Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 33La última vigilancia
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CAPÍTULO 33La última vigilancia

La última vigilancia

La persiana del tercero se levantó cuando Valdés salió del portal.

Robles bajó los prismáticos.

—Nos ha visto.

—No miraba hacia nosotros.

—Eso es lo que hace alguien que sabe dónde estáis.

El comisario cruzó la calle sin paraguas. Llevaba una bolsa de supermercado vacía y caminaba demasiado despacio para un hombre que debía llegar a algún sitio.

Sergio arrancó el coche.

—Esperamos.

—Llevamos cuarenta minutos esperando —dije.

—Por eso aún no se ha largado.

Valdés se detuvo ante una cafetería. Tocó el cristal con los nudillos. El camarero negó desde dentro y señaló el reloj.

No quería entrar.

Quería comprobar el reflejo de la calle.

Me agaché en el asiento.

—Ahora sí nos ha visto.

Robles cerró la carpeta que sostenía sobre las rodillas. La declaración de Lucas había aclarado poco. La llave llevaba años dentro de una caja que Clara guardaba desde el juicio. Nadie recordaba quién la había colocado allí.

La consigna estaba vacía.

La habían abierto tres horas antes de que llegáramos.

—Que sepa que estamos aquí —dije.

Abrí la puerta.

Sergio me agarró del abrigo.

—Eso espera.

—Entonces dejará de esperar.

Bajé.

El aire olía a lluvia retenida. Valdés me vio avanzar desde el otro lado de la calzada. No aceleró. Tampoco intentó esconderse.

Levantó la bolsa vacía a modo de saludo.

—Barral.

—Comisario.

—Pensaba que ya no utilizabas ese título.

—Tú sigues utilizando el tuyo.

Un autobús pasó entre nosotros. Cuando desapareció, Valdés ya caminaba hacia el final de la calle.

Lo seguí.

Robles salió del coche.

—Julio, no te separes.

Valdés giró por una calle estrecha. Empujó una verja y entró en un patio interior sin comprobar si íbamos detrás.

Sergio llegó a mi lado.

—Nos está llevando.

—Lo sé.

—Y sigues entrando.

—También lo sabes.

La verja se cerró. Metí la mano antes de que encajara y el hierro me golpeó los dedos.

Dentro había tres portales idénticos. Valdés había desaparecido.

Robles señaló el suelo.

Una línea de agua cruzaba las baldosas hacia el portal central. Las suelas de Valdés seguían dejando huella.

—Segundo piso —dijo Sergio.

—¿Cómo lo sabes?

No respondió.

Lo agarré del brazo.

—¿Has estado aquí?

Sergio miró las ventanas.

—No dentro.

—Eso no es una respuesta.

—Vigilábamos desde el edificio de enfrente.

Robles levantó la cabeza.

Al otro lado del patio había una fachada sin balcones. Cuatro ventanas cerradas. Una de ellas protegida por una persiana a medio bajar.

—¿A quién? —preguntó.

Sergio me miró.

No hizo falta que contestara.

Crucé el patio.

La puerta del edificio estaba abierta. Empujé con el hombro y subí las escaleras. En el primer rellano olía a tabaco apagado.

Sergio me alcanzó.

—El piso estaba en el tercero.

—Antes has dicho que nunca entraste.

—Mentí.

Seguí subiendo.

—Eso reduce bastante las posibilidades.

—Solo fui una vez.

—¿Para qué?

—A entregar tus horarios.

Me detuve en seco. Robles chocó contra mi espalda.

Sergio se quedó dos peldaños más abajo.

—No sabía dónde vivías entonces —añadió.

—Pero sabías cuándo salía.

—Sí.

Le golpeé con el antebrazo contra la pared.

El yeso crujió junto a su cabeza.

—Julio —dijo Robles.

No aparté el brazo.

—¿Cuántas veces?

—Una.

Presioné más.

—¿Cuántas?

—Tres.

