3 Ada #2
Esto. Esto es lo que llevo años soñando.
Pero ese sueño no le hace justicia a la realidad: Dermot Harding es poderoso, exigente al tocarme, experimentado de un modo que no había previsto, de un modo que hace que me inunden los celos mientras sus manos recorren mi cuerpo y su boca reclama la mía.
No se aprende a poseer así a una mujer sin una larga práctica.
Lo único que ha pasado es que no ha querido practicar conmigo.
Darme cuenta de eso cae sobre mí como un jarro de agua fría. Todo lo que era cálido, todo lo que se había derretido se convierte al instante en pura roca quebradiza.
Me congelo en sus brazos y me invaden el pánico y los recuerdos de él rechazándome en este preciso lugar, y me niego a volver a sentirme así. Intenta atraerme hacia él y apoya la frente en la mía.
—Ada… —Cierra los ojos y sacude la cabeza—. ¿Qué voy a hacer contigo?
Me atrapa en el fuego ávido de su mirada, y se mece contra mí. Puedo sentir su dura longitud a través de los vaqueros, contra mi pelvis, como una tortura que me muestra lo que podría haber tenido. Lo que deseo.
—Nada —respondo, y apenas reconozco mi propia voz, fría como el Ártico. Pero sí reconozco el instinto de supervivencia que me posee. Hacer esto con Dermot es malo para mi corazón.
Para él quizá sea muy fácil alejarse y volver a entrar en casa, pero ¿para mí? Esto es una tortura demasiado cruel.
Suspira y se aleja de mí, temblando por el modo en que intenta controlarse.
—Lo siento, Ada. —Su mirada es seria y amable cuando el calor de su cuerpo me abandona—.
Yo solo… —Apoya las manos en las caderas y mira hacia el cielo, como si ahí estuviera escrita la respuesta a sus dudas—.
No sé cómo explicar lo que siento. Ni siquiera sé si debería aunque pudiera.
—Deja escapar una risa cargada de tristeza—.
Han pasado tres años y todavía no soy capaz de entenderlo.
Su voz es amable, pero sus palabras me sientan como una puñalada.
No puedo creer que esto esté pasando otra vez, aunque ahora es peor porque me ha devuelto el beso y casi me he derrumbado bajo el peso de su deseo.
Ahora sé que me corresponde. ¿Y me aleja porque tiene demasiado miedo como para hablar conmigo?
Eso me enseña algo que no sabía de Dermot Harding.
Pero ya no soy la adolescente tímida de la última vez, y la ira me posee.
—Nunca te he tenido por un cobarde, Dermot.
Sé que mi ataque da en el blanco porque puedo ver el dolor en las profundidades de sus ojos oscuros. Me siento mal por un instante, hasta que llega la humillación. Me doy media vuelta: tengo que alejarme de él y de lo que quiera que haya sido esto.
Tengo que alejarme de este maldito porche.
Evito a Dermot al día siguiente y opto por no trabajar con Penny. Me quedo en casa, de mal humor, y me ofrezco a ayudar a mi madre a preparar la cena. Me parece una idea estupenda para aclararme las ideas hasta que ella me cuenta los planes.
—¡Ay, genial! Me vendrían bien un par de manos.
Tu padre ha invitado a Dermot a cenar esta noche para que nos pongamos al día.
—Genial, justo lo que me hacía falta. Ni siquiera me atrevo a responder—.
Es estupendo tener a Dermot de regreso, ¿no?
He oído que ha sido de gran ayuda con Penny —dice alegremente, intentando que le responda, pero me limito a soltar un gruñido—.
Cuando eras niña estabas coladita por él.
Era tan dulce… Eras como su sombra. —Se ríe afablemente—.
Creo que lo habrías seguido hasta el fin del mundo.
—Suena espeluznante —murmuro, sin levantar la vista del tomate que estoy cortando en daditos.
—No, cariño. —Su rostro redondeado dibuja una sonrisa y sus ojos se empañan cuando se pierde en los recuerdos—. Por aquel entonces Dermot era un buen chico, y ahora es un buen hombre. Uno de los mejores que he conocido. Es lógico que sintieras algo por él incluso cuando eras tan pequeña.
Una punzada de dolor me atraviesa el pecho porque, por mucho que me apetezca tirarle el tomate a su preciosa cara embobada, sé que tiene razón. Suspiro y relajo los hombros.
—Lo sé, mamá. Ha sido de gran ayuda con Penny. La semana que viene saldremos a campo abierto para galopar. A ver si va bien.
Le guiño un ojo para demostrar que no estoy de tan mal humor como parece. Está claro que a todos les hace muchísima gracia que Penny me tire al suelo tan a menudo.
Ella aplaude con auténtico entusiasmo.
—Estoy convencida de que vas a lograr grandes cosas con esa potrilla. Esto solo es el principio de algo nuevo y emocionante. Me lo dice el corazón.
Esa noche nos sentamos alrededor de la mesa para cenar y charlar un rato.
A mis padres les encanta tener aquí a Dermot; siempre han sentido debilidad por él.
Sé que lo acogieron bajo su ala cuando no tenía a nadie más, y también soy consciente de que habrían tenido más hijos: habrían llenado todo el lugar con una manada de pequeños Wilson para que algún día se hicieran cargo del rancho.
Pero solo pudieron tenerme a mí. Una chica que no demuestra el más mínimo interés en la ganadería.
Aunque a ellos no les importa, porque solo quieren que sea feliz.
Dibujo una pequeña sonrisa, divertida: mi padre bromea constantemente diciendo que quiere que me case con un ranchero para mantener viva la tradición, y siempre que lo comenta me guiña un ojo.
