Salvación (Rosewood 3) 15 Evangeline
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15 Evangeline

QUINCE

EVANGELINE

Me despierto con el sonido de la lluvia que sigue repiqueteando contra el parabrisas, pero el coche ya no está en movimiento.

Quitándome el sueño de los ojos con un frote, miro hacia un lado para ver a la mujer apoyada contra la puerta del conductor, de frente a mí y comiendo una barrita de proteínas.

Me lanza una sin decir palabra y vuelve a salir del coche. Supongo que mi siesta reparadora ha terminado. Mi cuerpo protesta ante cualquier movimiento mientras me paso al asiento del conductor por encima de la consola central con un bostezo.

Sigo buscando algo reconocible: una ciudad, un pueblo o algún punto de referencia.

Maldita sea, ni siquiera sé en qué estado estoy.

Mi silenciosa acompañante me indica dónde girar y cuándo, manteniéndonos por carreteras secundarias.

No está mirando un mapa ni su teléfono, y no alcanzo ni a imaginar cómo diablos sabe a dónde vamos.

La lluvia ha amainado, dejando una bruma de rocío flotando en el aire mientras nos devuelvo a la carretera.

Abro la barrita de proteínas con los dientes, haciendo una pequeña mueca cuando veo mi reflejo en el espejo retrovisor.

Mi madre se horrorizaría. Incluso en esto, esperaría que mantuviera cierto nivel de decoro, como le gustaba decir.

Observo a la mujer que tengo al lado, intentando recomponer quién podría ser. Cuál es su historia. Y tal vez a dónde diablos vamos.

Mechones de rebeldes ondas pelirrojas le enmarcan la cara, liberados de la trenza suelta que lleva sobre el hombro.

Pestañas oscuras y ojos aún más oscuros, pómulos altos y labios carnosos apretados en un gesto de disgusto.

Sin embargo, puedo verla, la suavidad que solía haber allí.

No siempre fue del tipo que empuña cuchillos, me apostaría mi casa.

—¿Qué? —me espeta sin mirarme.

—Nada —murmuro, mirándola a ella y luego a la carretera una vez más—. Es solo que no eres como imaginé que serías.

—No eres la única chica guapa por aquí —dice ella con sorna.

Frunzo el ceño. —¿Por qué sigues llamándome así? Chica guapa o Hollywood.

Apoya la cabeza hacia atrás en el reposacabezas. —Ese es nuestro valor, ¿no? Nuestra valía reside en nuestra capacidad de decorar. Brazos, eventos. Familias.

Mi mente da vueltas sobre sí misma, enredándose como un ovillo de lana e intentando unir las cosas que no está diciendo. —¿De eso es de lo que estás huyendo?

Su uña tamborilea un ritmo inestable contra el cañón de la pistola.

Sinceramente, no sé cómo ha mantenido su vigilancia.

Aunque supongo que ella no estrelló un coche en una zanja, ni escapó por un túnel oculto, ni se vio envuelta en un tiroteo literal.

Por lo que sé, podría haberse despertado justo antes de que la viera en la gasolinera.

De algún modo, lo dudo. El agotamiento está grabado en cada línea de su postura, hundiéndola.

—No intentes psicoanalizarme, chica guapa. Una pared llena de títulos no pudo ayudarme, así que no vale la pena que pierdas el tiempo —dice ella.

Me aclaro la garganta. —Evangeline.

—¿Qué? —pregunta ella, pero es un arrastre lento de la palabra. Como si no estuviera dispuesta a continuar con esta conversación.

—Mi nombre es Evangeline.

Entonces se ríe, una carcajada baja y ronca, sin pizca de gracia. —Pues claro que lo es, joder.

—¿Vas a decirme el tuyo? —tanteo.

—Ni hablar. Esto no es una fiesta de pijamas y no nos vamos a trenzar el pelo. Esto es un billete de ida lejos de tu robabragas. Eso es todo.

Me muevo un poco en mi asiento; mis pantalones cortos vaqueros están rígidos y pegados a mi piel como papel maché húmedo.

El calefactor del asiento ha sido fantástico para dar calor, pero no para secar la ropa.

