Salvación (Rosewood 3) 1 Silas
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Salvación (Rosewood 3)

Salvación (Rosewood 3)

Por Penelope Black

© inepub.com

1 Silas

UNO

SILAS

—Silas, han entrado en el recinto. Vuelve a casa, hijo.

Las palabras de mi madre parecen resonar por todo el coche.

Cada palabra, cada sílaba, me golpea. Rebotan en Bane y rebotan en Nova.

Van de un lado a otro como bolas en aquella vieja máquina de pinball que Hunter me lleva pidiendo que compre desde que él y Evangeline hablaron del tema hace dos semanas.

Hunter.

Cojo aire como si estuviera subiendo una montaña a ciento treinta y el aire se volviera más fino por segundos.

Creía saber lo que era la ansiedad. Que había pasado demasiados momentos de mi vida con ella, demasiados días sumergido en su agotamiento espeso y almibarado. Pero todo eso no era nada comparado con lo que me inunda las venas y me cortocircuita el cerebro ahora mismo.

Mi padre nunca iba a ganar ningún premio al mejor padre, y desde luego que nunca dio la puta sensación de que sus hijos fueran lo primero para él. Pero quizá hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Era un puto forajido en todos los sentidos de la palabra.

No lo entendía del todo hasta ahora; no lo entendía a él. Hasta que me veo hundiéndome en las arenas movedizas del terror por la seguridad de mi hijo. Y la fría claridad flota sobre la ansiedad como la bruma sobre el lago.

No hay nada que no haga por Hunter.

Ninguna parte de mi alma que no corrompa para salvar la suya.

A lo mejor mi padre y yo no somos tan distintos después de todo.

¿Cuántos días se despertaba pensando: ¿Será hoy el día? ¿Es hoy el último día que veré a mis hijos?

¿Cuántos días debe un hombre despertarse y pensar eso antes de hacer algo al respecto? ¿Cuánto puede aguantar un corazón bajo ese tipo de estrés?

Este tipo de emoción que lo consume todo es mucho más potente que la ansiedad. Es terror convertido en arma que envuelve mi garganta con garras de alambre de espino, apretando cada vez más y más y más.

El silencio chisporrotea, y juraría que fragmentos de las palabras de mi madre flotan en el aire como partículas microscópicas. Solo ha pasado un minuto desde que su voz llenó el coche diciendo que volviéramos a casa, pero bien podría haber sido una eternidad.

La punzante sensación de la piel de gallina me recorre el cuerpo, seguida de escalofríos que caen en cascada por mi espalda. Se me ponen los nudillos blancos de tanto apretar el volante, zigzagueando entre el poco tráfico que hay en la autopista. Gracias a Dios por los pequeños milagros.

—Llama a mi madre otra vez— le digo a Nova, buscándole la mirada por el espejo retrovisor.

Se lleva el teléfono a la oreja, con los ojos entrecerrados por la preocupación. Cuando vuelvo a cruzarme con su mirada, ya está negando con la cabeza.

—Seguiré intentándolo— dice Nova.

La sensación de urgencia en el aire es palpable, tan densa que asfixia. Mis músculos se tensan por reflejo, con la adrenalina y el instinto de lucha o huida pegados a mis talones.

El jodido juego de supervivencia de la naturaleza. Pensaba que hoy los depredadores éramos nosotros. Pero me equivocaba.

Me equivocaba de puta madre. Y fui un puto ingenuo al asumir que jugarían siguiendo las reglas. Y ahora lo único que puedo hacer es rezar para que el daño causado sea algo de lo que podamos recuperarnos.

El teléfono de Bane suena, cortando la tensión creciente como un cuchillo caliente en mantequilla.

—¿Quién es? ¿Mi madre? ¿Evangeline?— pregunta Nova, inclinándose hacia delante entre los asientos.

Mantengo la vista en la carretera, negándome a apartar los ojos de ella mientras adelanto al conductor más puto lento del planeta. Piso el acelerador con más fuerza, llevando el coche al límite e ignorando por completo la velocidad máxima permitida.

—¿Diga?— responde Bane, pulsando el botón del manos libres de inmediato.

—Busco a Lincoln St. James.— Es la voz de una mujer, pero no la reconozco.

Lo que es más importante: no es una de las dos únicas mujeres de las que quiero saber algo, así que me importa una puta mierda quién sea.