Robles tiró de mi hombro.

—Nos está haciendo perder tiempo.

Solté a Sergio.

Subí hasta el tercero. Había dos puertas. Una tenía el marco recién pintado. La otra estaba cubierta de arañazos.

Probé el pomo de la segunda.

Cerrada.

Robles sacó el arma.

—Esperamos la orden.

Desde dentro sonó un golpe.

Después otro.

No eran pasos.

Alguien estaba cerrando una ventana.

Retrocedí y golpeé la puerta con el hombro. La madera resistió.

—Policía. Abra.

El ruido cesó.

Sergio bajó la voz.

—Hay una salida por el tejado.

Robles habló por la radio.

—Unidad al patio trasero. Nadie sale.

Volví a embestir.

La cerradura saltó.

Entramos.

El salón estaba vacío. Una silla giraba lentamente frente a una ventana abierta.

Sobre el asiento había una chaqueta mojada.

La de Valdés.

Robles tocó la tela con dos dedos enguantados.

—Ha salido hace menos de un minuto.

Sergio corrió hacia el pasillo.

—El tejado.

Lo seguí.

La cocina estaba vacía. También el dormitorio. Al fondo, una escalera metálica conducía a una trampilla abierta.

Subí primero.

Robles me agarró el tobillo.

—Esperas apoyo.

—Ya ha tenido demasiada ventaja.

Me solté y empujé la trampilla.

La lluvia golpeó mi cara.

El tejado comunicaba con otros dos edificios. Valdés corría sobre las tejas, inclinado hacia delante, sin la torpeza que correspondía a su edad.

—¡Valdés!

No se giró.

Saltó una separación estrecha y cayó sobre una azotea plana. Un agente apareció al otro lado. Valdés cambió de dirección.

Fui detrás.

La suela resbaló. Apoyé una mano y la gravilla me cortó la palma.

Sergio salió por la trampilla.

—¡A la derecha!

Valdés alcanzó una puerta metálica. Tiró del pomo.

Cerrada.

El agente avanzó desde el extremo contrario. Yo bloqueé el regreso.

Valdés apoyó la espalda contra la puerta.

—No sabes qué estás persiguiendo.

—A un hombre que corre.

—Siempre fuiste simple.

Metió la mano en el bolsillo.

Le apunté.

—Despacio.

Sacó un mando pequeño. Apretó un botón.

Sergio se lanzó sobre él.

La explosión no llegó.

Solo escuchamos un golpe sordo bajo nuestros pies.

Robles apareció detrás de mí.

—¿Qué has hecho?

Valdés sonrió.

Del piso comenzó a salir humo.

—Borrar una habitación.

Sergio le retorció el brazo y lo tiró al suelo.

—¿Dónde está la salida?

Valdés apoyó la mejilla sobre la gravilla.

—La conoces mejor que yo.

Bajé corriendo.

El humo llenaba el pasillo. No olía a madera. Olía a plástico quemado.

La habitación junto al salón estaba cerrada.

Pateé la puerta.

Una llamarada mordió el marco. Me cubrí la cara y entré agachado.

Había monitores sobre una mesa. Algunos seguían encendidos. Otros ardían por los cables.

En una pantalla apareció la entrada de una comisaría.

En otra, mi antigua casa.

Una tercera mostraba el colegio de Lucas y Martina.

Sergio arrancó un extintor de la pared. Disparó la espuma contra la mesa.

—Ayúdame.

Cogí otro.

El fuego retrocedió, pero varias pantallas estallaron. Un trozo de cristal me rozó la mejilla.

Robles entró cubriéndose la boca.

—Fuera. Los bomberos están subiendo.

—Todavía funciona uno.

Me acerqué al último monitor. La imagen temblaba, cubierta por líneas verdes.

Mostraba un salón.

Reconocí el sofá.

La lámpara junto a la ventana.

La casa donde Clara se había instalado con los niños.

En la pantalla, Martina cruzó el pasillo con un vaso entre las manos.

