8 Ada
Voy corriendo a la antigua granja para buscar a Dermot. Tengo que encontrarlo. Ese beso en la frente ha sido distinto; no tenía el calor y la fuerza de nuestros anteriores encuentros.
Ha sido como un adiós.
Por fin aparece ante mí, en las escaleras de la entrada de casa de mis padres. Tiene los hombros tensos y echados hacia atrás, demostrando su entrenamiento militar.
—¿Qué haces? —pregunto, con el miedo atenazándome las entrañas. Es como si mi cuerpo ya supiera lo que mi mente se niega a aceptar.
—Solo he ido a avisar a tu madre de que me voy. Ella se lo dirá a tu padre.
Pasa junto a mí hacia la pequeña casa de invitados, y las alarmas se disparan en mi mente.
—¿A dónde vas?
—Vuelvo a casa, a Merritt.
Lo sigo pisándole los talones como un cachorrillo.
—¿Cuánto tiempo vas a estar fuera?
Abre la puerta principal y voy tras él; él se da media vuelta para mirarme, y sus ojos son puro acero, fríos y decididos. Cualquier rastro de calidez en su mirada como el de la noche anterior, cuando estaba a horcajadas sobre él, en este preciso lugar, ha desaparecido.
—Todo el tiempo que haga falta hasta que me aclare. No puedo hacerte esto.
Dejo escapar un jadeo, pero él se da la vuelta y se pone a meter cosas en su bolsa de mano.
—¿En serio, Dermot? —La ira se apodera de mi voz y la estrangula—. ¿Vas a escaparte otra vez?
—No me escapé, Ada. Me alisté en el ejército para servir a mi país, y aprendí unas cuantas verdades sobre la vida y sobre mí mismo. Es hora de que hagas lo mismo.
—Ah, ¿sí? Dime, Dermot, ¿qué se supone que debo aprender? —Me cruzo de brazos y me hinco las uñas en la piel con tanta saña que van a quedarme marcas.
Sus ojos oscuros se clavan en los míos con cierto deje de crueldad.
—Los enamoramientos infantiles solo son eso. Es mejor olvidarlos.
Doy un paso atrás como si me hubiera abofeteado.
Anoche hicimos el amor aquí mismo… ¿y ahora resulta que solo es un «enamoramiento infantil»?
Me quedo sin palabras, congelada, y solo quiero que la tierra me trague ahora mismo, pero él deja caer la bolsa junto a la puerta y vuelve a hablar mientras va hacia la cocina.
—Soy demasiado mayor para ti, Ada, y no tengo nada que ofrecerte.
Nunca he tenido una relación a largo plazo, y ni siquiera sé si podría hacerlo.
No he dormido una noche entera en los tres últimos años.
Me asustan los ruidos fuertes. He visto cosas que no puedo sacarme de la cabeza.
No estoy bien, y tú tienes toda la vida por delante.
Te mereces algo mejor que tener que cargar conmigo.
—Su voz se quiebra por la emoción, y levanta la cabeza para mirar al techo.
Un dolor agudo me recorre el pecho: la clase de dolor que te oprime la garganta y amenaza con transformarse en unas náuseas que te consumen por completo.
Se me encienden las mejillas y me arden los ojos, pero me niego a llorar.
No voy a compadecerme de Dermot cuando lo que necesita es una buena patada en el culo.
Me tiemblan los dedos cuando levanto la mano para señalarlo, acusadora.
—Tengo padre, Dermot —digo con voz firme y extrañamente tranquila, aunque cargada de tristeza—. Es él quien me da lecciones, no tú. Tú solo eres un imbécil que está demasiado ciego como para ver lo que tiene delante. Y nunca vas a ser feliz porque estás muy ocupado compadeciéndote de ti mismo.
Tensa la mandíbula como si intentara retener las palabras que quiere pronunciar. Espero que el sabor de la disculpa que me debe sea amargo. Ojalá le revuelva el estómago.
—Deberías irte —es todo lo que dice.
La sentencia que suponen sus palabras la siento como una puñalada en el corazón. Intento no estremecerme, pero no lo consigo.
—Y tú también deberías —digo; doy media vuelta y me marcho de la casa, furiosa.
Ya he pasado por esto antes. Debería haber sido más lista.
No quiero enfrentarme a mis padres ni al resto del personal, así que voy al único lugar donde sé con seguridad que nadie va a juzgarme: el corral de Penny.
