos ninguna. Yo diría que a un día de viaje desde Rosewood en todas direcciones.
Diesel silba por lo bajo. —Joder, tío. No me lo pongáis fácil, ¿eh? Supongo que no tenéis matrícula para mí.
—Qué va, tío. Sin matrícula. Pero el conductor medía uno ochenta o así, rubio oscuro, blanco, un psicópata total —continúa Bane.
Diesel se ríe. —¿Ahora "psicópata" es un rasgo físico?
—Sabes que lo es. Tienen esa mirada, ¿sabes? Sus expedientes suelen estar jodidos también.
—Qué razón tienes. Está bien. Os llamaré cuando encuentre algo.
La llamada termina y los tres nos miramos, con una especie de frágil entendimiento pasando entre nosotros. La gratitud suaviza los bordes duros de mi alma mientras miro a los dos hombres en los que confío mi vida.
Y lo que es más importante, los dos hombres en los que confío la vida de ella.