Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 39Consecuencias
98%

CAPÍTULO 39Consecuencias

Consecuencias

El coche ya no estaba en el depósito judicial.

Lo habían trasladado a un garaje de la Policía Científica. Permanecía sobre una plataforma, sin ruedas, con las puertas abiertas y una lona azul debajo. El olor a disolvente se pegaba al paladar.

Robles me detuvo antes de la línea amarilla.

—Desde aquí.

—Sé cómo funciona.

—No siempre lo parece.

Me quedé junto a la pared.

Un técnico introdujo una cámara por el hueco del maletero. La cerradura había sido soldada desde dentro. No para impedir que lo abrieran, sino para obligar a romperlo.

—Han confirmado la voz —dijo Robles.

No aparté la vista del monitor.

—Salvatierra.

—Noventa y siete por ciento de coincidencia. Pineda también lo ha identificado y la sangre de Gabriel estaba en la suela encontrada en la taquilla de Varela.

El técnico levantó una herramienta.

—Voy a cortar.

El disco mordió el metal. Las chispas iluminaron el interior durante unos segundos.

Robles cerró la carpeta.

—La jueza ha ordenado detener a Salvatierra por el homicidio.

—¿Y Varela?

—Facilitó acreditaciones, ropa y turnos. Dice que Salvatierra los utilizaba sin explicarle para qué.

—Miente.

—Probablemente. Pero no disparó.

La tapa cedió con un golpe.

Dentro no había un cadáver.

Tampoco cajas llenas de expedientes.

Solo una bolsa de deporte, una grabadora de casete y una chaqueta doblada. La tela estaba cubierta de polvo, pero reconocí el parche cosido junto al bolsillo.

Era de David.

Di un paso.

Robles me agarró del antebrazo.

—Desde aquí.

El técnico fotografió cada objeto antes de tocarlo. Sacó la chaqueta. Después la bolsa.

Dentro apareció una cinta, una declaración de cuatro páginas y una llave pequeña con una etiqueta de plástico.

R-17.

—Roldán —dije.

El técnico introdujo la cinta en un reproductor portátil. El motor arrastró la cinta con un siseo irregular.

Una voz cansada llenó el garaje.

«Me llamo Tomás Roldán. Declaro que varias armas incautadas en operaciones de la Brigada habían sido retiradas previamente de depósitos policiales».

Robles levantó una mano. Nadie tocó nada.

La grabación continuó.

Roldán nombró tres operaciones. Dos agentes. Un inspector que firmaba entradas falsas. Después mencionó a David.

«Él descubrió que observaban a los policías antes de decidir cómo utilizarlos».

La cinta crujió.

«Barral no formaba parte del grupo. Pero ya tenían un expediente preparado sobre él».

La venda de mi palma se tensó.

Robles miró hacia mí.

—Antes de David.

La voz volvió a entrar.

«Lo eligieron porque se saltaba el procedimiento y porque nadie lo defendería cuando lo hiciera una vez de más».

El técnico pulsó pausa.

—La cinta está dañada.

—Sigue —dije.

Robles negó.

—Primero copia.

—Puede quedar algo más.

—Precisamente.

Sacó la cinta del aparato y la entregó al laboratorio. No discutí. Cogí la silla más cercana y la aparté de la pared, pero no me senté.

Sergio apareció en la entrada acompañado por dos agentes.

No llevaba esposas.

Miró la chaqueta de David sobre la mesa.

—Así que la conservó.

—Gabriel conservó todo —dije.

—No todo.

Robles señaló la línea amarilla.

—No la cruce.

Sergio se detuvo.

Le enseñé la copia de la declaración.

—Roldán dice que ya existía un expediente contra mí.

—Existía.

—¿Quién lo abrió?

Sergio se frotó el pulgar contra el índice.

—No era un expediente oficial.

—No juegues con las palabras.

—Una evaluación previa. Horarios. Relaciones. Errores. Reacciones.

Robles colocó la grabadora sobre una mesa.

—¿Quién pidió que observaran a Julio?

Sergio miró la puerta.

—Gabriel recibió el nombre.

—¿De quién?

—Nunca lo dijo.

Me acerqué hasta la línea amarilla.

—Tú recogiste a Lucas del colegio utilizando tu placa.

—Para protegerlo.

—Lo apartaste de su madre sin autorización.

—Habían preguntado por él.

—¿Quiénes?

Sergio apretó la mandíbula.

—Los mismos que querían saber cuánto recordaba del coche.

Robles encendió la grabadora.

—Empiece por el principio.

Sergio bajó la vista hacia la llave etiquetada.

—Antes de que conocieras a David recibimos una orden verbal. No detenerte. No investigarte. Apartarte de operaciones sensibles.

—¿Por qué?

—Decían que eras imprevisible.

—Eso no basta.

—También decían que, llegado el momento, servirías.

El garaje quedó reducido al siseo del extractor.

—¿Para qué? —preguntó Robles.

Sergio levantó la mirada.

—Para cargar con algo que no pudiera explicarse.

Martina clavó nueve velas en una tarta para ocho personas.

