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TREINTA Y CUATRO
NOVA
Suspiro y cargo con las cuatro bolsas que Evangeline insistió en que trajéramos hoy.
Para ser justos, una de las bolsas es solo una nevera portátil flexible.
Ha metido comida y aperitivos suficientes para que nos duren días, mucho más de lo que necesitamos para pasar una simple tarde con mi sobrino.
Pero parece que ese es el tema recurrente hoy: el exceso de equipaje.
¿Creo que realmente va a usar todo lo que hay en esas tres bolsas?
Probablemente no, pero conociéndola, intentará condensar toda la diversión posible para Hunter en las pocas horas que tenemos con él.
Y si prepararse y llevar trastos de más hace que se sienta mejor, por mí perfecto.
Solo Dios sabe que todos hemos hecho nuestra buena dosis de mierdas raras para sobrellevar las cosas.
—Anda, hijo, deja que coja una de esas —dice mi madre, bajando con parsimonia el escalón, que casualmente no es de madera.
—Ya las llevo yo, mamá. Tú quédate ahí, sí. Seguro que estás cansada de andar detrás de Hunter tú sola toda la semana. —Me recoloco la cuarta bolsa al hombro; las correas no dejan de resbalarse.
Suelta una risita, pero suena forzada. —Bueno, la verdad es que me mantiene activa. Pero puede que necesite unas pequeñas vacaciones cuando volvamos a casa. Hablando de eso, ¿tienes alguna idea de cuándo será?
Me detengo junto a ella al pie de la escalera y niego con la cabeza. —Estamos haciendo todo lo que podemos, mamá. Pero… —me interrumpo, chasqueando la lengua y mirando hacia el bosque circundante— es como si se los hubiera tragado la tierra.
—¿A qué te refieres con que han desaparecido? ¿Los Hell Hounds y los Savage Souls se han esfumado así como así? ¿No son buenas noticias?
Fijo la vista en ella, buscando en vano alguna señal de que sea biológicamente mi madre.
Pero sigue teniendo el mismo aspecto de siempre.
Los mismos ojos amables que pueden transformarse en una mirada fulminante en un segundo.
El mismo peinado con volumen y el mismo color que lleva usando desde que tengo uso de razón.
La misma personalidad feroz que no se detiene ante nada para proteger a su familia.
La rabia no va a desaparecer de la noche a la mañana, ni siquiera en un mes.
Pero es algo con lo que puedo llegar a hacer las paces.
—Bueno, he encontrado a unas cuantas ratas escondidas, pero nos faltan los peces gordos. Y eso, eso nos pone nerviosos. Lo siento, mamá, pero no es seguro que vuelvas a casa hasta que lo solucionemos.
Ella asiente, con una sonrisa suave asomando en las comisuras. —Lo entiendo. Estamos más que bien quedándonos aquí todo el tiempo que sea necesario. ¿Cómo estás tú, cielo? ¿Cómo está nuestra chica, eh? —Señala con la barbilla hacia la casa, desde donde me llegan las risas de Hunter y Evangeline.
Miro hacia la oscura puerta de tela metálica, intentando articular cómo creo que se encuentra.
—Está bien. Están pasando cosas con su familia.
Su madre es de lo que no hay. Silas me dijo que lo oyó todo el otro día.
No te lo creerías, mamá, entró allí como si la casa fuera suya.
Trajo hasta a un par de decoradores y todo.
Y esa hermana de mierda también. —Hago una mueca en cuanto las palabras salen de mi boca y mi mirada se desvía hacia la puerta abierta—.
Mierda. No quiero hablar mal de la hermana de mi chica, pero, mamá, si uno de mis hermanos hiciera algo parecido a lo que hizo ella, estaría en el fondo de Whispering Pines antes del mediodía.
Se ríe, y las patas de gallo junto a sus ojos se acentúan. —Ay, Asher. Te he echado de menos, hijo.
Siento que se me calienta la nuca y cambio el peso de un pie a otro.
