5 Ada
Intento conciliar el sueño, pero hace demasiado calor en el rancho y tanto mi cuerpo como mi mente están demasiado inquietos.
El aire que entra por la ventana no me ofrece ningún alivio, e incluso si me sintiera cómoda, mi cerebro hiperactivo no me dejaría en paz.
Echo de menos el aire acondicionado de la residencia universitaria.
Enciendo la lámpara de la mesilla de noche y miro el reloj: medianoche.
Hace un par de horas he oído el crujido de unos neumáticos en el camino de grava y he escuchado a Dermot decir: «Gracias por acercarme».
Me habría gustado correr hacia la ventana para ver quién lo había traído, pero he sido demasiado cobarde y no he podido obligarme a hacerlo.
Si ha sido Tara, no quiero saberlo. Ver cómo lo manoseaba con tanta audacia en público ya ha sido suficiente tortura, y sus palabras, el catalizador de mi estallido.
Estaba dispuesta a enfrentarme a los dos, pero al final he decidido que el curso de acción más seguro era irme sin más y dejar tirado a Dermot. Se lo merecía. Tenía que saber que permitir que otra mujer actuara así delante de mí me haría daño.
Y me refiero a auténtico daño físico: el dolor en mi pecho ha sido de lo más real, y no dejo de recrear esa escena en mi mente. Dios, ni siquiera estoy segura de que vaya a poder borrarla alguna vez. Sospechar y ver son dos cosas muy diferentes.
Sé que estoy siendo inmadura: Dermot es un hombre adulto y me lleva años de experiencia.
Tengo claro que no ha sido casto, es lógico: es alto, moreno y deliciosamente guapo; es gracioso y un perfecto caballero.
¿Qué mujer no caería rendida a sus pies?
Pero verlo de primera mano es otra cosa, y yo he intentado no enterarme de lo que significan en realidad los años que me lleva.
Y lo que es peor: me cae bien Tara. No, corrijo: me caía bien Tara. Ahora mismo no estoy segura de poder perdonarle alguna vez que haya probado lo que yo tanto deseo. La injusticia de esta situación me abrasa la garganta y me revuelve el estómago.
Doy un puñetazo en el suave colchón. Estoy demasiado nerviosa para dormir, demasiado enfadada e irracional. Y estoy harta de sentirme así.
Suspiro, frustrada; cojo la toalla que está colgada detrás de la puerta y me deslizo por las viejas escaleras que no dejan de crujir, intentando no despertar a nadie.
Llevo años haciendo esto cuando no puedo dormir: un chapuzón rápido en las aguas frescas del río cuando hace tanto calor siempre me ayuda a encontrar paz.
Es el reinicio mental que necesito ahora mismo.
Me pongo las sandalias y atravieso el patio trasero hasta el río, lanzando una mirada asesina a la casa de Dermot al pasar.
El chirrido de los grillos inunda el aire como una pequeña sinfonía ahogada por el torrente del agua a lo lejos.
Todo está envuelto en paz y oscuridad, aunque la luna llena brilla como un foco sobre el valle.
Dejo la toalla en el lugar habitual: un recodo escondido del río donde casi no hay corriente y el agua fría es profunda.
De pie sobre la toalla, me quito los pantalones cortos de dormir y la camiseta, y los dejo caer sobre las rocas. Esta es la mejor parte de vivir en medio de la nada: no hay miradas indiscretas.
Voy hasta la orilla y me convenzo para dar el siguiente paso: aunque sé que voy a sentirme mejor, hace falta tener mucha convicción para arrojarse al agua helada.
Con una pequeña sonrisa, me acerco a la ribera, extiendo los brazos, cierro los ojos y caigo de espaldas en el agua profunda.
Contengo la respiración y me hundo bajo la superficie. El frío helador me corta el aliento; siento la ingravidez y el sabor lodoso del agua que me refresca los labios.
Aquí todo es paz, oscuridad y silencio, como si el tiempo se hubiera detenido.
El resto del mundo no tiene importancia en este lugar, rodeada como estoy por el río y las rocas que llevan siglos aquí, capeando el temporal.
Mis problemas parecen tan insignificantes como una mota de polvo cuando pienso en la inmensidad y la atemporalidad de la tierra que me rodea.
Escucho un ruido deformado por el agua en la que estoy sumergida.
—¡Ada! —Buceo hacia la superficie para ver qué ocurre—. ¡Ada! —La voz resuena con más fuerza cuando emerjo del agua—. ¡Ada! ¡Dios mío! ¿Estás bien?
