2 Dermot #2
—Vete a paseo, Dermot. Es mi yegua y yo soy quien va a entrenarla. Ayuda o no ayudes, me da igual, pero que te quede claro que no vas a hacerte cargo de ella. —Eleva la mano por encima de la cabeza—. Estoy harta de que todo el mundo me diga lo que puedo o no puedo hacer.
Da media vuelta y se marcha, furiosa, con la pequeña potranca cabrioleando a su lado.
Mientras veo cómo se aleja, me doy cuenta de que Ada Wilson no es la misma chica que dejé en el porche hace tres años.
—Vale, ayúdame a montar —dice Ada, volviendo el trasero en mi dirección.
Trago saliva y mi nuez sube y baja por mi garganta. Ayudar a alguien a montar un caballo no es nada del otro mundo, pero tampoco es que encaje en mi plan de no tocar a Ada Wilson.
Me pongo detrás de ella e inhalo el aroma de su crema de mandarina. Le sienta bien: es embriagador, alegre y cítrico. Levanta la pierna y espera a que la ayude.
Me agacho y le rodeo la delgada pantorrilla con la mano, obligándome a no ir más arriba.
Ella me mira por encima del hombro, probablemente preguntándose por qué tardo tanto, y por un momento se cruzan nuestras miradas y me ahogo en las profundidades esmeralda de sus iris, enormes y expresivos, que por primera vez desde que regresé no muestran enfado.
Le sostengo la mirada porque, sin más, disfruto contemplándola.
Mala idea.
Sacudo la cabeza y me aclaro la garganta.
—Uno, dos, tres. —Al llegar a tres la impulso hacia arriba, pero tardo un poco en soltarle la pierna.
Soy incapaz de apartar la vista de cómo se ve mi mano sobre ella, de cómo contrasta con su piel, cómo la complementa: suavidad y dureza; luz y oscuridad; joven y viejo. No, mayor. Me niego a considerarme viejo a los treinta y un años.
El caso es que no coincidimos en nada. Ada y yo somos una dicotomía, como dos polos opuestos de un imán que no pueden separarse uno del otro por muy jodidas que estén las cosas.
—¿Dermot? —pregunta con expresión burlona—. ¿Estás bien?
Aparto la mano de su pierna y doy un brusco paso atrás.
—Todo bien —digo por encima del hombro; salgo del corral y me vuelvo para apoyarme sobre la valla con toda la indiferencia de la que soy capaz.
Ada deja pasar el momento incómodo y se pone en marcha. Se muestra muy satisfecha consigo misma mientras trota sobre la potranca de patas largas, y el orgullo me inunda el pecho.
Esta chica es dura como una roca, y es cualquier cosa menos una rajada.
Pasamos el resto de la semana trabajando con Penny, una yegua castaña de arriba abajo. Se encabrita un montón, pero Ada siempre se mantiene firme y, al cabo de una semana, ya puede caminar y trotar alrededor del corral sin ayuda.
Aunque la potranca ha mejorado, las interacciones entre Ada y yo son tensas.
Ella apenas me mira desde ese día en el río, y yo estoy demasiado ocupado intentando no fijarme en su cuerpo o en el modo en que sus caderas se balancean sobre la silla; pero me temo que al mirarla solo a la cara lo único que consigo es que todo se vuelva todavía más incómodo, porque todos sus gestos me distraen: el modo en que se humedece el labio inferior, cómo frunce el ceño cuando se concentra, las sonrisitas que le dedica a Penny y que llenan de arruguitas las comisuras de sus ojos…
Quizá sería mejor si solo mirara su coleta… Contemplo cómo se balancea. Podría envolverla alrededor de mi mano, darle un buen tirón y…
Dejo caer la frente sobre el listón superior de la valla, derrotado. Estoy jodido.
Conozco a Ada desde que tenía diez años, los dientes torcidos y las rodillas nudosas.
Solía recorrer el rancho con su bicicleta, ensuciándose y metiéndose en líos: era una auténtica criatura del rancho en el más amplio sentido de la expresión, hija única de una de las parejas más trabajadoras, cariñosas y respetables que he conocido.
No me sorprendía lo más mínimo ver, verano tras verano, cómo se convertía en una joven extraordinaria.
No habría esperado menos, pero todavía la veía como la pequeña Ricitos de Oro, con su cabello enredado y las mejillas manchadas de púrpura porque había comido moras silvestres.
Por supuesto, su amor platónico hacia mí era una broma habitual en el rancho cuando era pequeña y me seguía a todas partes, poniendo cualquier excusa para estar conmigo.
Charlaba sin parar sobre caballos y hacía miles de preguntas, y yo era un joven de veinte años que se sentía incómodo cuando todo el personal e incluso el propio señor Wilson se burlaban de mí por eso, aunque la verdad es que era entrañable.
Hasta que, al final, todo el mundo dejó de hablar de ello, y supuse que Ada había superado su enamoramiento infantil, que este se había convertido en algo que recordar con cariño.
Hasta que me besó.
