2 Evangeline
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DOS
EVANGELINE
El corazón me late con tanta fuerza en el pecho que estoy segura de que me va a saltar de la caja torácica.
Me dan ganas de esperar que así sea, solo para salvarme de cualquier destino miserable que estén tramando los capullos vestidos de cuero que asaltan mi casa.
Nada bueno puede salir de esto y, de un disparo, me he quedado oficialmente sin balas.
Y sin opciones.
Alguien abre la puerta de una patada y yo aprieto el gatillo.
—Hija de la gran puta —grita un imbécil de cuero, agarrándose el estómago sangrante y desplomándose contra el marco reventado de la puerta. Gruñe, levantando el brazo libre y apuntándome con su pistola.
El corazón me da un vuelco mientras intento calmar mi respiración. No voy a dejar este mundo como un animal asustado y aterrado.
Antes de que el intruso pueda apuntar, otro hombre aparece en el umbral tras él. Su pelo rubio oscuro le cubre la frente y le protege los ojos desde este ángulo, pero no lo suficiente como para que se me escape la mirada fulminante que me lanza. Como si yo fuera el problema.
Sucede tan rápido que mi cerebro no puede procesar lo que estoy presenciando.
En un momento estoy mirando fijamente el cañón de mi propia muerte y, al siguiente, el intruso cae al suelo con un golpe rotundo, con un cuchillo de caza clavado en la sien.
La sangre se acumula bajo su estómago y su cabeza, extendiéndose por la alfombra azul de Silas como si fuera una pintura macabra.
Tengo la mente aturdida por el impacto, la adrenalina y un miedo tan potente que puedo saborear su amargura en la nuca. Pero, sinceramente, pensaba que ya estaba al límite, que no podía sentir nada más.
Pero me equivocaba. Y creo... creo que esto ha sido la gota que ha colmado el vaso. —¿Quién coño eres?
—Soy tu puto caballero andante, princesa —dice él, con voz baja y tranquila, como si no acabara de apuñalar a un hombre en la cabeza. ¿Pero qué cojones está pasando ahora mismo?
Pasa por encima del cuerpo, se agacha para recuperar su cuchillo y lo desliza en una funda en su cinturón. Se pone en pie de un movimiento fluido y merodea por la habitación, con un arma semiautomática colgada a la espalda y la mano derecha empuñando una pistola.
Mi instinto de supervivencia se impone a la conmoción; clavo los talones en el suelo y retrocedo, acercándome poco a poco al lado opuesto de la habitación de Silas. Me mantengo agachada, atenta a las ventanas de mi izquierda.
—No tenemos mucho tiempo. Ayúdame a mover esto —espeta, dando la vuelta al cadáver y cerrando de un golpe la puerta del dormitorio. No me dedica ni una mirada mientras arrastra la cómoda de Silas por el suelo y la empuja contra la pared.
No impedirá que nadie entre, pero los frenará. Aunque sea solo un minuto.
No le ayudo; me aferro a la pistola mientras sigo rodeando el perímetro de la habitación casi a gatas. Si me permito pensarlo demasiado, me perderé en el pánico asfixiante de toda esta situación de mierda.
—Lo único que has hecho es atraparnos aquí. Somos blancos fáciles. —Ya estoy cerca del armario. Es un escondite ridículo, pero quizá tenga suerte y encuentre algún tipo de arma. O más balas.
Él se separa de la cómoda y se aparta el pelo de la cara con un movimiento de cabeza que envidiaría la propia Cora. Exhala lentamente, como si yo estuviera agotando su paciencia. —No insultes mi inteligencia, Carter.
El hecho de que use mi nombre me paraliza los músculos durante un instante precioso. Es el tiempo justo para que el pitido de mis oídos empiece a remitir. Lo suficiente para que reconozca que el estruendo que resuena en ellos no son mis latidos, sino varios pares de botas golpeando el suelo.
—Mierda —maldigo, poniéndome de pie y girándome hacia la puerta del armario.
—¿Ves? Sabía que eras más lista de lo que aparentas. —Hay demasiado elogio en su voz, y eso agrava mi creciente confusión.
—No sé de qué demonios estás hablando, pero si no vas a matarme, cállate de una vez.
Retrocede un paso, sacudiendo el cuello como si le hubiera dado una bofetada. —¿Que si voy a matarte? No voy a matarte. Voy a llevarte a casa.
—No sé quién coño eres, pero esta es mi casa —le espeto, señalando con el dedo hacia el suelo.
Giro el pomo y abro de un tirón la puerta del armario de Silas. Una bolsa de plástico vacía de la tintorería, perchas de plástico blanco y unos cuantos trajes. Giro la cabeza de izquierda a derecha, escaneando el pequeño espacio como si fuera a aparecer de repente un portal que lo solucionara todo.
El corazón me late a mil por hora mientras aparto las perchas, revelando dos pilas de cajas de almacenamiento. De esas en las que guardas los jerséis durante los meses de verano. Me las quedo mirando, casi jadeando mientras intento averiguar cómo demonios me van a ayudar unas cajas de plástico.