O bien tengo la piel irritada por llevar horas sentada con la ropa mojada, o el arbusto sobre el que me puse en cuclillas para orar hace una hora era realmente hiedra venenosa.

Asiento un par de veces. —¿Alguna vez has tenido hiedra venenosa?

Me lanza una larga mirada. —¿Te parezco del tipo que disfruta del aire libre?

Me encojo de hombros. —En realidad no te conozco, así que es difícil de decir.

—Nadie lo hace —murmura—. Reduce un poco. Tu parada ya casi está aquí.

La esperanza me salta a la garganta, rápida y pesada mientras se posa en mi lengua. Me inclino hacia delante en mi asiento mientras oteo a través del parabrisas. —¿Estamos cerca de Rosewood?

—No sabría decirte. Pero esta es tu parada —dice, señalando una señal verde a un lado de la carretera que indica un área de descanso a cinco millas.

Flexiono los dedos sobre el volante, con las manos húmedas por los nervios. Mi mirada salta de ella al espejo retrovisor, al parabrisas, a ella, al espejo lateral y de nuevo al parabrisas. —¿Puedo usar tu teléfono, por favor? ¿Y si ese tipo nos siguió desde la gasolinera?

—Qué va, habríamos visto sus faros durante la noche —dice ella, y su pelo pelirrojo se agita al negar con la cabeza.

Los primeros rayos del alba se aferran a los bordes del horizonte, pintando el cielo con matices rosados y anaranjados, los colores mezclándose con la oscuridad como acuarelas en un lienzo húmedo.

Me maravillo ante la belleza de todo esto, incluso en medio de esta situación tan jodida. Incluso mientras la ansiedad me carcome por dentro.

¿Cómo voy a volver a casa?

—Por favor —susurro.

Ella se encoge de hombros con desgana. —Ya he hecho mi buena acción, ¿no? Por la sororidad.

Aprieto los dedos alrededor del volante, tensándolos hasta el punto de sentir dolor. —Por favor. Solo déjame llamar a alguien para que venga a buscarme. Para que sepan dónde estoy, al menos.

Niega con la cabeza y otro mechón de pelo se suelta de detrás de su oreja. —No puedo arriesgarme. Lo siento. —Excepto que no parece sentirlo en absoluto. En realidad, suena indiferente.

Asiento varias veces. —Entonces, ¿qué tal si los llamas tú? ¿O si los pones en manos libres? ¿O solo les dices dónde estamos? Ni siquiera tengo que hablar yo.

Su silencio pesa en el ambiente, y no sé si está volviendo a su tratamiento de silencio o si su resolución está flaqueando.

Pero tengo cuatro millas para defender mi caso, así que decido que, a estas alturas, no tengo mucho que perder.

El pensamiento de quién podría estar en el área de descanso me ronda por la mente, una incógnita aterradora.

Dada mi suerte reciente, es probable que haya otro psicópata desquiciado esperando en las sombras.

—Hunter.

Ella me mira de reojo, pero no dice nada.

—Él tiene, esto, cinco años. —La miro y me encuentro con que ya tiene sus ojos puestos en mí.

Así que continúo—. Y lo envié lejos con su abuela en cuanto supimos que algo malo estaba a punto de suceder.

Pero los imbéciles de las motos llegaron muy rápido, y eran muchísimos.

—Hago una pausa, mi mente regresando a esos momentos.

No puedo creer que eso fuera hace solo unas horas.

O ayer, supongo. Se me encoge el estómago al darme cuenta de que podrían haber pasado días.

No sé qué había en esa jeringuilla ni cuánto tiempo me dejó inconsciente.

No puedo permitirme pensar demasiado en ello, o entraré en barrena. Y ahora mismo no tengo el lujo de ser vulnerable. No hasta que esté de vuelta en Rosewood.

Hasta que esté en casa. Con ellos.

Trago saliva ante el dolor que me produce todo esto y continúo, con voz tenue.

—Eran docenas, y abrieron fuego contra la casa como si nada.

Como si estuvieran jugando a un videojuego.

La violencia que desataron fue... fue devastadora.

Y yo no dejaba de pensar en cómo, ni cinco minutos antes, le estaba enseñando a Hunter a bailar claqué y a atrapar mariposas en el jardín.

