Salir a ganar (Gold Rush Ranch 3) 3 Ada
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3 Ada

La cita ha sido una mierda.

Me abrocho el cinturón de seguridad y giro la llave de contacto, sacudiendo la cabeza mientras salgo a la carretera que conduce a casa, dispuesta a echarme la bronca a mí misma durante todo el camino.

Me he pasado todo el tiempo pensando en Dermot, deseando que fuera él con quien había salido, pero también queriendo darle una patada en las pelotas por abandonarme y luego regresar como si tal cosa. Y después he anhelado abrazarlo y protegerlo de todos los demonios que lo acosan.

Mis ojos se anegan en lágrimas y me duele el pecho al pensar en Dermot, tan fuerte y orgulloso, hecho un ovillo en el suelo.

Todavía lo quiero, con sus demonios y todo, y aborrezco que sea así.

Lo peor es que ese día en el río ni siquiera negó haber dejado claro lo que siente por mí, que se supone que solo es un amor fraternal, pero yo ya no soy una adolescente virginal, y no se me escapó cómo su mirada ardiente me recorría la piel o cómo sus manos firmes me estrechaban la cintura mientras me contemplaba.

Una parte pequeña y desesperada de mí pensó que quizá había cambiado de opinión y que iba a decirme cuánto me deseaba, como en uno de esos libros que mi madre esconde bajo el colchón.

Mira que eres dramática…

Me he convencido de que lo he superado, de que he seguido mi camino, pero al parecer mi corazón no se ha dado por enterado.

He tenido algún novio en la universidad, pero ninguno me ha durado demasiado; ninguno ha conseguido hacer que el corazón se me desboque en el pecho ni me ha mantenido en vela toda la noche pensando en cómo sería sentir sus manos sobre mi piel enfebrecida.

Incluso cuando he llegado a ese punto, ha sido divertido, pero…

insatisfactorio. No había fuego ni pasión, no hacíamos temblar las paredes.

Y yo deseo esa clase de sexo enloquecido y desenfrenado que te deja sin aliento.

Travis, mi cita de esta noche, es un tipo agradable, pero llevamos siendo amigos desde antes de que supiéramos hablar, y no puedo verlo de otro modo.

Hemos salido unas cuantas veces, pero soy consciente de que esto no va a ninguna parte.

Las oportunidades son escasas en un pueblo tan pequeño como Ruby Creek, y, mientras conduzco de regreso al rancho, me descubro deseando conformarme con alguien como Travis Bennet, deseando sentir interés por la ganadería que, después de todo, es el negocio familiar; pero, en cambio, me paso el día soñando con Dermot Harding y con las carreras de purasangres.

Todos los años voy a Vancouver con mis padres a ver el Denman Derby: un día entero en las carreras, que siempre espero con ansias; la emoción que siento cuando suena la campana y se abren las puertas, el ruido de los cascos de los caballos contra el suelo cuando salen como rayos…

Ese deporte tiene algo, y yo quiero formar parte de él.

Y quiero a Dermot Harding, estúpida, obsesiva y patéticamente. Los sentimientos no dejan de escaparse de la caja en la que los encerré, a pesar de que los tres últimos años se han mantenido a buen recaudo en la sección de mi mente rotulada con la leyenda «No va a pasar».

Pero eso fue antes de que me tocara, de que supiera cómo me sentía con las callosas palmas de sus manos deslizándose por mis brazos y estrechándome la cintura.

Antes de que me dedicara esa mirada torturada y anhelante que me dejó sin aliento y me hizo salir corriendo.

Una mirada que he estado recreando en mi mente durante una semana, que ha estado rebotando contra las paredes de mi cráneo como una bola de pinball, hasta dejarme un precioso dolor de cabeza.

Y entonces se me ocurrió lo de la estúpida cita porque pensé que me ayudaría a aclararme las ideas, pero no podía haberme equivocado más: lo único que he conseguido es cabrearme por perder el tiempo y sentirme culpable por haberle dado falsas esperanzas a un amigo.

—Bien hecho, Ada —murmuro.

Entro en el rancho y aparco frente a la casa principal. Cierro la puerta más fuerte de lo que debería y rodeo la parte trasera del coche para dirigirme al camino que conduce a la entrada.

Y, por supuesto, mis pensamientos me llevan hasta el porche de la pequeña casa de invitados que construyeron mis padres, en la que se queda Dermot cuando está aquí.

—¿Estás intentando cargarte el coche, Ricitos de Oro?

Está sentado en el viejo columpio, mirando hacia las montañas y con un vaso de líquido ámbar en las manos.

El suave resplandor de las luces exteriores resalta los fuertes rasgos de su masculino rostro, su oscuro cabello y la radiante blancura de su camiseta.

Y mi memoria me lleva hasta la camiseta mojada cuando salimos del río a principios de esta semana, al modo en que se ceñía a las líneas bien definidas de su pecho y cómo colgaba de forma sugerente sobre la profunda uve que desaparecía bajo la cintura de los pantalones.

Se me seca la boca al momento con solo recordarlo.

Me paro y me enfrento a él, harta de morderme la lengua, harta de este estúpido enamoramiento.

—Es mejor que tomarla contigo, ¿no?

