Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 36La conexión actual
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CAPÍTULO 36La conexión actual

La conexión actual

El rector dejó de negar la llamada cuando Robles mencionó la hora.

—Las cinco y cincuenta y ocho —dijo ella—. Diecisiete minutos antes de que Teresa entrara en el despacho.

El hombre tocó el nudo de su corbata. Llevaba la misma ropa del día anterior, pero los puños habían perdido la rigidez.

—Pineda estaba preocupado.

—¿Por Gabriel? —pregunté.

—Por la universidad.

Robles empujó la grabadora hacia él.

—¿Qué le dijo?

El rector miró el aparato.

—Que Gabriel no comparecería.

—Eso podía saberlo cualquiera —dije.

—También dijo que había hecho una barbaridad.

Robles apoyó los codos en la mesa.

—¿Pronunció la palabra suicidio?

El hombre humedeció los labios.

—No exactamente.

—No existen suicidios aproximados.

La silla chirrió cuando intentó alejarse.

—Dijo que Gabriel se había disparado.

No me moví.

Pineda lo había sabido antes de que Teresa encontrara el cuerpo. Antes de la llamada a emergencias. Antes de que nadie hubiese entrado oficialmente en el despacho.

—¿Y usted qué hizo? —preguntó Robles.

—Le pedí que llamara a la Policía.

—No lo hizo.

—Dijo que primero debía comprobar algo.

—¿Qué?

El rector miró hacia mí.

—Si Barral seguía viniendo a las ocho y media.

La piel de mi palma tiró dentro del vendaje.

—¿Por qué sabía mi hora?

—Gabriel la había anotado.

—La página apareció bajo el teclado.

—Pineda preparaba su agenda.

Robles apagó la grabadora.

—No se marche.

Abrió la puerta. Marta Téllez esperaba al otro lado acompañada por su abogado. No entró hasta que el rector intentó levantarse.

—Siéntese —ordenó Robles.

El abogado protestó.

—Mi representada no participará en una confrontación.

Marta lo apartó con el brazo.

—Yo sí.

Ocupó la silla junto al rector. Él evitó mirarla.

Dejé pasar unos segundos.

—¿Cuándo supo que Gabriel iba a reunirse conmigo?

—La tarde anterior.

—¿Quién se lo dijo?

—Pineda.

El rector giró la cabeza.

—Eso no es verdad.

Marta abrió el bolso, pero no sacó nada.

—Me pidió que cancelara la reserva de la sala de reuniones. Dijo que Gabriel recibiría a Barral en su despacho.

—Gabriel no quería verme allí —dije.

—Pineda sí.

Robles volvió a encender la grabadora.

—¿Qué palabras utilizó?

Marta apretó el cierre del bolso.

—Que sería mejor si entraba solo.

El rector se levantó.

—Esto es absurdo.

No lo detuve. Robles tampoco.

Llegó a la puerta y tiró del pomo. Un agente la mantenía cerrada desde fuera.

—Siéntese —repitió ella.

Volvió despacio.

Yo seguí mirando a Marta.

—¿Pineda conocía mi pasado?

—Sabía más que nosotros.

—Eso no responde.

Marta clavó las uñas en el bolso.

—Gabriel dijo que Pineda había conservado copias de las antiguas evaluaciones policiales.

Robles levantó la vista.

—¿Las de Julio?

—Las de muchos.

La puerta se abrió. Beatriz Mena entró sin esperar permiso. La antigua administrativa de la Jefatura dejó el abrigo en una silla.

—No eran evaluaciones —dijo—. Eran instrucciones.

El rector palideció.

Beatriz se sentó frente a Marta.

—Pineda me entregaba las hojas que debían registrarse con fechas anteriores. Traslados, accesos, cambios de turno.

—Ya declaró eso —dijo el abogado.

—No declaré qué hacía con las copias.

Robles acercó la grabadora.

—Dígalo ahora.

Beatriz apoyó las manos sobre la mesa.

