4 Silas
cDS
CUATRO
SILAS
El tiempo es algo caprichoso. Es fluido y estático a la vez. Es demasiado largo y nunca es suficiente. Y cuando se te acaba el tiempo, el destino rompe tus cuerdas con un movimiento de muñeca y el mundo sigue girando.
No recuerdo mucho del trayecto, solo que Bane y Nova intentaron llamarlos una, y otra, y otra vez.
Nadie respondió jamás. En algún momento, desconecté por puro instinto de supervivencia.
El tipo de supervivencia perverso que me protegía de su creciente ansiedad colectiva, pero solo para que pudiera arremeter contra mí mismo.
Escenarios de «qué pasaría si» se reproducen ante mis ojos durante una eternidad, cada uno más devastador que el anterior. Y luego, cuando ya me he mentalizado para esperar lo peor, mi mente cambia de registro y el odio hacia mí mismo gotea en mi interior como un grifo que pierde.
Cada error que he cometido, cada vez que perdí los nervios, cada momento en que fallé. Di por sentadas todas esas noches sin dormir con el pequeño Hunter en brazos.
Cada instante se siente como ácido cayendo en el nido de serpientes que se retuerce en mis entrañas.
Y me obligo a vivir en ello durante el resto del trayecto.
Si algo le ha pasado a mi hijo o a mi madre —o incluso a la mujer que se ha convertido en mucho más que la puta niñera—, nunca me lo perdonaré.
Parpadeo y ya estoy frente al recinto. Entramos y lo primero que noto es la puerta colgando de las bisagras y la caseta de seguridad absolutamente destrozada.
Hay gente llenando el patio entre la sede y los garajes, y reduzco la velocidad, escaneando sus rostros.
Pero no veo a ningún niño, así que ni me molesto en bajar.
Ya sé que no están aquí. Las luces rojas y azules rebotan en todas partes, y su ritmo pulsante refuerza la idea de que esto es una pesadilla febril.
—Para aquí —ladra Nova—. Yo revisaré la sede. Más os vale llamarme, capullos, si los encontráis en la casa.
Bane asiente. —Igualmente. Y que no se te olvide, joder.
Conociendo a mi hermano, probablemente arrinconaría a Evangeline contra una pared y se perdería en ella.
Siempre ha estado demasiado obsesionado con ella, pasando de todo y olvidando sus responsabilidades.
O quizá solo esté proyectando un poco. A pesar de todo y del lío que supone compartir a una sola mujer entre tres hombres, sé que quiere a mi hijo.
Y si lo encontrara dentro, me llamaría sin dudarlo.
Levanto el pie del acelerador, pisando el freno lo justo para que Nova salte del asiento trasero.
Cierra la puerta de un portazo sin decir palabra, corriendo hacia la sede.
Alcanzo a verlo por el espejo lateral, con el rostro tenso por la determinación.
Algunos se separan de la multitud y trotan hacia él, pero luego lo pierdo de vista al tomar la curva del camino.
Acelero al pasar por delante de la casa de mi madre, sabiendo que o bien habría ido a mi casa o bien estaría en la sede. No se quedaría en su casa.
El asombro me invade al contemplar la escena que tengo delante. El caos y la destrucción parecen sacados de una película. Hay cuerpos esparcidos por el suelo, sale humo de algo que arde en mi jardín delantero y hay motos tiradas por cualquier parte.
Un muro de hombres y motos traza una línea que nos separa de mi casa. El miedo empapa mi piel con un sudor fino mientras me detengo. Me quedo paralizado un momento, con la incredulidad y el pánico brotando de mi boca abierta. No me puedo creer que esto esté pasando otra vez.
Hay muchas formas de incitar a la guerra, de luchar por ciudades y territorios. Pero ¿esto? Esto es más que una declaración, es una puta masacre. No es un mensaje ni una advertencia. No hay nada codicioso en esta jugada. Solo hay devastación.
—Joder —exhala Bane, abriendo su puerta y corriendo hacia su casa.
Pongo el coche en punto muerto y abro la puerta de golpe al instante, sin molestarme siquiera en quitar las llaves. Mi único objetivo es encontrar a mi familia. Aunque lo sé —joder, lo sé—, no están aquí. O han huido o están...
No. No me permitiré pensar en la alternativa. Mi madre me llamó. Eso significa que tuvo algún aviso. Y en este juego, un minuto puede marcar la diferencia entre la vida o la muerte.
Paso por encima de unos cuantos cuerpos y motos volcadas, ignorándolo todo.
Incluidos los quejidos que provienen del jardín de Bane.
No me importa un carajo él ni nada más. Más tarde, cuando estemos todos a salvo y juntos de nuevo, voy a hacer unas cuantas preguntas sobre quién está dejando cadáveres en mi jardín.
Lo último que supe es que Evangeline era una chica de ciudad y que mi madre acababa de operarse del hombro.