Me dejó en shock cuando me agarró de la mandíbula y posó sus suaves labios en forma de corazón sobre los míos. Al parecer, con la edad se había convertido en toda una experta a la hora de ocultar sus sentimientos.
«Cuídate, Dermot. Te amo», dijo, y yo la aparté como si lo que había dicho fuera una tontería y le pedí que se fuera.
Pero la mirada en sus ojos aquella noche, el modo en que se habían anegado en lágrimas cuando se pasó los dedos por el arco de su labio superior…
Joder . Esa mirada me ha perseguido hasta hoy.
Es como una espina clavada en mi corazón.
No quise hacerle daño. De hecho, estaba convencido de que habría podido matar a cualquiera que se lo hubiera hecho.
Pero esa noche ella plantó una semilla en mi mente repleta de posibilidades, y sus ramas crecieron, rápidas e imprudentes, alterando mi percepción de lo que estaba bien y lo que estaba mal, deformando mis recuerdos y cambiando todo lo que se suponía que debía sentir por Ada Wilson.
Esa semilla me ha dejado sumergido en una profunda lucha interior durante los tres últimos años, en los que he combatido el deseo de apartarle el pelo y devolverle el beso con rudeza; el deseo de demostrarle lo que un hombre como yo es capaz de hacer; lo que un hombre como yo puede hacer que sienta.
Pero no puedo. Ada está en la columna «La hija de mi amigo» y también en la de «Es demasiado joven para ti, joder».
Por eso, cuando terminamos la jornada el viernes por la tarde, intento entablar una conversación informal después de una semana tensa para los dos.
—Parece que funciona, Ada. Deberías sentirte orgullosa de ti misma; Penny no es una yegua fácil.
Ella sonríe y acaricia dulcemente las crines de la potranca.
—Cuando las cosas son fáciles no sientan tan bien —reflexiona—. Me gustan los retos.
Me aclaro la garganta. Debo de estar obsesionado, porque todo lo que dice esta mujer me parece una metáfora.
—¿Intentamos ponerla al galope la semana que viene? —pregunto.
Ella se da la vuelta y me sonríe.
—La semana que viene galopamos.
Y un instante después estoy en el suelo.
Ha sonado un fuerte estallido y he reaccionado al momento; me he tirado al suelo tan rápido que ni siquiera recuerdo cómo lo he hecho.
Me pongo las manos sobre la cabeza, esperando otro estallido, otra explosión; esperando los gritos y el silbido de las balas volando por todas partes.
Tengo que ponerme a cubierto para llegar sano y salvo a casa. No puedo pensar en nada más.
Una mano suave me acaricia los hombros con dulzura y oigo el murmullo de la dulce voz de Ada.
—Estoy aquí. Solo ha sido el tubo de escape de una camioneta. Todo va bien.
Solo entonces soy consciente de dónde estoy y de lo que he hecho. Estos flashes aparecen de pronto, impredecibles e inevitables, con una fuerza arrolladora.
—¿Dermot? —Alza la mano para masajearme la nuca, mientras que yo sigo ahí tirado sobre el suelo polvoriento, intentando serenar los latidos erráticos de mi corazón—. ¿Qué puedo hacer?
—Nada —digo con un susurro entrecortado, aún incapaz de moverme—. Dame un par de minutos.
Espero que se vaya, pero, en lugar de eso, ata a la yegua, se tiende en el suelo junto a mí y me acaricia la espalda en silencio. No pregunta, no me apresura, solo se queda a mi lado.
Al cabo de unos minutos repletos de ansiedad, todo pasa y mi respiración se normaliza. Ada está ahí, tumbada, con la cabeza apoyada en la mano y sus grandes ojos escudriñándome. Quizá esté actuando con calma, pero parece asustada.
Y por eso no eres bueno para ella.
—Estoy bien.
—¿Estás seguro? —Frunce el ceño, preocupada.
—Sí. —Me tumbo boca arriba para mirar el cielo y recordarme dónde estoy.
Ada me imita y agarra con su pequeña mano la mía, apretándomela con fuerza: una vez, dos, tres… Es un gesto sencillo, pero una corriente eléctrica me recorre el antebrazo hasta el codo; una punzada, algo peligroso que fluye entre nosotros.
Aparto la mano, la apoyo sobre mi estómago e intento aligerar el ambiente.
—Tenemos que dejar de vernos así. —Ella se ríe, pero suena un poco forzada, así que la miro y lo intento de nuevo porque no deseo hablar sobre lo que acaba de pasar—. Es viernes por la noche. ¿Tienes planes, Ricitos de Oro?
Frunce los labios.
—La verdad es que sí. He quedado en el Neighbor’s Pub.
—¿Has quedado con alguien? —bromeo, moviendo las cejas—. ¿Tienes una cita?
Ella gira la cabeza y sus ojos se clavan en los míos; una nota de tristeza reluce en los reflejos de color salvia de sus iris.
—Sí, Dermot, tengo una cita.
Y entonces se levanta y se va, y me deja solo con otra clase de monstruo de ojos verdes completamente distinta y desconocida.
A lo mejor ha llegado la hora de tener una pequeña charla con Ada sobre la tortura a la que me he visto sometido los tres últimos años.