19 Evangeline
DIECINUEVE
EVANGELINE
Los asientos acolchados me envuelven en un capullo de calidez mientras me acomodo en el coche de Bane, pero a pesar de la comodidad, no logro sacudirme la inquietud que me roe el estómago. Me siento descentrada, ansiosa y nerviosa, como si hubiera tomado demasiada cafeína con el estómago vacío.
El suave ronroneo del motor y la música tenue que sale de los altavoces deberían haberme tranquilizado, por no hablar de la compañía. Sé que estoy a salvo con Bane. Y aun así, sigo ansiosa.
Nada que un poco de sueño, comida y tiempo en casa no puedan solucionar.
Como si el solo pensamiento lo hubiera invocado, me ruge el estómago.
Hace unas horas, la desesperación y el hambre me retorcían las entrañas de tal modo que acabé rompiendo el cristal de una de las máquinas expendedoras.
Cogí solo unos pocos aperitivos, lo suficiente para calmar los dolores del hambre.
—He pillado unas cuantas cosas al salir de la ciudad. —Bane señala con la cabeza las bebidas en los posavasos y abre la consola central.
Le dedico una pequeña sonrisa y me inclino hacia delante; veo un par de barritas de proteínas, unos pretzels y una bolsa de pastelería.
Reconozco el logotipo de inmediato. Sugar and Spice Bakery, el sitio donde trabaja Cora.
Se me revuelve el estómago y la sonrisa se me borra de la cara al pensar en mi prima.
Solo puedo imaginar lo preocupada que habrá estado.
—¿Qué pasa? ¿Te encuentras bien? —La preocupación impregna la voz de Bane mientras me observa la frente. He hecho lo que he podido para lavármela en el baño, pero solo disponía de papel de manos marrón y áspero y jabón aguado.
Me aclaro la garganta y agito la bolsa de los bollos. —Sé sincero, ¿cuánto tiempo ha estado Cora por allí dándoos la lata a todos?
Él gruñe con una media sonrisa. —Ha estado pegada al culo de Jagger todo el tiempo que has estado fuera.
Fuera, pienso, mirando por la ventana los árboles que pasan. Como si me hubiera ido a pasar un fin de semana largo. Suelto un suspiro, dejando que me infle las mejillas un momento.
—Seguro que a él le ha encantado. —Suelto un resoplido ante la imagen de mi prima convirtiéndose en la sombra de Jagger.
Él se ríe por lo bajo. —Se las apaña. Casi le arranca la cabeza cuando no la dejó entrar en la sede del club para contarme lo de la llamada telefónica.
El silencio se instala entre nosotros. Es un poco incómodo, como si de repente no supiéramos cómo actuar el uno con el otro. O cómo procesar toda la situación, que parece una especie de alucinación.
Una parte de mí desearía poder pasar página sin más, seguir con mi vida como si nunca hubiera pasado. Y quizá sea capaz de hacerlo hasta cierto punto, pero todavía queda mucho por decir al respecto.
Y nunca me he sentido más agradecida que cuando me ha preguntado por los detalles de lo sucedido pero no me ha presionado cuando le he dicho que quería esperar a que estuviéramos todos juntos. Para no tener que relatarlo una y otra vez.
Me paso la lengua por el labio inferior y busco a ciegas una lata de agua con cafeína. Tiro de la anilla y bebo un trago, dejando que las burbujas bailen en mi lengua durante un momento de felicidad.
Él señala con la cabeza la bolsa intacta en mi regazo. —¿Por qué no comes algo tú también?
Abro la bolsa y saco una magdalena de arándanos. Me tomo mi tiempo para retirar el papel, con la mente agotada pero inquieta. —¿Qué pasa ahora? ¿Volvemos sin más a la vida de antes?
Bane asiente despacio, lanzándome una mirada de reojo. Sigue mirándome con los mismos ojos suaves y la misma intensidad silenciosa de antes.
Y me pregunto si así será mi vida a partir de ahora. Un antes y un después. Como si este fuera a ser otro momento decisivo en mi vida. Y quizá dentro de cinco años eche la vista atrás y vea la bifurcación en el camino como lo que es, y no solo como un evento traumático.
