10 Ada #2
Asiento en silencio y me alejo con las piernas temblorosas. ¿Qué quiere decir todo esto? ¿Solo ha vuelto para ayudarme con Penny? ¿O ha regresado por mí?
Estoy de pie junto al brillante pelaje cobrizo de Penny y ni siquiera sé cómo he llegado hasta aquí, como si mi mente se hubiera desconectado por completo. Le pongo el cabestro y vamos junto a Dermot, que está colocando los paneles para que la puerta parezca una especie de tobogán.
—Podemos usar otros accesorios, pero, en principio, la clave es que se sienta cómoda. Tienes que montarla lo suficiente para que confíe en ti cuando finalmente la metas en el box.
Enarco una ceja, preguntándome si habla de Penny o de mí, pero sigo adelante y pasamos la mañana trabajando juntos.
Es una tortura estar tan cerca de él y no saber si solo ha vuelto al rancho por asuntos profesionales.
El calor de su cuerpo traspasa mi ropa cuando se mueve a mi alrededor para mostrarme cómo funciona la puerta, aunque nunca llega a tocarme; ni siquiera un roce accidental con la pierna o un pequeño empujón con el codo.
Y después de unas horas, estoy a punto de enloquecer. Quiero que me toque. Que me empotre contra esa estúpida puerta y que haga lo que quiera conmigo. Todo mi cuerpo tiembla de pura necesidad, y él casi ni me mira a los ojos.
Tengo que irme. He quedado en ridículo demasiadas veces al arrojarme a sus brazos y no puedo permitirme hacerlo una vez más.
Así que me dedico a las tareas del rancho y Dermot vuelve a sentarse en su estúpida camioneta como si fuera un cachorro perdido.
Un cachorro al que quiero dar una patada y luego besar.
Cuando estoy a punto de entrar en casa para cenar, lo veo ahí sentado, mirando unas hojas de papel, y se me acaba la paciencia.
—¿Qué haces?
Parece sorprendido por mi tono mordaz.
—Quería mostrarte esto.
—¡No hablo de eso! —Le arranco los papeles de las manos y los dejo caer al suelo—. Hablo de por qué estás aquí. Ya has construido la puerta. Si eso era lo que querías, pues ya puedes irte.
Pero entonces bajo la mirada y veo los papeles cerca de mis pies.
«Querida Ada».
Me agacho y recojo la hoja que tengo más cerca con el corazón latiéndome acelerado en el pecho.
«Querida Ada:
Acabo de empezar la formación básica y aquí todos tienen alguien a quien escribirle. No tengo ni idea de a quién mandarle una carta y que quiera saber de mí en realidad, así que te ha tocado.
Tuyo
Dermot
P. D.: Debería haberte devuelto el beso».
Miro a Dermot y su rostro es impenetrable. Me tiemblan las manos y me dejo caer en el suelo, sobre el camino de grava, recogiendo con desesperación el resto de las hojas. Dios mío… Hay muchísimas. Los papeles crujen en mis manos cuando los recojo.
«Querida Ada:
¿Sabes esa sensación que tienes después de un largo día en el rancho?
Te has levantado temprano y has trabajado de sol a sol, te sientes como si tuvieras las piernas de gelatina y lo único que puedes hacer es meterte en la cama y dormir lo mejor posible.
Pues estoy mucho más cansado que entonces y aun así no puedo dormir.
Me paso los días intentando no soñar despierto pensando en la noche en la que me besaste, reproduciéndola en mi mente desde todos los ángulos posibles, tratando de grabármela en la memoria.
¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué plantaste esa semilla en la mente de un hombre que sabías que se iba a marchar, un hombre que hasta entonces nunca había pensado en ti de esa forma?
Ahora no sé qué pensar sobre eso, sobre ti, sobre mí, y ni siquiera tengo el valor para preguntarlo. En cualquier caso, es mejor así.
Tuyo
Dermot
P. D.: Debería haberte devuelto el beso».
Un gemido entrecortado escapa de mis labios cuando paso las páginas. Carta tras carta.
—Dermot…
«Querida Ada:
Aquí todo es oscuro, triste y deprimente.
Los días se confunden unos con otros y lo único que me ata a casa eres tú.
Tu cabello dorado como el sol, tus sonrisas despreocupadas, el aroma de tu gel de mandarina que me envolvió esa noche, cuando estuvimos más cerca que nunca.
El modo en que tus manos se apoyaron sobre mis hombros cuando me besaste.
