Salvación (Rosewood 3) 5 Bane
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CINCO

BANE

Termino la llamada con Silas, aprieto el teléfono en el puño y miro a mi alrededor lo que queda de mi casa.

La primera planta es una escena caótica de destrucción, con muebles volcados y las paredes llenas de agujeros de bala.

Un charco de café mancha la isla debido a una jarra rota.

Trozos de platos y tazas de cerámica ensucian el suelo de la cocina.

La habitación está llena del inquietante sonido del cristal roto crujiendo bajo mis botas y el leve silbido del viento a través de las ventanas destrozadas.

Su mensaje es caótico en su entrega, pero fatal en su ejecución.

El piso de arriba está relativamente intacto, pero curiosamente me descubro sintiendo un hilo de gratitud debajo de todo, porque ahora —ahora— ya no tengo excusa para aferrarme a esta casa.

No sentiré culpa cuando la arrase hasta los cimientos. Pero esos sentimientos son para otro día. Inspiro profundamente, con la mente en torbellino de pensamientos mientras intento reconstruir qué ha podido conducir a este momento.

Mis sentidos se agudizan en los detalles más pequeños, buscando en mi memoria lo que se me pasó por alto mientras bajo corriendo las escaleras hacia el sótano.

No dudo ante la puerta abierta, aunque rara vez la dejo así.

El latido de mi corazón marca el ritmo de mis pasos golpeando las escaleras.

Corro hacia el centro de la parte terminada del sótano, dando vueltas sobre mí mismo y buscando...

no sé qué. No es que esperara que ella estuviera acurrucada en el rincón con la tía Dixie y Hunter.

Exhalo bruscamente y me paso la mano por la cara; la barba de varios días de mi mentón me raspa las palmas. Supongo que, tal vez, eso es lo que estaba esperando. Pero está claro que no están aquí y, lo que es peor, ni siquiera puedo saber si estuvieron.

Pensamientos despectivos que suenan mucho a la voz de mi madre cruzan mi conciencia, incrustándose en los tejidos blandos de mi cerebro donde soy más vulnerable.

Deberías haberla preparado, haberla protegido.

Les has fallado a ella, a tu tía y a tu sobrino.

Les has fallado a todos porque eso es lo que haces.

Eres un fracasado igual que tu padre.

Gruño ante el ataque mental, abriendo de un empujón la puerta del lado del almacén con más fuerza de la necesaria.

El pomo de la puerta choca contra el panel de yeso con un golpe sordo, y miro alrededor de la habitación.

El pecho me sube y baja por el esfuerzo como si acabara de correr un maratón y no a través de un sótano.

El lado inacabado del sótano era como un reino olvidado, donde las sombras se arrastraban por los recuerdos abandonados metidos en cajas de plástico.

A primera vista, parece exactamente igual. La estantería de pared en un lado, un banco de trabajo rara vez utilizado en el otro. Y la puerta del túnel subterráneo que conecta mi casa con la de Silas.

Abro la puerta de mi lado del túnel con facilidad. Ni siquiera está cerrada con llave. Entorno los ojos, mirando mi mano envuelta en el asa de metal e intento recordar si la había cerrado.

No sé si lo hice. Es una de esas cosas en las que no pienso a menudo, ya que nunca hemos tenido que usarlo antes. Lo probamos, por supuesto, cuando lo construimos. Pero no lo hemos necesitado.

Entro en el túnel y pongo las manos en jarra alrededor de la boca. —¡Evangeline! ¡Tía Dixie! ¡Hunter!

Pero solo el silencio responde mientras permanezco en la entrada del oscuro túnel.

Abriendo la aplicación de la linterna de mi teléfono, avanzo con cautela hacia el interior, con el corazón acelerado.

Mis pasos resuenan ligeramente contra las paredes de metal, el único sonido aquí abajo.

Camino hasta la puerta cerrada que conecta con la casa de Silas.

Está... vacío. No están aquí.

—Joder —ladro, golpeando la puerta con el puño y cerrando los ojos un segundo.

No me he dado cuenta hasta este momento de que, en el fondo, esperaba encontrarlos aquí, sanos y salvos. Pero sé de sobra que no debo tener esperanza.

Cualquiera pensaría que esta vida ya me habría calcinado los últimos vestigios de esperanza de la sangre, pero no, ahí estaba, parpadeando como una vela que se apaga con el viento.

