37 Evangeline
TREINTA Y SIETE
EVANGELINE
—Sigo sin creer que te vayas a quedar aquí sentado viendo esto conmigo. Y con palomitas además —reflexiono, llevándome unos cuantos granos de maíz a la boca.
Lincoln sonríe, dejando caer el brazo sobre el respaldo del sofá. Sus dedos juguetean con las puntas de mi pelo. —No es un viaje a Disney, pero he pensado que te vendría bien algo divertido para distraerte.
Mi sonrisa decae un poco ante el recordatorio.
Han pasado dos días desde que encontramos la caja de las Polaroids.
No estamos más cerca de averiguar quién está detrás de todo, y por muchas veces que intento recordar algo fuera de lo común de aquel verano, no saco nada en claro.
Incluso le he dado vueltas al asunto con Cora unas cuantas veces, pero las dos estamos en blanco.
Es agotador intentar pescar entre los recuerdos, pero es casi imposible tratar de encontrar algo que razonablemente me pareciera intrascendente en aquel momento. Es un dilema y una paradoja.
—Bueno, agradezco la distracción de todos modos. No quiero pensar en todo eso hasta mañana. Y puede que ni siquiera entonces.
—Ignorarlo no hará que desaparezca, cielo.
Ruedo la cabeza por el cojín para mirarlo. —Lo sé. Pero por esta noche, aquí dentro contigo, voy a fingir que no existe... que él no existe.
Sus dedos se enredan en mi pelo, tirando suavemente. —Aquí dentro, solo somos tú y yo, ¿vale?
—Sí, me gusta eso —susurro, un poco distraída.
No puedo evitarlo cuando me mira así. Me vienen a la cabeza todo tipo de cosas que podríamos hacer los dos en lugar de ver una película de vampiros brillantes.
Me aclaro la garganta y me centro en la pantalla mientras empiezan los títulos de crédito. —¿Quién es tu personaje favorito?
—Pese al hecho de que no podías caminar tres metros sin topar con esta franquicia, la verdad es que nunca la he visto. Durante años, era lo único de lo que hablaba todo el mundo, así que creo que me hice una idea de qué iba de todos modos.
Sonrío con otro puñado de palomitas en la boca. —Qué va, no puedes entender el fenómeno fan si nunca estuviste dentro. Yo me moría por tener un póster de Edward en mi habitación, pero mi madre nunca me dejó colgar nada en las paredes. Así que lo pegué con celo por dentro del armario.
Él se ríe entre dientes. —¿Pasaste mucho tiempo en el armario, entonces?
—No, la verdad es que no. Solo duró unos días antes de que alguien me delatara. Llegué a casa del colegio y ya no estaba.
Lincoln tira de las puntas de mi pelo y lo miro. —Lo siento, cielo.
Me encojo de hombros. —Solo es un póster. Además, ahora podría empapelar toda la planta baja con objetos de la franquicia si quisiera.
Él sonríe, aunque con un toque de pena. —Podrías.
Empieza la primera escena y me acerco más a él. Me ha preparado mi propio cuenco de palomitas, pero simplemente me gusta estar a su lado. Además, soy plenamente consciente de que tenemos la casa para nosotros solos por primera vez en... ni siquiera sé cuánto tiempo.
Nova está en su estudio, trabajando hasta tarde esta noche para ponerse al día con unos pedidos. Y Silas está fuera haciendo lo que sea que haga Silas. Sinceramente, no lo sé. Ha mencionado algo de unos recados y del sheriff, aunque se ha apresurado a asegurarme que todo estaba bien.
—¡Ah, mira! Esta es una de mis partes favoritas. Es muy cursi, pero me sigue encantando. Es nostálgico, ¿sabes? Y aún recuerdo lo fuerte que suspiraba cuando vi estas películas por primera vez.
Una dulce nostalgia me envuelve como una manta cálida en una fría noche de invierno. Es una emoción tan complicada, en la que se entrelazan hilos de felicidad y de tristeza.
—¿Te leíste los libros?
Lo miro de reojo, con las cejas fruncidas. —Claro que sí. Todo el mundo sabe que los libros siempre son mejores que las películas, Lincoln —me mofo en broma y vuelvo a mirar a la tele.
—¿Te he dicho alguna vez cuánto me gusta cómo suena mi nombre en tus labios? —murmura, más cerca de mí que un segundo antes.
Una pequeña sonrisa asoma a mis labios mientras vuelvo a prestarle atención. —¿Ah, sí?
Él sonríe, presionando suavemente sus labios contra los míos. No es un beso, todavía no. —Sí, cielo.
Me acerco más a él, con una sonrisa pícara extendiéndose por mi rostro. —Vale, Lincoln.
Y entonces doy yo el primer paso, trazando con mi lengua su labio inferior. Él responde de inmediato, entreabriendo los labios y deslizando su lengua contra la mía. Es un beso juguetón, pero la conexión entre nosotros es innegable.
Demasiado pronto, el beso se vuelve más profundo. Sus manos empiezan a vagar, deslizándose por la curva de mi cadera mientras yo me aferro a la tela de su camiseta. La película pasa a un segundo plano y todo lo demás desaparece, excepto él.
El tiempo parece detenerse mientras exploramos la boca del otro, saboreando el gusto de nuestro deseo mutuo.
