Salir a ganar (Gold Rush Ranch 3) 9 Dermot
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9 Dermot

Las montañas que rodean el rancho de mi familia siempre me han parecido asfixiantes, pero en las dos últimas semanas se han convertido en deprimentes de verdad. Son demasiado altas, proyectan una sombra demasiado larga y son demasiado frías.

Echo de menos la calidez del sol y las colinas de Ruby Creek, la camaradería de los que me rodeaban en el Gold Rush Ranch.

Echo de menos a Ada.

Cuanto más me alejaba de ella, menos lógicas me parecían las razones para marcharme. La última vez tenía que irme porque me había alistado en el ejército, pero ¿ahora? Nadie me esperaba, y mis únicas compañeras son una granja solitaria y una mente traumatizada.

Como no tenía ningún otro plan a la vista, finalmente le encargué a un geólogo independiente que buscara depósitos mineros en mis tierras y, al parecer, ha dado, literalmente, con una mina de oro.

Esa es mi recompensa por ser el último Harding que queda en este rancho.

Cuando todos los demás tuvieron el sentido común para irse y empezar de nuevo, yo me quedé porque soy demasiado sentimental como para deshacerme del sitio.

Demasiado sentimental incluso para hacer algo, para avanzar, y por eso me he pasado los últimos días recorriendo y mapeando el terreno.

Por la mañana reviso las cercas y por la tarde me siento en las ruinas del porche delantero.

Como el terreno tiene más de ochenta mil acres, supongo que voy a estar entretenido bastante tiempo.

Vendieron las vacas y las gallinas antes de que me alistara. No hay cultivos, y los únicos signos de vida de este lugar son las flores silvestres que se han apoderado del valle en mi ausencia y las ardillas que ahora mismo creo que viven en el ático.

Y yo. Pero yo no vivo, solo estoy sobreviviendo. Duermo a trompicones y los recuerdos de mi tiempo en el extranjero me despiertan a menudo, pero eso no es nada nuevo. Lo nuevo es que me despierte el profundo arrepentimiento de haber dejado a Ada, en lugar de los sueños sobre nuestro primer beso.

Me atormenta pensar en lo que podría haber sido si las circunstancias hubieran sido distintas, el modo en que enrojeció y levantó la barbilla para reprimir las lágrimas cuando le dije que me iba otra vez.

Cómo tuve su corazón en las manos y lo estrujé hasta hacerlo polvo.

Y todo porque soy demasiado cobarde como para confesar lo que siento y afrontar las consecuencias.

Y, tal vez, también porque estoy aterrorizado hasta la puta médula al pensar que alguien a quien necesito tanto pueda dejarme algún día, y no sé cómo podría seguir adelante si eso ocurriera.

Al fin y al cabo, nadie ha permanecido a mi lado: ni mis padres, ni mis hermanos ni los amigos que hice en el ejército… ¿Por qué Ada iba a ser diferente?

Es joven y va a la universidad, y estoy convencido de que algún día dirigirá un criadero de caballos de carreras, me lo dice el corazón. Ada Wilson es inteligente, fuerte y emprendedora, y lo último que necesita es un hombre destrozado que la frene.

He hecho lo mejor para los dos, incluso aunque ahora no lo parezca. O, al menos, es lo que no dejo de decirme a mí mismo.

Le doy un largo trago a la cerveza y apoyo la cabeza en el respaldo del columpio del porche, y me impulso con ganas por si balancearme unos minutos me trae algo de paz.

Quizá pueda permitirme recordar la sensación de la piel sedosa de Ada en mis dedos, la caricia de su lengua en mi boca, el sonido de sus gemidos mientras me movía en su interior.

Es un bonito sueño.

Me dejo ir a la deriva hasta que el sonido de unos neumáticos chirriando sobre la grava del camino me arranca de mi ensoñación. Lanzo una maldición sin abrir los ojos y todo mi cuerpo se pone en tensión. Lo único que deseo ahora mismo es estar solo.

Cuando el ruido del motor se acerca lo suficiente, abro un ojo, y abro los dos cuando Tom Wilson sale de la camioneta, y me incorporo, alarmado.

¿Qué coño hace aquí?

Parpadeo y me froto los ojos para asegurarme de que no es una visión. Ha aparcado la camioneta junto a la mía, y el remolque que lleva se balancea, probablemente, por los movimientos de uno o dos caballos. No entiendo nada.

—Tienes una pinta horrible, hijo —dice de buen humor, subiendo las escaleras del porche.

—No esperaba visitas. —Tengo la voz ronca después de días sin hablar con nadie.

—Pero yo quería visitarte. Me apetecía hacer una ruta por las montañas. —Evalúa mis terrenos con la mirada.

Parpadeo, confundido.

—Podías haber llamado.

Hace un gesto con la mano.

—Los dos sabemos que no habrías contestado —dice, y yo respondo con un gruñido porque tiene razón—. ¿Vas a ofrecerle una cerveza a este anciano o te vas a quedar ahí sentado como un pasmarote?

