Salvación (Rosewood 3) 14 Evangeline
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14 Evangeline

CATORCE

EVANGELINE

—Pero qué cojones —alargo las palabras en un suspiro—. Te pasa. —No es una pregunta—. No sé quién eres ni de quién huyes, pero te juro que no tengo nada que ver con eso.

—Ya lo veremos, bonita. Ya lo veremos —murmura—. Abre la puerta.

Niego con la cabeza y el filo del cuchillo me recorre la piel bruscamente. El metal está frío bajo mi palma mientras cierro la mano alrededor del pomo de la puerta. —Pensaba que ibas a ser mi salvación.

—¿No lo sabías? —pregunta con un chasquido de lengua—. Soy la ruina de todo el mundo.

Ni siquiera sé qué pensar de sus crípticas palabras, pero el corazón me late con fuerza por la anticipación mientras intento imaginar quién o qué podría estar esperándonos al otro lado de la puerta.

¿Será el tipo que dejé en la cuneta o el empleado de la gasolinera?

O puede que quienquiera que la esté persiguiendo nos esté esperando para tendernos una emboscada.

Con un hondo suspiro amargado por el pavor, abro la puerta y me preparo para lo peor. Pero solo me recibe el ensordecedor sonido de un trueno. El fuerte estallido explota en el cielo, propagándose hacia fuera como la marea y haciendo vibrar las paredes del baño.

Me da un empujoncito con la mano en la espalda, guiándome al doblar la esquina y sin aflojar en ningún momento la cortante presión en mi cuello. —Por aquí.

La lluvia me resbala por la cara y las gotas gélidas me escuecen en los ojos mientras avanzo a trompicones. El viento aúlla como un animal salvaje, azotando mi ropa con una fuerza violenta y tirándome del pelo.

Nos detenemos junto a la puerta del lado del conductor de un coche de lujo de un modelo antiguo.

El pánico me aguijonea la nuca cuando me aparta hacia un lado.

Es difícil ver mucho con la lluvia en los ojos, pero casi puedo sentir la mirada de alguien sobre nosotras... sobre mí. Es intrusiva e implacable.

—Espera —suelto—. Llévame contigo.

—No te jode, Hollywood. Entra, conduces tú —dice entre dientes mientras retira por fin el cuchillo de mi garganta. Abre la puerta del conductor y me empuja al asiento en un instante.

Me hundo en los asientos envolventes de cuero color crema con un gruñido. Consigo meter las piernas antes de que ella cierre la puerta de un portazo y rodee corriendo la parte delantera del coche.

El interior del vehículo está a oscuras, solo iluminado por algún que otro relámpago en el exterior.

Un par de mapas de papel parcialmente doblados descansan en el salpicadero, pero, por lo demás, carece de cualquier toque personal.

Antes de que tenga tiempo de pensar más en ello, ella se desliza en el asiento del pasajero a mi lado.

—Antes de que se te ocurra lanzarme a mí a una cuneta, que sepas que soy yo la que te está salvando el culo.

Además. —Abre la guantera, saca una pistola y se la pone en el regazo, con el dedo apoyado junto al gatillo—.

Tengo esto. Y te prometo que puedo dispararte más rápido de lo que tú puedes estrellar mi coche.

Trago saliva con dificultad mientras miro de la pistola al parabrisas. —Está bien.

Ella emite un sonido con la garganta. —¿A qué esperas? Vámonos.

—No me has dado las llaves.

Se inclina hacia delante y mi espalda se pone tensa como un palo.

No sé qué me pasa exactamente, es como si mi pozo de miedo estuviera casi agotado o algo así.

Porque, aunque definitivamente le tengo miedo a ella y a lo que es capaz de hacer, no estoy tan asustada como creo que debería estar.

O tal vez sea porque estoy al volante, y eso conlleva un control inherente.

Golpea el contacto con la punta de la pistola. —Ya está puesta. Ahora mueve el culo, Hollywood. Tenemos un largo camino por delante.

Me inclino y alargo la mano para girar la llave, pero en lugar de un mando de plástico, mis dedos se envuelven alrededor del mango liso de un destornillador. Mi mirada se desplaza hacia la mujer en el asiento del pasajero, con las cejas arqueadas por la sorpresa.

—¿Algún problema?

—No, ningún problema. —Giro el mango del destornillador y el coche arranca con un petardeo. Espero un segundo antes de meter la primera. —¿Adónde vamos?

—Al este —gruñe—. Vamos al este.

Mientras empiezo a conducir, la lluvia sigue golpeando el parabrisas con un patrón rítmico que coincide con el latido inquieto de mi corazón. La mujer a mi lado permanece en silencio, con su mirada gélida fija en el retrovisor del pasajero, como si estuviera asegurándose de que no nos siguen.

Con cada minuto que pasamos solas en la carretera, mi adrenalina disminuye.

Me tiemblan los dedos y tengo la piel de gallina sobre la piel de gallina.

Manipulo con cautela los controles de la calefacción, ajustándola a una temperatura más cálida y orientando una de las rejillas de ventilación hacia mi cara.

Me aclaro la garganta y le lanzo una mirada fugaz. —¿Por qué le has hecho el puente a tu propio coche?

Pienso que tal vez me ignore, pero suspira. —Porque un imbécil no quería darme las llaves.

—Pero este es tu coche, ¿verdad? —insisto, girando a la izquierda donde ella me ha indicado.

Me mira por encima del hombro. —¿Acaso importaría?

Me muerdo el labio inferior y sopeso mi respuesta. —Supongo que no mucho.

Siento su mirada recorrer mi rostro, como si intentara escudriñar mi interior o algo igual de intenso.

Mis nudillos aprietan el volante con demasiada fuerza ante su silencio.

La carretera se extiende ante nosotras, serpenteando a través de bosques densos que parecen tragarnos a medida que nos adentramos en la noche.

Después de lo que parece una eternidad, por fin habla. —Para el coche.

La alarma me recorre, despertando los restos de adrenalina. Aquí no hay nada, ni siquiera una de esas pobres áreas de descanso que se ven a los lados de las carreteras.

—¿Por qué?

Me señala con la pistola. —Porque se te han estado cerrando los ojos durante los últimos treinta minutos y no me apetece morir porque estés demasiado cansada para conducir con seguridad.

Me quedo boquiabierta, y la sorpresa se traga cualquier respuesta. —Ah. —Llevo el coche con suavidad hacia el arcén de la carretera y pongo la palanca en punto muerto.

Ella abre su puerta y rodea el coche; yo no le doy la oportunidad de dejarme tirada en la cuneta como una bolsa de comida rápida usada, así que me paso al otro lado por encima de la consola central.

Se desliza en el asiento del conductor y sonríe con sorna. —Tienes dos horas, luego vuelves a conducir tú.

Arqueo las cejas por la sorpresa. Es lo máximo que he conseguido sacarle desde que subimos al coche.

No se me ocurre ninguna razón lo suficientemente buena para no quedarme en este coche, y parece bastante seguro.

Definitivamente más seguro que estar en medio de la nada, en el arcén de la carretera por la noche.

Siento los párpados pesados y me duele el cuerpo en lugares que no sabía que podían doler. Así que cedo a la tentación, hundiéndome en el asiento y permitiéndome caer en el sueño.