Thomas Wilson sabe que conmigo se rompió el molde, y me quiere por eso.
—Dermot —pregunta mi padre—, ¿qué planes tienes para tus tierras? ¿Vas a hacer algo con ellas?
—No lo tengo claro, señor. Se ha puesto en contacto conmigo una empresa que quiere comprarlas. Al parecer, creen que la zona es rica en recursos mineros, pero yo no estoy seguro de querer vender la granja familiar, haya lo que haya ahí.
Mi padre mira el plato, se lleva a la boca un trozo de pollo y mastica de forma exagerada, como si estuviera reflexionando a conciencia.
—No vendas, hijo. —Se incorpora un poco y mira a Dermot, que está sentado frente a él, junto a mi madre—. Esa tierra es valiosa, y si te presionan para vender es porque algo bueno hay en ella. Podría ser la oportunidad perfecta para empezar algo por tu cuenta.
Dermot parece muy sorprendido, como si jamás se le hubiera ocurrido tener su propio negocio. Sus pestañas espesas y oscuras ensombrecen sus pómulos mientras le da vueltas a lo que acaba de decir mi padre.
—Yo…
Tom alza una mano para detenerlo.
—Solo te pido que lo pienses. Sabes que Lynette y yo queremos que triunfes.
Por mucho que me guste tenerte aquí todos los veranos para entrenar a los potros, sé que estás destinado a algo mejor.
Has pasado por muchas cosas, así que, si podemos ayudarte de algún modo, ya sea con conexiones, con financiación o lo que sea, solo tienes que decirlo. Estaremos encantados de ayudarte.
Mira a mi madre, que asiente, con los ojos brillantes por la emoción, en un acuerdo tácito. Se conocen tan bien que no necesitan ni hablar. Que se miren así después de treinta años nunca dejará de sorprenderme. Solía repugnarme, pero me he dado cuenta de que su relación es hermosa y especial.
Y yo también quiero algo así.
Miro a Dermot, que aprieta los labios, evaluando a mi padre.
—Lo estudiaré —dice, con la voz enronquecida por la emoción, y baja la mirada—. Gracias, Tom. Pero antes tengo que ayudar a Ada a llevar a esa potranca a las carreras.
—¿De verdad? —digo, emocionada por la perspectiva de que vaya a ayudarme, porque, dejando a un lado todos los dramas del pasado, Dermot es uno de los mejores jinetes que conozco, y su ayuda no tiene precio—. ¿Me lo prometes?
Me mira fijamente, con sinceridad, y la sala queda en silencio por la intensidad de esa mirada. Asiente una vez, decidido.
—Lo prometo.
—¡Bien! —exclama mi padre, rompiendo el hechizo.
Tira la servilleta sobre el plato, se recuesta en la silla y se vuelve hacia mí, que estoy sentada a su lado, como si fuera totalmente ajeno a la tensión entre Dermot y yo—.
Ada, ¿qué planes tienes para este sábado noche en Ruby Creek?
¿Vas a quemar la ciudad? —Me guiña un ojo.
Creo que contestar que voy a deprimirme y a dibujar corazones con mis iniciales y las de Dermot no es la respuesta más oportuna, pero es que, en realidad, no tengo ningún plan, y no me hace ninguna gracia reconocerlo delante de todos.
¿No podía dejar que subiera las escaleras después de cenar sin llamar la atención?
Como si no hubiera sido ya bastante tortura estar sentada frente a Dermot, contemplando sus sonrisas espontáneas, el modo en que sus manos se mueven mientras parte el pollo, la forma en que su cabello despeinado cae sobre su frente…
Supongo que eso es lo que me lleva a hablar sin pensar.
—Creo que voy a ir a la ciudad a tomar una copa o algo así.
—¿Con quién?
¿Por qué me hace esto?
—No lo sé, papá —digo, con los ojos abiertos de par en par por el nerviosismo—. No me preocupa demasiado: este es un pueblo pequeño y siempre hay alguien conocido por ahí.
Deja escapar un gruñido a modo de respuesta, y yo miro hacia abajo, jugueteando con el borde del mantel que descansa sobre mi regazo: está claro que a mi padre no le entusiasma la idea de que su pequeña vaya sola a un bar.
Ojalá pudiera decirle que a mí tampoco me apetece lo más mínimo, pero he caído yo solita en mi propia trampa.
—Iré con ella —anuncia Dermot, encogiéndose de hombros, sin mirar hacia mí, que levanto la cabeza de golpe—. Me vendrá bien relacionarme un poco. No he salido casi nada desde mi regreso.
—No necesito un acompañante —protesto, furiosa. No me apetece que se venga conmigo, y me da igual comportarme como una niñata caprichosa. Solo quiero estar sola. O, al menos, lejos de Dermot.
Últimamente lo único que hace es enfadarme y luego ponerme cachonda, y esa es una combinación terrible.
Necesito alejarme de él, pero me lo encuentro en todas partes y su voz resuena todo el día en los establos; juro que hasta soy capaz de percibir el aroma de su aftershave incluso cuando no está cerca.
Me está volviendo loca, y es por eso por lo que hoy me he escondido en casa.
Estoy harta de sus cambios de humor, de frío a caliente. Se acabó, está superado.
O eso pensaba, al menos, hasta que volvió al rancho y me empujó de nuevo a las garras de mi obsesión.
—Ada… —me riñe mi madre, y sé que va a hacer algún comentario sobre mis modales y sobre que sé comportarme mucho mejor.
Pero Dermot la interrumpe.
—Claro que no lo necesitas. Me limitaré a llevarte y te dejaré a tus anchas con tus amigos.
Lo fulmino con la mirada, echo la silla hacia atrás y subo las escaleras, furiosa.