Salir a ganar (Gold Rush Ranch 3) 6 Ada
57%

6 Ada

Atravesamos la puerta principal y entramos en la pequeña casa de invitados. Dermot me ha mantenido pegada a él todo el camino desde el río, con los dedos tensos clavados en mi trasero. Mañana tendré moratones. Ojalá mañana tenga moratones.

No parece haber hecho ningún esfuerzo: al parecer, todo ese entrenamiento militar ha dado sus frutos a la hora de llevarme en brazos.

—Espera, Ricitos de Oro —ha dicho, y luego me ha levantado y me ha llevado hasta su casa.

Mi boca no ha abandonado su piel ni un instante, y me he tomado todas las libertades que he podido mientras él tenía las manos ocupadas sosteniéndome.

Me rodea el embriagador aroma de su loción para después del afeitado cuando paseo la lengua por su hombro y la deslizo hasta su cuello.

Cierra la puerta de una patada tras nosotros y suelta un gemido cuando le muerdo y le chupo el cuello con fuerza.

Quiero marcarlo.

Se da la vuelta, me empotra contra la puerta y me sujeta la barbilla.

—Ada, estás jugando con fuego al morderme así.

—Genial, porque quiero quemarme.

Abre los ojos y se le dilatan las aletas de la nariz bajo la tenue luz de la casita. Me lamo los labios, embebiéndome del peligro que veo en su mirada: es salvaje. Es la mirada de un hombre que ha perdido el control.

—No quiero hacerte daño. —Sus dedos me recorren el rostro.

—Demasiado tarde.

Un gruñido sordo retumba en su pecho.

—Me refiero a todo lo que estoy a punto de hacerte. ¿Eres…?

Sonrío. Sé que no le va a gustar la respuesta a esa pregunta.

—No eres el único que se ha acostado con gente que no le importa. Ya no soy una niña, Dermot.

Su rostro se oscurece y estampa las caderas contra mi cuerpo, anclándome en mi sitio.

—Eso es el pasado. —Me suelta la barbilla y mira hacia abajo entre nosotros donde mi cuerpo desnudo lo envuelve, entre mis muslos abiertos; pasea los dedos por los pliegues de mi sexo—. Esto es mío.

Asiento, distraída, alarmada por sus palabras, pero incapaz de apartar la vista de sus dedos; me tienen fascinada.

—Dilo, Ada. Di que eres mía.

Me muerdo el labio inferior hasta hacerme daño, sin dejar de mirar cómo sus dedos acarician mi dolorido centro. Me tiemblan las piernas de la pura ansiedad, pero mi voz suena clara y firme.

—Soy tuya, Dermot. Siempre he sido tuya.

Ese reconocimiento es su perdición. Se deja caer en el suelo, llevándome con él.

Se recuesta sobre la tarima de madera y yo quedo sobre él, en shock, porque no puedo creer que esto esté pasando de verdad.

Este hombre al que llevo deseando desde que tengo uso de razón se ha arrodillado ante mí y me ha dicho que soy suya. Es más de lo que puedo procesar.

Cuando levanta las caderas, cojo sus vaqueros mojados, los deslizo por sus piernas y los tiro a un lado, hasta dejar al descubierto sus muslos musculosos y el contorno de su polla dura tensándose contra sus calzoncillos.

Se los bajo y me lamo los labios, con la boca seca, al verlo ante mí, grueso y dispuesto.

Está apoyado sobre los codos, con los ojos muy abiertos y la mirada indecisa, con las mejillas rojas por la excitación y las ondas de su cabello oscuro despeinadas.

Me detengo un instante para admirar su glorioso cuerpo: cada línea, cada cicatriz, cada lunar.

Quiero memorizarlo todo, grabarlo en mi memoria y recordarlo para el resto de mi vida.

Se me encoge el pecho al verlo en todo su esplendor, con toda su belleza expuesta ante mis ojos. Un escalofrío de anticipación me recorre la piel, y clavo los nudillos en el suelo para asegurarme de que esto es real.

—Llevo deseando esto tanto tiempo… —Las palabras escapan en un jadeo de mis labios antes de que pueda detenerlas.

Su longitud se tensa a modo de respuesta; coge sus vaqueros, saca un condón de la cartera y me lo ofrece.

—Demuéstralo.

Nuestros dedos se rozan cuando cojo el envoltorio y me recorre esa misma corriente eléctrica que siempre siento navegando por mis venas como un rayo cuando me toca.

—Estoy tomando la píldora. ¿Estás limpio?

—Asiente una vez, con los ojos como platos, sincero y conmovedor.

La ira que sentía hacia él se diluye en las gotas de agua que salpican a nuestro alrededor y, en su lugar, solo queda el deseo.

Tiro el paquetito de aluminio al suelo y paso una pierna sobre su cuerpo para sentarme a horcajadas sobre él—. Bien. Porque quiero sentirte.

