Salvación (Rosewood 3) 11 Evangeline
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11 Evangeline

ONCE

EVANGELINE

Regreso a la consciencia de golpe, como si acabara de tirarme de bomba en la cantera de Rosewood.

Y, igual que en ese dudoso cuerpo de agua, nado hacia la superficie confusa y asustada.

El miedo me mantiene inmóvil mientras mis pestañas aletean como las alas de una mariposa, desesperadas por despejar mi visión borrosa.

El sonido es lo siguiente que se filtra.

Riffs de jazz rápidos bailan en el aire, acompañados de un silbido.

Tardo un momento en darme cuenta de que el silbido no sale de los altavoces, sino de la persona que tengo delante.

Es familiar y alegre, como una especie de jingle publicitario.

No sé por qué estoy tan fijada en el sonido, como si eso fuera a darme una pista de qué coño está pasando ahora mismo.

Mi visión se despeja al mismo tiempo que mi cuerpo me hace notar sus dolores con una precisión aguda. No son tan malos como podrían. No siento como si me hubieran disparado, y nada parece estar sangrando ni roto. Es una pequeña victoria, y pienso aferrarme a ella.

Es en ese momento, a rebufo del dulce alivio, cuando la realidad me golpea como un puñetazo en el estómago, brusco y repentino.

Estoy en un coche.

Oh, no. No, no, no, no.

Un pánico arraigado hasta lo más hondo se apodera de mi cuerpo, retorciendo y estrujando mis músculos en un agarre implacable. La voz de mi madre resuena en mi mente, atormentándome con cada sílaba.

Nunca dejes que te lleven a un segundo lugar.

Mi madre llevaba su desdén igual que su barra de labios favorita, y Virginia Carter nunca salía de casa sin él. Excepto aquella vez que llevó a mi hermana y a mí a un curso privado de defensa personal.

Razonaba que si alguien llegaba a secuestrarme a mí o a mi hermana, probablemente sería por un rescate. Pero si nos trasladaban a un sitio distinto, a un segundo lugar, ya no habría intercambio de dinero.

En lugar de eso, nos convertiríamos en peones de un retorcido juego de supervivencia, con nuestros captores mandando de vuelta trozos de nuestros cuerpos destrozados como prueba de vida o como amenazas.

Nos dijo que desearíamos estar muertas con tanta calma que medio llegué a preguntarme si tenía conocimiento de primera mano de semejantes horrores.

Material muy chungo para enseñarle a una niña de nueve años.

Pero aún recuerdo la expresión de su cara mientras nos daba indicaciones aquel día.

Había estado más seria que nunca. Entonces yo no lo entendía y, incluso todos estos años después, no sé si llegaré a entender nunca del todo a mi madre.

Pero aquel día no era Virginia Carter, la conocida solucionadora de problemas y tiburón de sala de juntas.

Era una madre.

Perseguida por algo que nadie más podía ver. Y tratando de proteger a sus hijas de la única forma que sabía.

Exhalo en silencio y decido hacer recuento.

Muevo los dedos y flexiono los pies tan despacio como puedo mientras intento recordar si alguien mencionó alguna vez qué demonios hay que hacer si te secuestran en un coche.

He visto incontables vídeos sobre qué hacer si alguien se te cuela en el asiento trasero cuando estás conduciendo.

Incluso tenía uno de esos llaveros con cuchillo desmontable que anuncian en todas las redes sociales.

Pero nada de eso me serviría ahora, aunque lo llevara encima.

No noto el peso familiar del móvil en el bolsillo ni la pistola que me había metido por detrás en los pantalones cortos.

Y cuando el pánico intenta hundir en mi piel sus garras heladas, bajo de golpe una puerta metálica entre nosotros y le cerceno los dedos.

Ahora no tengo tiempo para la ansiedad.

Giro la cabeza hacia un lado, intentando obtener una mejor vista de mi entorno.

Estoy tendida en el suelo, en la parte de atrás de lo que parece una furgoneta familiar.

Asientos individuales tapizados en gris oscuro, echados hacia atrás todo lo posible, supongo que para darle a mi raptor espacio para tirarme aquí dentro.

Está relativamente limpia, así que cuida su coche. Si ha sido tan imprudente como para secuestrar a alguien en su propia furgoneta, entonces tiene un nivel de confianza alarmante.

Echo un vistazo al interior, buscando algo—lo que sea—que pueda usar como arma. Pero no hay nada a mi alcance, desde luego nada que pueda hacer daño.

