13 Evangeline
TRECE
EVANGELINE
Voy montada en una subida de adrenalina mientras recorro a la carrera los últimos metros por el campo resbaladizo. La garganta me arde y creo que se me están llenando los ojos de lágrimas, aunque con la lluvia cuesta saberlo.
El pecho se me agita por el esfuerzo y la lluvia helada me resbala por la cara. Vacilo al llegar al borde del campo, mirando fijamente el edificio que tengo delante.
La gasolinera se alza como un centinela, sus potentes focos cortando las nubes y bañando el asfalto agrietado con un resplandor brumoso.
Los seis surtidores se alinean bajo la marquesina, su antigüedad evidente pero aún cuidados con esmero.
No tiene un aire vintage; más bien, parece que por aquí no pasa mucha gente.
La gasolinera vibra con el leve zumbido de la electricidad, que se ve ahogado a ratos por el lejano retumbar de los truenos. Una farola solitaria, al otro lado del aparcamiento, parpadea un par de veces antes de apagarse.
El estómago se me revuelve de miedo al darme cuenta de algo: no tengo ni idea de dónde estoy. ¿Cuánto tiempo hemos estado conduciendo? ¿Hasta dónde me ha llevado de casa?
La mente me va a mil, pero aparto a un lado esas preguntas ansiosas y me centro en la poca información que sí tengo.
Hay tres coches aparcados, incluido uno junto al surtidor.
Me agacho un poco para recuperar el aliento y decidir mi siguiente paso.
La probabilidad de encontrar a alguien dispuesto a ayudarme es relativamente alta.
Pero, teniendo en cuenta que acabo de correr al menos un kilómetro campo a través por lo que estoy casi segura de que es un campo de alfalfa, puede que esta no sea una zona muy transitada.
Y me cago en todo si paso por todo esto solo para toparme con otro psicópata.
No estoy segura de cuántas oportunidades me quedan antes de que mi suerte se agote del todo.
Mis ojos recorren la tienda hasta que se detienen en ella: una mujer menuda, con una trenza pelirroja que asoma por debajo de la capucha. Paga sus cosas y se dirige hacia el baño exterior, en un lateral del edificio.
Otra mirada me revela a un hombre mayor con una larga barba gris trabajando detrás del mostrador…
y ya está. No veo al conductor del tercer vehículo.
Quizá esté en el baño o en alguna parte más interior de la gasolinera.
Aunque toda la fachada es prácticamente de cristal, no alcanzo a ver tan al fondo del edificio.
Hundo los dientes en la comisura del labio inferior, mordisqueando la carne sensible mientras decido qué hacer.
El trueno retumba sobre mi cabeza, la lluvia cae ya en una llovizna constante.
Balanceándome hacia delante sobre las puntas de los pies, tomo la decisión de pedirle ayuda a ella en lugar de al empleado.
Las mujeres están más inclinadas a ayudar a otras mujeres, ¿no? ¿No es eso lo que se dice?
Suelto el aire y, tan rápido y fluido como puedo, voy directa hacia el baño. Mantengo la cara girada, lejos de las puertas de la gasolinera, y cruzo los dedos para que la mujer me ayude.
Empujo la puerta metálica del baño, y se me quedan pegados a las yemas los desconchones de pintura gris.
Un aire rancio me recibe como un amante al que hace mucho que no veo, ahogándome con su olor acre.
Me detengo en el umbral, la puerta metálica apoyada contra el lateral de mi deportiva, sujetándola abierta.
Dos cabinas —una abierta y otra cerrada—, un lavabo oxidado y un espejo empañado.
No es el baño más limpio en el que he estado, pero tampoco el peor.
Doy un paso hacia dentro y dejo que la puerta se cierre detrás de mí con un tintineo apagado. —¿Hola?
Solo me responde el sonido de la lluvia.
Me paso la mano por la cara y exhalo. —Mira, n-necesito ayuda. Había un tío y…
Algo afilado me pincha el cuello en un destello de movimiento, arrancándome de golpe el resto de las palabras.
—¿Quién te ha enviado? —gruñe una voz femenina, grave, a mi espalda.
Entonces la siento, su presencia detrás de mí. La amenaza y la furia se le desprenden en oleadas, inundando cada rincón de esta habitación. Palpitan con cada una de sus respiraciones, como una entidad viva.
Tardo demasiado en reaccionar. Me había convencido de que ella sería mi billete de salida de aquí, mi forma de volver a casa. No estaba preparada para que me arrojaran de cabeza de nuevo al caos.
Mi vacilación no pasa desapercibida. Un segundo después, presiona con más fuerza la punta afilada contra mi cuello. —¿Quién te ha enviado, zorra?
Levanto las manos en esa postura universal de «no voy a hacerte daño», con las palmas hacia afuera.
Los hombros se me levantan al mismo tiempo que las manos, casi hasta las orejas, mientras me preparo para el dolor.
He destrozado la sartén para salir de ella solo para meterme sin saberlo en el fuego.
—He dicho…
—Nadie —respondo deprisa, dejando que toda mi frustración y desesperación se filtren en mi tono.
—Déjate de mierda. Solo dime quién te ha enviado y quizá no te deje desangrándote en medio de la puta América profunda.
—No me ha enviado nadie, lo juro. No sé quién eres ni dónde estamos.
—Me paso la lengua por el labio inferior, y el sabor a lluvia de verano despierta una nostalgia tan espesa y potente que hago algo temerario.
