CAPÍTULO 34Antes de la caída
Antes de la caída
Lucas llevaba cuatro horas de vuelta y aún no había soltado la manga de Clara.
La enfermera intentó separarle los dedos para colocarle el pulsioxímetro. Él negó. Tenía una rozadura en la frente y barro seco en las zapatillas.
—Puedo respirar sin eso.
—También podías esperar dentro de casa —dije.
Lucas levantó la vista.
—No estaba dentro cuando me cogieron.
Clara dejó de limpiarle la herida. Laura permanecía junto a la puerta, con Martina dormida contra el pecho. Nadie me corrigió.
Robles acercó una silla.
—Cuéntame cómo saliste del coche.
—Frenaron en una rotonda. Había un control delante.
—Lo organizamos nosotros.
—Ya. El conductor quiso dar la vuelta.
Lucas tocó la venda.
—Tiré del cierre y salté.
Clara le bajó la mano.
—Podías haberte matado.
—Dentro tampoco estaba mejor.
La frase dejó el box demasiado pequeño. El monitor del pasillo emitió tres pitidos antes de que una enfermera lo silenciara.
Robles encendió la grabadora.
—¿Cuántos eran?
—Dos. El conductor no habló. El otro iba detrás conmigo.
—¿Le viste la cara?
—Llevaba mascarilla.
—¿Qué quería?
Lucas me miró.
—Saber qué recordaba de David.
Agarré el borde de la camilla.
—Tú tenías cuatro años.
—Se lo dije.
—¿Y?
—Me enseñó una foto.
Robles inclinó el cuerpo.
—¿De qué?
—Yo estaba dentro de un coche. La misma que enseñaron en el colegio.
Clara apretó la gasa hasta doblarla.
—¿Te preguntó si era el coche de tu padre?
—No. Dijo que no lo era.
Me acerqué.
—¿Qué coche era?
—El de Sergio.
La puerta se abrió. Sergio estaba al otro lado, custodiado por un agente. Debía de haber escuchado suficiente.
—Eso es imposible —dijo.
Lucas señaló con la barbilla.
—Tenía una costura roja rota en el asiento. Como el tuyo.
Sergio no entró.
Robles cerró la puerta en su cara.
—¿Qué más dijo el hombre?
Lucas se frotó las manos contra el pantalón.
—Que tú no caíste por David. Que David llegó después.
El plástico de la camilla crujió bajo mis dedos.
—Repítelo.
—Dijo que ya te habían elegido antes del disparo.
Clara dejó la gasa sobre la bandeja.
—¿Elegido para qué?
—Para apartarlo.
Robles apagó la grabadora.
—Valdés habla ahora.
—Voy contigo.
—No.
Me puse la chaqueta.
—Han utilizado a mi hijo para repetir una amenaza.
—Precisamente por eso no decides tú.
Clara se interpuso.
—Esta vez sí.
—Aparta.
—No vas a convertir lo que le han hecho en otra excusa para desaparecer.
Lucas se bajó de la camilla.
—Ve.
Clara se giró.
—No le ayudes.
—No le ayudo. Quiero que vuelva con respuestas.
Lucas cogió mi muñeca. Sus dedos estaban fríos.
—Pero vuelve.
No respondí.
Apretó más.
—Eso no era una pregunta.
Le solté la mano con cuidado.
—Volveré.
La sala de interrogatorios olía a humo mojado.
Valdés tenía una quemadura en la muñeca y polvo del tejado pegado al pelo. Las esposas rozaron la mesa cuando intentó alcanzar el vaso de agua.
—Antes eras más educada —dijo.
Robles se sentó.
—Antes firmaba lo que me ponían delante.
Apoyé ambas manos sobre la mesa.
—¿Quién decidió apartarme antes de David?
Valdés movió el vaso con la punta de un dedo.
—No hubo una reunión. Ni una orden con membrete.
—Nombres.
—Hubo favores.
Robles empujó el vaso y lo detuvo a mitad de camino.
—Empieza por el primero.
Valdés sonrió sin tocarlo.
—Barral se negó a corregir una declaración.
Recordé el sótano de una comisaría. Un detenido con dos dientes rotos. Un compañero asegurando que se había caído por las escaleras.
—La agresión de Méndez.
—Tú escribiste que llegó sin lesiones y salió sangrando.
—Porque ocurrió así.
—Arruinaste un ascenso. Obligaste a un juez a abrir diligencias. Hiciste quedar mal a demasiada gente por un hombre al que volvieron a detener una semana después.
La mesa se desplazó cuando tiré de ella.
—¿Por eso me vigilaron?