Clara retiró una.

—Son ocho.

—La otra es para que papá no se vaya.

La cocina olía a chocolate caliente. Lucas apoyaba los platos sobre la mesa sin mirarme.

Mi teléfono vibró dentro de la chaqueta.

No lo saqué.

Laura dejó una bolsa de regalos junto a la puerta.

—Puede ser importante.

—También esto.

Clara levantó la vista. No sonrió.

—No hagas promesas raras delante de la niña.

Martina colocó la vela sobrante junto a mi plato.

—Esta no se enciende.

—Entonces no cuenta.

—Cuenta más.

Lucas empujó una silla hacia mí.

—Siéntate antes de que cambie de idea.

Lo hice.

Clara cortó la tarta. Martina empezó a repartir los trozos con una espátula demasiado grande. El primero cayó de lado sobre el mantel.

—Perfecto —dije.

—Está roto.

—Eso no impide comerlo.

Lucas soltó aire por la nariz. Casi una risa.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez Clara miró hacia mi chaqueta.

—Dos veces.

—Sé contar.

—Nunca ha sido ese el problema.

Me levanté. Lucas dejó el tenedor.

Saqué el móvil.

Robles.

Leí el nombre. Después apagué la pantalla y dejé el aparato boca abajo sobre una estantería.

—¿No contestas? —preguntó Lucas.

—Ahora no.

—Puede ser el coche.

—El coche seguirá ahí.

Martina empujó hacia mí el trozo derrumbado.

—Te toca ese.

—Lo sospechaba.

Laura se sentó frente a Clara. Hablaron del colegio, de una excursión y de un abrigo que Martina había perdido. Ninguna fingió que todo estuviera arreglado.

Era mejor así.

Lucas terminó la tarta antes que los demás. Después salió de la cocina y regresó con el cuaderno.

Lo dejó cerrado junto a mi plato.

—He cambiado el trabajo.

—¿Ya no admiras a nadie?

—No era eso.

Tocó la tapa con un dedo.

—La profesora dijo que no hacía falta elegir a alguien perfecto.

Clara apoyó la espátula.

—No tienes que enseñarlo ahora.

—Ya lo sé.

Lucas abrió la primera página.

El título seguía allí.

La persona que más admiro.

Debajo había escrito un nombre. No era el mío.

David Cifuentes.

La cicatriz de mi mano raspó el borde del plato.

—No lo conociste —dije.

—Por eso estoy investigando.

—Lucas.

—No he buscado solo.

Miró a Clara. Ella retiró los vasos vacíos.

—Le he ayudado con lo que podía comprobar.

Pasé la página.

Había una fotografía de David con uniforme. Una fecha. Tres párrafos sobre su trabajo y una frase subrayada.

Intentó denunciar algo y murió antes de conseguirlo.

—No sabemos si fue así —dije.

—Tú dices que no escribamos cosas que no podemos demostrar.

—Entonces corrígelo.

Lucas cogió el bolígrafo.

Tachó “antes de conseguirlo” y escribió encima:

Murió antes de que alguien quisiera escucharlo.

Cerré el cuaderno.

—Eso tampoco lo sabes.

—Tú lo escuchaste demasiado tarde.

La frase me dejó el tenedor detenido sobre el plato.

Martina tiró de mi manga.

—Faltan los regalos.

Me levanté con ella.

El teléfono vibró una tercera vez.

Esta vez no era una llamada. Robles había dejado un mensaje de voz identificado. No lo abrí.

Ayudé a Martina con el papel. Rompió el envoltorio de una caja y sacó una cámara infantil.

—Voy a hacer fotos de todos.

—Empieza por tu hermano.

Lucas levantó el cuaderno para taparse la cara.

—Ni se te ocurra.

Martina disparó.

El flash llenó la cocina.

Clara recogió el papel del suelo. Laura colocó la tarta en la nevera. Lucas revisó la fotografía y protestó porque salía con los ojos cerrados.

El móvil dejó de vibrar.

Una hora después, los niños dormían en el salón.

Martina tenía la cámara apoyada sobre el pecho. Lucas conservaba el cuaderno abierto junto a la mano.

Cogí el teléfono.

Robles había dejado dos palabras antes de pedirme que fuera a comisaría.

Encontramos la llave.

Miré hacia la cocina. Clara hablaba en voz baja con Laura mientras guardaban los platos.

Reproduje el resto.

—La etiqueta R-17 no corresponde a Roldán —dijo Robles—. Abre una caja de seguridad a nombre de Gabriel Ledesma. La contrató veintidós años atrás.

Veintidós.

Mucho antes de David.

Mucho antes de que Gabriel empezara a observarme.

Robles continuó:

—Dentro no hay expedientes. Solo una lista con siete nombres.

Martina se movió en el sofá. Le coloqué una manta sobre los pies.

—El primero es el tuyo —añadió Robles—. Pero no está escrito con la letra de Gabriel.

Cerré la manta bajo el hombro de mi hija.

—¿De quién es?

Robles tardó un segundo.

—De alguien que figura como muerto desde hace treinta años.