Gime y deja caer la cabeza contra el suelo con un ruido sordo; sus manos ascienden por mis caderas hasta rodear mi cintura.

—Vas a matarme, Ada Wilson.

Bien, pienso para mis adentros, así podrás probar un poco de tu propia medicina.

Llevo una mano entre nosotros para empuñar la suave y dura longitud.

Me encanta tenerla en la palma de mi mano, me siento poderosa, como si por primera vez llevara ventaja en este juego de tira y afloja que nos traemos los dos.

Alineo la cabeza de su miembro con mi resbaladiza entrada.

Debería tener frío, pero mi cuerpo está en llamas.

Un escalofrío me recorre la columna al sentirlo en mi interior y, después de años de espera, me dejo caer sobre él.

Me empalo en su cuerpo y echo la cabeza hacia atrás con un gemido estrangulado.

—Joder, Ada. Joder…

Se incorpora y mis pechos suben, pegados al suyo. El roce de su vello contra mis pezones me arranca un jadeo. Es demasiado, siento demasiado…

Jadeo cada vez más, como un globo demasiado lleno que va a terminar por estallarme en la cara.

Pero no me importa. No puedo parar.

Contoneo las caderas sobre él y me tenso; adoro sentirlo dentro de mi cuerpo.

Dermot es grande, y jamás me había sentido tan deliciosamente llena.

Gruñe contra la piel de mi cuello y el roce de la barba se suma a todas las sensaciones que recorren mi cuerpo hipersensible.

Me peina el cabello húmedo con los dedos, con brusquedad, y termina con un tirón en la base de mi cráneo que me obliga a acercar el rostro al de él y a mirarlo a los ojos.

Ese gesto parece mucho más íntimo ahora que su pene desnudo palpita en mi interior.

—Ada. —Me roza los labios con el pulgar con un gesto reverente—.

¿Sabes lo bueno que es esto, joder? ¿Cuántas noches he soñado con este momento?

¿Los meses que he pasado intentando mantenerme lejos de ti y convencerme de que lo estaba imaginando todo?

Joder. —Baja la barbilla y cierra los ojos con fuerza—. Las cosas que quiero hacerte…

Las lágrimas anegan mis ojos. Esa confesión… El tiempo que ha pasado, los años que hemos estado separados, los motivos por los que esto no va a llegar a ninguna parte… Todo se desvanece con esa confesión. Todos esos años en los que me avergonzaba pensar que estaba loca.

Nada de eso importa cuando aquí y ahora estoy unida al hombre al que siempre he deseado, al que siempre he amado. Todo lo demás da igual.

Le toco la mejilla con ternura y me hago eco de sus palabras.

—Demuéstramelo.

Y de pronto sus labios vuelven a apoderarse de los míos, pero esta vez es diferente: lánguido y sensual en lugar de fuerte y frenético.

Las manos de ambos deambulan por nuestros cuerpos y nos balanceamos juntos con un ritmo constante.

Siento cada rugosidad, cada vena mientras se desliza dentro y fuera de mí, y el roce de su cuerpo contra mi clítoris aumenta mi frenesí en cada embestida.

El dolor en mi pelvis aumenta por el placer, la tensión se acumula en la base de mi columna con cada embate, con cada caricia de sus dedos, con cada mirada.

Dios, esa mirada …

Lo estrecho con más fuerza y gimo en su boca, contra su piel, y cuando estoy contoneándome y retorciéndome sobre él, perdida en la sensación de tenerlo dentro de mí, él se recuesta y lleva el pulgar a mi clítoris.

—Cabálgame, Ada. Córrete para mí.

Y esas palabras casi son lo único que necesito. Me muevo sobre él un puñado de veces, aceptándolo dentro de mí en toda su longitud: me llena por completo y lo adoro. Su pulgar dibuja círculos perezosos, resbaladizo por la humedad de mi excitación. Y, de pronto, la tensión en mi columna estalla.

—¡Dermot! —grito, y lo abrazo.

Una única gota de sudor se desliza entre mis pechos como si fuera una flecha que dirigiera el ardiente placer que me atraviesa cuando navego sobre las olas del orgasmo.

Él no deja de tocarme ni de empujar en mi interior mientras me derrumbo sobre él.

De hecho, acelera el ritmo, embistiendo con más fuerza hasta que se me acalambran los pies y me tiemblan los muslos.

Implacable, hasta que alcanza su propia liberación.

Se tensa bajo mi cuerpo y suelta un gruñido posesivo cuando se derrama en mi interior, y el corazón se me desborda en el pecho porque ha sido incomparable.

Me derrumbo sobre su húmedo torso y él me estrecha contra sí; me besa el pelo y pasea la mano arriba y abajo por la línea de mi columna.

Nuestra respiración es trabajosa y está perfectamente sincronizada.