—Por eso comprobaron si eras controlable.
Robles le acercó el agua.
—¿Y qué descubrieron?
Valdés bebió.
—Que no.
El vaso golpeó la mesa.
—Después llegó el traslado —continuó Valdés—. Los cambios de turno. Informes que desaparecían. Quejas sobre tu carácter.
—Las firmaste tú.
—Firmé una.
—Declaraste en mi juicio.
—Declaré lo que ya figuraba en tu expediente.
Me incliné hasta oler el humo pegado a su camisa.
—Tú ayudaste a escribirlo.
Valdés sostuvo mi mirada.
—Y otros ayudaron a que pareciera verdad.
Robles abrió la mano sobre la mesa.
—¿Quién dirigía al falso Urrutia?
—Nadie durante mucho tiempo. Ese era el sistema.
—Conveniente.
—Real.
Valdés empujó el vaso vacío.
—Un policía evitaba un expediente. Un profesor aseguraba una plaza. Un juez retrasaba una diligencia. Cuando alguien molestaba, bastaba con mover cuatro piezas. Nadie necesitaba conocer el tablero entero.
—Gabriel Ledesma lo descubrió —dije.
Valdés bajó la vista hacia las esposas.
—Gabriel lo conocía antes de investigarlo.
Robles se quedó quieta.
—Explícate.
—No aquí.
Le agarré la camisa.
—Mi hijo ha saltado de un coche en marcha. Elige bien la siguiente frase.
No intentó soltarse.
—Ledesma asesoraba a Asuntos Internos. Informalmente. Les decía hasta dónde podían llegar sin dejar una orden escrita.
Robles me apartó la mano.
—¿Participó en los seguimientos?
—Dio cobertura a los primeros.
—¿También al de Julio?
Valdés miró el vaso.
—Sobre todo al suyo.
La puerta se abrió. Clara entró sin llamar.
Robles se levantó.
—No puedes estar aquí.
—Me han dicho que mi hijo puede irse.
Clara me observó. No preguntó por Valdés. Esperó.
—Termino en cinco minutos.
—Tienes dos.
Valdés soltó una risa breve.
—Ahora entiendo por qué nunca pudiste controlar tu propia casa.
Le golpeé la silla con la rodilla. Robles la sujetó antes de que volcara.
Clara no se movió.
—Dos minutos —repitió.
Salí con ella.
Lucas esperaba en el pasillo. Ya no llevaba la venda. Sostenía la mano de Martina, que arrastraba una mochila contra el suelo.
—¿Has encontrado al que mató a David? —preguntó.
—No.
—¿Has encontrado al que te hizo parecer culpable?
Miré la puerta cerrada.
—Parte de él.
Lucas soltó la mano de su hermana.
—Siempre contestas a medias.
Me agaché frente a los dos. Martina tocó el corte de mi palma y retiró el dedo al ver la sangre seca.
—Cuando esto termine, os contaré todo.
Lucas cruzó los brazos.
—Eso ya lo has dicho.
—No. He dicho que no recordaba. He dicho que no era el momento. He dicho muchas cosas para no decir la verdad.
Clara apoyó una mano en el hombro de Martina.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que esperar también os pone en peligro.
Lucas no apartó la mirada.
—¿También vas a contar lo que hiciste tú?
La garganta se me cerró alrededor del aire.
—Eso primero.
Martina tiró de mi manga.
—¿Hoy?
—Cuando acabe el caso.
—Entonces acábalo.
Clara abrió la puerta del pasillo.
—Nos vamos.
Me levanté.
—Necesito que os quedéis con Laura esta noche.
—No necesito instrucciones para protegerlos —dijo Clara.
—No era una instrucción.
Clara sostuvo mi mirada. Luego me entregó las llaves de su casa.
—La policía querrá revisarla otra vez.
Las cogí.
—¿Confías en ellos?
—En ellos no.
Miró la puerta de la sala.
—En que tú volverás, sí.
Se marchó con los niños.
Robles salió antes de que alcanzaran el ascensor. Tenía la cara más pálida.
—Valdés quiere ampliar la declaración.
—Que espere.
—Ha dicho quién redactó la primera justificación para vigilarte.
—Ya lo sabemos. Ledesma.
Robles negó.
—No la redactó.
Volvió la cabeza hacia el cristal. Valdés nos observaba desde dentro.
—La propuso.
El picaporte se hundió bajo mi mano.
—¿Por qué iba a hacerlo?
Robles abrió la puerta.
Valdés levantó el vaso vacío.
—Porque el profesor al que intentas hacer justicia fue el hombre que les enseñó a observarte.