—Ada…

—No. Nada de «Ada». No estoy de humor.

Echo a andar para poner distancia entre nosotros antes de decir algo de lo que pueda arrepentirme, pero me freno en seco cuando oigo su voz.

—Vale. Entonces, dime, ¿qué tal tu cita? —Su tono no me gusta nada, y menos teniendo en cuenta que ha estado desaparecido los tres últimos años.

¿Qué pretende? ¿Volver sin más y actuar como si le debiera explicaciones? De ninguna manera. No tiene ningún derecho a hablarme así.

Subo los dos escalones que nos separan, agarrando la barandilla con tanta fuerza que las astillas de la madera me hacen daño en los dedos.

—Ha sido genial —miento entre dientes, con una confianza que no encaja en absoluto con la confusión que siento en mi interior—. Travis es maravilloso.

Dermot se levanta, pavoneándose, maduro y seguro de sí mismo, mientras que a mí me tiemblan las piernas, y tengo que usar la barandilla como muleta.

Pero doy un paso, negándome a retroceder y concederle esa victoria; me apoyo contra la columna de madera y me agarro a la barandilla que rodea el porche.

Preparada para la batalla.

Se acerca demasiado, invade mi espacio personal y me roba todo el aire, como si fuera capaz de absorberlo con su mera presencia.

—Travis… —dice, paladeando el nombre como si quisiera saber qué se siente al pronunciarlo.

Está lo bastante cerca como para que perciba la caricia de su aliento en mis clavículas, aliviando el bochorno de las horas nocturnas.

Mueve el vaso, distraído, y el hielo tintinea contra el cristal.

—¿Y ese Travis te pone la carne de gallina con solo acercarse a ti?

Miro hacia abajo y veo que tiene razón. Capullo . Levanto la barbilla, desafiante.

—Travis es bueno para mí.

—Cualquiera sería mejor para ti que yo.

Se me escapa un resoplido muy poco femenino.

—No jodas…

Él se ríe y da otro paso adelante, escudriñándome el rostro; yo me clavo el poste de madera en la espalda.

—No tenías esa boquita cuando nos vimos por última vez.

Está tan cerca que no puedo ni pensar racionalmente.

—Las cosas cambian —digo con voz suave y ronca mientras me empapo de él: su imponente figura, el modo en que la nuez sube y baja en su garganta cuando traga…

De pronto, me siento muy joven, muy fuera de mi zona de confort. Aprieto los muslos y siento esa chispa reveladora en los riñones, ese calambre en la pelvis.

—Sí, cambian. —Dermot me agarra la barbilla con firmeza, y dejo escapar el aliento en un veloz suspiro.

Me quedo inmóvil, con el pecho ascendiendo y descendiendo al mismo ritmo que el suyo, temiendo romper la frágil conexión que tenemos en este momento.

Deja el vaso sobre la barandilla del porche, detrás de mí, y me pasa el dedo índice por los labios con aire posesivo: primero por el de arriba y luego por el de abajo.

—Eres demasiado joven para mí —reflexiona.

Trago audiblemente y sonrío con una confianza que estoy muy lejos de sentir.

—Supongo que eso te hace demasiado mayor para mí. Ya lo has dejado claro.

Me recorre el rostro con esos ojos inteligentes, analizándome, como si estuviera calculando su estrategia.

—En realidad, no estoy tan seguro de haberlo dejado claro. —Se agacha hacia mi oído—. No está nada claro, joder.

Mis pezones endurecidos rozan contra el sujetador. Su cuerpo tonificado se mueve e invade mi espacio; su pecho toca el mío y quedamos cara a cara. Quiero ganar a toda costa; me siento acorralada; quiero arremeter contra él.

—¿Y qué demonios se supone que significa eso?

—Significa que nunca debería pasar nada entre nosotros. Que sería un error.

Dios santo, no hay quien entienda a este hombre.

—Gracias por aclarármelo —espeto—. Ahora quítame las manos de enc…

—Pero ¿sabes? —me interrumpe de forma abrupta, y me aprieta con más fuerza la barbilla—. Que le den a todo.

Sus labios se estampan sobre los míos y se mueve contra mí, frenético, ávido.

Gimo en su boca e intento devolverle el beso, pero me ha inmovilizado la cabeza para tomar lo que quiere, lo que necesita.

El beso es brutal, primitivo, más un castigo que una recompensa.

Es como un volcán que ha entrado en erupción, y su lava va a abrasarnos a ambos.

Y yo debo de tener ganas de morir, porque arqueo la espalda hacia él, contra su duro pecho, y tiro de su camisa para acercarlo aún más a mí, para refugiarme en su abrazo y no marcharme nunca.

Lo único que quiero es memorizar la sensación de sus brazos a mi alrededor y el olor limpio a jabón en su piel; el sabor del whisky en su lengua y el roce de su barba contra mi piel es una combinación que nunca podré olvidar.

Sus besos se vuelven lánguidos, casi reverentes.

Me agarra la cabeza y pasea sus pulgares por mis mejillas; desliza la boca hacia abajo y salpica de besos el lóbulo de mi oreja y la curva de mi cuello hasta las clavículas.

Un calambre de excitación nace entre mis piernas, y me convierto en arcilla entre sus dedos.