Abro la boca y las palabras se me escapan, una tras otra, antes siquiera de darles permiso para salir de mis labios.
—Acabo de estrangular a un puto psicópata con lo que muy probablemente sean mis bragas robadas de verdad.
De esas altas y pícaras, en color rosa azúcar.
No sé por qué el estilo o el color son importantes, solo que siento que es un detalle importante, ¿sabes?
Eso, por sí solo, ya habría sido toda una hazaña, pero es que estaba conduciendo en ese momento.
Así que se salió de la carretera y se estampó en una zanja, y de algún modo yo salí andando de allí de milagro.
Que estoy bastante segura de que se lo debo a mi abuela.
Murió el año pasado, pero últimamente ha estado como…
apareciéndoseme. En plan que por momentos pensaba que me estaba volviendo loca cuando oía su voz dentro de mi cabeza tan claramente como siento ahora tu metal mordiéndome la piel.
Y me preocupa un poco abrirme otro corte estando como estoy, llena de barro de correr por el campo de cultivo después de arrastrarme fuera de un coche siniestrado.
Y ese capullo que me sacó de casa de mis—mis novios en plena balacera con un montón de otros psicópatas en moto y…
—Joder, para ya de hablar —escupe, entre dientes, con la voz baja y afilada.
Aprieto los labios con fuerza, los hombros me vuelven a volar hacia las orejas.
—Háblame de los tíos de las motos —ordena con dureza, elevando aún más la tensión creciente en este minúsculo baño.
Asiento un par de veces, procurando que el movimiento sea mínimo. —Sí, sí… pero, ¿puedes, eh, apartar el cuchillo? Es que me cuesta un poco pensar con él pegado al cuello así.
—Trola —gruñe, inclinando la hoja hacia arriba hasta que un dolor rápido y punzante me atraviesa. —Acabas de contarme tu vida sin pestañear. Empieza a hablar.
Trago saliva, la nuez chocando contra el filo. —Vale, bien. A ver, no estoy del todo segura de quiénes son. Solo sé que vinieron a enviarle un mensaje a mis hombres.
—¿Quiénes son tus hombres?
Intento mirarla de reojo, pero lo único que alcanzo a ver es su sudadera negra. —¿Te suena un pueblo que se llama Rosewood?
—¿Debería?
Alzo un hombro y miro al espejo del fondo.
Los ángulos son malísimos y, aunque no lo fueran, está tan empañado que apenas se distingue nada.
—Es donde estaba cuando ese capullo me secuestró.
El mismo capullo que probablemente ahora mismo me esté buscando.
—Hago una pausa para coger aire, con el omnipresente reloj interno acelerándose dentro de mi cabeza.
Se siente como una advertencia, como si se me estuviera acabando el tiempo.
Carraspeo y cambio de táctica—. Pensaba que podría, no sé, apelar a tu sentido de la hermandad para que me ayudaras, pero ya veo que ha sido un error de cálculo por mi parte. Me la jugaré con el tío del mostrador.
—Estoy bastante segura de que ese viejo cabrón tiene movidas ilegales en el cuarto de atrás de esta puta gasolinera de mierda. No va a dejar que llames a la poli por tu robabragas —farfulla.
—No voy a llamar a la poli. Y el tío de ahí fuera es un robapersonas. —Frunzo el ceño, la frustración afinándome los labios.
—Jesucristo, te echará un vistazo y te encerrará en su trastienda, gilipollas. No te va a dejar su teléfono en cuanto le cuentes tu historia lacrimógena sobre tu secuestro —dice con un bufido, en un tono que me deja claro lo que piensa de mí.
La alarma me recorre entera. No me gusta la sensación de irrevocabilidad en su voz.
Como si yo ya fuera una nota a pie de página trágica en su historia.
Desplazo el peso al pie de atrás, los músculos tensos, esperando el momento adecuado.
Me obligo a pensar. ¿Qué haría Lincoln si estuviera en esta situación?
¿Nova o Silas? ¿Qué haría cualquiera de ellos si se encontrara en una posición tan precaria?
Cualquier cosa, imagino que diría Nova.
Todo. Lo haría todo, jura el Bane de mi imaginación.
No hay límites a lo que haría por volver contigo, dice el Silas ficticio.
Frunzo el ceño cuando se me ocurre que muy probablemente tengo una conmoción si estoy imaginando, precisamente a Silas, soltando monólogos sobre su devoción hacia mí.
La mujer a mi espalda me clava los dedos en el hombro y me sacude. El frío acero del cuchillo se me hunde aún más en la garganta. —No te desmayes. Si te desplomas como un saco, te vas a cortar el cuello tú sola y nadie te encontrará, porque ese capullo no llamará a la poli, ¿recuerdas?
Sacudo el hombro hacia delante, estremeciéndome por el mordisco del cuchillo en mi piel. —Jesús. No estoy… —suelto el aire de golpe—. Solo quiero hacer una llamada. Y luego me voy, lo juro.
—¿Para que le hagas señales a quien coño te haya enviado? Ni de puta coña —escupe, girándonos para que yo quede de cara a la puerta. Me empuja con una mano en mitad de la espalda—. Vámonos. —Me da un empujón con más fuerza de la que esperaba, y a regañadientes doy un paso hacia la puerta.
—¿Irnos? ¿Irnos a dónde?
—Nos vamos. Si salgo ahí fuera y hay una emboscada, pasaré esta hoja por tu garganta, y tus extremidades dando manotazos seguirán sirviéndome de distracción para poder largarme de esos hijos de puta.