La luz plateada de la brillante luna ilumina a Dermot, que ha dejado la camisa sobre las rocas y está metido hasta las pantorrillas en el agua, con los ojos desorbitados y jadeante como si estuviera a punto de rescatarme; de qué no estoy segura.
Me aparto el pelo de la cara y avanzo un poco dentro del agua.
—¿Qué haces, Dermot? —pregunto con frialdad.
Se pone las manos en sus estrechas caderas y sus ojos me escudriñan con atención, como si quisiera confirmar que de verdad estoy bien.
—Estaba sentado fuera y he oído un chapoteo —dice sin aliento.
Me tomo un momento para contemplarlo, sopesando mi respuesta.
Hace tres años su cuerpo era larguirucho y juvenil, pero ahora está lleno de músculos.
Miro las líneas de su abdomen definido y de su fuerte pecho, los tentadores huecos justo encima de sus clavículas y la forma en que sus músculos se tensan como una dura pelota bajo sus anchos hombros.
Me lamo los labios y saboreo el agua terrosa del río que gotea por mi cara.
Dermot Harding ya no es ningún niño: se ha convertido en un innegable peligro para mi corazón y mi cordura.
—Vale, pero eso no explica lo que haces aquí —digo, intentando mantener el tono tranquilo de mi voz. Quiero que se vaya—. Me gustaría disfrutar de mi intimidad, si eres tan amable.
—Me has asustado. He pensado que estabas… —Se pasa la palma de la mano por la sombra oscura que adorna su mandíbula—. No lo sé. No puedo pensar con claridad. He creído que te había pasado algo.
Se me descuelga la mandíbula cuando me doy cuenta de lo que ha creído que ocurría. Por un instante, me quedo conmocionada, pero enseguida me inunda la indignación.
—¡¿En serio has pensado que iba a suicidarme por ti, Dermot Harding?! —grito sin aliento; pataleo bajo el agua oscura y me acerco a la orilla, hasta donde hago pie.
—Yo…
—Eres un idiota. Eso es lo que eres —espeto—. Pero qué cara tienes. Te has superado a ti mismo, en serio.
—Sé que estás enfadada por lo de Tara —dice tímidamente, inmóvil en la orilla iluminada por la luna.
Suelto una carcajada.
—Bueno, mira, al menos te enteras de algo. Espero que el trayecto hasta casa haya sido divertido.
—¿Qué se supone que debía hacer, Ada? ¿Ser grosero con una chica que solo pretendía ser amable? Y ha sido el camarero quien me ha traído porque tú me has robado la camioneta.
Vale, ahí no puedo decir nada. La vocecita mezquina en mi mente me dice que tenía que haber sido grosero con ella, pero él no sería el hombre al que he amado todos estos años si actuara así. Dermot rebosa integridad, lo que, por desgracia, me encanta, pero aun así me repatea.
—Bah. —Aparto la vista hacia la sombra de los árboles, río abajo, para no mirarlo a los ojos.
No quiero que lea en ellos lo mucho que lo deseo; y ese deseo no ha hecho más que crecer cuanto más tiempo paso con él. Es como un tambor que empezó a tocar con suavidad, pero que ahora resuena tan fuerte que su ritmo atronador no me deja ni pensar.
Es injusto desear tanto algo que nunca podré tener.
—Fue hace años, Ada. Tara no significa nada para mí.
Supongo que solo intenta ser amable, pero ese comentario me enfada.
—Entonces, ¿solo follas con mujeres que no significan nada para ti?
No le ha gustado lo que he dicho: lo veo en su lenguaje corporal y lo escucho en su tono de voz. Donde antes era amable y persuasivo, ahora es duro y autoritario.
—Sal del agua, Ada. Debes de estar helada. Y tenemos que hablar.
Le devuelvo la mirada y una sonrisa se dibuja en mi rostro cuando nuestros ojos se encuentran en la oscuridad. No pienso obedecer sus órdenes.
—¿Por qué no vienes a nadar un rato?
—No llevo traje de baño —dice entre dientes, con la voz temblorosa vibrando de furia apenas contenida.
Su control pende de un hilo. Casi puedo sentir cómo se enciende mientras calculo mi próxima jugada. Puedo echar leña al fuego, arriesgarme y llevarlo al límite, o puedo apagar esas llamas, retirarme de nuevo y salvaguardar mi orgullo.
