16 Bane
DIECISÉIS
BANE
—¿Tienes algo para mí? —Miro por encima del hombro a Duffy, uno de los Reapers que tuvo la suerte de salir ileso tras el ataque que sufrimos.
—Joder, Bane, yo... —Duffy se pasa la mano por la nuca—. Es como si se hubieran desvanecido en el aire. Nadie ha visto ni oído nada desde que huyeron de aquí.
Asiento varias veces, mirando a Duffy sin verlo realmente. Han pasado tres días desde que alguien nos arrebató a nuestra chica delante de nuestras narices. A plena luz del día, en el único lugar donde le dijimos que estaría más a salvo.
Por el amor de Dios, hicimos que se mudara al recinto para que estuviera más segura que estando sola en Magnolia Lane. Aunque nunca estaba sola de verdad. Yo me colaba en su cama casi todas las noches y la tenía vigilada en todo momento.
Y, aun así, me la han robado así como así.
Debo de estar pasando algo por alto. Hay piezas aquí con las que no contaba. Demasiadas piezas, joder. Hay todo un maldito tablero de juego que ni siquiera conocía.
—¿El almacén de Silverstone?
—Está abandonado.
—¿Y qué hay de Crestview? ¿Se ha visto ya a los Hell Hounds por la ciudad?
Duffy niega con la cabeza. —Nuestros contactos en Crestview han dicho que los Hounds no han salido de su sede en tres días. Ni rastro de otros parches, Savages o de los que sean.
Le lanzo una mirada, enfocando la vista. —¿Ha pasado algo con alguno de los otros MC? ¿Qué hay de los Outlaws?
Los Outlaws suelen limitarse a su franja de desierto en el oeste.
Está lleno de toda clase de mierda para joder a cualquiera.
Nunca se han metido en nada, y no por falta de efectivos.
Sino por falta de ganas. Literalmente, les importa una mierda involucrarse en lo que sea.
Y ahora espero que no cambien de filosofía.
Si los Outlaws se alían con los Savages, podríamos estar bien jodidos. Ni siquiera sé si todas nuestras alianzas y favores podrían sacarnos de una guerra si ellos se unen.
Duffy apoya el hombro contra la pared, subiendo un pie.
—No, no hay señales de que los Outlaws abandonen su territorio.
Pero creías que también podría haber aspirantes aquí, ¿verdad?
El número de tíos con los que aparecieron no coincide con lo que pensábamos que tenían.
Así que, o están reclutando a otros clubes o están sumando cadáveres.
—Con la intención de dejarlos caer —murmuro. Es la misma mierda que hacía Masters cuando dirigía a los Savages.
Cómo ese hijo de puta inspira la lealtad suficiente para hacer crecer su club de mierda es algo que se me escapa.
Esos pobres bastardos no entienden que llevar el parche de los Savage significa que son carne de cañón para la retorcida agenda de Masters.
Si tuviera que adivinar, diría que los atrae con cosas que nunca llega a cumplir porque ya están muertos antes de poder cobrar.
Duffy frunce el ceño, pasándose la mano por su revuelto cabello. —Eso parece.
—¿Y Gunner? —Gunner recibió un balazo en el hombro en un valiente intento de cerrar la puerta del recinto. Pero un solo hombre no es rival para docenas de motos.
—Está bien —dice Duffy encogiéndose de hombros—. Recibe el alta hoy mismo y creo que está listo para la venganza.
—Bien. Asegúrate de que alguien se quede con él hasta que lleguen al recinto. Si no podemos encontrar a esos hijos de puta, eso me hace creer que están esperando al acecho.
—A la orden, VP. —Duffy inclina la cabeza y se separa de la pared, dejándome solo para regodearme en mi miseria.
Me parece una locura que dejaran la sede prácticamente intacta.
Los garajes también sufrieron daños mínimos.
No, infligieron el mayor daño en nuestras casas.
En la mía y en la de Silas. ¿Qué clase de monstruo ataca el hogar de un hombre?
Y no me refiero a una puta casa, aunque sí creo que eso añade un insulto innecesario.
Me refiero al hogar de un hombre.
Su madre, su hijo, su mujer.
Mi puta mujer.
Meto la mano derecha en el bolsillo, frotando el capuchón de la jeringuilla entre el pulgar y el índice.
El pequeño trozo de plástico camina por la fina línea entre mantenerme centrado y avivar mi rabia.
Probablemente no debería habérmelo quedado, pero no fui capaz de tirarlo. Se sentía demasiado como una derrota.
Así que, en lugar de eso, me encuentro frotando el plástico como si fuera un llavero de pata de conejo falsa o algo igual de supersticioso.
Crecí con historias de los Reapers. Los relatos de adquisiciones hostiles eran mis cuentos para dormir, las leyendas de guerras territoriales eran mis canciones de cuna, y el código era nuestro mandamiento.
Directrices que eran solo nuestras y solo dos reglas fundamentales.
Acuerdos universales hechos entre amigos y enemigos por igual.
Cuando mi viejo era un crío y su padre gobernaba a los Reapers, sufrieron la peor racha de violencia que esta zona había visto jamás.