Creo que la revelación más aterradora que he tenido esta última semana tiene su origen en el miedo, pero no de la forma en que habría pensado. Claro que estaba asustada. Pero más que eso, me sentí temible. Como si yo fuera algo a lo que tener miedo.
¿Y lo más loco? Que me gustó.
Me gustó cómo me sentí de poderosa cuando defendía nuestra casa, cuando ganaba tiempo. Una distracción temible para asegurarme de que Hunter y Dixie salieran bien.
Y no sé cómo me van a mirar una vez que se den cuenta de eso. Me preocupa pillarlos mirándome de reojo, como si no estuvieran seguros de quién soy o en qué me he convertido. Se me revuelve el estómago de incomodidad al imaginar la escena que debieron encontrar en el recinto.
—¿Estás seguro de que todos están bien?
Él inclina la cabeza. —Estoy seguro, cielo. La familia está bien.
Un calor se extiende por mi pecho ante la palabra familia. —¿Y todos los demás? ¿Algún Reaper resultó herido?
Él niega con la cabeza. —Qué va, están bien. Solo un par de cosas leves.
Me aclaro la garganta y me concentro en partir un trocito de la magdalena, con las yemas de los dedos recorriendo los gruesos cristales de azúcar. —Supongo que visteis el, esto, el desastre —me estremezco por mi elección de palabras— alrededor de la casa.
—¿Te refieres a los cadáveres que dejaste atrás? —dice él, con una media sonrisa asomando en la comisura de sus labios.
Siento la cara arder y una cálida y punzante ola de vergüenza me recorre. —Sí, sobre eso...
Él alarga la mano y pone la palma sobre mi pierna. Sus dedos rozan la piel desnuda de la parte interna de mi muslo, y un cosquilleo de una calidez totalmente distinta se despliega lentamente.
—No te avergüences, cielo. Hiciste lo que tenías que hacer, y no hay deshonra en ello. Era un juego de supervivencia.
—Y yo no lo hice. —La vergüenza se me agria en el estómago mientras las imágenes desfilan ante mis ojos. Siguiendo al hombre desconocido por el túnel secreto, él clavándome la jeringuilla, despertando en un coche en vete a saber dónde. Se me va la mano al cuello y mis dedos rozan la piel suave.
—Estás aquí, ¿no?
Trago saliva con dificultad y asiento, mientras los arándanos y el azúcar se convierten en cemento en mi estómago. —Sí, lo estoy.
—Te protegiste, Evangeline. Y no te equivoques, por mucho que me duela decir esto: ellos te habrían eliminado en un abrir y cerrar de ojos.
No les importaba si no habías disparado un arma antes, o si eras una espectadora inocente.
Esos hombres no se lo pensaron ni un segundo antes de ir a por tu vida, así que no quiero que tú les des ni una vuelta más a las suyas, ¿vale?
Ahora es un juego de supervivencia, pequeña. Y nosotros siempre jugamos para ganar.
—Supervivencia —susurro, asintiendo y jugueteando con el envoltorio en mi regazo—. ¿Qué significa eso por ahora?
Él suelta un suspiro. —No quiero mentirte, ¿vale? Así que dime si prefieres que te mantenga al margen. Y respetaré tus deseos. Haré todo lo que pueda para protegerte de los asuntos de los Reapers.
Me paso la lengua por la parte posterior de los dientes y miro por el parabrisas. Dejo que mi cabeza ruede por el reposacabezas y lo miro.
Mi caballero de blanca armadura que se hace llamar Reaper. La yuxtaposición no se me escapa y, de hecho, me hace sentir mejor sobre cómo voy a seguir adelante con esta vida.
Porque puedo ser ambas cosas: Evangeline Carter, niñera de Hunter y amante de la repostería y de las canciones de musicales.
Y Eve, una tía dura en secreto que protege a su familia y no se achanta ante el peligro.
