Salvación (Rosewood 3) 17 Silas
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17 Silas

DIECISIETE

SILAS

Me paso la mano por la barba incipiente de la mandíbula, rascándome a lo largo de ella.

El agotamiento se me instala en los talones como si fuera yo quien llevara las botas de cemento y no este malnacido que tenemos delante.

Uno de los Savage Souls, ensangrentado y atado al pilote del muelle.

Con las manos sujetas a la espalda con bridas, de pie en un cubo de plástico blanco de veinte litros lleno de cemento que se está secando.

Cruzo los brazos sobre el pecho y observo las vetas desiguales de la madera bajo mis botas. Dejo que mi mirada recorra la longitud de un tablón especialmente ruidoso, de color marrón oscuro y picado en algunas partes. Tomo nota mentalmente para sustituirlo.

No aparto la atención del muelle y mantengo la voz serena. —¿Dónde está ella?

—Ya te lo he dicho —dice él con un suspiro de cansancio.

Levanto la cabeza, clavándole la mirada y mirándolo fijamente a los ojos. Dejo que vea el remolino de furia que tengo contenida, esperando mi luz verde. —Dímelo otra vez.

Las comisuras externas de sus ojos se hunden mientras su rostro decae con aceptación, como si se hubiera resignado a su suerte.

—Te he dicho todo lo que sé. Hace un par de meses, Masters me encontró en Pewaukee, me dijo que tenía una forma de volver a juntarnos.

Los Savage Souls. Me dijo que se había aliado con otro club de Diamond.

Le dije que no me interesaba, tenéis que creerme.

Irme de aquí... dejar a los Savage Souls fue una bendición para mí.

—¿Ah, sí? —suelta Nova desde detrás de mí, con ese tipo de humor letal que distorsiona su tono—. ¿Fue una bendición que tu club fuera destrozado y dispersado al viento?

El Savage deja que la cabeza le caiga hacia delante. —Sí. Rocker era un puto tirano, y la única razón por la que me quedé fue porque Masters prometió que las cosas cambiarían cuando él fuera el Presidente. Pero luego nos hizo hacer trabajos que no aceptamos, y yo quería salir.

—Pero los Savages no dejan salir a la gente —reflexiono, ladeando la cabeza y mirándolo.

Su cabeza cabecea en una especie de acuerdo macabro. —Exacto. Así que eso de que tú, bueno, nos dispersaras así... Fue una puta bendición.

—¿Así que eso es todo? Masters te lo pidió, tú dijiste que no, y él simplemente... ¿se fue? —pregunta Nova, levantándose de su sitio en el pequeño banco al final del muelle—. ¿Por qué te encontré merodeando por Crestview entonces?

El lago Whispering Pines es sorprendentemente profundo.

Está protegido medioambientalmente y blindado contra cualquier fuerza del orden.

Demasiados traidores y enemigos encuentran su final acuático a quince metros de profundidad, atormentados después por los lucios y los maskinongy de este lago. Tienen apetito por los traidores.

No he estado por aquí en años, pero nunca olvidaré la primera vez que vi un pequeño banco de lucios y un maskinongy solitario converger sobre la nueva adición de Whispering Pines como si fuera un bufé.

El Savage sorbe por la nariz y se la frota contra el hombro. —Bueno, tenía curiosidad, supongo, pero no sé nada de que se hayan llevado a ninguna chica.

Nova se lleva el teléfono a la oreja sin decir palabra.

Entorna los ojos mientras mira hacia el horizonte y me descubro poniéndome en guardia.

Sé que no contestaría a su teléfono por nada que no fuera importante.

Y últimamente, importante suele significar malas noticias.

Mi mente me juega malas pasadas, imaginando los peores escenarios posibles mientras consulto mi propio teléfono, a pesar de que lo tengo con vibración y sonido.

El temor a perder una llamada importante de mi madre sobre Hunter me carcome lentamente.

Pero incluso eso me sabe amargo, un poco como una verdad a medias.

No hay llamadas perdidas.