Y no fue solo en el Diamond. Fue cada club, banda y sindicato del crimen en un radio de trescientas millas.
Según cuenta mi padre, el abuelo cambió cuando algunas de las bandas empezaron a secuestrar a los hijos de sus enemigos.
Algunos de esos niños volvieron a casa, pero no todos.
Aseguraba que el abuelo hizo alianzas con el Diamond, acordando que no tenían que estar de acuerdo en nada excepto en una cosa. Una regla de oro.
Ni mujeres ni niños. Jamás.
El abuelo lo incorporó al código Reaper, solo superado por la hermandad por encima de todo.
Y el tío Ray y mi padre se atuvieron a ese modo de operar toda su puta vida. Pero yo no. Si alguna vez tengo la suerte de tener un hijo, entonces puedes dar por hecho que los Reapers pasarán a un segundo plano. Porque no hay nada —absolutamente nada— que no haría para llegar hasta mi hijo.
O mi mujer.
Por eso estar sentado en el bar dentro de la sede, dándole vueltas a dos dedos de whisky, resulta excepcionalmente doloroso. No es la quietud ni el hecho de beber durante el día lo que me jode. Es la inacción.
La indecisión que me atormenta. Los dedos empalagosos del miedo metidos en mi garganta, como una arcada persistente.
Por primera vez en mi vida, no tengo las respuestas. No tengo planes de contingencia ni variables trazadas.
No sé qué hacer.
Y el acto mismo de silencio después de una incitación a la guerra tan brutal es quizás el aspecto más inquietante. No se quedaron para ver los estragos que causaron. No se pasearon por la ciudad para alardear. Se desvanecieron.
Se retiraron a los rincones sombríos del mundo, conformándose con hacer lo que sea que hagan los hombres sin alma y sin honor. Hasta que algo o alguien los obligue a salir.
La sangre empieza a hervirme en las venas, un río caliente de ira atrapado bajo mi piel. Suspiro y hago girar mi vaso sobre la barra. Quizás si miro la superficie desgastada y con nudos con suficiente intensidad, conectaré los puntos y una idea brillante aparecerá mágicamente.
Unos gritos desde fuera de la sede atraviesan mis pensamientos.
Tengo los nervios tan a flor de piel que incluso el más mínimo aumento de volumen capta mi atención.
Golpeo el vaso contra la barra y salgo furioso, dispuesto a descargar mi ira contra cualquier capullo que haya decidido ponerme a prueba hoy.
La luz brillante del sol me quema los ojos al salir al exterior, dejando que la puerta de la sede se cierre de un golpe tras de mí.
El aire está cargado de tensión y olor a ozono, y me pregunto si pronto tendremos otra tormenta.
Tengo que protegerme los ojos con la palma de la mano, entornándolos mientras me acerco al pequeño grupo reunido en el patio.
—Te lo juro por Dios, Jagger, si no te quitas de mi camino, voy a...
—¿Qué, nena? —provoca Jagger. Está de espaldas a mí, bloqueando a quienquiera que sea la persona con la que discute—. ¿Qué vas a hacer, eh?
—Voy a cortarte las pelotas con mi cuchillo de pan favorito, gilipollas —espeta la mujer que tiene delante. Reconozco el veneno con la misma facilidad que la voz. La prima de Evangeline está aquí.
No he visto a Coraline desde el enfrentamiento en la cafetería con Lizzie. Suena tan enfadada ahora como entonces.
Jagger se inclina cerca de ella, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa de satisfacción plasmada en el rostro. —Sabes que me gusta que me hables sucio, nena.
El rostro de Coraline se pone de diez tonos de rojo, con la rabia supurando por sus poros y evaporándose en el aire como vapor. —Si no me dejas pasar, no voy a ser la única que se las vea contigo.
Jagger se balancea sobre sus talones, negando con la cabeza. —Ya te lo he dicho, Cora. El Pres me dijo que no se debe molestar a Bane durante al menos tres horas. Lo que significa —echa un vistazo al reloj que rodea su muñeca— que no puedes entrar ahí hasta dentro de cincuenta y dos minutos.
Maldito Silas, siempre metiendo las narices en mis asuntos, diciéndome que me eche una siesta como si fuera un puñetero niño pequeño. Debería habérmelo esperado, y si no estuviera tan jodidamente cansado, me habría dado cuenta de que solo Duffy entró en la sede durante las últimas dos horas.
Silas y Nova se compincharon conmigo para que durmiera, como si pudiera simplemente tumbarme cuando Evangeline está sabe Dios dónde.
Como regla general, me importa un bledo quién esté en la cama de quién. La única razón por la que mantengo un control general es por la seguridad del club.
Pero mentiría si dijera que no me sorprendió cuando Jagger trajo a Cora. La familia Carter ha estado en Rosewood tanto tiempo como nosotros. Y a pesar de que la tía Dixie dijo numerosas veces que Josephine Carter era amiga del club, los Carter no eran asiduos al recinto.
