Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 38El verdadero motivo
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CAPÍTULO 38El verdadero motivo

El verdadero motivo

Salvatierra perdió la sonrisa cuando coloqué la fotografía sobre la mesa.

No era la del colegio. Tampoco una de las que había utilizado durante el juicio. En aquella aparecía apoyado contra mi coche, doce años más joven, mientras Sergio hablaba con alguien fuera de plano.

Robles cerró la puerta de la sala.

—La encontraron en casa de Mateo Varela.

Salvatierra no tocó la imagen.

—No conozco a ningún Varela.

—Él sí te conocía —dije.

Empujé la fotografía hasta rozarle los dedos. La luz blanca arrancaba brillos de la cicatriz bajo su oreja.

—También utilizabas su nombre.

Su abogado levantó una mano.

—Mi cliente ha acudido voluntariamente.

—Y puede marcharse —respondió Robles—. Dejando antes sus zapatos.

Salvatierra bajó la vista.

Las fibras halladas en la cornisa coincidían con la suela de un modelo antiguo que seguía fabricándose por encargo para personal de seguridad. Varela había comprado tres pares. Uno aparecía en la fotografía de la universidad. Otro estaba guardado en casa de Salvatierra.

El tercero seguía sin aparecer.

—Gabriel te grabó —dije.

El abogado cerró la carpeta.

—Entonces reproduzca la grabación completa.

—No la necesitamos completa.

Saqué la grabadora rota de la bolsa. No la encendí.

Salvatierra siguió mirando el aparato.

—La oposición no importaba —continué—. Tampoco Irene. Gabriel podía denunciar a medio rectorado y a ti te daba igual.

Apoyé ambas manos sobre la mesa. La palma herida tiró bajo el vendaje.

—Hasta que mencionó mi coche.

El abogado se inclinó hacia su cliente.

—No responda.

Salvatierra tocó la fotografía con una uña.

—¿Qué crees que dejó David dentro?

—Eso he venido a preguntarte.

Sonrió sin mostrar los dientes.

—Sigues buscando respuestas en la gente equivocada.

Me aparté de la mesa.

—Entonces nos vamos.

Robles me miró. No se movió.

Cogí la grabadora y caminé hacia la puerta.

—Espera —dijo Salvatierra.

No giré.

El abogado le agarró el antebrazo.

—He dicho que no responda.

Salvatierra se soltó.

—David llevaba una copia.

Volví a la silla.

—¿De qué?

—De una declaración.

—¿La suya?

Negó.

—La de un detenido que nunca llegó al juzgado.

Robles abrió su libreta.

—Nombre.

—No lo recuerdo.

Le di la vuelta a la fotografía. En el reverso aparecía una fecha: dos días antes de la muerte de David.

—Recuerdas dónde estaba mi coche doce años después. Vas a recordar un nombre.

Salvatierra apretó el borde de la mesa.

—Tomás Roldán.

El apellido no me devolvió ninguna cara. Solo un pasillo de comisaría y una puerta cerrada demasiado tiempo.

Robles pasó una hoja.

—Detenido por tráfico de armas. Liberado sin cargos.

—No fue liberado —dijo Salvatierra.

El abogado cerró los ojos.

—Enrique.

—Lo sacaron por la puerta trasera.

La silla raspó cuando me acerqué.

—¿Quiénes?

—David y Sergio.

La sangre me golpeó detrás de los oídos.

—Sergio estaba conmigo aquella noche.

—Una parte.

Robles colocó el bolígrafo sobre el papel.

—¿Qué declaró Roldán?

Salvatierra miró hacia el cristal oscuro.

—Que varios policías estaban utilizando confidentes para introducir armas en operaciones que luego presentaban como hallazgos.

—¿Julio? —preguntó Robles.

Él me observó.

—Tu nombre aparecía.

La venda se me pegó a la piel cuando cerré el puño.

—¿Porque participé?

—Porque alguien necesitaba un policía que ya hubiera mentido en un informe.

El abogado se levantó.

—Se termina la declaración.

Robles bloqueó la carpeta con la mano.

—Todavía no.

Salvatierra empujó la fotografía hacia mí.

—David guardó la copia en tu coche. Quería obligarte a ayudarlo.

—¿A denunciarlo?

—A sobrevivir.

—¿Quién lo buscaba?

La puerta se abrió. Un agente asomó la cabeza.

—Inspectora.

Robles salió al pasillo. Escuchó apenas unos segundos y regresó con la mandíbula rígida.

—Han encontrado el tercer par de zapatos.

Salvatierra retiró las manos de la mesa.

—¿Dónde?

Robles dejó una bolsa transparente frente a él.

Una mancha oscura cubría el borde de la suela. En el interior, escrito con rotulador, aparecía un nombre.

Gabriel Ledesma.

Sergio me esperaba en el antiguo garaje de la Jefatura.

Habían retirado los coches oficiales. Solo quedaban líneas amarillas sobre el cemento y el olor a aceite pegado a las paredes.

No llevaba esposas.