—Ya, bueno, va a llevar algo de tiempo, ¿sabes?
Lógicamente, sé que nada ha cambiado de verdad, pero tengo este órgano raro dentro del pecho que se ha reactivado y demás por culpa de cierta morena.
Así que esas cosas tardan un poco más en asimilarse. Pero lo estoy gestionando, ¿vale?
Asiente despacio, con las lágrimas asomando en el párpado inferior. —¿Se lo has dicho ya? —pregunta en voz baja.
—No, no he encontrado el momento adecuado. ¿Qué voy a decirles? «Sorpresa, pensabais que éramos primos, pero resulta que somos hermanastros porque vuestra madre se tiró a mi padre y luego me dejó en la puerta de mi madre».
—Bueno, esa es la verdad —murmura ella.
—Sí, bueno, sigo cabreado porque Silas no me contara la verdad. O porque el puto Bane no me dijera que era mi maldito hermano. —Las palabras salen como un gruñido bajo, cargadas de rabia.
Mi madre chasca la lengua con suavidad. —Ay, cielo, no creo que Lincoln lo supiera nunca.
Le lanzo una mirada afilada, escudriñando su rostro. —¿Estás segura?
Tiene las cejas fruncidas y los labios apretados.
—Nunca me ha dado ni la más mínima indicación a mí ni a nadie de que lo sepa.
Y creo que ya lo habría hecho a estas alturas.
Sé que os habéis criado juntos, prácticamente como hermanos, pero a Lincoln…
—hace una pausa y niega con la cabeza varias veces— a él le tocó una mano de cartas muy mala con sus padres. No se portaron bien con él.
Nunca me había parado a pensarlo mucho, pero no le falta razón.
Bane se pasaba muchísimo tiempo en nuestra casa cuando éramos pequeños.
Yo solía pensar que era solo cosa del club, salvo por el hecho de que los otros hijos del club no tenían sus propias habitaciones en nuestra casa.
En un momento dado, recuerdo haber pensado que estaba allí todo el tiempo porque era nuestro primo, pero ni siquiera eso explicaba por qué se mudó con nosotros durante la primaria.
—Sí, supongo. —Respiro hondo; el peso de esta revelación todavía se está asentando.
—¿Y el complejo? ¿Funciona todo bien? He estado pensando en Helen y sus chicas. Muchas de ellas no tienen una residencia permanente y no me parece bien echarlas para alejarlas del peligro cuando dejarlas en la calle podría ser perfectamente su perdición.
Me recoloco la correa de la bolsa que insiste en resbalarseme del hombro. —Por lo que sé, siguen en el complejo y están bien. Pero Bane ha estado por el club más que yo.
—¿Te mantiene ocupado el trabajo, hijo? —pregunta.
—Tengo un par de encargos personalizados en los que estoy trabajando a la vez para cumplir los plazos. Además, mis actividades extraescolares me tienen bastante liado.
Me mira con astucia, recorriéndome la cara con la vista. —Espero por tu bien que estés teniendo cuidado. Especialmente si esos capullos nos están acechando. Solo hace falta un único momento de oportunidad y estarás jodido. —Recalca lo que dice con un chasquido de dedos.
Hago un esfuerzo por no poner los ojos en blanco. —Soy papel de burbujas, mamá. Estoy más seguro que el copón.
Se aclara la garganta y mira al suelo un momento, probablemente recomponiéndose. —¿Y cómo estás tú? ¿Te estás cuidando?
Le dedico una de mis características sonrisas encantadoras. —Estoy de maravilla. Siempre lo estoy.
Me pone la mano en el hombro y me lo aprieta una vez. —Ese es mi chico. Entremos antes de que empiecen a salir los bichos de verdad. Quiero que me cuentes más sobre todo este asunto de Ginny y Lizzie. Tenemos que sacar a nuestra chica de las garras de esa familia, hijo.
—No podría estar más de acuerdo. Tienen que desaparecer. Pero la verdadera pregunta es: ¿cómo convencemos a Evangeline?