Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 35El profesor tenía razón
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CAPÍTULO 35El profesor tenía razón

El profesor tenía razón

Valdés dejó de sonreír cuando Irene Salas entró en la sala.

La candidata apartada ocupó la silla junto a Robles. No miró al detenido. Dejó el bolso entre sus pies y mantuvo una mano sobre el cierre.

—No sabía que estaría él —dijo.

—Yo tampoco sabía que Gabriel hablaba contigo —respondió Valdés.

Irene giró la cabeza.

—Ese era el problema. Creías saberlo todo.

Me quedé junto a la pared. La quemadura de mi palma tiraba al cerrar los dedos, pero mantuve las manos en los bolsillos.

Robles encendió la grabadora.

—¿Cuándo le contó Ledesma que había colaborado con Asuntos Internos?

—No utilizó esas palabras.

—¿Cuáles utilizó?

Irene tocó el bolso con el talón.

—Dijo que había construido una herramienta y que otros la convirtieron en un arma.

Valdés soltó aire por la nariz.

—Gabriel siempre encontraba una frase elegante para quitarse responsabilidad.

No me moví.

Él esperó que me acercara. Que golpeara la mesa. Que le ofreciera una interrupción con la que recuperar el control.

Miré a Irene.

—¿Qué herramienta?

—Seguimientos internos sin apertura de expediente. Observaban a un policía durante unas semanas. Horarios, contactos, decisiones. Gabriel pensaba que así podían detectar corrupción sin destruir la reputación de un inocente.

—Hasta que eligió al inocente adecuado —dije.

Valdés movió las esposas.

—No eras inocente de todo.

—Tampoco tú.

Robles colocó una mano sobre la grabadora.

—Continúe, señora Salas.

Irene separó los pies del bolso.

—Gabriel propuso estudiar a un policía que se había negado a corregir una declaración. Alguien difícil de presionar. Quería demostrar que el sistema distinguía entre desobediencia y corrupción.

—Julio —dijo Robles.

Irene asintió.

El zumbido del fluorescente se metió entre mis dientes.

—¿Qué concluyó? —pregunté.

—Que eras conflictivo. Impulsivo. Que utilizabas contactos fuera del procedimiento.

Valdés sonrió otra vez.

—Por fin una parte reconocible.

No le contesté.

Irene continuó:

—También escribió que no aceptabas favores, que no ocultabas errores de otros policías y que no podían comprarte.

Robles inclinó el cuerpo.

—Entonces debieron cerrar el seguimiento.

—Gabriel lo recomendó.

—Pero no lo hicieron —dije.

—No.

Irene abrió el bolso. Sacó un pañuelo, se secó las palmas y volvió a guardarlo.

—Meses después encontró frases de sus notas dentro de un informe disciplinario. Habían quitado todo lo favorable. Solo dejaron “impulsivo”, “desobediente” y “difícil de controlar”.

Valdés tiró de las esposas.

—Eso no demuestra que yo…

Robles golpeó la mesa con un dedo.

—No está respondiendo usted.

Él cerró la boca.

Me aparté de la pared.

—Gabriel supo lo que estaban haciendo.

—Sí.

—¿Y calló?

Irene sostuvo mi mirada.

—Le dieron una asesoría. Después una plaza. Más tarde presidió comisiones que nunca habría presidido por antigüedad.

La garganta me raspó al tragar.

No necesitaba agarrar a nadie. La respuesta ya estaba delante.

—Cobró por no mirar.

—Al principio se dijo que no podía demostrarlo —respondió Irene—. Luego se dijo que hablar no arreglaría tu condena.

—Y al final.

—Al final dejó de mentirse.

Valdés apoyó los antebrazos en la mesa.

—Gabriel no se arrepintió por Barral. Se asustó porque iban a investigarlo a él.

Irene giró hacia él.

—Se asustó cuando vio mi expediente.

—Una plaza universitaria no cambia a un hombre.

—No era la plaza.

Robles acercó la grabadora.

—Entonces ¿qué era?

—El informe que justificaba apartarme utilizaba los mismos párrafos que Gabriel había escrito para Julio dieciséis años antes.

Valdés dejó de mover las manos.

Irene lo vio.

—Por eso me pidió que no reclamara. Necesitaba que adjudicaran la plaza y que todos firmaran. Si protestábamos antes, podían corregir el expediente y fingir un error.

—Quería fijar la manipulación —dijo Robles.

—Quería demostrar que el sistema seguía vivo.

Me acerqué a la mesa. Valdés levantó la barbilla, preparado para el golpe que no llegó.

Apoyé dos dedos junto a su vaso.

—¿A quién iba a señalar Gabriel en la comparecencia?

—No lo sé.

Esperé.

Robles no habló. Irene tampoco.

El silencio fue cerrándose alrededor de Valdés.

Intentó coger el vaso. Lo aparté un centímetro.

—No volveré a preguntarlo.

Su mirada cambió primero. Después los hombros.

—A todos los que firmaron.

—Eso no basta.

—También iba a explicar cómo se elegía a las personas.

—¿Quién lo sabía?

Valdés observó la grabadora.

—Pineda.

Laura había colocado mi chaqueta sobre una silla y una maleta junto a la puerta.

No pregunté cuál de las dos cosas pensaba llevarse.

Dejé las llaves en la mesa. El reloj de la cocina marcaba las once y veinte. La casa olía a café que nadie había bebido.

—Gabriel me eligió —dije.

