Salir a ganar (Gold Rush Ranch 3) 4 Dermot
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4 Dermot

Ada se sube a mi camioneta azul cobalto, suspirando, y cierra la puerta con mucha más fuerza de la necesaria. Se abrocha el cinturón de seguridad con gestos bruscos y se reclina en su asiento, con los brazos cruzados y la mirada fija en el parabrisas.

Vale, está enfadada otra vez. Supongo que no puedo culparla: soy un desastre y la he liado.

—¿Vas a conducir o a quedarte ahí sentado mirándome? —Su tono es mordaz, y aprieta las mandíbulas con fuerza, sin dedicarme ni una mirada.

Sacudo la cabeza, doy marcha atrás y miro por encima del hombro para salir por el largo camino de entrada.

—Antes eras una monada, pero te has convertido en un auténtico dolor de cabeza, ¿lo sabías?

Juro que lo que sale de sus labios es un auténtico rugido. Frunce los labios como si algo le amargara la boca, levanta la naricilla y su cara se enciende de un rojo furioso. Se vuelve para mirar por la ventanilla.

—Estupendo. Eso es justo lo que te mereces.

Soy un hombre adulto y hace falta algo más que un insulto acalorado para hacerme daño, pero que se aleje de mí, que ni siquiera me mire se me clava como una flecha en el corazón.

Es una de las pocas mujeres que me han importado, y soy consciente de que le he hecho daño con mi comportamiento y mi incapacidad para controlarme cuando está cerca.

La mujer con la que he soñado los tres últimos años, a la que le he escrito cartas que nunca he tenido el valor de enviarle.

La mujer por la que siento algo que jamás podré tener.

Me invade el nerviosismo al recordar la última semana: cada vez que he puesto las manos sobre su cuerpo —aunque debería haberlas mantenido quietecitas—, todo lo que he dicho y que debería haberme callado…

Lo último que quiero es hacerle daño a Ada, y por eso me hago una promesa a mí mismo, en este preciso momento y lugar, mientras recorremos en un silencio tenso el tranquilo camino de tierra: debo hablar con ella.

Tengo que darle una explicación y mostrarle esas cartas para que no siga pensando que lo que hay entre nosotros es unilateral.

¿Imposible? Sí. ¿Unilateral? Por supuesto que no.

Salta de la camioneta casi antes de que termine de aparcar, como si se hubiera incendiado la cabina y no pudiera alejarse lo bastante rápido, y atraviesa a toda prisa la pesada puerta de madera del Neighbor’s Pub, el único bar en los alrededores de Ruby Creek.

Dejo escapar un hondo suspiro, cierro la camioneta y voy a regañadientes hasta la entrada de un bar en el que no quiero estar.

Estoy cansado, y solo me he ofrecido a acompañarla esta noche porque he visto lo preocupado que estaba Tom al pensar que su única hija iba a salir sola.

Y no podía culparlo por ello, o al menos eso es lo que me he dicho a mí mismo.

Así que aquí estoy esta noche, dispuesto a hacerle un favor a un amigo. No tiene nada que ver con que esté obsesionado con su hija y no soporte la idea de que esté con otro hombre.

Mis ojos tardan unos instantes en adaptarse a la oscuridad del pequeño local.

Ada ya ha encontrado a sus amigos en una mesa junto a la barra: dos chicos y una chica.

Me pone los pelos de punta, porque parece que estén en una cita doble.

No tengo ningún derecho a actuar así, pero me acomodo en la barra y acerco un taburete a la mesita cuadrada, con la patética esperanza de que, si escucho con bastante atención, puedo llegar a oír fragmentos de su conversación.

Y a eso es a lo que me ha llevado, a mí, un hombre de treinta y un años, toda una semana cerca de Ada Wilson: a ignorar las erecciones que me provoca el modo en que su trasero llena los vaqueros cuando va por el rancho y a escuchar a escondidas las conversaciones con sus amigos.

Patético.

Alguien da un golpecito en la brillante barra frente a mí y doy un respingo antes de mirar el rostro ancho y amable del hombre que hay detrás.

—¿Qué quieres tomar?

Me aclaro la garganta y miro hacia los estantes a su espalda, repletos de botellas.

—Una cerveza me va bien.

El hombre coge un vaso de pinta, va a los grifos y abre el grifo para dejar caer el líquido dorado. Tiene la complexión de un ranchero y el cabello rubio oscuro, y apostaría que solo es un par de años mayor que Ada.

—¿Eres nuevo por aquí? No te he visto antes.

Deja caer un posavasos frente a mí, deja encima la cerveza espumosa y me tiende la mano.

—Hank Brandt.

—Dermot Harding —digo, estrechándole la mano—. Encantado de conocerte. Soy de Merritt, pero vengo todos los veranos para ayudar a Tom Wilson a entrenar a los potros.

Asiente y se apoya cómodamente sobre la barra.

—Genial. Los Wilson son buena gente.

Mi vista se dirige a Ada, que está sentada con una botella de cerveza y mirando la nada. Está claro que no le interesa lo más mínimo la conversación.

—Los mejores —digo, distraído.