—Anotaba las reacciones.

—¿De quién? —pregunté.

—De los vigilados.

El fluorescente zumbó sobre nosotros.

—Si protestaban. Si acudían a un superior. Si entraban sin autorización. Si amenazaban a alguien. Cada movimiento servía para preparar el siguiente.

Marta me miró.

—Pineda sabía que entrarías.

—No —dijo Beatriz—. Sabía que entraría antes de esperar refuerzos.

El rector cerró los ojos.

Robles tomó una decisión.

—Solicitaré una orden de detención.

—Todavía no —dije.

Todos miraron hacia mí.

Me acerqué al rector.

—Pineda cree que Valdés está hablando.

—Lo está.

—Pero no sabe cuánto.

Robles entendió primero.

—Quieres que venga.

—Quiero que deje de correr.

El rector negó con fuerza.

—No voy a ayudarles.

Apoyé la mano vendada sobre la mesa.

—Pineda preparó una escena para convertir a un hombre muerto en su problema. Ya sabe lo que hace con la gente que puede señalarlo.

El rector miró la puerta cerrada.

Después cogió su teléfono.

Pineda llegó al rectorado con doce minutos de retraso.

Yo permanecía en el despacho contiguo con Robles. La puerta entre ambas salas no cerraba bien y dejaba pasar una línea de luz.

El rector esperaba junto a la ventana. No llevaba teléfono. Robles se lo había retirado antes de dejarlo entrar.

Pineda cerró la puerta.

—No deberías haberme llamado.

Su voz sonaba más cansada de lo que recordaba.

—Valdés ha declarado —dijo el rector.

—Valdés habla cuando deja de tener una salida.

—Te ha señalado.

Pineda golpeó con dos dedos el respaldo de una silla.

—Claro.

—La Policía sabe lo de la llamada.

El movimiento se detuvo.

—¿Qué llamada?

—La que me hiciste antes de que encontraran a Gabriel.

Pineda recorrió el despacho con la mirada. No buscó cámaras. Miró la puerta por la que habíamos entrado.

—Te pedí una cosa sencilla.

—Me dijiste que Gabriel se había disparado.

—Te dije que estaba muerto.

—No lo estaba oficialmente.

Pineda agarró la silla y la giró.

—No me has traído aquí para hablar de palabras.

El rector se sentó.

—Quieren saber quién conocía a Barral.

—Todo el mundo cree conocerlo.

—Tú sabías cómo reaccionaría.

Pineda soltó el respaldo.

—Porque nunca cambia.

La mandíbula me dolió al apretarla.

Robles tocó mi brazo. No para detenerme. Para recordarme la decisión.

Esperé.

El rector señaló la silla.

—¿Por qué pusiste su nombre en la agenda?

—Yo no lo puse.

—Preparabas las citas de Gabriel.

—También preparaba las tuyas. Eso no significa que escribiera cada palabra.

—Marta te oyó decir que debía entrar solo.

Pineda sonrió apenas.

—Marta oye mejor cuando hay policías cerca.

El rector acercó el cuerpo.

—¿Moviste el cadáver?

La sonrisa desapareció.

Pineda no respondió.

—Había sangre en tu puño —continuó el rector—. Teresa te vio.

—Teresa vio una mancha.

—Y tú sabías que Gabriel estaba muerto.

Pineda empujó la silla contra la mesa. La madera golpeó con un sonido seco.

—Porque lo encontré.

—¿Dónde?

El silencio duró demasiado.

Robles abrió la puerta.

—Conteste.

Pineda giró despacio. Me vio detrás de ella y no intentó huir.

—Sabía que estarías escuchando.

—Entonces habla para mí.

Entré. Dejé las manos a la vista.

Su mirada bajó hacia mi vendaje.

—Estás aprendiendo.

—No gracias a ti.

Robles ocupó la salida.

—¿Dónde encontró a Gabriel?

—En su despacho.

—La puerta estaba cerrada —dije.