Subo los escalones del porche de dos en dos. La visión de la puerta principal, astillada y dañada como si alguien la hubiera echado abajo de una patada, me provoca un escalofrío. Mis botas crujen sobre las astillas de madera y los cristales rotos que cubren el suelo.
—¿Hola? —grito, y mi voz resuena en la casa vacía—. ¿Hunter? ¿Mamá? —Busco frenéticamente en todas las habitaciones del primer piso, revisando todos los escondites habituales de Hunter.
El corazón me da un vuelco de preocupación. —¡¿Evie?! —grito, subiendo las escaleras en un intento desesperado por encontrar cualquier señal de ellos.
Pero el segundo piso se alza tan desolado y abandonado como el primero. El pasillo, antes impecable, está ahora lleno de escombros, pruebas de una lucha violenta.
Mis pasos resuenan con fuerza contra las paredes mientras me dirijo a mi dormitorio.
Mis pasos vacilan cuando encuentro a un Savage Soul boca abajo en mi habitación.
El tocador volcado, la puerta del armario abierta de par en par y todas mis cosas tiradas por el cuarto.
El corazón me golpea las costillas, esa cosa frágil latiendo con la fuerza de una mariposa.
La esperanza surge cuando me lanzo hacia el fondo del armario, donde espera una puerta oculta.
No recuerdo si mi madre sabía la verdadera razón por la que Bane y yo construimos un túnel entre nuestras casas.
Es otro punto de salida, pero lo más importante es que está construido para resistir cualquier ataque o derrumbe.
Es, esencialmente, un refugio antiaéreo.
Y el lugar perfecto para que mi familia espere a que pase el peligro.
Abro la puerta oculta de un tirón, revelando el agujero negro como la boca de un lobo.
Saco el teléfono del bolsillo trasero, activo la linterna y me asomo por el borde.
La adrenalina hace que me tiemblen los dedos mientras busco la escalera de acero atornillada a la pared.
Llego al fondo en lo que parecen segundos, con el corazón atronando en mis oídos como un tambor.
El gancho junto a la puerta de metal está vacío, lo que significa que alguien ha estado aquí abajo sin duda. Intento abrir la puerta, pero no se mueve. La urgencia me golpea la piel y aporreo la puerta con el puño. —¡Mamá! ¡Evangeline! ¡Soy yo, abrid la puerta!
El silencio llena el pequeño espacio, el aire denso con una frágil esperanza. El tiempo parece detenerse mientras espero, y mi respiración se vuelve errática.
Vuelvo a golpear la puerta con el puño. —Hunter, soy yo. Abre la puerta, hijo.
Intento girar el pomo de nuevo, pero sigue bloqueado. El silencio me presiona por todos lados y un sudor frío me resbala por la frente mientras me limpio con el dorso de la mano.
Tomando aire, busco el contacto de Bane y subo la escalera de vuelta a mi dormitorio.
Responde al primer tono. —¿Los has encontrado?
—No, pero creo que están en el túnel. La puerta está cerrada desde mi lado. —Paso la pierna por el borde y entro en mi armario.
—Voy hacia allí ahora mismo.
—Y hay un Savage Soul desangrándose sobre mi alfombra —le digo mientras paso por encima de él una vez más. Tiene que haber algo que se me escapa—. ¿Sabes algo de Nova?
—No, pero ya habría llamado si estuvieran allí.
El corazón se me encoge ante sus palabras y gruño una respuesta. —Voy a seguir buscando aquí.
—Te llamaré si los encuentro —dice Bane.
—Llámame si encuentras cualquier cosa. —Cuelgo y bajo corriendo de nuevo a la cocina. Evangeline y Hunter pasaban mucho tiempo en la cocina, y no sé qué busco, pero quizá haya algo.
Una pista o una prueba; algo que me diga dónde cojones está mi familia.
Me paso las manos por el pelo, tirando de él con frustración. Me quedo en medio de la cocina, girando lentamente sobre mí mismo e intentando detectar cualquier cosa fuera de lo normal.
Menos mal que la mayor parte se ha librado de los daños.
En mi segunda vuelta lo veo. Un trozo de papel bajo un imán de tortuga en el centro de la nevera.
No son las letras suaves y curvas a las que estoy acostumbrado a ver.
Son trazos apresurados con el bolígrafo, su caligrafía más descuidada de lo que jamás he visto.
Como si lo hubiera escrito con prisas. Como si quisiera decirme algo, pero yo...
yo no entiendo qué cojones quiere decir con todo esto.
Tú y yo estamos destinados, escrito en las estrellas.
Estaba despierta, pero tenía demasiado miedo para decírtelo y debería haberlo hecho.
Podríamos haber sido algo épico, cariño.
Mira Coco y cómete las tres docenas de galletas que te escondí en el congelador.