Salir a ganar (Gold Rush Ranch 3) 10 Ada
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10 Ada

Me miro en el espejo para asegurarme de que voy bien maquillada. Hoy es el Denman Derby y pienso disfrutarlo como todos los años. Me he puesto un vestido nuevo con estampado de flores, llevo el pelo rizado y me he pintado las uñas; nadie diría que soy una granjera.

Satisfecha con mi imagen, inspiro hondo.

—Es hora de seguir adelante, Ada —murmuro para mis adentros, irguiendo los hombros—. Es tu día favorito del año. ¿Quién necesita la Navidad?

La chica que me devuelve la mirada desde el espejo está preciosa y parece fuerte y dispuesta a comerse el mundo.

Esa soy yo. Han sido dos semanas muy dolorosas, pero he aprendido mucho acerca de mí misma.

He atravesado el infierno y he salido reforzada; he pasado página, he reorganizado mi futuro y me siento más segura de mí misma y de mi fortaleza de lo que jamás he estado.

Creo que siempre amaré a Dermot Harding, pero tengo otros sueños que quiero alcanzar, y sería estúpida si me quedara paralizada y deprimida. He llegado a comprender que Dermot me ama a su manera, pero eso no es suficiente: primero necesita amarse a sí mismo.

Está tan obsesionado con lo que todos van a pensar de él, por creer que nada es para siempre, que no puede entregarse a nada ni a nadie. Está paralizado.

Me di cuenta hace unos días, cuando nadaba a medianoche en el río: no puede mirar primero por sí mismo porque no se quiere lo suficiente como para ser su propia prioridad.

Esa noche dejé de llorar por mí misma para llorar por él: un hombre demasiado asustado como para aceptar el amor que yo tenía para ofrecer.

Es una auténtica lástima, pero yo no puedo ayudarlo con eso: por suerte para mí, yo no sufro esa inseguridad.

Así que aquí está la nueva Ada, forjada a fuego, que pronto se habrá graduado en la universidad y será la propietaria y entrenadora de campeones, de caballos de carreras canadienses. Dermot Harding tuvo la oportunidad de embarcarse conmigo en esta aventura, pero ahora, que se aparte de mi camino.

Bajo trotando las escaleras hacia la puerta principal, y me calzo las sandalias de tacón que he elegido para hoy con una sonrisita pintada en el rostro. Me siento bien. De hecho, me siento genial.

Hasta que salgo al porche y veo una camioneta de color azul metalizado en el camino de entrada. Dermot está sentado sobre el portón trasero, balanceando las piernas y con un ramo de rosas sobre el regazo.

Levanta la cabeza bruscamente cuando escucha cómo la puerta se cierra de golpe detrás de mí.

—Ada…

Los nervios me atenazan el estómago, pero los controlo.

—No. No quiero escucharte.

Voy hacia la camioneta de mi padre, y oigo cómo mis padres cierran a mi espalda.

—Cinco minutos, Ada. ¡He traído flores!

Suelto una risotada incrédula.

—No me conoces lo más mínimo, Dermot Harding. ¿Flores? Esfuérzate más.

Me subo al asiento trasero del coche y cierro la puerta para no oír lo que sea que tenga que decir. Hoy es mi día.

Mi madre le da una palmadita compungida en la rodilla y mi padre agacha la cabeza y se encoge de hombros como diciendo «Mujeres». Al cabo de un momento, toda mi familia ha subido a la camioneta y Dermot no es más que una figura encorvada en el espejo retrovisor.

El día en las pistas es perfecto, como siempre. El día del derby siempre despierta algo en mi interior: quiero estar ahí, con mi propio caballo, corriendo en las pistas. Ahora sé, más que nunca, que eso es lo que quiero hacer con mi vida.

Hemos disfrutado de una cena agradable, hemos bebido vino, hemos hecho unas cuantas apuestas en las que ni hemos ganado ni hemos perdido y ahora estamos de regreso a casa, charlando sobre los caballos que hemos visto.

—Quiero comprar otro, papá.

—¿Otro qué? —pregunta, mirándome a través del espejo retrovisor.

—Otro caballo de carreras.

Una amplia sonrisa se dibuja entre las manzanas maduras que son sus mejillas.

—Cada cosa a su tiempo, Ada. Quizá pueda ser tu regalo de graduación. Solo te falta un año para acabar la universidad.

Miro por la ventanilla el paisaje cada vez más oscuro, y aprieto los labios para contener la enorme sonrisa que amenaza con iluminar mi rostro. No puedo aguantarme mucho más.

Nos vamos quedando cada vez más en silencio a medida que nos acercamos a la granja. Nadie se ha atrevido a mencionar el aspecto que tenía Dermot cuando nos marchamos, pero ahora el peso invisible de su regreso parece ocupar todo el espacio disponible en la camioneta.

—¿Crees que aún estará ahí? —pregunta mi madre cuando tomamos la salida.

Me encojo de hombros y aparto la vista. Seguro que no. Quedarse no es su fuerte.

—Sabes que ese chico está perdidamente enamorado de ti, ¿verdad, Ada? —insiste.

Aprieto los labios para contenerme. Mi madre tiene buenas intenciones, y soy consciente de que ambos descubrieron lo que había pasado entre nosotros con tanta facilidad que ya debían de sospechar algo antes. Sabía que no les molestaría. ¿Por qué Dermot no confiaría en mí sin más?