—¿Quién es?— pregunta Bane.

—¿Es Lincoln St. James?— insiste ella, bajando la voz hasta casi convertirla en un susurro.

Siento la mirada de Bane sobre mí y lo miro brevemente. Su rostro es de una neutralidad estudiada, con los hombros altos y tensos.

Mi primo y yo siempre hemos estado en la misma onda. Es parte de lo que nos convierte en un equipo tan formidable. Nova y yo somos un equipo a nuestra manera, pero él es impredecible comparado con la fiabilidad de Bane.

—Sí, ¿quién es?— dice él. Hay un deje de advertencia y dureza en su voz.

Es mejor trato del que yo le habría dado. Tengo los nervios hechos una puta mierda y no me queda capacidad para mucho más ahora mismo.

Aprieto más fuerte el volante y me concentro en la carretera que tengo delante.

Hay una línea muy fina entre la urgencia y la temeridad.

Y maldita sea si voy a estrellar nuestra camioneta ahora mismo.

No tengo tiempo para un accidente de coche ni para una multa por exceso de velocidad ni para que me pare nadie por ningún motivo.

A menos que sea para sacar a Hunter, a mi madre y a Evie del peligro, me importa todo una mierda en este momento.

Así que me cuesta toda mi concentración mantenernos en esta carretera de forma segura y llevarnos de una puta vez de vuelta al pueblo.

Pero las siguientes palabras que flotan en este espacio tumultuoso y cargado que ocupamos los tres casi hacen que me desvíe hacia el arcén.

—Soy Elizabeth Carter y la he fastidiado. Ne-necesito tu ayuda.

El cuello me da un espasmo al girar la cabeza hacia Bane, y el coche da un volantazo conmigo. De todas las personas que podría haber imaginado, un Carter no estaba ni cerca de la lista.

—¡Eh!— gruñe Nova a mi lado, golpeándose los hombros contra el asiento del pasajero.

Doy un tirón al volante hacia la izquierda, enderezándonos en la carretera.

Una mueca me tira de las comisuras de los labios y suelto un bufido.

Mis ojos se entrecierran al fijarse en el teléfono que él tiene en la mano.

La pantalla brillante ilumina la furia silenciosa de su mirada.

Pero no va dirigida a mí ni a Nova; está centrada en la pantalla.

—Empieza a hablar— espeta Bane.

Me arriesgo a lanzarle una mirada más, intentando sin éxito leer sus intenciones, obtener algún tipo de pista sobre qué coño está pasando.

La vergüenza me arrastra su lengua bífida por la columna vertebral. El apellido lo reconozco, pero eso es todo. Eso es todo, maldita sea. Y es tan jodidamente inaceptable que ellos sepan más sobre ella que yo.

No tengo ni idea de quién es Elizabeth Carter en relación con Evangeline, y debería saberlo, joder.

Por la forma en que han reaccionado Bane y Nova, ambos lo saben, y no tiene nada de bueno.

Reajusto el agarre en el volante y me muevo en el asiento, en un intento lánguido de soltar las púas de los celos clavadas en mi espalda.

No tengo tiempo para esto. No tengo tiempo para sentir vergüenza ni espacio para sentir celos. No tengo tiempo para preocuparme por quiénes son los parientes de Evangeline.

Ahora mismo, mi único objetivo es volver al recinto; con Hunter. Ver cómo está mi madre. Y asegurarme de que Evie esté bien.

Se oye un ajetreo al otro lado de la línea, y su voz baja aún más. —No puedo hablar ahora. No es... no puedo... queda conmigo en una hora en el Maple Leaf Diner. Allá en Brookhaven.

—Dime de qué se trata— exige Bane. El cuero cruje bajo él mientras se inclina hacia delante.

—En una hora. En el Maple Leaf Diner— dice ella.

Bane niega con la cabeza y mira el reloj del salpicadero. —Sé dónde está. Necesitaré tres horas.

Más ruidos llenan la línea, y oigo gritos de fondo, pero están amortiguados y no alcanzo a distinguir nada.

—Está bien— susurra ella. —Tres horas.

—Estaremos allí— dice Bane.

—No— susurra la mujer. —Solo tú; ya viniste a por mi hermana una vez. Ahora necesito que lo hagas de nuevo.

La llamada termina, dejando el peso de su ominoso recado en el aire. Se enreda con el mensaje de voz de mi madre, revolviéndose uno sobre otro hasta que no queda más que una tensa crispación a nuestro alrededor.