—Perdón. —Salto del columpio al darme cuenta de lo grosero que he sido desde que ha llegado. Vaya manera de darle la bienvenida a un hombre al que dices querer y respetar, Dermot —. Siéntate. —Señalo el columpio—. Ponte cómodo, que ahora mismo te traigo una bien fría.

Me da un breve apretón en el hombro cuando paso junto a él hacia la casa desordenada.

Una vez en la cocina, apoyo las manos en la encimera y bajo la cabeza, intentando descifrar qué demonios hace Tom Wilson aquí.

No tengo ni idea de si ha descubierto lo que ha pasado entre Ada y yo y está enfadado, y solo hay una manera de averiguarlo.

Salgo al porche con dos cervezas frescas.

—Tienes una granja estupenda, Dermot. Entiendo por qué no has querido venderla.

Le doy una de las cervezas y me acomodo frente a él en la enorme silla Adirondack.

—Pues parece ser que he tomado la decisión correcta —apunto. Tom le da un largo trago a la cerveza y me mira con curiosidad—. Hice lo que me aconsejaste y le pedí a alguien que hiciera un informe de la tierra. Ya sabes, que excavara un poco y esas cosas.

Se echa hacia delante para apoyar los codos en las rodillas y sus acuosos ojos azules me miran con complicidad.

—¿Y bien?

Mi mirada vaga por la tierra rocosa y cubierta de maleza que nos rodea.

—Estamos sentados sobre una mina de oro. Al parecer, la empresa minera tenía buenos motivos para meter las narices. —Miro a Tom—. Gracias por empujarme a investigarlo.

Sus ojos brillan y sacude la cabeza; se reclina para contemplar el escarpado paisaje.

—¿Cuánto hay?

—Muchísimo. Una puta tonelada métrica.

—Bueno, ¿y qué piensas hacer?

—Pues montar un negocio, supongo. Aunque no tengo ni idea de cómo. —Por fin, por primera vez desde que ha llegado, lo miro a los ojos—. ¿Tu oferta de ayuda sigue en pie?

—Has pasado por muchísimas cosas para tu edad, Dermot. —No respondo. ¿Qué demonios voy a contestar a eso?—. Y quiero que triunfes. Así que, sí, por supuesto que la oferta sigue en pie. Te daré el capital inicial y mi apoyo a cambio del cinco por ciento de la empresa. ¿Qué me dices?

Siento un pinchazo en el puente de la nariz y una opresión en la garganta que intento controlar.

—No sé por qué siempre te has portado tan bien conmigo…

Me dedica una sonrisa triste que apenas alcanza sus ojos.

—Tengo debilidad por ti desde aquel primer verano que viniste a trabajar para mí. Tenías veinte años y eras un completo idiota, aunque muy bueno con los caballos.

Suelto una carcajada.

—Para ser sincero, Tom, no estoy seguro de haber cambiado mucho. Creo que estoy más perdido que entonces.

Él solo asiente, inclina la botella y da un sorbo.

—Nada que no pueda arreglar una noche de acampada. Preparemos las mochilas y emprendamos camino para montar el campamento antes de que anochezca.

—Podemos salir por la mañana, Tom. Tampoco tenemos que hacerlo todo.

Deja la botella vacía de golpe sobre la mesita que tiene a su lado.

—Antes no te quejabas cuando te decía que fuéramos de acampada. Además, he visto el interior de tu casa a través de la ventana, y soy demasiado mayor para dormir en un piso de soltero desastroso.

Miro a través del cristal: «desastroso» ni siquiera alcanza a describirlo. Me he conducido como un zombi que vive en una zona de guerra, y este lugar es un desastre. Me dan ganas de coger una cerilla, quemar la vieja casa hasta los cimientos y empezar de nuevo.

—Está bien. Dame diez minutos.

Me acomodo en el saco de dormir, más relajado de lo que he estado desde hace días. Brisa fresca, cambio de aires y tragos de whisky con un viejo amigo. Me siento como si tuviera veinte años de nuevo.

Me pesan los párpados y me quedo dormido enseguida junto al fuego, bajo el brillo de las estrellas.

Cuando por fin abro los ojos, ya ha amanecido y Tom está levantado y preparando café sobre la hoguera.

—Buenos días, bella durmiente.

Me paso las manos por la cara, sorprendido por haber dormido toda la noche de un tirón.

—Lo siento. No he dormido mucho últimamente.

—Define «últimamente» —dice, frunciendo el ceño con aire preocupado.

Dejo escapar un suspiro entrecortado y miro las nubes algodonosas que navegan por el cielo azul brillante.

—Pues deben de haber pasado casi tres años.

—Ay, Dermot…

Levanto una mano para detenerlo. No quiero su compasión; no la merezco después de lo que le he hecho a su hija.