Vale, entonces probablemente no sea nada relacionado con mi madre o Hunter.

Es un alivio. Nunca he estado tanto tiempo lejos de mi hijo y siento como si me faltara un trozo de mí mismo.

Pero es una separación necesaria. Por mucho que me duela admitirlo, el lugar más seguro para Hunter es muy, muy lejos de mí.

Me reuní con ellos en la casa franca de Lincoln Street antes de que se fueran a quedar con una amiga de confianza de mi madre justo al otro lado de la frontera del estado. Vive en una zona que no ha sido tocada por nadie que pudiera considerarnos ni remotamente un enemigo.

La sonrisa de Hunter mientras corría hacia mí hace unos días brilla ante mis ojos. La forma en que saltó a mis brazos y me apretó tan fuerte como pudo. El alivio que experimenté fue tan jodidamente potente que aún hoy siento pequeñas réplicas.

Nunca me he considerado realmente un nihilista, pero de alguna manera me había convencido de que no soy digno de cosas buenas. Y esto, esto me parecía un castigo merecido, demasiado duro de soportar.

Porque si no tengo a Hunter... Niego con la cabeza, ahuyentando esos pensamientos. No me sirve de nada regodearme en ellos ahora. El hecho es que Hunter está a salvo.

Así que he pasado los últimos días manteniéndome ocupado. Manos ociosas y todo eso.

Pero si no es mi madre, entonces probablemente esté relacionado con Reaper. Lo cual me parece bien, muchos de los tíos acuden a Nova para cualquier cosa porque él siempre ha sido el portavoz. Nunca me ha molestado demasiado antes, así que no sé por qué me molesta tanto en este momento.

El aire a su alrededor cambia y me acerco a él antes incluso de darme permiso. Me detengo frente a él, aguzando el oído para discernir quién está al teléfono o qué están diciendo. Pero ese gilipollas tiene el volumen demasiado bajo para que yo pueda distinguir nada.

—Vamos para allá.

—¿Qué está pasando?

—Bueno, ya sabes lo que dicen: la curiosidad mató al gato. —Se guarda el teléfono en el bolsillo y camina con paso firme hacia el final del muelle.

Sucede tan rápido que ni siquiera tengo tiempo de protestar antes de que Nova empuje al Savage maniatado. La gravedad y el impulso están del lado de mi hermano, y el capullo cae al lago de golpe. Suelta un chillido, pero enseguida lo ahoga el chapoteo y el borboteo del lago tragándoselo entero.

—¿Pero qué cojones, Nova? —me acerco a él, con la ira rodeando mis muñecas como grilletes—. Joder, lo necesitábamos.

—No sabe una mierda. Y si supiera algo, no nos iba a dar nada. Hemos terminado con él. —Descarta mi preocupación con un gesto de la mano y empieza a caminar hacia la orilla.

Extiendo el brazo y me quedo mirando la espalda de mi hermano. —¡Ni de coña hemos terminado! ¡Era nuestra única pista!

—Por hoy —grita por encima del hombro.

—¿Qué? —Frunzo el ceño y cierro los puños mientras la irritación me recorre la nuca.

—Era nuestra única pista por hoy. —Pone énfasis en la palabra como si yo no supiera ya de sobra que ha estado eliminando lenta y metódicamente a cada Savage y cada Hound que ha caído en sus manos. Y todo ello con una puta disposición de lo más alegre además.

Miro por el lateral del muelle, forzando la vista para ver más allá de las aguas turbias. Pero Whispering Pines es un aliado eficiente y no hay rastro del Savage Soul.

—No lo necesitamos. Vámonos. —El muelle de madera gime mientras mi hermano trota hacia la orilla, saltando sobre los tablones podridos y bordeando los que faltan.

Aprieto los dientes y me recuerdo por millonésima vez que no debo saltar contra él. En realidad no es contra él, de todos modos. Es contra todo el mundo. Es este día y ayer y el día anterior, y cada persona y cada cosa. Es este puto pueblo. Y es este puto sol que no deja de salir.