Vale, puede que lo último sea un poco exagerado, pero voy a seguir con ello por ahora.
—Creo que es un poco tarde para mantenerme en las sombras, ¿no crees?
—Creo que lo que te pasó fue inaceptable.
Pero no es lo normal en Rosewood ni para los Reapers, ya no.
Y te quiero lo suficiente como para asegurarme de que estés protegida, sea como sea que eso se traduzca.
Recuerda que mi oferta sigue en pie, cielo.
Si quieres salir de esto, nos salimos en un abrir y cerrar de ojos, ¿vale?
Mis labios se curvan en una sonrisa mientras me inclino impulsivamente y le planto un beso en la mejilla. El amor y el afecto que siento por este hombre me parecen algo natural y reconfortante. —De verdad me quieres.
Él gira la cabeza, su mirada se cruza con la mía brevemente antes de volver a la carretera. —Nunca digo cosas que no siento.
—Estoy aprendiendo eso —murmuro, dejando que mis labios rocen la comisura de su boca. Me recuesto en mi asiento, mirando por la ventana para ocultar mi pequeña sonrisa—. Creo que también es un poco tarde para irse.
Quiero decir algo más, pero creo que no hace falta. Él sabe lo que siento por él y por sus primos. Se lo he dejado claro antes, y Lincoln St. James es de todo menos poco observador.
Se me pone la piel de gallina en las piernas y me acurruco más en el asiento. Sin decir palabra, él ajusta la rejilla para que el aire caliente apunte directamente a mis piernas. Echo de menos el calor de su palma al instante.
—Irónico, ¿verdad? —Señalo con la barbilla la rejilla de ventilación en cuestión—.
Pleno verano, y aquí estamos, poniendo la calefacción a tope como si fuera diciembre.
Debes de estar sudando como un loco. —Observo la chaqueta de cuero, los vaqueros y las botas que lleva, que es básicamente su look distintivo.
Solo que hoy lleva una camiseta azul pálido en lugar de la negra habitual.
—No te preocupes por mí, cielo. Estoy bien.
Tuerzo los labios mientras me permito mirarlo de verdad. Realmente es tan guapo que a veces duele.
La gratitud se infla como un globo dentro de mí, expandiéndose hasta llegar a cada rincón oculto.
No sé cómo demonios he tenido tanta suerte como para acabar con él, con Nova o incluso con Silas, pero me pregunto si Nana Jo estará en algún lugar del universo moviendo los hilos.
Siempre parecía saber cosas sobre el pueblo y su gente.
Quería a esa mujer, pero se creyó casamentera en más de una ocasión. Aunque no creo que nunca le saliera tan bien como ahora.
Hasta ahora.
—Vale, entonces cuenta conmigo, Lincoln. Dame el informe completo. O lo que sea que digáis vosotros cuando estáis en la «iglesia». —Hago el gesto de las comillas en el aire.
Bane se ríe. —De verdad ves demasiado esa serie de la tele. No es exactamente así.
Arqueo una ceja. —¿Así que no votáis cosas?
Un músculo de su mejilla se tensa y sonríe, pero es una sonrisa más autocrítica que de alegría.
—No, sí que lo hacemos. Pero no suelen ser cosas de vida o muerte.
Es más bien: ¿cuándo queremos hacer la barbacoa familiar?
O ¿qué deberíamos hacer para reamueblar las salas comunes?
Pero últimamente... —Se interrumpe con un suspiro.
—¿Últimamente? —le animo a seguir.
—Últimamente, supongo que es más como la serie de la tele.
Se oye un chirrido de neumáticos que hace que el corazón me retumbe en el pecho. Aparto la mirada de Bane hacia el otro lado de la carretera de dos carriles y veo un coche dar un giro en U ilegal.
—Oh, Dios mío, ¿es él? —El miedo impregna mi voz como un almíbar espeso.
La cabeza de Bane se gira bruscamente hacia mí. —¿Él quién?
Me giro en mi asiento y miro por la luneta trasera mientras el SUV oscuro nos gana terreno. —Él. El tipo que me secuestró en la casa.