Esa vocecita en mi cabeza no se equivoca, por mucho que desearía que lo hiciera. No la protegí, y debería haberla preparado más.

Pero nos hemos vuelto complacientes en los últimos años. Satisfechos con vivir nuestras vidas al margen de la actividad criminal. Nuestros instintos se embotaron en medio de la paz.

El arrepentimiento es una sirena despiadada; te arrastrará a las profundidades de tu propio infierno.

Y luego te ahogará sin remordimientos. Y está haciendo todo lo posible por hincarme sus garras ahora mismo.

No tengo el lujo del tiempo. Además, intento tener por costumbre no ceder a la tentación del arrepentimiento.

Pero hay momentos, por infrecuentes y fugaces que sean, en los que el peso de todo se me cae encima. La carga de todo lo que he hecho en nombre de los Reapers es más pesada de lo que jamás imaginé.

Y hace ocho años, me descubrí agradeciendo a un dios en el que no creía por haberla puesto en mi camino, por apagar las brasas ardientes del arrepentimiento y reavivar la chispa de la vida en mi interior una vez más.

Es jodidamente patético y cursi y mil adjetivos más que me pintan como un cliché, pero es la verdad.

Yo... pensé que ella era un regalo por toda la mierda que había soportado, mi imagen personal de esperanza en un mundo donde la salvajada era lo normal.

Pero si el universo fue lo bastante misericordioso como para concedérmela entonces, ¿qué he hecho para merecer esto?

¿Qué he hecho para merecer que se la lleven?

Me paso los dedos por el pelo, tirando de las raíces y obligándome a pensar.

Piensa más deprisa, piensa mejor.

El tiempo es una soga invisible que se me aprieta al cuello con cada latido. Se me escapa de las manos. Me trago el grito de frustración que me sube por la garganta, pugnando por salir. La ansiedad convertida en sonido.

Camino de un lado a otro dentro del túnel. Cinco pasos, vuelta; otros cinco pasos, vuelta.

Tiene que haber algo que se me haya pasado, algún pequeño detalle. Evangeline no se iría sin más. Lo sé tan bien como mi propio nombre. Y no hay ninguna puta posibilidad de que la tía Dixie desapareciera así como así.

Pero si están bajo la amenaza de una pistola proverbial, se irían en un abrir y cerrar de ojos si eso significara proteger a Hunter.

Así que, o bien se fueron a toda prisa y tengo que seguir buscando, o alguien se los llevó.

Vuelvo trotando a mi casa, deteniéndome en la zona de almacenamiento. El pecho me sube con respiraciones demasiado profundas para un trote tan corto. Pero mi ansiedad hace que el aire parezca enrarecido y sienta la garganta apretada.

Mi mirada vuela por la pequeña habitación, y entonces lo veo. Allí, en medio de las herramientas colgadas sobre mi banco de trabajo, hay un gancho vacío.

¿Por qué cojones faltaría un destornillador?

Doy una vuelta sobre mí mismo, con los ojos recorriendo cada centímetro de la zona alrededor de la puerta. ¿Estaba la puerta cerrada y ella intentó forzarla con un destornillador?

Me pongo a cuatro patas e ilumino con la linterna del teléfono debajo del banco de trabajo. El haz de luz amarilla no revela nada más que polvo y telarañas, así que me muevo al otro lado de la habitación.

Y allí, iluminado debajo de los estantes de almacenamiento, está el familiar destello del metal.

El destornillador que faltaba, manchado con sangre seca.

Me tiembla la mano al recogerlo, rogando que sea la sangre de otro.

¿No ha dicho Silas que había un Savage sangrando en su dormitorio?

¿Quizá la tía Dixie lo usó contra él y huyeron por el túnel?

En cuanto el pensamiento me cruza la mente, algo me llama la atención desde el otro lado de la habitación.

Corro hacia allí, con el corazón martilleando en el pecho, hasta que mi mano se cierra sobre un objeto pequeño y familiar.

El capuchón de plástico de una jeringuilla se me clava en la palma, provocándome una oleada de miedo.

El sudor me humedece la nuca mientras mi mente da vueltas salvajemente. Se me revuelve el estómago ante lo que significa este pedazo de plástico ofensivo.

Esto no era solo un mensaje o una advertencia, ni siquiera un primer ataque. Asaltar el complejo no era la jugada y abrir fuego contra nuestras casas no era el mensaje.

Era una puta distracción.