No puedo aguantarlo más, joder.

—¿Quién coño era esa?— pregunto apretando los dientes.

Bane niega con la cabeza, golpeando el borde de su teléfono contra el muslo.

—Y antes de que a ninguno de los dos se os ocurra soltar por esa boquita que yo debería saber quién era esa, ya lo sé de sobra, joder. Así que ahorraos el sermón y recordad con quién cojones estáis hablando.— Las palabras salen un poco más caldeadas de lo que pretendía, pero no me retracto.

—Anda. Recuérdamelo. ¿Con quién estamos hablando?— La arrogancia gotea de él como el agua rodando por el filo de una cuchilla. Me he familiarizado más de la cuenta con sus aristas cortantes en los últimos meses. Desde que ella llegó aquí.

Aprieto las muelas hasta que siento que me duelen, tomo la salida de la autopista y entro en otra.

Nova chasquea la lengua desde el asiento trasero. —Eso es lo que yo me imaginaba.

—No, no lo creo, hermano. No es eso lo que quería decir, y tú bien sabes que...

—Elizabeth Carter es la hermana de Evangeline— dice Bane, metiéndose en medio de nuestra mierda como ha hecho toda su vida.

—Vale.— Asiento un par de veces, mirando entre el retrovisor, el espejo lateral y el parabrisas, asegurándome de que no vengan amenazas a por nosotros. Me encuentro en el filo de la paranoia, medio convencido de que esto también forma parte de su plan. Otra puta trampa.

Me aclaro la garganta y mantengo la mirada fija al frente. —No sabía que tuviera una hermana.

Nova gruñe, pero no aporta nada más.

—¿Eso es todo?— Arqueo una ceja y miro significativamente a Bane.

Él sigue golpeando el borde de su teléfono contra el muslo con un ritmo rápido y constante. Tiene el rostro demudado, las cejas fruncidas y la boca apretada en una línea fina.

—Sí— dice Bane con un suspiro. —Creo que tienes que llevarnos al puto recinto antes de que lo perdamos todo.

Exhalo por la nariz y refreno cada instinto que me dice que le suelte un desplante. No es el momento de peleas entre nosotros, aunque se trate de la misma mierda infantil que nos hemos estado lanzando toda la vida.

—Si tenéis algo más que decir, este es el momento. Nos quedan sesenta millas antes de llegar siquiera a los límites de la ciudad de Rosewood.

Frunzo el ceño mientras intento comprender por qué coño la hermana de Evangeline llama a mi primo. ¿Tiene algo que ver en este puto lío, o estamos a punto de vernos arrastrados al drama de la familia Carter?

Bane deja de golpear el teléfono contra el muslo y se recuesta en el asiento. —Elizabeth Carter es una puta serpiente.

—Igual que sus capullos de padres— interviene Nova.

Bane asiente. —Son un nido de víboras de mierda. Y cómo nuestra chica salió tan dulce, como un puto conejito adorable en medio de un foso de serpientes, es un milagro por el que deberíamos dar gracias a Dios todos los días.

Inclino la cabeza un par de veces, con los pensamientos atropellándose unos a otros.

Pero siguen tropezando con un detalle sin importancia: Evie no es un conejo.

Es una mariposa. Suave, bonita y delicada.

Pero si te acercas demasiado, si intentas consumirla, te arrancará la piel desde dentro con su veneno.

La carretera se extiende interminable por delante, y el único sonido es el zumbido bajo de nuestra camioneta sobre el asfalto.

—Bueno, sabemos cómo matar a una serpiente, ¿verdad, chavales?

Lo siento entonces. Una especie de bruma granulada me envuelve, se moldea alrededor de mis músculos y se adhiere a mi piel como una telaraña pegajosa.

Fragmentos desvaídos de quien yo era antes.

Antes de Evangeline, antes de Hunter. Antes de la paz tentativa por la que tanto luchamos.

Dejo que se asiente sobre mi piel como una armadura. Porque me temo que sin ella no podré hacer lo que debo para proteger a mi familia.

Dejé aparcado a Renegade hace cinco años y medio. Lo guardé en una caja y lo puse al fondo del armario. Como ese par de zapatos de vestir que solo te pones para los funerales. Y ha estado acumulando polvo desde entonces.

—Les cortamos la puta cabeza.