Paso la valla de madera y voy hacia donde está ella, pastando. El sol del verano ilumina su lomo esbelto, y mueve la cola arriba y abajo para espantar a los insectos. Tiene un aspecto radiante, saludable, con ese color cobrizo brillante de las monedas nuevas.
Ha progresado muy rápido con la ayuda de Dermot, y el saber que tengo que concederle parte del mérito me pica como alcohol en una herida abierta. No hay ni un solo lugar en esta granja que no me lo recuerde. Este es mi hogar, mi refugio, y él ha entrado y ha arrasado con todo.
Otra vez.
¿Cómo he podido ser tan ingenua?
Cuando me acerco lo suficiente, la cabeza de Penny se alza para saludarme; sus enormes e inteligentes ojos parpadean con inocencia, como si yo no supiera que esta yegua castaña tiene una vena diabólica.
Le sonrío con tristeza. Me gusta su lado descarado.
Ojalá me pareciera más a ella y fuera más dura, porque ahora mismo me siento demasiado frágil.
La cara de póquer que tan cuidadosamente me he colocado se desvanece cuando paso las manos alrededor de su cuello sedoso y siento su aliento cálido y húmedo en el hombro.
El dolor que siento en el pecho tira abajo todas mis barreras y me sacude con fuerza.
Me quedo sin aliento, hundo la cara en el cuello de la potra y me desmorono.
No sé cuánto tiempo me quedo aquí, llorando, pero al final la paciencia de Penny se agota y se aparta para volver a pastar, con una mancha húmeda en el cuello.
No sé qué hacer. Me siento como si estuviera viviendo una pesadilla. El cielo es de un azul perfecto, los campos lucen un verde brillante, los pájaros cantan, felices, y, sin embargo, todo mi mundo se está derrumbando. ¿Cómo es posible que un día tan bonito me parezca tan feo?
He estado muy cerca de tener lo que siempre he querido, solo para perderlo en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cómo se supone que voy a retomar mi vida después de saber lo que significa estar con él?
Me tumbo sobre la hierba, demasiado mareada como para moverme; el sonido de los dientes de Penny al mordisquear el pasto es tranquilizador; las grandes nubes blancas flotan pacíficamente sobre mí y me transportan a mi infancia en el rancho, cuando jugaba todo el día, montaba a los caballos a pelo, contemplaba las nubes y soñaba despierta con Dermot Harding.
Creo recordar que incluso llegué a deshojar margaritas: «Me quiere, no me quiere… ».
Ahora las nubes solo son manchas blancas sin sentido que dibujan un panorama demasiado sombrío para una mujer de veintiún años con toda la vida por delante. Una risa histérica escapa de mis labios.
—¿Debería preocuparme?
La voz de mi padre me envuelve como un cálido abrazo, y oigo cómo le da unas fuertes palmaditas a Penny en las ancas musculosas.
—No.
—Ada, estás tirada en el campo, mirando hacia el cielo y riéndote como una loca. Llevo un rato mirándote y ni siquiera has parpadeado. Te quiero, pero das miedo.
Sonrío ante la imagen que acaba de dibujar para mí. Tiene razón, es un poco espeluznante dicho así.
—Yo también te quiero, papá —es lo único que se me ocurre decir.
—Tu madre te estaba buscando. Es la hora de cenar.
¿Cómo puede ser la hora de la cena? ¿Cuánto tiempo llevo aquí tumbada?
—Ay, lo siento —murmuro, sin terminar de comprender cómo me he pasado horas tirada en el campo.
Mi padre murmura algo que suena muchísimo a «Voy a matarlo, joder» y se sienta a mi lado.
Coge una brizna de hierba, la mira, receloso, y se la pone en la comisura de la boca. Es un ranchero de los pies a la cabeza.
—¿Estás bien, mi niña?
Suspiro. No quiero mentirle a mi padre: siempre ha sido mi pilar, mi mayor fan, y no quiero ni pensar en decepcionarlo, pero la intensidad de la vergüenza de Dermot ha sembrado una semilla de duda en mi interior. Quizá tenía razón y yo no me entero de nada.
Así que me decido por algo que es verdad, pero que tampoco quiere decir nada.
—Lo estaré.
—Por supuesto que sí. Eres mi hija —masculla, y hurga en el suelo entre nosotros.