CAPÍTULO 32Lo que Sergio ocultó
Lo que Sergio ocultó
Sergio dejó la placa sobre la mesa sin esperar a que Robles se sentara.
La había conservado dentro de una bolsa transparente. El metal estaba rayado. El número coincidía con la firma del colegio.
—La entregué una semana antes —dijo.
Robles encendió la grabadora.
—¿A quién?
Sergio miró el cristal de la sala. Al otro lado no había nadie, pero bajó la voz.
—A un inspector de Asuntos Internos.
Yo empujé la silla hacia atrás.
—Nombre.
—Esteban Urrutia.
No conocía a ningún Urrutia. Eso no me tranquilizó. En nuestra profesión, los desconocidos solían aparecer cuando alguien ya había borrado lo necesario.
Robles abrió una libreta.
—¿Por qué le diste tu placa?
—Me dijo que necesitaban comprobar una filtración sin dejar rastro administrativo.
—Y tú aceptaste —dije.
Sergio rozó la bolsa con un dedo.
—Me enseñó fotografías tuyas.
La pata de mi silla chirrió contra el suelo.
—¿Cuáles?
—Entrando en la comisaría. Hablando con David. Recogiendo a Lucas.
Robles dejó el bolígrafo quieto.
—¿Cuándo fue eso?
—Antes de que David apareciera muerto.
Me apoyé sobre la mesa. El borde se me clavó en las palmas.
—¿Cuánto antes?
—Meses.
La grabadora emitía un zumbido bajo. Sergio la miró como si esperara que las palabras desaparecieran dentro.
—Urrutia decía que estabas comprometido.
—¿Con quién?
—No lo aclaró.
—Y aun así le entregaste una identificación policial.
—No era para detener a nadie.
—Sirvió para sacar a mi hijo del colegio.
Sergio apartó la bolsa.
—Eso lo sé ahora.
Robles intervino antes de que yo rodeara la mesa.
—¿Qué te pidieron exactamente?
—Que facilitara movimientos. Horarios. Cambios de turno.
—Los míos —dije.
—Al principio, no.
Solté una risa sin aire.
—Siempre hay un principio cómodo.
Sergio apretó la mandíbula.
—Buscaban policías que pudieran interferir en una operación.
—¿Qué operación?
—No me dieron un nombre.
Cogí la bolsa y la lancé contra su pecho. La atrapó antes de que cayera.
—Entonces devuelve lo que te pagaron.
—No me pagaron.
—Peor.
Robles cerró la libreta.
—¿Qué recibiste?
Sergio no contestó.
Ella apagó la grabadora.
—Si quieres que conste como colaboración, este es el momento.
Él pasó el pulgar por el borde de la bolsa.
—Retiraron una investigación contra mi hermano.
La respuesta se quedó pegada a las paredes.
—Tráfico de influencias —continuó—. Contratos municipales. Podía entrar en prisión.
Volví a sentarme. La silla golpeó la pared.
—Vendiste mis horarios por tu hermano.
—No sabía lo que preparaban.
—Sabías que me vigilaban.
—Sí.
—Sabías que utilizaban a mi familia.
—No.
Me incliné hacia él.
—No te preguntaron por Clara.
No respondió.
—Ni por Lucas.
Sergio dejó la placa sobre la mesa otra vez.
—Preguntaron por todos.
Robles encendió de nuevo la grabadora.
—Continúa.
Sergio cerró los ojos un instante.
—Querían saber quién recogía a los niños. Dónde trabajaba Clara. Qué días estabas solo. Qué compañeros entraban en tu casa.
El sabor metálico me llenó la boca.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Seis meses.
—Mentira.
—Ocho.
Agarré la mesa y tiré de ella. Las patas saltaron unos centímetros. Robles se levantó.
—Julio.
—Ocho meses y nunca me dijiste nada.
—Intenté salir.
—¿Cuándo?
Sergio clavó los ojos en la placa.
—Cuando empezaron a preguntar por David.
Golpeé la bolsa con dos dedos.
—Ahí empieza tu verdad.
—Ahí entendí que no investigaban una filtración.
—¿Y qué hiciste?
—Avisé a David.
Me quedé inmóvil.
Robles acercó la grabadora.
—¿Cuándo hablaste con él?
—Tres días antes de su muerte.
—¿Dónde?
—En un bar junto a la estación.
—¿Qué le dijiste?
Sergio me miró.
—Que dejara de verte.
La presión me subió por el cuello.
—¿Por qué?
—Porque ya habían decidido apartarte.
La puerta de la sala se abrió.
Un agente asomó la cabeza con una fotografía impresa.
—Robles, han encontrado a Urrutia.
Ella cogió la hoja.
No era una ficha policial.
Era una imagen del depósito forense.
Esteban Urrutia llevaba muerto doce años.
La fecha coincidía con la semana en que Sergio entregó su placa.
Encontré a Sergio fumando bajo la marquesina de la comisaría.
Habían pasado varias horas. La lluvia dejaba líneas torcidas sobre el cristal y el cigarrillo le temblaba entre los dedos.
Le quité el paquete.
—Pensaba que lo habías dejado.
—También pensabas otras cosas.
Tiré los cigarrillos a una papelera.
—Urrutia estaba muerto cuando dices que hablaste con él.
—Lo he visto.
—Entonces dime quién era.
Sergio aplastó la colilla contra la barandilla.
—Usaba su documentación.
—Eso ya lo sabemos.
Robles había comprobado la firma, la fotografía y los accesos. Alguien había utilizado la identidad de un policía muerto durante meses. Sin huellas nuevas. Sin nóminas. Sin domicilio.
Otra persona construida para no existir.
—¿Le viste la cara? —pregunté.