—Está bien, Tom. No necesito una palmadita en la espalda. Ya mejoraré con el tiempo. Aquí siempre es peor porque hay demasiada tranquilidad. Tengo demasiado tiempo para pensar en… todo.

—Bueno, pues vuelve al rancho. La casa de invitados es tuya siempre que la necesites.

Me paso los dedos por el pelo, mesándomelo, frustrado.

—No puedo.

Sirve una taza de café negro bien cargado y me la tiende.

—¿Por qué?

—Yo… —La vergüenza me atenaza las entrañas. Si él supiera… Tomo un sorbo de café para llenar el silencio.

—Sé lo tuyo con Ada.

Y el café se derrama sobre el saco de dormir. Él tuerce la boca en una sonrisa que no tiene nada de humor.

Dejo escapar lo primero que se me ocurre.

—Lo siento.

Frunce los labios y toma un sorbo de café.

—¿Qué sientes?

—Haber traicionado tu confianza. —El corazón me late con fuerza en el pecho y la ansiedad fluye por mis venas. ¿Lo ha sabido todo este tiempo y ha actuado como si solo fuéramos a pasar el rato?

—La única persona a la que has traicionado es a Ada. ¿Yo? —Se encoge de hombros y luego los deja caer con un gesto dramático—. Yo solo estoy confuso.

Me ruborizo. ¿Traicionar a Ada? La simple idea de unir esas dos palabras hace que me enfurezca conmigo mismo. Es lo último que quería hacer.

—¿Confuso por qué?

—Porque no entiendo cómo el hombre que conozco ha podido abandonar a la mujer que ama.

Doy un respingo, como si acabara de atizarme un puñetazo en el estómago.

—¿Ella…? —Miro fijamente el líquido negro como la tinta en la taza de hojalata—. ¿Te lo ha dicho ella?

Tom resopla.

—No bromeabas sobre lo de seguir siendo un idiota…

—Nos quedamos sentados en silencio, perdidos en nuestros pensamientos, hasta que Tom añade—: Hasta un viejo tonto como yo puede ver que amas a esa chica.

¿Y ella? —Sacude la cabeza, incrédulo—. Ella siempre ha estado enamorada de ti, siempre ha querido salir a ganar contigo.

Desde que te vio por primera vez. Y nunca ha dejado de hacerlo, ni un segundo.

Y eso —me señala con el dedo— es un regalo que la mayoría de los hombres no conocerán jamás.

Sus palabras me sacuden como una bola de demolición, como si de pronto hubiera desaparecido todo el aire del valle y esas montañas por fin hubieran conseguido asfixiarme. Me siento vacío.

—¿Entonces no te importa?

Tom se levanta y se dedica a recoger el campamento, incómodo por mi línea de interrogatorio.

—¿Por qué iba a importarme? ¿Porque eres mayor que ella y llevas años con nosotros?

¡Me da igual, Dermot! Y si la amas como creo que la amas, lo que piensen los demás tampoco debería importarte.

—Su voz es tranquila, aunque ese instinto de protección deja un rastro de ira contenida en el modo en que inspira profundamente—.

Te quiero como a un hijo, Dermot. Y quiero que seas feliz, como quiero que Ada sea feliz.

Y, en lo que a mí respecta, juntos tendréis lo mejor de los dos mundos.

Guarda nuestras cosas en las bolsas: está claro que ha puesto fin a nuestra acampada. Le escucho murmurar algo como «Si es que no pueden ser más tontos…» cuando me levanto para ayudarlo en silencio, sintiéndome adecuadamente reprendido.

Hacemos el viaje a casa en un silencio que está lejos de ser incómodo. Quizá debería serlo, pero no puedo dejar de pensar que Tom me ha aclarado mucho las cosas, así que ahí estoy, con el rabo entre las piernas, pensando que debería haber sido un poco más listo y haber confiado más en mí mismo.

Que debería haber confiado más en Ada.

Y ahora voy a tener que demostrarle a ella que puede confiar en mí de nuevo, y, conociéndola, no va a ser fácil.

Una vez que llegamos a la granja ayudo a Tom a cargar el remolque. Hemos pasado años trabajando juntos y nos conocemos muy bien el uno al otro, así que nos sincronizamos a la perfección y hacemos el trabajo en silencio y del modo más eficiente.

Cuando abre la puerta de la camioneta, se gira y abre los brazos. Me entrego a ese abrazo paternal, y sonrío cuando me da unas fuertes y reconfortantes palmadas en la espalda. Los mimos de este hombre son como los que le dedica al ganado.

Se aparta y me mira fijamente a los ojos, con las manos sobre mis hombros.

—No puedo decidir por ti con respecto a tu vida privada, pero le prometiste a esa chica que la ayudarías a llegar a las carreras, y sé que eres un hombre de palabra.

Asiento, decidido.

—Nos vemos pronto.

Regresaré al Gold Rush Ranch y conseguiré a la chica, la merezca o no.