—Entré desde el mío.

—Por la cornisa.

Asintió.

El rector se levantó.

—Nunca me contaste eso.

—Nunca quisiste saberlo.

Robles señaló la silla.

—Siéntese.

Pineda obedeció.

No llevaba abogado. Tampoco pidió uno.

—Llegué poco después de las diez —dijo—. Escuché una discusión. Gabriel había cerrado la puerta principal.

—¿Con quién discutía?

—Con el hombre que utilizaba el nombre de Daniel Mena.

El aire se quedó inmóvil.

—El de la cicatriz —dije.

—Entraba con nombres distintos.

—Valdés le facilitó el acceso.

—Valdés facilitaba muchas cosas. No preguntaba para qué.

El rector golpeó la mesa.

—No intentes protegerlo.

Pineda lo miró.

—Tú aprobabas las contrataciones.

El hombre retrocedió.

Robles cortó el intercambio.

—¿Vio el disparo?

Pineda se frotó el puño derecho. La piel conservaba una línea más clara alrededor de la muñeca.

—Escuché el golpe.

—Eso no es una respuesta.

—Cuando crucé, Gabriel seguía de pie.

Me acerqué un paso.

—Acaba de decir que oyó el disparo.

—No era el disparo.

—¿Qué era?

—El hombre de la cicatriz golpeándolo contra la estantería.

Robles sacó la libreta.

—La autopsia sitúa la muerte por arma de fuego.

—Después.

—¿Cuánto después?

Pineda agarró el borde de la mesa.

—Gabriel me vio entrar. Me pidió que sacara algo del despacho.

—¿Qué?

—Una grabación.

—¿Dónde estaba?

—No lo dijo.

—Entonces ¿qué hizo usted?

—Intenté separarlos.

Levantó el puño.

—Gabriel me mordió. La sangre era suya.

—¿Y el disparo?

Pineda miró al rector antes de responder.

—El otro hombre sacó el arma.

La habitación se hizo estrecha.

—¿Qué hizo Gabriel? —preguntó Robles.

—Se rio.

—¿Por qué?

—Le dijo que ya era tarde. Que todos habían firmado.

El acta de la oposición.

La comparecencia.

Los nombres que iban a quedar unidos.

—Entonces disparó —dije.

Pineda asintió.

No lo agarré. No golpeé la mesa.

—¿Por qué movieron el cuerpo?

Su respiración cambió.

—Buscamos la grabación. No estaba allí.

—Lo metieron en el coche.

—Sí.

—¿Quién conducía con el abrigo de Gabriel?

—El hombre de la cicatriz.

—Volvieron antes del amanecer.

—No encontramos nada en San Jerónimo. Él ordenó devolverlo.

Robles rodeó la mesa.

—¿Y usted preparó la escena?

—Moví la silla. Limpié el despacho. Coloqué el teléfono.

El rector se dejó caer contra la pared.

—Dios mío.

Pineda levantó la mirada.

—Tú redactaste el comunicado antes de que llegara la Policía.

Robles puso una mano sobre su hombro.

—Queda detenido por encubrimiento, manipulación de pruebas y participación en el homicidio de Gabriel Ledesma.

Pineda no se resistió cuando cerró la primera esposa.

—No participé en el homicidio.

—Llamó al hombre que lo cometió —dije.

La segunda esposa quedó cerrada.

Pineda sostuvo mi mirada.

—Sí.

Robles dejó de tirar de él.

—¿Por orden de quién?

Pineda miró la puerta abierta del rectorado. Al otro lado, varios funcionarios fingían trabajar.

—Nadie me dio una orden.

—Entonces ¿por qué lo llamó?

Tragó saliva.

—Porque Gabriel iba a señalarme.

Me acerqué hasta quedar frente a él.

—¿Usted coordinaba los seguimientos?

No respondió.

Robles apretó las esposas.

Pineda bajó la vista hacia sus manos.

—Yo decidía quién debía ser observado otra vez.