—No es un chico, mamá. Es un puto adulto.

—¡Ada Wilson! ¡Esa lengua! —Mi madre se muestra escandalizada, pero mi padre se limita a reírse: me conoce bien.

—Es un hecho. Es un adulto. Y si lo que acabas de decir es cierto, tiene una forma muy rara de demostrarlo —añado, y vuelvo a mirar por la ventanilla.

Nadie se molesta en llevarme la contraria, y, cuando llegamos a casa, nos rodea un silencio absoluto al enfilar el camino de entrada en penumbra.

Hasta que mi padre deja escapar un quejido. Dermot sigue sentado en la parte trasera de la camioneta, esperando, como si no se hubiera movido en todo el día. Y aunque acabo de decir que es un hombre adulto, al verlo ahora mismo me parece un niño perdido.

Siento un tirón en el pecho: es la cuerda invisible que siempre me ha atado a él, intentando llevarme de nuevo a su lado. La punzada en el corazón que lo acompaña me hace querer abrazarlo, hacer míos su dolor y su decepción y ofrecerle mi apoyo.

Pero aún no puedo hacerlo. Estoy demasiado cabreada; me ha hecho demasiado daño.

—No dejes que se quede —digo, y salgo de la camioneta, resoplando.

Le echo una mirada y luego voy corriendo hacia la casa, sabiendo que, si lo miro demasiado tiempo, si me pierdo en esos ojos oscuros, mi determinación se vendrá abajo. Ese hombre es como un enorme tanque de ácido para mi fuerza de voluntad.

Me quito los zapatos y voy a mi dormitorio para meterme en la cama sin hablar con nadie.

Me deshago del vestido, me pongo el pijama y me paso las manos por la cara hasta hacerme daño.

Estoy a punto de acostarme cuando escucho el chirrido de la puerta mosquitera al abrirse.

Me levanto y miro por la ventana con tanta rapidez que me avergüenzo de mí misma.

Aparto un poco la cortina de encaje y veo a mi madre ir hacia la camioneta de Dermot con una almohada, una manta y un sándwich.

Traidora . Entonces escucho que le dice «Recapacitará».

Traidora al cuadrado. Le da unas palmaditas en el hombro, se gira y regresa a casa, y yo me tumbo en la cama, cerrando los ojos con fuerza hasta que consigo conciliar el sueño.

Cuando me despierto por la mañana tengo miedo de asomarme a la ventana. Si veo a Dermot durmiendo fuera, voy a rendirme. Quería que volviera a por mí, y lo ha hecho. Entonces, ¿por qué no me parece suficiente?

Lo único en lo que puedo pensar es que creyó que podía venir con un ramo de rosas y que yo me lanzaría corriendo a sus brazos.

Con eso mostró una absoluta falta de reflexión, como si no me conociera en absoluto: lo único que he hecho en mi vida con las flores es trenzarlas en las crines de los caballos.

Voy arrastrando los pies por el suelo de roble hacia el baño, pero me detiene un fuerte ruido metálico.

¿Qué demonios…?

Aparto la cortina, como anoche. La camioneta de Dermot sigue ahí, pero él se encuentra junto a los establos y está dándole martillazos a lo que parece un montón de vallas de metal.

Reconozco que me ha picado la curiosidad, así que me pongo unos vaqueros y salgo.

No levanta la vista cuando me acerco a la valla: sigue trabajando con calma y a un ritmo constante.

Lo admiro sin reparos: el modo en que mueve las manos con cada martillazo, el sudor que cae por su frente.

Me imagino pasando la lengua por la gota que se desliza por su bien dibujado pómulo y, cuando por fin me doy cuenta de que he estado divagando, empiezo a preocuparme por todo el tiempo que lleva ignorándome.

—¿Qué haces? —pregunto, incapaz de resistirme más tiempo.

Sonríe y se pasa el brazo por la frente para secarse el sudor.

—Pensaba que sabrías lo que es esto, Ricitos de Oro.

Estudio el montón de barras que está colocando, pero debo de estar atontada, porque no tengo ni idea de lo que es.

—Está bien —suspiro, irritada por no reconocer algo que se supone que sé lo que es—. Vamos a hacer como que no lo sé…

Se ríe, y un hoyuelo juguetón aparece en su mejilla; se da la vuelta y retoma el trabajo.

—Es un regalo.

—¿Para quién?

—Para ti.

Doy un paso atrás. No quería las flores, pero tampoco estoy segura de querer esto.

—Vale. ¿Por qué?

Se acerca a la valla y apoya los antebrazos. No puedo evitar mirar hacia abajo y contemplar cómo en esa postura los vaqueros se ciñen a su trasero. Estar tan cerca de él es como si me ofrecieran agua después de pasar dos semanas en el desierto.

Él se da cuenta, y su mejilla se contrae, aunque tiene el buen criterio de no comentarlo.

—Porque te hice una promesa —responde, y yo ladeo la cabeza para animarlo a continuar—.

Te dije que te ayudaría a convertir a Penny en un caballo de carreras.

Es la nueva puerta de entrenamiento. Solo tienes un par de meses más para que compita en las carreras de potros.

Y creo que la puerta va a ser todo un desafío.

Miro hacia la puerta. Abro la boca, pero no sale ni una palabra. Esto era lo que yo quería. Flores no: esto.

—Ada, pareces un pez fuera del agua. Ve a buscar a tu yegua, que ya casi he terminado.