Solo estamos él y yo aquí dentro, y ni siquiera puedo verlo desde este ángulo, pero tengo que suponer que es el mismo tipo que irrumpió en casa de Silas.

La coincidencia temporal es demasiado exacta como para que no sea un ataque coordinado.

Y tengo que suponer que me está llevando muy, muy lejos para usarme como cebo o como moneda de cambio con mis hombres.

Un pensamiento casi histérico burbujea en mi garganta y tengo que obligarme a tragar por encima del pedrusco de miedo que tengo ahí encajado.

Si el objetivo de este secuestrador es conseguir algo de Silas, ha elegido al hombre equivocado.

Las emociones de Silas son impredecibles y turbulentas.

Un mar tempestuoso con olas feroces rompiendo contra la orilla en un momento, y luego calmo y plácido al siguiente.

Me imagino a Silas recibiendo la nota de rescate por mí y soltando una especie de suspiro, como si no pudiera creer que le pidan hacer semejante cosa.

Pero no. Eso no es del todo exacto, ¿verdad?, me pincha mi subconsciente, atosigándome con destellos de nuestro tiempo juntos como si fueran un montaje de vídeo de lo más retorcido.

Cierro los ojos con fuerza, apretándolos hasta que veo puntitos negros danzar ante mi vista.

Independientemente de lo que Silas haría o dejaría de hacer, sé que Lincoln no me dejaría pudrirme. Tampoco lo haría Nova. Y ni siquiera en el autoproclamado corazón negro de Silas podría vivir consigo mismo si no hiciera nada.

Pero eso no significa que vaya a darle a este tipo lo que sea que esté pidiendo. No si implica sacrificar a los demás.

Me estoy adelantando, dejando que mis miedos envuelvan con sus afiladas garras cada pensamiento que cruza por mi cabeza. Retuercen y deforman cada «y si» hasta dejarme momentáneamente paralizada de pavor. Es un juego peligroso, y no me ayuda en absolutamente nada.

Exhalo y relajo los músculos de la cara, que tenía en tensión. Intento ignorar el punzante latido en un lado de la cara y centrarme. Me doy cinco segundos. Cinco segundos para hacer un chequeo con los sentidos.

Uno: La suave vibración del coche sobre el asfalto. Lo que significa que vamos por una carretera asfaltada y no por una pista de grava improvisada en medio del bosque. Eso es bueno.

Dos: El olor casi empalagoso a coche nuevo.

No el olor real de un coche recién salido de fábrica, sino el que imprimen en los ambientadores con forma de arbolito.

El que hace famosos a los coches de segunda mano y de alquiler.

Bien, así que es posible que este coche no sea suyo.

No sé en qué me ayuda eso, o si me ayuda en algo.

Tres: La canción de jazz ha cambiado, pero su silbido no. Es el mismo fragmento de música de treinta segundos una y otra vez. Hay algo familiar en él, pero no lo sitúo de inmediato. Archivo esa información para más tarde.

Cuatro: Sigue siendo de día. Así que, con suerte, significa que no he estado inconsciente mucho tiempo. Aunque, a juzgar por mi falta de ataduras, también es posible que haya estado fuera de combate todo un día. El pensamiento es tan sobrecogedor como aterrador, así que lo aparto por ahora.

Cinco: La parte de atrás de la garganta me pica como aquella vez que Cora y yo corrimos por un campo de alfalfa y me empezaron a llorar y a picar los ojos tan fuerte que Nana Jo tuvo que llevarme al hospital.

Exhalo una vez más, manteniendo la respiración uniforme y abro los ojos.

Solo giro la cabeza, procurando no mover ninguna otra parte del cuerpo por si me está observando por el retrovisor.

No hay nada debajo de los asientos que pueda usar, ni un trozo de cuerda, ni bolsas de plástico, ni un cuchillo. Una pequeña bendición, en realidad.

Solía bromear con que tenía que reducir mis programas de crímenes reales, pero, sinceramente, si hoy ayudan a salvarme la vida, no pienso dejar de verlos nunca.

Mis ojos recorren los bolsillos del respaldo hasta que se posan en un bulto notable que sobresale del asiento del conductor. Hay algo metido ahí dentro, y esa estúpida semillita de esperanza vuelve a echar raíces.

El corazón me golpea las costillas y las palmas se me humedecen mientras levanto despacio la mano derecha hasta que la punta de los dedos roza la parte superior del bolsillo.

