Salvación (Rosewood 3) 20 Evangeline #2
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20 Evangeline #2

Dejo que la boca se me curve en una sonrisa genuina y miro al mayor de los St. James. —Qué casualidad verte por aquí, Silas.

Debe de ser el día de los milagros porque la boca de Silas se le contrae como si fuera a sonreírme de verdad.

Asiente, pero parece más un gesto para sí mismo que para mí.

Su mirada me recorre como una caricia física, bajando por mi cuello descubierto, deslizándose sobre mis pechos y metiéndose en mis pantalones vaqueros cortos.

Es tan potente que, si cierro los ojos, casi puedo sentir sus labios rozándome la piel en lugar de su mirada.

La mirada de Silas siempre me ha sentado bien, entre otras cosas.

Suelta el aire antes de mirar a izquierda y derecha, por la carretera. —No deberíamos quedarnos aquí así. No es seguro, y tenemos que llevarte al hospital para que te revisen.

La decepción se hunde dentro de mí como una piedra, reventando mi globo de esperanza con demasiada facilidad.

—Oh, eh, estoy bien. No necesito ir al hospital.

De verdad. Además, quiero ver a Hunter. Y a Dixie —añado un poco a posteriori.

No es por maldad, es solo que la última vez que lo vi...

Niego con la cabeza, dispersando esos pensamientos como semillas al viento.

Nada bueno va a salir de revivir eso ahora mismo.

—Tenemos que hacer un informe, ¿recuerdas, azúcar? —dice Bane, sin mala intención.

Asiento una vez, con decisión. —Cierto. Así que probablemente deberíamos ir directos a casa para repasar todo eso, ¿no? No quiero tener que repetirlo tres veces.

—No sabemos qué había en esa jeringuilla que ha encontrado Bane, Evie —dice Silas, negando lentamente con la cabeza—.

Puede haber efectos secundarios duraderos o complicaciones.

Tenemos que hacer que te revisen. —Hay intensidad en sus palabras, una preocupación de fondo que le tensa la mandíbula y le oscurece la mirada.

Niego con la cabeza y me aguanto una mueca cuando un mechón de mi pelo tieso raspa el lateral de mi cuello.

Estoy bastante segura de que es barro seco.

Pero es el golpe de consciencia que necesitaba, y de repente no quiero nada más que ir a casa y pasar treinta minutos bajo la ducha antes de acurrucarme con Hunter en el sofá.

Quizá podríamos ver su película favorita del momento.

—Pediré cita y iré mañana mejor. Estoy bien, de verdad.

Silas echa un vistazo por detrás de mí y tengo que luchar contra el impulso de apretar los dientes.

Bane no es mi guardián, y no estoy segura de cómo me hace sentir que tanto Silas como Nova miren hacia él cuando se trata de algo que tiene que ver conmigo.

Si fuera cualquier otro día, seguro que me molestaría, pero probablemente no me irritaría tanto como me irrita ahora mismo.

Suelto el aire y enderezo los hombros. Miro primero a Nova, con la esperanza de que a él lo consiga convencer más fácilmente ya que acabo de tener la lengua en su boca hace menos de cinco minutos.

—Quiero irme a casa, Nova.

Nova asiente, con los labios apretados en una línea recta. —La has oído. Quiere irse a casa, ¿sí? Así que vamos a llevar a nuestra chica a casa.

Nova se pone en pie y me tiende la mano, con la palma hacia arriba. Deslizo la mía en la suya con vacilación, el ceño ligeramente fruncido. Sus dedos se cierran alrededor de los míos, me da un apretón suave y tira de mí para ponerme en pie. —Vienes conmigo atrás.

Mi hombro roza el pecho de Silas y le oigo inhalar al contacto. Alzo la vista hacia él desde debajo de las pestañas, llevando el anhelo en la cara como si fuera mi colorete favorito.

Sus manos salen disparadas de los bolsillos, buscándome al instante. Parpadeo y sus palmas se curvan alrededor de mis hombros mientras me gira hacia él. Exhalo y sus manos se deslizan a ambos lados de mi cuello, inclinando mi cara hacia la suya.

Se me entreabren los labios, con una pregunta en la punta de la lengua.

Pero Silas se inclina y me roba las palabras de la boca.

Un encuentro de labios duro, brutal. Es intenso y está cargado de más emoción de la que creo que Silas sabe manejar.

Se acaba antes de que llegue a empezar de verdad.

Se aparta, apoya la frente contra la mía y su aliento cálido me acaricia los labios.

Nos quedamos así unos pocos segundos preciosos, el corazón martilleándome tan fuerte contra el pecho, como si hasta esa parte de mí quisiera estar cerca de este hombre.

Con él estoy hecha un lío y ojalá a veces se quitara de en medio a sí mismo.

Pero si esta es su forma de saludarme, quizá aún haya esperanza para nosotros.

Tan rápido como ha entrado en mi espacio, sale de él.

Me besa la comisura de la boca, con los ojos cerrados con reverencia, antes de dar un paso atrás.

Sus dedos tardan en abandonar mi cuello y, cuando voy abriendo los ojos poco a poco, la expresión dolida y torturada de su cara manda una pulsación de eco dentro de mi pecho.

No dice una palabra mientras se dirige con zancadas hacia la SUV.

No es hasta que desaparece de mi vista cuando caigo en la cuenta de que no he soltado la mano de Nova.