Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 37Los que observan
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CAPÍTULO 37Los que observan

Los que observan

La llave no abrió ninguna puerta.

Robles volvió a introducirla en la cerradura del sótano y empujó con el hombro. El metal crujió. Nada más.

—Pineda dijo que era esta.

—Pineda también dijo que no participó en el homicidio.

Me agaché. La parte inferior de la puerta tenía una marca reciente. Dos golpes estrechos junto al marco. Alguien había intentado forzarla desde dentro.

Robles guardó la llave.

—Nos vamos.

—Todavía no.

Golpeé tres veces con los nudillos.

El sonido regresó hueco.

Di un paso atrás y señalé la bisagra superior.

—No está bloqueada la cerradura. Han cruzado algo detrás.

Robles llamó al agente que esperaba en la escalera. Entre los tres empujamos. La puerta cedió unos centímetros. Un armario metálico raspó el suelo desde el otro lado.

El olor a humedad salió primero.

Dentro no había archivadores. Tampoco fotografías. Solo una mesa plegable, dos sillas y una pared cubierta de pequeños agujeros. Frente a ella, una ventana estrecha daba al aparcamiento trasero de la universidad.

Robles encendió la luz.

—¿Aquí trabajaban?

Pasé la mano por la mesa. Había círculos de café y cortes de cúter. Nada llevaba años abandonado.

—Aquí esperaban.

El agente apartó el armario. Debajo apareció una mochila abierta. Vacía.

Robles tocó uno de los agujeros de la pared.

—Había algo colgado.

—Horarios.

—¿Cómo lo sabes?

Señalé las marcas rectangulares más claras.

—Porque los cambiaban.

Un golpe sonó encima de nosotros.

El agente levantó la cabeza.

—Hay alguien en la planta baja.

Robles sacó el arma.

—Quédate aquí.

—No.

—Julio.

Ya estaba en la escalera.

Subimos sin encender la luz. La puerta superior se cerró antes de que llegáramos. Escuché pasos rápidos sobre el vestíbulo y después el golpe de una barra antipánico.

Robles salió primero.

Un hombre cruzaba el aparcamiento hacia una furgoneta blanca. No llevaba abrigo. La manga derecha de su camisa estaba rota.

—¡Policía!

No se detuvo.

Echó a correr.

Lo seguí hasta la primera fila de coches. Me faltó aire antes de alcanzarlo. El vendaje de la mano se enganchó en un retrovisor cuando intenté cortarle el paso.

El hombre giró y me golpeó en la boca.

Caí contra un capó.

Robles podía detenerlo.

Yo también.

Vi las llaves de la furgoneta en su mano y la puerta abierta detrás. Me lancé hacia el vehículo en lugar de perseguirlo.

—¡Julio!

El hombre llegó a la verja. Robles lo derribó antes de que pudiera saltarla.

Yo abrí la parte trasera de la furgoneta.

No había cajas.

Había ropa.

Chaquetas oscuras. Uniformes de mantenimiento. Chalecos de seguridad. Acreditaciones sin fotografía. Objetos baratos para que cualquiera pudiera entrar en un edificio sin ser recordado.

Cogí uno de los chalecos.

—No eran siempre los mismos.

Robles empujó al detenido contra el suelo.

—¿Quién es?

El hombre giró la cara. Tendría poco más de treinta años. No lo había visto en ninguna fotografía.

—No importa —dije.

Él soltó una risa contra el asfalto.

—Eso nos decían.

Robles le cerró una esposa.

—¿Quién?

El detenido miró hacia la furgoneta.

—El que pagaba.

Me acerqué. Tenía sangre en los dientes. La mía.

—Pineda.

Negó.

Robles cerró la segunda esposa.

—Entonces danos el nombre.

—Nunca usaban nombres.

Levanté el chaleco.

—¿Cuántos erais?

—Los necesarios.

—No te he preguntado eso.

El hombre apoyó la frente contra el suelo.

—No éramos policías. Ni agentes. Éramos gente con deudas.

Robles tiró de él para levantarlo.

—¿Quién elegía los objetivos?

—Pineda decidía cuándo volver a mirar. Eso era todo.

Me limpié la boca con la manga.

—¿Y la primera vez?

El hombre dejó de caminar.

Robles lo giró.

—Conteste.

Miró hacia el sótano. Después hacia la universidad.

—La primera vez los elegía Gabriel Ledesma.

Lucas estaba sentado en la escalera cuando entré en casa de Clara.

No llevaba zapatos. Tenía el cuaderno abierto sobre las rodillas y un bolígrafo detenido sobre una frase a medio escribir.

—Tu madre ha dicho que estabas acostado.

—También dice que cierres sin dar portazos.

Cerré despacio.

—¿Dónde está?

Señaló la cocina.

Clara hablaba con Laura junto a la ventana. Habían bajado la voz, pero no lo suficiente. Martina dormía en el dormitorio del fondo.

