Salir a ganar (Gold Rush Ranch 3) 7 Dermot #2
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7 Dermot #2

Cuando por fin lo alcanza, arquea la espalda y me tira del pelo rítmicamente, perdida en el placer. Y yo sonrío porque me encanta hacer que se deshaga así por mí.

—Gracias —suspira sin aliento.

Me aparto un poco y arqueo una ceja.

—Ay, cariño, todavía no he acabado contigo.

La bajo de la pila de fardos de heno y ella sonríe. Cojo la cuerda que envuelve el que está en lo alto, lo tiro al suelo junto a nosotros y la hago girar. Pongo una mano sobre sus caderas y la otra entre sus omóplatos, y me echo hacia ella.

—Dos fardos. La altura perfecta para que te apoyes en ellos —le susurro al oído, y ella gime cuando la empujo contra la bala de heno—.

Abre las piernas, cariño. —Miro cómo separa los pies, calzados con botas, y me encanta lo ansiosa que se muestra.

Dejo escapar un gemido cuando la veo ahí, apoyada, con las piernas desnudas que se pierden dentro de sus botas.

Va a acabar conmigo, joder.

Me echo sobre su espalda y me alineo con su entrada; ella se estremece bajo mi cuerpo.

—Te encanta, ¿verdad, Ada?

Y me deslizo en su interior.

—¡Sí! —grita; se ciñe en torno a mi longitud y acerca las caderas.

Juego con ella, saliendo casi por completo de ella.

—Querías esto, ¿eh? —gruño, y me hundo hasta la empuñadura.

Bombeo en su interior con un ritmo constante, escuchando el sonido de mis muslos al chocar con su trasero desnudo, oliendo el aroma almizclado del heno que nos rodea en el silencioso cobertizo, sintiendo cómo su suave cuerpo se mueve bajo el mío.

Esto, lo que hay entre nosotros, lo significa todo para mí.

Me incorporo para contemplarla y la intensidad, la enormidad de mis sentimientos hacia ella me toma por sorpresa.

Por mucho que he intentado mantenerlos a raya a lo largo de los años, al final han calado hondo en mí.

La agarro de las caderas y empujo con más fuerza, enardecido al saber que me desea, cuando podría haber elegido a cualquier otro hombre.

Mi autocontrol se esfuma cuando estoy con ella, y ahora mismo ni siquiera me importa.

Cuando se estremece bajo mi cuerpo, gritando mi nombre, y el sonrojo cubre su piel al llegar a un nuevo clímax, no puedo resistirlo más, y, como ella ya ha llegado, puedo dejarme ir con total abandono.

—Me toca —mascullo, y todas las sensaciones, todas las emociones se entremezclan y me llevan al límite inmediatamente después de ella.

Mientras nos calmamos, me echo hacia delante para cubrir su cuerpo con el mío y le doy un beso debajo de la oreja para que sepa que vamos a conseguir que esto funcione, que jamás voy a renunciar a ella.

Pero poco después me quedo helado cuando la puerta del cobertizo se abre y una voz resuena en lo que hasta hace un instante era un espacio íntimo y seguro.

—¿Qué coño está pasando?

Me apresuro a esconder a Ada. No me importa tener los pantalones por los tobillos: ella no se merece exponerse a miradas indiscretas.

Es la voz de uno de los peones del rancho, Gord.

No me pilla de nuevas que estos tíos sean ultraprotectores con Ada —siempre ha sido así—, pero el tipo le ha echado pelotas al entrar aquí así, tan enfadado.

Soy consciente de que me he metido en un lío.

—¡Fuera! —exclamo, furioso. La cabeza me da vueltas al pensar en lo que esto significa para mí. Para ella. Para nosotros—. Joder… —murmuro cuando se cierra la puerta.

Ada se pone de pie y coge sus vaqueros. Todavía está sofocada por el orgasmo, pero tiene los ojos muy abiertos y alarmados. Me acaricia los brazos mientras me subo los pantalones.

—No pasa nada, está bien…

—No, Ada, no está bien. —Me paso la mano por la cara—. Si se lo cuenta a alguien antes de que yo tenga la oportunidad de explicarme… No lo entiendes.

—Pues explícamelo.

—Yo ya era un adulto cuando tú todavía eras una cría larguirucha con el pelo enredado como un nido de pájaros. Lo que van a decir de nosotros… La gente no va a entender que nunca había pensado en ti de este modo hasta ese puñetero beso.

Me paso las manos por el pelo y miro hacia la chapa ondulada del techo.

Ada baja la barbilla, se abrocha los vaqueros y me dedica una mirada inocente y confiada que siento como una puñalada en el corazón.

—Ahora somos los dos adultos, Dermot. ¿A quién le importa lo que diga la gente?

—Tus padres son algo más que amigos para mí, son la familia que nunca he tenido. Los míos se marcharon y nunca he vuelto a verlos. No puedo hacerles esto. No puedo decepcionarlos así.

—¿Por qué crees que va a decepcionarles que me hagas feliz? —dice, confundida.

Sabía que esto iba a pasar. Sabía que era una mala idea.

Siempre he sabido que debía mantenerme alejado de Ada Wilson, que ceder a las putas fantasías confusas que nacieron de ese beso inocente hace años solo iba a traerme complicaciones.

Debería haber sido más fuerte, porque ahora voy a hacerle daño a alguien más aparte de mí.

Enmarco su rostro con mis manos y la beso en la frente con reverencia antes de volverme para salir del cobertizo. Si a Ada no le preocupan su reputación ni su futuro, tendré que ser yo quien se encargue por ella.

Gord está apoyado en la esquina más alejada del cobertizo, con una gran bola de tabaco en la boca y mordisqueándose las uñas. Apenas me dedica una mirada cuando me acerco.

—Tal y como yo lo veo, o uno de los dos se lo dice o te subes a la camioneta sin más y regresas a la montaña.

Suspiro. Odio tener que tomar esa decisión, pero me niego a destrozarle la vida a Ada. Puedo renunciar a los Wilson si eso significa que Ada va a vivir la vida sin nada que ensucie su buen nombre.

—Me iré.