Robles había aceptado dejarlo entrar sin detenerlo. A cambio, dos agentes permanecían detrás de la puerta.

—Salvatierra ha hablado —dije.

Sergio apoyó una mano sobre una columna.

—Siempre habla cuando cree que el otro ya lo ha hecho.

—Tomás Roldán.

Los dedos se le quedaron inmóviles.

—No sabes quién era.

—Tú sí.

Me acerqué.

—Lo sacaste por la puerta trasera con David.

—Estaba herido.

—No figuraba en ningún hospital.

—Porque no llegó.

El fluorescente emitió un chasquido.

—¿Murió?

Sergio apartó la mano de la columna.

—En el coche.

No lo agarré. El impulso me subió hasta el hombro y se quedó allí.

—¿Qué hicisteis con el cuerpo?

—Yo no estaba cuando desapareció.

—Otra parte de la noche.

—La que importa.

Di un paso. Robles abrió la puerta apenas unos centímetros. No entró.

—Habla.

Sergio se frotó la nuca.

—Roldán colaboraba con Asuntos Internos. Gabriel había diseñado los seguimientos, pero no controlaba cómo se utilizaban. Roldán descubrió que algunas armas incautadas ya estaban bajo custodia antes de aparecer en las operaciones.

—Pruebas colocadas.

—En algunos casos.

—¿Y en los demás?

—Nadie quería comprobarlo.

Golpeé con dos dedos el capó de un coche cubierto por una lona.

—David consiguió la declaración.

—Sí.

—La dejó en mi vehículo.

—No.

Levanté la vista.

Sergio tiró de la lona. El polvo se levantó entre los dos.

—La escondió en tu coche. No era lo mismo.

—¿Por qué?

—Porque ya te estaban observando. Si registraban su casa, perdería la copia. Si registraban la tuya, demostrarían que te vigilaban sin autorización.

—Me utilizó.

—Como tú utilizabas a tus confidentes.

La frase dio donde debía.

Agarré la lona y la arranqué del coche. Debajo apareció un turismo viejo de prácticas, sin matrícula.

—¿Qué pasó la noche de David?

Sergio miró hacia la puerta.

—Quedó conmigo para recuperar la declaración.

—Dijiste que no lo viste.

—Mentí.

—Eso ya lo sé.

—Llegó asustado. Alguien había entrado en su casa. Creía que la copia seguía en tu coche.

—¿Y no estaba?

—No.

Solté la lona.

—¿Quién la cogió?

—Tú habías llevado el coche al taller esa mañana.

Recordé grasa en el volante. Una factura doblada. David esperando junto a una gasolinera.

—Mateo Varela trabajaba allí.

Sergio asintió.

—Seguridad privada. Antes de entrar en la universidad.

La puerta se abrió por completo. Robles entró.

—Varela encontró la declaración.

—Y se la entregó a Pineda —dije.

—No —respondió Sergio—. Se la entregó a Gabriel.

El garaje pareció encogerse.

—Gabriel tenía la copia durante todos estos años.

—No la conservó para protegerte.

—Entonces ¿por qué?

Sergio metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta. Los agentes entraron antes de que pudiera sacarla.

—Despacio —ordenó Robles.

Dejó un resguardo doblado sobre el capó.

No era una declaración. Era el justificante de una consigna de la estación de Salamanca. La fecha correspondía a tres días antes del asesinato.

—Gabriel escondió algo allí —dijo Sergio—. Me pidió que lo recogiera si le ocurría algo.

Robles tomó el papel con guantes.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque cuando llegué, la consigna estaba vacía.

—Salvatierra —dije.

—Eso pensé.

Sergio señaló el número escrito al pie.

—Hasta que vi la grabación del aparcamiento.

Robles desplegó el resguardo.

En el reverso había una hora y una matrícula.

La mía.

—Ese coche fue destruido después del juicio —dije.

—El original —respondió Sergio.

Tocó la matrícula con un dedo.

—Alguien lleva doce años utilizando una copia.

Robles sacó el teléfono y dio la orden de localizarla.

Yo miré el número. Lo conocía. Había aparecido en los registros del colegio, en una cámara de Salamanca y en el informe del traslado de Gabriel.

Siempre había creído que copiaban mi matrícula para señalarme.

Sergio recogió la lona del suelo.

—No querían que pareciera que eras tú.

—¿Entonces?

La dobló una vez.

—Querían saber quién se acercaba al coche pensando que todavía escondía la declaración.

Robles recibió una respuesta. Activó el altavoz.

La voz del agente salió entre interferencias.

—Hemos localizado el vehículo.

—¿Dónde? —preguntó.

—En el depósito judicial de Salamanca.

Sergio dejó caer la lona.

—Eso es imposible.

Robles me miró.

—Entró hace doce años como prueba del caso David.

El aire me raspó la garganta.

—Mi coche nunca estuvo en ese depósito.

El agente continuó:

—No figura a nombre de Barral.

—¿De quién? —pregunté.

Hubo un golpe metálico al otro lado.

—De Gabriel Ledesma.

Después añadió:

—Y hay algo dentro del maletero.