Dejé la chaqueta sobre la barandilla.

—Deberías estar en la cama.

Lucas miró mi labio partido.

—Tú también.

Clara apareció en la puerta.

—Pensaba que no vendrías.

—He dicho que vendría.

—Dijiste muchas cosas antes.

Laura colocó tres tazas sobre la mesa. Ninguna para Lucas.

—Mañana tiene colegio.

Él cerró el cuaderno.

—Ya me iba.

No se movió.

Entré en la cocina. Clara tocó la herida de mi boca con una gasa. La aparté antes de que apretara.

—Han encontrado el lugar desde donde organizaban las vigilancias.

Laura dejó de mover una cucharilla.

—¿Pineda?

—Coordinaba las repeticiones. Si alguien protestaba, volvía a observarlo. Si acudía a un juez, cambiaban a la persona que lo seguía.

Clara tiró la gasa a la basura.

—Así nadie podía reconocerlos.

—Esa era la idea.

Laura apoyó las manos en la mesa.

—¿Y quién empezó?

Miré hacia el pasillo. Lucas ya no estaba en la escalera.

—Gabriel.

Clara se quedó junto al cubo abierto.

—El muerto.

—Antes de ser el muerto.

La cucharilla golpeó el borde de la taza.

—Entonces no investigaba el sistema —dijo Laura—. Investigaba lo que él había creado.

—Al principio observaban a policías sin abrir expedientes. Gabriel decía que quería detectar corrupción antes de destruir una carrera.

—Y te eligió a ti —dijo Clara.

—Sí.

—¿Por qué?

Cogí la taza. El calor me quemó la yema de los dedos.

—Porque me negué a cambiar una declaración.

Clara cerró el cubo con el pie.

—Eso no explica por qué siguieron vigilándote durante años.

—No fue por la declaración.

Laura retiró la taza de mi mano.

—Dilo entero.

La puerta del pasillo rozó el marco.

No miré.

—Utilicé a un confidente sin autorización. Conseguí una información que permitió detener a dos hombres. Después mentí sobre cómo había llegado hasta ellos.

Clara cruzó los brazos.

—¿Para proteger al confidente?

—Para proteger el caso. Eso me dije.

Laura dejó mi taza en el fregadero.

—¿Y qué pasó?

—Uno de los detenidos denunció que le habíamos colocado una prueba. Era mentira. Pero mi informe también lo era.

Clara apretó los labios.

—Les diste una grieta.

—Sí.

Algo golpeó suavemente al otro lado de la puerta.

Un bolígrafo.

Seguí hablando.

—Gabriel escribió que yo no aceptaba dinero. Que no obedecía órdenes ilegales. También escribió que rompía el procedimiento cuando creía tener razón.

—Y borraron la primera parte —dijo Laura.

—Utilizaron la segunda.

Clara miró hacia el pasillo.

—Lucas.

La puerta se abrió.

Él no intentó esconderse. Recogió el bolígrafo y entró con el cuaderno pegado al pecho.

—Entonces sí hiciste algo.

—Sí.

—Pero no mataste a David.

La cicatriz de la palma tiró cuando cerré la mano.

—No sé qué hice aquella noche.

Lucas bajó la vista hacia el cuaderno.

—Siempre acabas ahí.

—Porque es donde acaba lo que puedo demostrar.

—No.

Arrancó una hoja.

—Antes acababas ahí para que dejáramos de preguntar.

Dejó el papel sobre la mesa. En la parte superior había escrito: La persona que más admiro. Debajo no aparecía ningún nombre.

Clara intentó cogerlo. Lucas puso la mano encima.

—Todavía no lo he terminado.

Me senté.

—No deberías admirarme.

—No he dicho que seas tú.

Guardó la hoja dentro del cuaderno, pero ya no sonaba igual.

El timbre interrumpió antes de que Clara respondiera.

Laura fue a abrir. Robles esperaba en el rellano con una bolsa de pruebas y el cabello húmedo por la lluvia.

—Han desmontado la pared del sótano.

Entró y dejó la bolsa sobre la mesa.

Dentro había una grabadora pequeña. La carcasa estaba rota y uno de los botones seguía hundido.

—Gabriel la escondió detrás de los horarios —dijo.

Lucas se acercó. Clara intentó detenerlo, pero él se quedó junto a mí.

Robles sacó el dispositivo.

—El laboratorio ha recuperado cuarenta y siete segundos.

Pulsó la reproducción.

Primero se oyó un golpe. Después, la voz de Gabriel.

«No puedes matarme por una oposición».

Otra voz respondió. Más baja. Masculina.

«La oposición no importa».

Hubo un roce. Algo cayó al suelo.

Gabriel volvió a hablar.

«Entonces es por Barral».

La grabación se llenó de estática.

El hombre de la cicatriz contestó justo antes del disparo.

«No. Es por lo que David dejó en su coche».