Pero al verlos a estos dos ahora, de algún modo lo entiendo. Es ese tipo de química de que los polos opuestos se atraen.
Coraline es un metro sesenta y cinco de desparpajo y Jagger es casi treinta centímetros más alto y criminalmente relajado.
Pero si tuviera que adivinar, diría que ella le resulta encantadora.
—Tengo que hablar con Bane. Ahora mismo, joder, Jagger —espeta Coraline.
Doy un paso involuntario hacia delante al oír mi nombre. Y maldigo a mi primo entre dientes al darme cuenta de que Jagger está haciendo de escudo.
Sabía que no debería haberle dicho a Silas lo poco que he dormido.
Pero no puedo más. Cada vez que cerraba los ojos, veía su rostro.
Solo que no era la mujer sonriente, feliz y risueña de la que me he enamorado.
Tenía los ojos llenos de lágrimas, la boca abierta en un grito silencioso y el dolor grabado en la cara.
Así que, sí, supongo que no he dormido mucho en los casi tres días que lleva desaparecida.
Decidí sacar a Jagger de su miseria. Aunque a juzgar por la sonrisa que asoma en su boca, no creo que considere su situación actual como una miseria.
El muy capullo parece estar disfrutando teniendo las manos puestas sobre Coraline Carter.
Aunque solo sea para mantenerla a distancia y que no vaya realmente a por sus pelotas.
Y conociéndola, tiene la determinación necesaria para hacerlo.
—Estoy aquí mismo —digo, alzando la voz—. ¿Qué necesitas?
Cora gira sobre sus talones para mirarme. La preocupación pellizca la piel alrededor de sus ojos y prácticamente corre hacia mí. Jadea profundamente varias veces, como si acabara de dar la vuelta a la manzana corriendo.
—Oh, Dios mío, Bane, gracias a Dios que estás aquí.
Tienes que irte, ahora mismo. Ese gilipollas no me dejaba verte, a pesar de que le dije que tenía algo muy importante que decirte.
—Habla demasiado rápido, tropezando con las palabras y sin molestarse en detenerse mientras lanza a Jagger una mirada de odio por encima del hombro—.
Le dije que querrías oír esto, pero que...
—Para —le digo con firmeza.
Sus ojos bien abiertos vuelven a mirarme.
—Ve más despacio y empieza desde el principio.
Toma aire y lo suelta despacio, con el desafío ardiendo en sus ojos. Me pregunto si va a dejar de hablar por completo solo por despecho. Pero entonces sus hombros caen un poco, como si se estuviera obligando a relajarse.
—He recibido una llamada, ¿vale?
—¿De quién? —pregunto. Mi pulso se acelera como si mi cuerpo supiera que algo se avecina antes que mi cerebro.
—Yo... no sé de quién, ¿vale? Solo era una mujer que parecía aleatoria. Pero eso no importa. Lo que importa es que dijo que tiene algo importante para mí. Y yo simplemente... simplemente sé que es Evangeline.
Me cuesta un esfuerzo del que no me creía capaz mantener cada músculo bloqueado.
Plantando los pies en el cemento bajo mis pies, me obligo a quedarme quieto y dejar que termine lo que sea que tenga que decir.
El impulso de saltar sobre mi moto y encontrarla, de ir a buscarla, es tan fuerte que casi me fallan las rodillas.
—¿Cómo sabes que era ella?
—Evangeline no me llamó, lo hizo una mujer, pero por la forma en que lo dijo, es solo que... no lo sé, ¿por qué otra razón me llamaría, sabes? No podría ser nadie más.
Me inclino hacia ella, con la intensidad vibrando bajo mi piel. —Exactamente, ¿qué dijo?
—Dijo: «He encontrado algo que podría interesarte. El área de descanso del marcador de milla setenta y nueve».
Como prueba es escasa. Pero aceptaré cualquier puta cosa a estas alturas. —Vale, dame tu teléfono. —Le tiendo una mano con la palma hacia arriba mientras abro la aplicación de mapas con la otra.
Deja caer su teléfono en mi mano abierta. —¿Por qué?
—¿Cuál es tu código? —murmuro distraído, con la atención puesta en la ruta resaltada desde aquí hasta el área de descanso del marcador de milla setenta y nueve—. Jesús, joder.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —Coraline se acerca a mí, escudriñando mi teléfono.
—Está en Silver Lake. —Un escalofrío de impacto recorre mi columna.
Eso está a dos estados de distancia. Mis músculos se tensan, mi mente ya trama cómo voy a llegar allí más rápido que el tiempo propuesto en la aplicación.
Hago un gesto a Coraline con su teléfono sujeto en mi mano—.
El código. En caso de que vuelvan a llamar a este número.
Recita unos números y los anoto en mi aplicación de notas para no olvidarlos.
Camino hacia atrás hacia mi todoterreno y miro a Jagger. —No la pierdas de vista, ¿entendido? Y llámame si oyes algo.
—Bane —grita Coraline—. Trae a nuestra chica a casa.
Asiento, con la boca curvándose en una especie de sonrisa feroz antes de darme la vuelta y trotar hacia mi vehículo.