—Vaya, mira tú por dónde —dice él con sorna, sonando demasiado arrogante—. Quítate de en medio de una puta vez. —Me aparta de un empujón y echa las cajas hacia la derecha.
Revela una puerta pequeña, lo bastante grande como para que quepa un adulto si va encorvado.
—¿Qué cojones? —susurro, y la sorpresa me roba la voz.
—Vaya una casa, ¿eh? Supongo que no sabes tanto sobre ellos como crees —comenta, con una alegría sombría bailando en su lengua.
Aparto el hombro de un tirón, con la rabia afilándome las palabras. —No me conoces de nada, gilipollas. Y me estoy cansando mucho de recordártelo. No voy a tirarme de cabeza a un agujero oscuro contigo al fondo de un armario.
Me enseña los dientes en una especie de sonrisa maníaca.
—He sido paciente. He esperado mi momento.
Así que ni de coña voy a perderte por una disputa de bandas de mala muerte.
No cuando te tengo a mi alcance. Así que mete el culo en la trampilla de escape de St. James antes de que esos hijos de puta echen abajo la puerta y muramos los dos.
—Remacha su argumento volviendo a poner la mano sobre mi hombro y empujándome hacia la puerta abierta.
Es entonces cuando oigo los golpes. Grandes y fuertes impactos contra la puerta del dormitorio de Silas.
Oh, joder.
Ahora sí que me he quedado sin tiempo ni opciones.
Con una plegaria silenciosa para que Nana Jo me cuide, me lanzo al armario.
Me asomo por el umbral abierto, mirando hacia abajo y no viendo más que oscuridad.
Se enciende una linterna sobre mi cabeza y, por mucho que no entienda quién es este imbécil ni por qué está aquí o por qué dice la mitad de las cosas que dice, decido que voy a estar agradecida por el pequeño hilo de esperanza que me ha dado.
La suave luz amarillenta ilumina una escalera de plata en lo que parece una especie de túnel metálico.
Alargo la mano hacia atrás y le arrebato la linterna de las manos.
Él gruñe algo demasiado bajo para que yo lo oiga mientras entra en el armario, cerrando la puerta tras de sí.
El sonido de la cerradura resulta ominoso en este espacio confinado, pero no puedo permitirme el lujo de pensar demasiado ahora mismo.
Me giro sobre mis rodillas, me guardo la pistola en la parte trasera de mis pantalones cortos vaqueros y empiezo el descenso, agarrando con manos temblorosas los fríos peldaños metálicos de la escalera.
El pasadizo es más estrecho de lo que pensaba, pero aun así lo bastante grande para que quepan los anchos hombros de Nova. El aire aquí dentro es húmedo, viciado y con un olor a rancio, como un sótano sin usar.
—No eres claustrofóbica, así que deja de perder el puto tiempo y muévete —gruñe sobre mí, con una voz que suena como alambre de espino sobre mis sentidos ya agotados—. Una cerradura de nada no los va a detener. Es solo cuestión de tiempo que encuentren la trampilla secreta de tu maridito.
Ignoro todo lo que dice, aparto las palabras y el sentimiento a algún lugar fuera de mi cuerpo para lidiar con ello más tarde. Cuando esté al otro lado de esto.
Si sobrevivo.
Me empiezan a sudar las manos y el agarre se me resbala cada pocos peldaños.
La adrenalina inunda mi sistema en un intento desesperado de evitar los inevitables temblores que surgen cuando esta se disipa.
El corazón me da patadas en el pecho a medida que me acerco al fondo, y sigo ignorando cualquier cosa que este imbécil esté refunfuñando.
En cualquier momento, mi prioridad va a pasar de huir de los capullos en moto con pistolas a huir del capullo que tengo encima con una pistola.
Y un puto cuchillo de caza.
Me estremezco al recordarlo. De todas las cosas que podría haber hecho hoy, espero que esta, meterme en un túnel de metal con un psicópata de manual, no sea la peor decisión que haya tomado.
Mi mirada sube desde sus botas rozadas hasta el símbolo desvaído en la espalda de su gastada chaqueta de cuero. Sus vaqueros oscuros y sus botas negras hacen que se camufle con los otros hombres del recinto, pero algo en su expresión lo diferencia.
Cuando mis pies tocan el suelo, diviso una puerta de metal gris a la derecha.
No es una puerta normal, porque, por supuesto, esto de la trampilla secreta no podía ser tan fácil.
Esta puerta es más bien un panel oculto, sin pomo tradicional ni teclado numérico.
Solo un pequeño orificio rectangular bajo el asa curva cerca del centro de la puerta.
El pavor se enrosca en mis entrañas como una serpiente cabreada. Si esta puerta no se abre o está bloqueada por el otro lado, estaré peor que en el dormitorio de Silas. Exhalo el aire al mismo tiempo que él se sitúa detrás de mí.
Pasa el brazo a mi alrededor y arranca algo de la pared por encima de mi cabeza. Lo introduce en el agujero rectangular y agarra el asa. —Si hubiera sabido que eras tan cobarde, tal vez me habría replanteado mi plan, Evangeline. Pero no te preocupes, princesa, te voy a ayudar.