Qué no daría por un simple roce de esas manos en este momento…
Cuanto más tiempo estoy fuera, más cambian mis recuerdos. Más pienso que tenemos una conexión, y no sé si es algo nuevo o si siempre ha estado ahí. No sé. Eres tan joven, joder… Estás mejor sin mí.
Tuyo
Dermot
P. D.: Debería haberte devuelto el beso».
Una lágrima cae sobre esas líneas y aparta mi atención de las páginas.
—Dermot —digo, poniéndome en pie—. Nunca recibí estas cartas.
—Eso es porque no las envié. Nunca me armé de valor.
Todas esas cartas… Todo este tiempo…
Tensa la mandíbula y su mirada me recorre el cuerpo, deteniéndose por un instante en mi pecho agitado antes de ascender hasta mi rostro.
—No era todo lo que quería hacer. Me refiero a darte la puerta.
Levanto los brazos y extiendo las páginas, llorando de frustración.
—Entonces, por el amor de Dios, Dermot, habla. Dime de una vez lo que quieres.
No lo duda ni un segundo.
—Te quiero a ti. Quiero un nosotros. Dormiré en esta camioneta todo el tiempo que haga falta.
Si en un futuro inmediato solo voy a ser tu entrenador, no me importa.
Solo quiero verte triunfar, que hagas realidad todos tus sueños.
Y haré todo lo que esté en mi mano para que eso ocurra.
Voy a amarte incluso si no me correspondes.
El corazón se me desboca dentro del pecho, a punto de estallar por los años de verdades silenciadas y deseos incumplidos. Casi no puedo creer lo que acabo de escuchar. ¿Ha dicho que me ama?
Me acerco a él, apoyo las manos en sus rodillas y me pierdo en las profundidades de sus ojos color chocolate.
—Eres tonto, Dermot Harding. —Los músculos de su muslo se tensan bajo las yemas de mis dedos—.
¿Es que no lo sabes? —murmuro, y él se echa hacia delante para no perderse palabra de lo que estoy a punto de decir; su aliento me acaricia la sensible piel bajo la oreja—.
No recuerdo un momento de mi vida en el que no te haya amado. Siempre has sido tú.
Dermot traga con dificultad, emocionado, y acerca una mano para acariciarme la mejilla. Veo sus ojos brillar bajo el sol de finales de verano y una sonrisa abrirse paso en sus labios bien formados. Unos labios que se acercan a mí, unos labios que me muero por sentir contra los míos de nuevo.
Así que me pongo de puntillas y lo beso, y su enorme cuerpo se cierne sobre mí y me agarra la cabeza de manera posesiva y protectora.
Nos besamos y el mundo se detiene a nuestro alrededor, y todo es perfecto, todo parece irremediablemente predestinado, como si no importara lo que hiciéramos porque siempre íbamos a terminar así, uno en brazos del otro.
Estoy sin aliento cuando se aparta, me sonríe y me acaricia la mejilla con el pulgar.
—Nunca más volveré a dejarte. Si me dejas, me mudaré a la casa de invitados.
Le guiño un ojo entre las lágrimas que no puedo dejar de derramar.
—Lo pensaré —digo, llorosa pero feliz.
Esa misma noche, mucho más tarde, estamos tumbados sobre una manta en la caja de su camioneta.
Durante la última hora he hecho que Dermot me lea sus cartas en voz alta.
He llorado, nos hemos besado, e incluso se ha tomado un tiempo para desnudarme y demostrarme cuánto me ama.
Y ahora estoy refugiada en sus brazos, con las piernas sobre las suyas y mirando las estrellas , que relucen como una cadena de bombillas deslumbrantes, no como en la ciudad, donde el brillo se diluye en el resplandor de sus luces.
Es casi como mirar un cuadro que cambia todos los días. Y hoy hay una lluvia de meteoritos.
—Justo ahí. —Dermot levanta la mano para señalar una estrella fugaz—. Pide un deseo, Ada.
Una risa ligera brota de mis labios y me acurruco más contra él.
—¿Qué voy a desear? Tengo todo lo que siempre he querido.
—Elige algo —susurra, y me besa con dulzura en la sien.
—Bueno, quiero ganar el Denman Derby. Quiero ganarlo todo. Quizá hasta la Northern Crown. ¿Es una locura? —Sacudo la cabeza, risueña.
—No, Ada, no lo es.
—Ah, ¿no? ¿También vas a prometerme eso? —Sonrío, y le doy un codazo en las costillas, pensando que va a reírse de mí y de mis sueños imposibles.
Pero, en cambio, me mira con absoluta sinceridad.
—Lo prometo —dice.
Me besa, y entiendo en lo más profundo de mi ser que el universo tiene una forma extraña de convertir los sueños en realidad.