—Es en directo —dije.

Robles sacó el teléfono.

—Llamo a Clara.

Le aparté la mano.

—No.

—Están dentro.

—Y quien vigila puede estar escuchando.

Sergio miró la imagen.

—La cámara está fuera. Enfrente de la ventana.

Toqué el borde del monitor. Estaba caliente.

—Entonces vamos allí.

Robles bloqueó la puerta.

—Tú te quedas.

—Quítate.

—Valdés acaba de quemar una habitación entera para que no vieras esto.

—Precisamente.

—No sabemos quién está al otro lado.

Cogió mis muñecas. No con fuerza. Lo suficiente para obligarme a mirarla.

—Esta vez no vas a correr antes que la investigación.

Aparté sus manos.

—Mis hijos no son una investigación.

Salí.

Clara abrió la puerta antes de que llamara.

No llevaba abrigo. Tenía el móvil en una mano y una barra metálica en la otra.

—¿Dónde están?

—En el dormitorio.

Entré.

Laura estaba con ellos. Había cerrado las persianas y apartado los muebles de las ventanas.

—Robles ha llamado —dijo.

—Le dije que no lo hiciera.

—Por eso me llamó a mí.

Clara cerró la puerta con dos vueltas de llave.

—¿Qué ocurre?

Me acerqué a la ventana.

La persiana dejaba pasar una línea de luz. Levanté una lama con dos dedos.

Enfrente había un edificio de oficinas. Casi todas las ventanas estaban oscuras.

Una permanecía iluminada.

—Nos observan desde allí.

Clara dejó la barra sobre la mesa.

—¿Desde cuándo?

—No lo sé.

—Eso sí te lo creo.

La frase golpeó menos de lo que esperaba.

Laura tocó el hombro de Lucas y lo llevó hacia el dormitorio. Martina iba detrás, abrazada a un cojín.

Clara esperó a que cerraran la puerta.

—¿Quién es?

—Valdés está detenido.

—No te he preguntado quién has detenido.

Volví a mirar por la rendija.

Una sombra cruzó la ventana iluminada.

—Aún no lo sabemos.

Clara cogió las llaves de su coche.

—Los niños se van con Laura.

—No.

—No te estoy pidiendo permiso.

—Tú te vas con ellos.

Se puso el abrigo.

—Durante años decidiste solo porque pensabas que así nos protegías.

—Y mira dónde estamos.

—Por eso no vas a volver a hacerlo.

Me quitó la barra metálica de la mano y abrió la puerta.

—¿Qué haces?

—Confiar en ti.

—Eso no significa venir conmigo.

—No. Significa que esta vez vas a decirme dónde está el peligro antes de meterte dentro.

La seguí hasta el rellano.

Laura salió del dormitorio.

—Yo me llevo a los niños.

Clara le entregó las llaves.

Lucas apareció detrás.

—Voy con vosotros.

—No —dijimos los tres.

Me sostuvo la mirada.

—La llave estaba entre mis cosas.

—Precisamente.

Cerré la puerta y bajé las escaleras con Clara.

La oficina del edificio de enfrente estaba en la cuarta planta. Robles había enviado dos agentes, pero todavía no habían llegado.

Clara señaló la entrada.

—La luz acaba de apagarse.

Empujé la puerta.

Abierta.

Subimos sin hablar.

En el último rellano escuchamos pasos al otro lado. Una puerta se cerró. Después giró una llave.

Corrí.

El pasillo terminaba en una oficina vacía.

La ventana seguía abierta.

Sobre el cristal había una marca circular donde había estado pegada la cámara.

Clara tocó la mesa.

—Está caliente.

Desde la calle llegó el motor de un coche.

Me asomé.

Un vehículo gris arrancó junto a la acera.

Clara se colocó a mi lado.

—¿Es él?

No miré el coche.

Miré el asiento trasero.

Lucas golpeaba el cristal desde dentro.