—Pensaba que querías ver la película —murmura, con los labios recorriéndome la mandíbula.
—He cambiado de opinión. Prefiero hacer esto —me escurro del sofá y me coloco de pie entre sus piernas con las manos sobre sus rodillas. Deslizo las palmas por sus muslos, maravillada por lo grandes que tiene los músculos de las piernas.
Dios, ¿desde cuándo me parecen atractivos los músculos de los muslos de un hombre?
Lo miro por debajo de las pestañas, mordiéndome el labio al ver que su mirada hambrienta ya está clavada en mí.
Está tan atractivo, con los ojos oscurecidos y los labios rosados por mi beso.
Hay una sensación de posesión dentro de mí, una pequeña criatura que solo sale a jugar cuando se trata de los hombres St. James.
Y Lincoln la está alimentando ahora con las piernas bien abiertas en esa postura tan masculina y sexy, el pelo revuelto y los labios hinchados por los besos.
—Maldita sea —susurro, pasando los pulgares por la costura de sus vaqueros en la parte interna de los muslos. Mi pulgar derecho roza su miembro endurecido y una oleada de deseo me inunda. Se me hace la boca agua al pensar que voy a poder explorarlo.
Me tiemblan los dedos mientras le desabotono los vaqueros y agarro el metal de la cremallera, bajándola despacio y revelando su bóxer negro. Acaricio su erección con la punta del dedo, con un toque ligero como una pluma a través de la tela.
Me deleito con la visión de sus ojos oscureciéndose mientras su mirada sigue pegada a mi mano. Su pecho sube y baja rápidamente, como si se estuviera conteniendo y dejando que me tomara mi tiempo.
Eso solo hace que quiera recompensarlo por su paciencia.
Me acerco más, inclinándome hacia su boca mientras lo acaricio por encima del pantalón. —Necesito tu ayuda, Lincoln.
—Lo que quieras, cielo.
Susurro con mis labios pegados a los suyos, mordisqueando la comisura de su boca. —Tus vaqueros están demasiado apretados, Lincoln.
—¿Estás intentando decirme algo, eh? —Una media sonrisa asoma a su boca antes de incorporarse ligeramente en el sofá.
Mis dedos se cuelan con ansia dentro de sus pantalones. En cuanto mi mano rodea su miembro, oigo cómo un gemido bajo y gutural escapa de sus labios.
Lo saco fuera, ansiosa por ver la expresión de su rostro mientras lo acaricio despacio. Tiene los ojos oscuros de deseo mientras su mirada viaja de mi mano envuelta en su pene a mis ojos y de nuevo hacia abajo. Observa mi mano moverse arriba y abajo y se muerde el labio.
—Ya estás tan duro, Lincoln —susurro.
Su miembro es grueso y largo, y por un momento me entra el pánico ante la idea de meter todo eso en mi boca. Pero voy a poner todo mi empeño y usaré la mano para compensar el resto.
El glande está enrojecido y reluciente por el líquido preseminal; una gota resbala por la parte inferior. Me inclino y paso la lengua por toda su longitud, saboreando el dulzor salado de su excitación.
—Joder, cielo —gruñe, con ese sonido retumbante en el pecho—. Tu boca se siente jodidamente bien.
Aplano la lengua y la muevo en círculos alrededor de la punta. Su cuerpo se estremece bajo el mío y veo que tiene los puños apretados a los lados, como si se estuviera conteniendo.
Con la mano libre, agarro uno de sus puños y coloco su mano en mi nuca. Entrelaza sus dedos en mi pelo, pero sin aplicar demasiada presión. Me lo meto profundamente en la garganta, con una ligera arcada al llegar más lejos de lo que he llegado nunca.
—Muy bien, cielo, ya te has divertido —dice Bane con la respiración entrecortada—. Pero si no paras, voy a correrme en tu preciosa garganta.
Dejo que su miembro se me escape de la boca con un chasquido. Sonrío incluso mientras sigo acariciándolo. —Perfecto, de eso se trata.
Él suelta una risa oscura, con una sonrisa pícara ensombreciéndole el rostro. —Tengo una idea mejor, cielo. Súbete, que vamos a corrernos juntos.
Me levanto y me hundo en su regazo, agradeciendo a mi yo del pasado haber elegido ponerme un vestido hoy.
—Deja que te cuide yo a ti primero —murmura, bajando los labios por mi cuello y deslizando los dedos bajo mis bragas—. Dios, cielo, ¿es todo esto para mí? —dice mientras juguetea con mi excitación.
Hunde dos dedos dentro de mí y yo aprieto el agarre sobre su pene por acto reflejo. Él emite un sonido a medio camino entre un gruñido y un gemido, flexionando las caderas. Así que lo hago de nuevo, una y otra vez.
—Joder, cielo. Eso es demasiado bueno. —Me agarra con las palmas de las manos por la cintura, acercándome hacia delante hasta que quedo suspendida sobre él.
Le sostengo la mirada mientras me bajo despacio, torturándonos a ambos con el placer. Nuestros gemidos se mezclan en el aire, creando una sinfonía de deseo. Cada movimiento envía chispas de electricidad bailando por mi cuerpo, que vibra expectante por lo que está por venir.
En este momento, nada más existe excepto nosotros, perdidos en la pura dicha del otro.