Juego con un dedo en el vello de su pecho, distraída, y siento que por fin he conseguido todo lo que quería.

Estoy sin palabras; jadeante; saciada.

Abrumada.

—Es hora de ducharse. Voy a lavarte de arriba abajo y, después, voy a hacerte un montón de cosas perversas —me susurra Dermot al oído.

Un temblor de excitación me recorre de la cabeza a los pies y sonrío contra su pecho.

—Seamos perversos, entonces.

Caigo sobre las lujosas almohadas de plumas con un suspiro satisfecho. Dermot ha pasado las últimas horas metido de un modo u otro entre mis piernas, y estoy rendida. Podría morir ahora mismo y sería feliz.

En mis fantasías siempre disfrutábamos juntos, pero esto ha ido mucho más allá: la química, mis ansias, su habilidad. Ha sido una experiencia sexual mucho mejor incluso de lo que me había atrevido a soñar. Si llego a saber que iba a ser así, me habría vuelto loca cuando me rechazó hace tres años.

Salvada por la ignorancia.

Pero también me pregunto si habría sido así si no nos hubiéramos visto obligados a separarnos, si no hubiéramos tenido años para cocer esto que tenemos a fuego lento e imaginar cómo podría ser.

Aún no puedo creerme que haya pensado en mí, que, después de todo, lo que hay entre nosotros no sea unilateral.

Y si en la universidad no hubiera tenido un par de encuentros en la oscuridad, bajo las sábanas, con chicos inexpertos, ¿habría comprendido la enormidad que han supuesto las últimas horas con este hombre?

No creo.

Extiendo la mano para entrelazar nuestros dedos; estamos tumbados uno junto al otro, mirando las formas que dibujan las sombras en el techo de vigas de madera cuando la luz de la mañana inunda la habitación y nos arrebata la seguridad y la protección que nos ofrecía la noche.

O, al menos, parece que se las arrebata a él.

—Deberías irte.

Mi corazón se salta un latido.

—Perdona, ¿qué?

Se pone de costado para mirarme, con la cabeza apoyada en la palma de la mano.

—Me refiero a que tienes que volver a la casa principal para que tus padres no se enteren.

Parpadeo con rapidez, intentando seguir lo que dice, tratando de entenderlo.

—Dermot, me da igual que mis padres se enteren.

Me mira fijamente, con una sonrisa triste pintada en el rostro.

—Ada, tus padres son mis amigos, parte de mi familia.

Me tomaron bajo su ala, me dieron un buen empleo, un empleo estable.

No puedo salir por la mañana sin más con su única hija del brazo.

¿Qué iban a pensar? ¿Qué iba a pensar todo el pueblo?

Te conozco desde que eras una cría, y nunca pensé en ti de este modo hasta aquella noche, en el porche, y nadie tiene por qué saberlo.

El miedo me encoge el estómago porque aborrezco la idea de mantenerlo en secreto, como si hubiera algo malo en estar juntos. Pero tampoco quiero asustar a Dermot. Tenemos que encontrar un punto intermedio.

Me tapo el cuerpo desnudo con la sábana, con la sombra de la incertidumbre rondándome por la mente.

—Vale, pero ¿estamos…? ¿Esto…?

Suelto un gemido y escondo la cara entre las almohadas. Odio el sonido de mi voz al preguntar, detesto necesitar que me diga que esto es algo más.

Siento el calor de su cuerpo cerca de mí y sus dientes paseando por mi hombro desnudo mientras baja la sábana.

—No te escondas de mí, Ricitos de Oro. Te lo he dicho: eres mía. Solo… tenemos que pensarlo bien. Quiero que estés segura de en dónde te metes al estar conmigo. Me cuesta creer que vayas a seguir queriéndome cuando sepas lo jodido que estoy.

—¿Estás hablando del otro día, cuando sonó el tubo de escape de la camioneta?

Sus ojos se pierden en la distancia.

—Es más que eso, Ada —dice después de reflexionar con calma la respuesta—. No soy el mismo hombre que cuando me marché. He visto demasiadas cosas, he dejado demasiado atrás. Ni siquiera estoy seguro de que me guste mi nuevo yo.

El corazón me late con fuerza y se me encoge el pecho por la profunda tristeza que hay en su voz.

No sé qué decir ante esa definición de sí mismo.

Ojalá pudiera verse a través de mis ojos: fuerte y paciente, con esa boca perversa y adictiva.

Me siento a salvo cuando estoy con Dermot, y lo único que sé es que lo quiero bajo cualquier condición, sea como sea.

Dejarlo después de lo de anoche sería… Ni siquiera me atrevo a pensarlo, así que me acerco a su amplio pecho y le doy un beso sobre el corazón.

—Me gustan todos tus yos, Dermot Harding.

Y después me envuelvo en la sábana y corro hacia la casa principal.