No sé por qué, pero tenía la idea equivocada de que el tiempo debería ser tan turbulento como me siento yo por dentro.

Y entonces una buena dosis de culpa borra toda mi indignación, como si tuviera algún derecho a estas emociones extrañas que se arremolinan en mi interior como una tormenta.

La montaña rusa de emociones que he experimentado en los últimos días me hace sentir como si estuviera perdiendo la cabeza de verdad, como si estuviera atrapado en alguna versión alternativa de la película Atrapado en el tiempo.

Solo que en lugar de despertarme el mismo día una y otra vez, experimento el mismo ciclo de emociones, cayendo una tras otra en una repetición sin fin.

Miedo, tristeza, vergüenza, muchísima maldita vergüenza. No me siento merecedor del sacrificio de Evangeline. Me odio un poco cada vez que siento alivio al saber que Hunter y mi madre están a salvo, porque eso significa que en esta situación Evangeline no lo está.

Fui un estúpido por llegar a pensar que no vivíamos en un mundo de exclusiones mutuas.

Salgo trotando tras mi hermano, vigilando mis pasos y, una vez más, añadiendo el muelle a mi lista mental de tareas. Probablemente vuelva aquí mañana solo para tener algo que hacer.

Los tres estamos haciendo lo posible por proteger al club y a los demás mientras exorcizamos nuestros demonios y planeamos lo que está por venir.

No hay ninguna parte de mí que crea que esto es lo último que veremos de los Hounds o los Savages, especialmente no mientras Evangeline siga desaparecida.

—¡Joder, ¿quieres frenar de una vez?! —elevo la voz lo suficiente para que Nova me oiga. Está a mitad de la desvencijada escalera de cemento construida en el lateral de la colina.

—¡Date prisa, capullo! —grita por encima del hombro—. O me voy sin ti.

Aprieto los dientes mirando su espalda y me recuerdo que no es personal, que simplemente está lidiando con su mierda de la única forma que sabe.

Sacando metódicamente a los enemigos de las calles, interrogándolos y eliminándolos mientras actúa como si esto fuera un puto martes normal.

Llego a lo alto de la escalera con un resoplido, mirando con odio los cincuenta peldaños que acabo de subir corriendo.

Nova sonríe con suficiencia. —Quizá deberías añadir cardio a tus entrenamientos, ¿no?

Y es como si se me hubiera olvidado...

La ira brota de mí como un refresco con demasiado gas. —¿Tienes algo que decir, hermanito?

Él hace un gesto de desprecio ante el apelativo. —Hermanito, ¿en serio?

Me pongo las manos en las caderas y lo miro con furia. —Sí, sí. Créeme, a nadie le importa una mierda que me saques cinco centímetros. No tiene ninguna importancia.

Nova chasquea la lengua y sonríe, pero se siente todo mal. Es una sonrisa afilada y casi cruel. —No sé, tío, se me ocurre al menos una persona a la que le gustan bastante mis cinco centímetros extra.

—No lo hagas —le advierto, con voz baja—. No actúes como si esto fuera normal. Has liquidado más tíos en los últimos dos días que en los últimos cinco años. Evangeline ni siquiera va a reconocerte...

Se me echa encima en un instante, cerrando el puño en la tela de mi camiseta. Sus ojos verdes están apagados, arrasados por el tormento. —Tú no tienes derecho a hablar de ella.

Me encaro con él, con la rabia emanando de mí en oleadas. —¿Te crees que eres el único que está preocupado por ella? Ponte a la puta cola, hermano.

—¿Hermano, eh? Qué curioso que uses ese término conmigo. —Me da un empujón al soltar mi camiseta y da un gran paso hacia atrás.

Frunzo el ceño profundamente. —¿Qué cojones significa eso?

Se da la vuelta y empieza a caminar rodeando la cabaña en la cima de la colina. —Significa que metas el culo en el coche. Ha llamado Jagger. Bane ha ido a por nuestra chica.