Laura cerró el libro que tenía abierto.

—Eso ya lo sabías.

—Él empezó la vigilancia.

—Eso no.

Se levantó. No tocó la maleta.

Le conté lo que había dicho Irene. La herramienta. Los informes recortados. Los ascensos de Gabriel. La plaza de Salamanca.

Laura apoyó una mano en el respaldo de la silla.

—Entonces ayudó a construirlo.

—Y después quiso derribarlo.

—Cuando empezó a caerle encima.

Cogí la chaqueta.

—No voy a defenderlo.

—Llevas toda la noche intentándolo.

La tela se quedó atrapada bajo sus dedos.

—Lo mataron por hablar.

—Eso no borra los años que calló.

Tiré con suavidad. Ella soltó la prenda.

—Sé lo que no borra una condena.

Laura miró la cicatriz de mi palma.

—Por eso te molesta tanto.

—¿Qué?

—Que se parezca a ti.

La cremallera de la maleta brilló bajo la luz. La miré un segundo.

—Deberías irte con Clara.

—No cambies de tema.

—Han vigilado esta casa.

—También vigilan la de Clara.

—Precisamente.

Me puse la chaqueta.

Laura se interpuso entre la puerta y yo.

—¿Dónde vas?

—A buscar a Pineda.

—No.

Su respuesta salió sin levantar la voz.

—Valdés acaba de darte el nombre que llevas esperando desde el primer capítulo de esta historia y ya estás corriendo.

—Pineda tenía sangre. Utilizó la cornisa. Movió el coche de Castaño.

—Y dejó un teléfono con tu nombre dentro de su propio despacho.

Agarré el pomo.

Laura puso la mano encima de la mía.

—Demasiado fácil.

No la aparté.

—Se ha fugado.

—Eso demuestra que tiene miedo. No que disparara.

Solté la puerta.

Laura recogió la chaqueta que acababa de ponerme y la dejó otra vez sobre la silla.

—Empieza por el profesor.

—Está muerto.

—La escena no.

La miré.

Laura señaló la mesa.

—Me dijiste que alguien puso tu nombre en una agenda para que llegaras a las ocho y media.

—Sí.

—Pero la limpiadora encontró el cadáver a las seis y veinte.

El reloj emitió un chasquido.

Cogí las llaves otra vez.

—Teresa no debía entrar.

Laura apartó la maleta de la puerta con el pie.

—Ahora sí.

Encontramos a Teresa en la lavandería de un hotel. Robles había enviado una patrulla para protegerla, pero la mujer se negó a dejar de trabajar.

Las máquinas giraban detrás del cristal. El olor a detergente me cerró la nariz.

Teresa dejó una sábana húmeda dentro de un carro.

—Ya les conté todo.

—No —dije—. Nos contó que Pineda le pidió que no molestara al profesor.

—Eso hizo.

—¿Hasta qué hora?

La mujer agarró el borde del carro.

Laura permanecía junto a la puerta. Robles llegó detrás de nosotros y no hizo preguntas. Solo encendió su grabadora.

Teresa miró el aparato.

—Hasta las nueve.

—¿Por qué entró a las seis y veinte?

—Porque vi la luz.

—Podía haberla dejado encendida.

—Y escuché algo.

Robles se acercó.

—¿Qué?

Teresa empujó el carro. Una rueda chirrió.

—La silla.

—El cadáver ya estaba colocado —dije.

—No escuché ruedas. Escuché a alguien golpearla.

Laura me miró.

—¿Desde dentro?

Teresa negó.

—Desde el despacho de Pineda.

Robles apagó la grabadora.

—¿Por qué no lo dijo?

—Porque cuando abrí, Pineda estaba en el pasillo.

—Con sangre en el puño.

—Y me dijo que el profesor había roto un vaso.

Toqué el carro. La vibración de las máquinas subía por el metal.

—Pineda no esperaba que entrara.

—Se enfadó —dijo Teresa—. Me ordenó que saliera y cerrara la puerta.

—Pero vio el cuerpo.

—Sí.

—¿Vio el arma?

—No.

Robles me observó.

—Entonces el plan falló a las seis y veinte.

Laura cruzó los brazos.

—¿Qué debía ocurrir a las ocho y media?

No contesté de inmediato.

Vi el teléfono preparado. Mi nombre en la alarma. La fotografía antigua. El cadáver sentado. La puerta cerrada. Pineda esperando en el pasillo para controlar quién entraba.

—Yo debía encontrarlo.

Teresa soltó el carro.

—Pineda dijo que vendría un policía.

Robles guardó la grabadora.

—¿Dijo Barral?

—No.

—¿Qué dijo exactamente?

La mujer se frotó los dedos húmedos contra el uniforme.

—Dijo que, cuando llegara el culpable, no debía impedirle entrar.

Laura se acercó un paso.

—El asesino no preparó un suicidio.

Miré las máquinas girando detrás del cristal.

—Preparó una recaída.

Robles abrió la puerta de la lavandería.

—Pineda quería que pareciera que habías vuelto a matar.

—No solo Pineda.

Ella se detuvo.

Saqué el teléfono.

—Quiero la lista de todas las personas que sabían que Gabriel había escrito mi nombre.

—Ya la tenemos.

—No. Tenemos a quienes conocían la comparecencia.

Marqué el número de la comisaría.

—Ahora quiero saber quién sabía cómo reaccionaría yo al encontrar un cadáver.