Joder, no llego. El sudor me brota en la nuca, a pesar del aire frío que sale a toda pastilla de la rejilla justo delante de mí. Vale, puedo hacerlo. Puedo.

Cada segundo cae como las campanadas de uno de esos relojes de pie antiguos, reverberando por todo mi cuerpo mientras cambio poco a poco el peso y me incorporo sobre un codo.

Mis dedos temblorosos se cuelan en el bolsillo del respaldo y me estiro más, con los músculos de los hombros protestando por el esfuerzo.

En el fondo del bolsillo, agarro mi salvación. La saco tan despacio como puedo, rezando para que no note el movimiento a través del asiento. Un tejido rosa chillón se derrama en mi palma cuando vuelvo a recostarme en el suelo.

Son bragas de mujer.

Pero no unas bragas cualquiera.

Son braguitas sin costuras de tiro alto y corte brasileño, en color rosa azúcar.

La confusión me envuelve como una manta lastrada, pesada e implacable.

Mis pestañas aletean mientras parpadeo demasiado deprisa, la mente trabajando a toda velocidad para encontrar una razón por la que una de mis braguitas favoritas está en el bolsillo de este asiento.

Podría ser una coincidencia, me digo a mí misma con un leve asentimiento.

Una de esas cosas en las que todos los astros se alinean y lo imposible se vuelve posible.

No tienen por qué ser necesariamente mías.

Solo una pareja al azar. Seguro que hay miles de mujeres que tienen las mismas en sus cajones en casa.

Sí, pensemos en ello como una extraña coincidencia.

Pero, más importante aún, ¿cómo voy a usar un trozo de algodón como arma?

Mi mente da volteretas sobre sí misma, los pensamientos giran tan deprisa que no llego a asirlos del todo. Hasta que solo queda uno. Es increíblemente arriesgado y la tasa de éxito sin duda es baja. El pánico me rodea el cuello, apretando hasta dejar solo un hilillo de aire.

Aprovecha la oportunidad, murmura Nana Jo dentro de mi cabeza.

Dejo que su ánimo y su amor me inunden, rellenando el desfiladero del miedo. El moderado éxito de mi descabellado plan depende del factor sorpresa. Y solo tengo un intento para eso. Así que será mejor que siga el consejo de Nana Jo y lo haga valer.

Suelto una larga y lenta exhalación y noto cómo se me hinchan las mejillas con el esfuerzo. Ignoro la parte lógica de mi cerebro que me recuerda que voy en un vehículo en marcha y que cualquier intento de usar un arma contra la persona que conduce es una locura.

Canalizo a todos los superhéroes de los que habla Hunter y obligo a mi cuerpo a moverse deprisa.

Recojo las piernas hacia adelante y salto a la vertical con un grito de guerra por el que Nana Jo aplaudiría.

El hombre del asiento del conductor suelta un alarido y el coche se desvía a la izquierda antes de que él lo enderece.

Pero no me permito distraerme. No pienso, solo actúo.

Lanzo los brazos alrededor del reposacabezas, meto los dedos por las aberturas de las piernas y agarro el algodón como si me fuera la vida en ello.

En la siguiente respiración, planto los pies en el suelo y hundo el peso en la pierna de atrás.

Y antes de que tenga oportunidad de apartarse a un lado o de alcanzar un arma, tiro de las bragas hacia mí con todas mis fuerzas.

A lo lejos, lo oigo gorgotear algo, pero lo bloqueo.

Mi única prioridad es mantener la respiración lo más estable posible para no hiperventilar y desmayarme. Y no soltar.

Aumento la presión, y él grita ya en serio. Sus dedos forcejean contra la tela tensa en su garganta. Pero no aflojo. Echo un poco los hombros hacia atrás. No quiero romper la tela, solo cortarle el suministro de aire. Muerte por unas braguitas rosas robadas, menuda forma de irse al otro barrio.

Sé que a Nova le va a encantar lo original que es, lo sé.

El coche da un bandazo violento cuando su pánico se duplica. Se impulsa hacia arriba en el asiento, el motor ruge con nueva intensidad un segundo antes de que el coche se dispare hacia delante, como si ahora llevara el pie a fondo en el acelerador.

Y entonces cometo un error. Dejo que una preocupación se cuele en mi concentración, un solo pensamiento envuelto en miedo. Y miro por el parabrisas hacia el mar de verde.

Vamos a estrellarnos.