7 Dermot
Hoy estoy rendido, y es mucho decir, porque no he dormido una noche entera desde que estuve alistado.
Por lo general, entrenar a los potros me inunda de adrenalina: es emocionante ver cómo los caballos jóvenes van adquiriendo una buena base.
Paso muchos días en el rancho , y es donde me siento más yo mismo, donde estoy más a gusto, pero hoy, después de una primera mitad de noche estresante, seguida de una segunda mitad demasiado movida, lo único que quiero hacer es volver a la cama. Con Ada.
Ya no puedo negar lo que siento por ella.
Estaba convencido de que no era más que la obsesión de un hombre deshecho por algo inocente e inmaculado, un recuerdo reconfortante, pero está claro que esto va mucho más allá.
No debería haber dejado que las cosas llegaran tan lejos; debería haber seguido mis planes y haberme mantenido a distancia, porque después de anoche, todos los muros que había levantado a mi alrededor se han convertido en escombros desparramados a sus pies.
Resoplo y le quito la silla al agotado potro.
He embestido contra esos muros como lo habría hecho un puto elefante contra la puerta de una cacharrería, sin tener en cuenta las consecuencias que puede conllevar nuestra relación.
¿Qué va a pensar la gente de mí, de un hombre en la treintena que conoce a esa chica desde que era pequeña, que juró por su honor proteger a los demás?
Ahora, cuando repaso mis recuerdos, me siento fatal.
Y me siento todavía peor cuando pienso en lo traicionados que podrían sentirse sus padres, cómo podría empañar su reputación en este pueblo diminuto.
Pero cuando estoy con Ada todo me parece bien. Anoche mi mente estuvo en calma por primera vez desde que dejé el ejército. Con ella no actué solo por inercia, estaba ahí, presente.
Y quiero eso para siempre, pero ¿a qué coste?
Desde que mis padres se marcharon, Tom y Lynette se han convertido en mi familia, y no quiero perderlos, pero me he colocado a mí mismo en una situación imposible: quedarme con Ada y decírselo a sus padres, a quienes amo y respeto y que, sin duda, querrán castrarme, o renunciar a Ada y…
, bueno, ni siquiera puedo pensar en ello.
Estás bien jodido, Dermot.
Le doy un ligero cepillado al caballo antes de llevarlo de regreso con el resto de la manada. Inspiro profundamente para ver si el aire cálido del verano consigue tranquilizarme, hasta que mis ojos se posan en el trasero de Ada con esos vaqueros y me quedo sin respiración.
Va hacia el prado de Penny, jugueteando con las riendas y tarareando de forma desafinada mientras avanza con aire despreocupado.
Y como si pudiera sentirme, mira sobre su hombro hacia donde estoy.
Me quedo inmóvil y la contemplo boquiabierto, incapaz de comprender cómo un ángel como ella ha podido elegir a un hombre hecho polvo como yo.
¿Cómo puede decir que le gustan todas las versiones de mí?
Ese día me vio desmoronarme con el ruido de la camioneta.
¿Cómo puede ser tan insensata? ¿Cómo ha podido perdonarme tan fácilmente por alejarme de ella y romperle el corazón?
Es demasiado ingenua. Y por eso tienes que avisarla.
Pero no sé cómo coño voy a hacerlo cuando lo único que quiero es desnudarla y poseerla.
Está radiante, y la sonrisa que me dedica es tan cegadora como mirar al sol.
Una fuerte palmada en la espalda me arranca de mi ensoñación, y trato de controlar el bulto en mis pantalones mientras me vuelvo hacia… Tom Wilson.
—Buenos días, señor. —Agacho la cabeza, nervioso, y el color abandona mi rostro. Rezo para que no se haya dado cuenta de que me estaba comiendo con los ojos a su pequeña, y para que no note mi erección descontrolada.
—Por el amor de Dios, Dermot, ¿por qué insistes en llamarme «señor»? Me haces sentir viejo.
—Lo siento, Tom —digo, riendo entre dientes.
—Eso está mejor. —Me hace una seña y se vuelve para regresar a los establos—. Cuéntame cómo van los caballos antes de que vaya a la ciudad.
Le ofrezco un breve resumen de cómo van los potros, y le aseguro que a finales de semana todos estarán domados y listos para ser montados.
—Siempre has tenido buena mano, Dermot. Con los caballos y con la gente. Es difícil no quererte.
Esas palabras caen como una piedra en mi estómago. Si supiera lo que estuve haciendo con su hija anoche, a lo mejor no se pondría tan emotivo.
—Gracias —digo con torpeza, apartando la vista, porque soy incapaz de sostenerle la mirada.
—Menudo mordisco tienes ahí, chico.
Lo miro, confundido, y solo caigo cuando él sonríe y se da una palmada en el cuello.
Los dientes de Ada me han dejado una marca.
Estoy intentando ayudar a Ada con Penny, pero esa mujer es una auténtica distracción: la forma en que rebotan sus pechos cuando cabalga, el modo en que su cabello dorado ondea al viento tras ella cuando galopa, el modo en que ha pasado la pierna sobre la silla como la pasó sobre mí anoche…
Me estoy comportando como un payaso cachondo que no puede dejar de pensar en todas las maneras en que podría corromper a una dulce chica de veintiún años. Quiero corromperla a ella, y solo a ella, durante el resto de mi vida.