Tal vez sea el calor, tal vez sea que estoy harta, pero elijo avivar las llamas.
—Yo tampoco —digo; inspiro hondo y me pongo de espaldas para flotar sobre la superficie del río.
La suave luz blanca de la luna ilumina la forma de mi cuerpo recortándose contra el agua oscura y resalta las puntas duras de mis pezones y la suave redondez de mis pechos, que se exponen a su mirada.
Tengo la sensación de que han pasado varios minutos larguísimos mientras miro las estrellas titilantes en el cielo azul oscuro, controlando la respiración e intentando mantener la calma a pesar de que el corazón me late desbocado contra las costillas, pero en realidad no han debido de transcurrir más que un puñado de segundos cuando escucho un chapoteo en el agua, que se convierte en unas salpicaduras suaves. Siento un dedo sobre la barbilla.
—Ada… —Ese dedo me recorre el cuello con suavidad, como un susurro, y se detiene un instante en el hueco sobre mis clavículas.
Respiro entrecortadamente, temiendo que en cualquier momento explote la burbuja en la que estamos Dermot y yo.
Me arriesgo a mirarlo: el agua no le llega muy arriba y sus ojos están clavados en mi cuerpo.
Juro que puedo sentir el calor de su mirada abrasándome la piel mientras me contempla por primera vez.
Apoya la mano libre en la parte baja de mi espalda desnuda, bajo el agua, manteniéndome suspendida con facilidad ante él.
Su dedo vuelve a moverse: lo pasea entre mis pechos, y me recorre un calambre que siento como una caricia en mi centro.
La sensación del balanceo y del agua lamiéndome la piel bajo el silencioso manto de la noche está cargada de erotismo.
Todas mis terminaciones nerviosas se crispan bajo la atención de Dermot.
Frunce el ceño, concentrado, y aprieta la mandíbula cuando su mirada encuentra la mía. Puedo ver el deseo en sus ojos, la indecisión, el fuego, y casi me derrumbo bajo su intensidad.
Es tan evidente que no alcanzo a comprender cómo he podido convencerme de que este hombre no me deseaba: su hermoso rostro lo dice a gritos.
Tensa la mano y sus dedos se extienden sobre la curva inferior de mi pecho.
Nuestros alientos se entrecortan, trabajosos, y mi mente se queda en blanco.
Solo puedo oír el sonido de nuestras respiraciones entremezcladas y el roce de su piel contra la mía mientras me acaricia el pecho, apretándolo con firmeza entre sus dedos.
Cuando me pellizca el pezón dolorido entre el pulgar y el índice, me arqueo hacia él, echando la cabeza hacia atrás, como si ofrecerme a él fuera lo más natural del mundo.
Ni siquiera puedo reprimir el gemido gutural que escapa de mi garganta: años de anhelo resumidos en un sonido de pura necesidad.
Su mano presiona con más fuerza mi espalda, y deja caer la cabeza sobre el otro pecho para poner los labios sobre un pezón mientras me pellizca el otro.
No puedo creer que esto esté pasando de verdad.
Gimo al sentir su lengua rodeándolo antes de mordisquearlo.
La piel me hormiguea y se me pone la carne de gallina.
Siento el calor y la humedad entre mis piernas, e intento aliviar el dolor que se acumula ahí apretándolas una contra la otra, pero es una causa perdida: el dolor apenas ha empezado, y asciende en un crescendo imparable. Si se detiene, voy a hundirme en el fondo del río, devastada e insatisfecha.
Desliza sus labios por mi piel húmeda y me acaricia la mejilla con un gesto posesivo.
—¿Sabes por qué Tara no significa nada para mí?
—N… No —tartamudeo; no quiero hablar de ella.
—Porque ninguna mujer ha significado una mierda para mí desde la noche en que me besaste —admite, y esa confesión me deja sin aliento.
El corazón me late errático en el pecho cuando me saca en brazos del agua: pecho contra pecho, pelvis contra pelvis, boca contra boca.
Los labios de Dermot reclaman los míos y sus dedos se clavan en mis muslos desnudos, que envuelvo alrededor de su cintura.
Nos estremecemos al unísono, como dos corazones que laten a un tiempo.
Puedo sentir su erección presionando los vaqueros mojados y restriego mi sexo desnudo contra la tela, desesperada; enredo los dedos en su espeso cabello.
Aunque solo sea una noche, lo quiero todo.
—Demuéstralo —lo desafío.