En cómo veinte minutos antes estábamos comiendo nuggets de pollo con forma de dinosaurio en el fuerte que habíamos hecho en el salón el día anterior.

Y yo... no tengo ni idea de si consiguió salir sano y salvo. O si lo encontraron de alguna manera.

Las lágrimas me nublan la vista y parpadeo por instinto, haciendo que caigan por mis mejillas en dos ríos de angustia.

La mujer a mi lado se aclara la garganta, y la miro a tiempo para ver cómo saca un teléfono de alguna parte.

La gratitud me recorre las extremidades, fluyendo hasta la punta de los dedos. Los muevo para dispersar la sensación de hormigueo. —Gracias.

—Yo llamaré. Tú te quedas callada. Y si sospecho por un solo segundo que esto es una trampa de algún tipo, te mataré más rápido de lo que puedas parpadear.

Parpadeo varias veces por reflejo, con las pestañas revoloteando como si tuvieran miedo de no poder volver a moverse nunca más. —De acuerdo. Gracias.

—¿Cuál es el número de tu novio?

—Esto... —Mi mente se queda en blanco. Se vacía total y completamente—. Mierda. No me lo sé de memoria.

Ella gira la cabeza sobre el reposacabezas para lanzarme una mirada tan afilada y potente que llego a estremecerme.

Muevo la cabeza de derecha a izquierda, intentando liberar algo de la tensión que me aprieta los hombros.

—Pero me sé el número de Cora de memoria.

Coraline Carter. Es mi prima y mi mejor amiga, y vive en Rosewood.

Probablemente esté con mis novios ahora mismo.

—Tuerzo los labios hacia un lado al imaginármela haciéndoles la vida imposible a los Reapers, porque eso es lo que hace cuando tiene miedo: arremete contra todos.

—Vale —espeta ella.

Le recito el número y ella se lleva el teléfono a la oreja. Puedo oír débilmente el tono de llamada a través del silencio del coche.

Una vez, dos veces.

Vamos, Cora. Responde al teléfono.

Como si me hubiera oído, responde al tercer tono.

—¿Diga?

El sonido familiar de su voz me deja sin aliento. Tengo que reprimir cada instinto en mi interior que me grita que simplemente le grite algo, cualquier cosa, para que sepa que estoy aquí. Pero no voy a jugarme la vida de esa manera, no cuando mi ambivalente acompañante me apunta con una pistola.

—¿Coraline Carter?

—Sí —responde Cora con cautela—. ¿Quién es?

—He encontrado algo que podría interesarle. El área de descanso junto al hito setenta y nueve. —La mujer finaliza la llamada, saca la tarjeta SIM del lateral de su teléfono y la lanza por la ventanilla abierta sin decir una palabra.

Asiento en agradecimiento y trago saliva, con la boca repentinamente seca.

Un minuto después, salgo de la carretera por la derecha y entro en un área de descanso.

No hay otros coches ni camiones aquí, solo un edificio de ladrillo de forma octogonal con un lado hecho enteramente de cristal.

Una hilera de máquinas expendedoras en la pequeña zona del vestíbulo y señales de aseos.

Para ser un área de descanso, esta no está mal. Solo espero que siga vacía.

Pongo la palanca en punto muerto y salgo de su coche sin decir palabra. Esta vez, ella se pasa al asiento del conductor por encima de la consola central en lugar de salir y rodear el capó del coche.

—Mary. —Se detiene con la mano en la manilla de la puerta.

—¿Qué? —pregunto distraída, con la mirada vagando por las esquinas del aparcamiento.

—Mi nombre es Mary —dice entre dientes.

Arqueo las cejas ante su confesión. Asiento en reconocimiento. —Es un nombre bonito.

Ella sonríe con sarcasmo, pero es todo líneas duras y violencia apenas velada. —«Un nombre bonito para una chica guapa». Eso fue lo último que dijo antes de que le cortara la lengua.

Mis ojos se agrandan ante su confesión. Su mirada recorre mi rostro, y su sonrisa burlona crece como si disfrutara de mi conmoción.

—Nos vemos, chica guapa —murmura enseñando los dientes. Cierra la puerta de un portazo y desaparece en una nube de polvo de grava.