Y ese es un pensamiento alarmante, una epifanía monumental, y mucho más de lo que estoy preparado para asumir.
—¡Hemos galopado! —canturrea Ada; el sudor se desliza por la cruz de Penny, y todo el cuerpo de Ada parece vibrar con su contagioso entusiasmo.
Mis botas golpean el suelo cuando desmonto a Solar, sonriéndole.
—Cuánta excitación.
Su mirada esmeralda recorre mi cuerpo de forma sugestiva y enarca una ceja cuando llega más abajo de la hebilla ovalada de mi cinturón. Mi cuerpo no va a dejar de reaccionar jamás a su mera proximidad aunque mi cerebro le suplique que se detenga.
—La misma que la tuya…
—Aquí no, Ada —la reprendo, y me alejo; no quiero herir sus sentimientos, pero tampoco me apetece que nos pille alguno de los miembros del personal que andan por el rancho.
Odio no poder controlarme con ella. Pensaba que, si esperaba unos meses después de llegar a casa, si podía mantenerme alejado del Gold Rush Ranch aunque estuviera a unas horas de distancia, iba a ser capaz de resistirme a lo mucho que me atrae, que iba a confirmar que había imaginado esa conexión cuando estaba en el extranjero, que era algo que solo estaba en mi cabeza.
Ni siquiera mantuve mis propósitos una semana completa, y Dios sabe que tampoco tuve las manos quietas antes de anoche. Para ser un soldado, la verdad es que mi autocontrol es atroz.
De regreso a los establos, atamos a los caballos y les quitamos los arreos en silencio.
La tensión se palpa entre nosotros. Sé que Ada no entiende que me resista y puedo ver lo inquieta que está por la forma en que se mueve mientras atiende a la pequeña yegua cobriza.
Hasta Penny parece nerviosa por culpa de Ada, como si pudiera sentir la tormenta que se fragua en su interior bajo esa fachada inocente.
Pasamos por el cobertizo en el que se guarda el heno después de dejar a los caballos cuando ella me agarra por el codo y me lleva a rastras hacia el oscuro edificio.
Antes de que pueda protestar siquiera, se arrodilla, se pelea con la hebilla de mi cinturón, me baja los vaqueros y me agarra la polla como si quisiera vengarse de mí.
—Ada…
—Cállate, Dermot. No quiero oír excusas. Estar cerca de ti siempre ha sido doloroso, pero ¿estar cerca y saber lo que es tenerte? Es insoportable, sin más.
Me lame la cabeza de la polla como si fuera un helado, y se me queda la mente en blanco.
Todos los motivos racionales que tenía para rechazarla se esfuman de golpe.
Muevo las caderas hacia ella cuando se la mete en la boca y desliza la cabeza hacia mi pelvis, y me apoyo en la vieja pared de contrachapado para no caerme.
Mueve la lengua en círculos y ahueca las mejillas mientras me la chupa, deslizando las manos por mis muslos hasta apretarme el trasero.
Con la otra mano me acaricia los testículos y por un momento temo perder el control y estallar en segundos.
Pero eso no va a pasar: por mucho que esté disfrutando, quiero más.
La cojo del pelo y la aparto de mí, deleitándome con el modo en que abre los ojos y parpadea, mirándome desde el suelo de tierra del cobertizo. Me agacho, la levanto y me doy la vuelta para sentarla sobre una pila de fardos; ella deja escapar un gritito, sorprendida.
—Tres fardos. La altura justa para saborear lo que tienes entre los muslos.
—Ay, Dios… —Sus mejillas se tiñen con un precioso tono rosado, y levanta las caderas para ayudarme a quitarle los vaqueros ajustados.
Los dejo caer al suelo, pero no le quito las botas de cuero primorosamente rematadas.
—Estás genial así, Ada —murmuro; le separo las piernas para dejarla abierta ante mí—. Podría devorarte, joder…
Como única respuesta separa los labios dibujando una preciosa O.
Quizá haya estado con otros hombres, pero tengo claro que no tiene mucha experiencia, y me encanta la forma callada, aunque repleta de necesidad, en que reacciona.
Me gusta sorprenderla con mis palabras, y a ella también parece gustarle, a juzgar por el modo en que tiembla bajo mi mirada.
Paso un pulgar por sus pliegues y veo el brillo de su excitación.
—Mmm —murmuro cuando poso mi boca sobre su pubis y la pruebo, y se le ponen los ojos como platos—. Sabe a… —le levanto más las piernas— a que eres mía.
Y hundo la cabeza entre sus muslos; mi lengua se mueve con lentitud y suavidad al principio, pero después mi ritmo se acelera y se vuelve más brusco, impulsado por sus gemidos, por los dedos que se hunden en mi pelo.
Le tiemblan las piernas y las entrelaza tras mi nuca, pero no me detengo. Deslizo un dedo en su calor húmedo sin dejar de usar la lengua.
—Ay, Dios, Dermot, no pares —murmura, y yo la llevo al orgasmo.