—Sí.
—Descríbelo.
—Cincuenta años. Pelo oscuro. Una cicatriz junto a la oreja.
—Eso sirve para media comisaría.
—Tenía un dedo rígido.
Le agarré la mano.
—¿Cuál?
Sergio dobló todos menos el índice derecho.
—Ese.
Lo solté.
—El hombre del pabellón sujetaba la grabadora con la izquierda.
—Entonces no era él.
—O fingía.
Sergio se apoyó en la barandilla.
—Sigues buscando una forma de no escucharme.
—Llevas doce años dándome razones.
La puerta automática se abrió detrás. Laura salió con mi chaqueta en el brazo. No se acercó.
—Robles quiere volver a interrogarlo.
Sergio miró hacia ella.
—¿Y tú qué quieres?
Laura le entregó la chaqueta a mí.
—Que ninguno de los dos vuelva a confundir una confesión con una absolución.
Se marchó antes de que respondiera.
Metí los brazos en las mangas. La tela estaba fría.
—Habla —dije.
Sergio miró la calle.
—Después de avisar a David, intenté localizarte.
—No recibí ninguna llamada.
—Porque no te llamé.
—Entonces no lo intentaste.
Se pasó una mano por la cara.
—Fui a tu casa.
—Clara estaba allí.
—Por eso no entré.
Di un paso hacia él.
—Podías haber tocado el timbre.
—Había un coche vigilando la puerta.
—Siempre había un coche.
—Aquel llevaba dos hombres dentro.
Le agarré la solapa.
—Estás mejorando la historia tarde.
No se defendió.
—Uno de ellos salió cuando me vio. Me dijo que mi hermano volvería a estar investigado si seguía acercándome.
—Y te marchaste.
—Sí.
Lo empujé contra el cristal. La marquesina vibró.
—Luego condenaron a tu amigo.
—Sí.
—Y guardaste silencio.
—Sí.
Cada respuesta caía sin resistencia. Eso me obligaba a apretar más.
—Doce años.
—No encontré una forma de arreglarlo.
—Encontraste una forma de vivir con ello.
Robles apareció en la puerta.
—Suéltalo.
No obedecí.
—Julio.
Abrí la mano.
Sergio se separó del cristal. Tenía la camisa arrugada, pero siguió sin apartarse.
—Hubo una orden verbal —dijo—. Antes del caso David.
Robles se detuvo.
—¿Qué orden?
—Apartarlo de cualquier investigación sensible. Limitar sus accesos. Vigilar sus contactos.
—¿Quién la transmitió? —preguntó ella.
—El hombre que usaba el nombre de Urrutia.
—Eso no es una cadena de mando.
—Nunca la hubo.
Sergio se tocó el cuello.
—Las instrucciones llegaban por separado. A uno le pedían cambiar un turno. A otro, retrasar un informe. A mí, entregar una placa. Nadie veía el conjunto.
Robles cruzó los brazos.
—¿Cuántos policías colaboraron?
—No lo sé.
—Mientes —dije.
—Conocía a cuatro.
—Nombres.
—Dos están muertos.
—Quedan dos.
Sergio me miró.
—Tú conoces a uno.
El agua golpeaba el techo de plástico. Laura se había detenido al otro lado de la calle, junto a su coche. No podía oírnos.
—Dilo —ordené.
—Robles.
Ella no se movió.
Yo miré a Sergio.
—Eso no cuela.
—No digo que supiera para qué servía.
Robles bajó los brazos.
—¿Qué hice?
—Cambiaste dos turnos de Julio. Firmaste una salida anticipada. Entregaste un parte de incidencias que no llegó al archivo.
Ella avanzó y le agarró la muñeca.
—Tenía veinticuatro años.
—Yo veintinueve.
—Me dijeron que era una operación interna.
—A todos nos dijeron algo distinto.
Robles lo soltó.
La piel de sus nudillos se había quedado blanca.
—¿Quién es el otro? —pregunté.
Sergio tardó demasiado.
—El comisario Valdés.
Conocía ese nombre.
Había firmado mi traslado seis meses antes de la muerte de David. También declaró en mi juicio que yo llevaba tiempo actuando de forma errática.
Me acerqué hasta que Sergio tuvo que levantar la barbilla.
—¿Valdés sabía que iban a utilizar a Lucas?
—No lo sé.
—¿Sabía que iban a cargarme el asesinato?
—No lo sé.
—¿Qué sabes?
Sergio metió la mano en el bolsillo.
Robles sujetó la funda de su arma.
Él sacó una llave pequeña.
La dejó en mi palma.
—Después de tu condena, el falso Urrutia me ordenó vaciar un piso.
—¿Dónde?
—En Salamanca.
—¿Qué había dentro?
—Fotografías. Horarios. Grabaciones.
Cerré los dedos sobre la llave.
—¿Las destruiste?
—No todas.
Robles dio un paso.
—¿Dónde están?
Sergio señaló el número grabado en el metal.
—Consigna 214. Estación de autobuses.
Guardé la llave.
—Vamos.
Él me agarró el antebrazo.
—No.
Aparté su mano.
—Ya has decidido bastante por mí.
—La consigna se abre con dos llaves.
Me detuve.
Sergio sacó el forro de su bolsillo. Estaba vacío.
—La otra se la di a David tres días antes de que muriera.
Lo miré sin parpadear.
—David no llevaba ninguna llave cuando encontraron el cuerpo.
—Lo sé.
—Entonces ¿quién la tiene?
Sergio observó la puerta de la comisaría.
Lucas estaba al otro lado del cristal.
Había llegado con Clara y sostenía algo entre los dedos.
Una llave pequeña.
Con el número 214 grabado en el metal.