—¿Has venido con Ada?

Carraspeo y devuelvo mi atención a Hank.

—Sí. A Tom no le hacía gracia que saliera sola, así que me he ofrecido a acercarla. Creo que no le ha gustado demasiado mi oferta.

El joven hace un gesto desdeñoso con la mano.

—No tienes por qué preocuparte por Ada. Es una buena chica, aunque un poco distante.

Ladeo la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

Esboza una sonrisa y se encoge de hombros.

—Mírala…

Me giro y veo que me está fulminando con la mirada, como si quisiera hacerme desaparecer. Quizá sea una buena chica, pero ahora mismo parece a punto de matarme.

—Todos los chicos de la ciudad están interesados en ella, pero no se da ni cuenta.

Viene, la invitan a una copa o dos, rechaza con amabilidad a todos los que le piden una cita y se vuelve a casa.

He oído comentar a los chicos que ha tenido algún que otro novio en la universidad, pero ¿aquí?

Creo que esta es la primera vez que ha venido con alguien.

—Mmm —digo, y doy un sorbo a la cerveza. El burbujeante frescor se extiende por mi lengua y apaga el fuego que arde en mi interior al pensar en que Ada ha tenido novios, en plural, en la universidad.

—Ese de ahí es Travis —señala Hank, y se me encoge el pecho—. El que tiene el brazo alrededor de su silla. La otra noche también estuvieron juntos.

Miro por el rabillo del ojo y, efectivamente, el chico larguirucho con el pelo de color arena tiene el brazo posado distraídamente sobre el respaldo de la silla de Ada. Mi primera idea es rompérselo, a lo que le sigue una intensa vergüenza por pensar siquiera que tengo derecho a sentirme así.

Es justo lo que ella merece: alguien joven, vivaz, sin ninguna carga a sus espaldas, que pueda seguirle el ritmo sin temer las consecuencias de tener una relación con ella. Alguien prometedor y despreocupado. Alguien que no soy yo.

Dejo escapar un gruñido, me acodo en la barra y le doy un gran trago a la cerveza. Llega más gente y Hank se apresura a atenderlos, y yo doy gracias por librarme de su mirada calculadora. Quizá sea joven, pero me miraba como si me hubiera calado, y me estaba incomodando.

Pero no estoy solo mucho tiempo. Un chillido agudo que proviene del mismo lado que la mesa de Ada me destroza los tímpanos.

—¡Dermot Harding! ¿Eres tú de verdad? —Me tenso de la cabeza a los pies cuando siento unas largas uñas recorrerme los omóplatos y un cuerpo ceñirse a mi costado—. Vaya si lo eres. ¿Cómo estás, cariño? Ha pasado mucho tiempo.

Tara Bennett, con la que he pasado algunas noches justo antes de irme, se restriega contra mí.

—Hola, Tara —digo con amabilidad—. Cuánto tiempo sin verte.

No necesito mirar a Ada para saber que ahora su atención está puesta en mí. Puedo sentir el peso de su mirada en mi piel, como si latiera en mi torrente sanguíneo.

Tara me pasa la mano por la parte baja de la espalda e intento no estremecerme.

Hace tres años esto me gustaba, pero ahora me parece mal.

Me giro hacia ella en el taburete y se ve obligada a apartar la mano, pero la deja caer sobre mi rodilla y da un paso hacia mí.

Lleva una camiseta del Neighbor’s Pub, una falda de mezclilla y un delantal negro.

—¿Ahora trabajas aquí?

—Sí, señor. —Sonríe con orgullo y busca mi mirada con entusiasmo—. Si quieres que nos pongamos al día, salgo dentro de un par de horas. Puedes invitarme a un trago. —Me guiña un ojo, irónica—. Por los viejos tiempos. Lo pasamos bien, ¿verdad?

Desliza la mano con osadía sobre mi muslo, y yo solo quiero alejarme.

Tara es guapa, sin duda, pero cuando la miro solo puedo pensar que no es Ada, que esa no es la cara que tengo grabada a fuego en el cerebro.

Tara tiene los labios demasiado finos, el pelo demasiado rubio, lleva demasiado maquillaje y su perfume es demasiado dulzón.

Ada es delicada y natural, y huele a una combinación de la mermelada que desayuna todas las mañanas y la hierba recién cortada, un aroma dulce y fresco. Me encanta ese olor. Me encanta…

No vayas por ahí, Dermot…

El fuerte chirrido de una silla contra el suelo me arranca de mis pensamientos. Me vuelvo hacia ese sonido, sorprendido, y veo a Ada levantándose de su asiento, con la cara roja como una manzana madura. Una manzana venenosa.

Se acerca a mí, coge las llaves que están sobre la barra antes de que pueda reaccionar y sale corriendo por la puerta como un tornado en plena destrucción.

Veo a través de la ventana cómo salta al asiento del conductor de mi adorada camioneta azul, enciende el motor y sale disparada del aparcamiento, levantando una nube de grava tras ella mientras todo el bar la mira con confusión total.

Excepto yo. Yo no estoy confundido en absoluto: ha oído todo lo que ha dicho Tara.