Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 31La trampa
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CAPÍTULO 31La trampa

La trampa

Sergio abrió el maletero cuando Robles le apuntó al pecho.

No preguntó por qué estábamos allí.

Tampoco miró mi arma.

—Está vacío —dijo.

La linterna de Robles recorrió la moqueta. Un triángulo de emergencia. Dos guantes de trabajo. Una bolsa doblada. El aparcamiento subterráneo olía a gasolina y cemento mojado.

—Apártate —ordenó ella.

Sergio dio un paso.

Yo no.

—Tu número de placa aparece en una autorización para recoger a Lucas.

Su mandíbula se endureció.

—Mi placa desapareció hace años.

—Después de que te suspendieran.

—Antes.

Robles abrió la puerta trasera. El cierre produjo un chasquido limpio.

Habían pasado dos días desde el colegio. Dos días comprobando turnos, firmas y registros que no demostraban nada. Sergio no figuraba en Salamanca aquella tarde, pero tampoco podía acreditar dónde había estado.

Metí la mano bajo el asiento del conductor.

Encontré una fotografía.

Lucas salía junto a la verja del colegio. Tendría cinco años. Miraba hacia alguien situado fuera de plano.

En el reverso había una fecha.

La misma del día en que nadie sabía quién lo había recogido.

Le enseñé la imagen a Sergio.

—También perdiste esto.

No extendió la mano.

—Nunca la había visto.

—Estaba en tu coche.

—Entonces alguien quería que la encontraras.

Le agarré la chaqueta y lo empujé contra la carrocería. El metal crujió bajo su espalda.

—¿Sacaste a mi hijo del colegio?

—Baja las manos, Julio.

—Contesta.

—No aquí.

Apreté más.

Sergio sostuvo mi mirada. No intentó apartarme. Aquello me enfureció más.

Robles me cogió de la muñeca.

—Suéltalo.

—Su placa. Su coche. La fotografía.

—He dicho que lo sueltes.

Lo hice.

Sergio se arregló el cuello de la chaqueta. Tenía una marca roja bajo la mandíbula.

—Quien haya colocado eso sabía que registraríais el coche.

—¿Por qué iban a registrarlo? —preguntó Robles.

—Porque Julio reconocería el número.

—Eso no responde.

Sergio cerró el maletero.

—Es lo único que voy a decir sin un abogado.

Robles sacó las esposas.

—Entonces podrás esperar acompañado.

Él le ofreció las manos. Antes de que cerrara la primera, sonó un teléfono dentro del coche.

No era el suyo.

El sonido venía del salpicadero.

Abrí la guantera.

Había un móvil envuelto en una servilleta. La pantalla mostraba el nombre de Isabel Mena.

Robles me detuvo antes de que lo tocara.

—Guantes.

El teléfono dejó de sonar. Un segundo después apareció una notificación.

Estoy en el pabellón. Has dicho que vendrías solo.

Sergio leyó la pantalla desde detrás de mí.

—No conozco ese número.

—Pero ella te conoce a ti —dije.

Robles metió el móvil en una bolsa transparente.

—¿Qué pabellón?

—El colegio tiene uno antiguo junto al campo de fútbol —respondí—. Lleva cerrado desde una inundación.

Sergio tiró de las esposas.

—Es una trampa.

—Por una vez estamos de acuerdo.

Robles pidió una unidad por radio.

Negué.

—Si Isabel espera verlo solo, cualquier coche policial la hará marcharse.

—No vas a entrar sin apoyo.

—No entrará él.

Miré a Sergio.

Tenía la misma altura que yo. Una chaqueta oscura. La luz del aparcamiento borraba las diferencias desde unos metros.

Robles entendió antes de que lo dijera.

—Ni se te ocurra.

Le quité la chaqueta a Sergio.

—Quien ha preparado esto quiere que vayamos detrás de él.

—Precisamente —dijo Robles.

Me puse la prenda.

Olía a tabaco frío.

—Vamos a darle lo que espera.

El pabellón estaba a oscuras.

Entré por la puerta lateral mientras Robles y dos agentes rodeaban el edificio. Sergio permanecía esposado dentro de un coche sin distintivos.

La suela se me pegó al suelo húmedo.

—Isabel.

Una silueta se movió junto a las gradas.

—Llegas tarde.

No era Isabel.

El hombre avanzó un paso. Llevaba una gorra baja y algo metálico en la mano.

—¿Dónde está la profesora? —pregunté.

Levantó el objeto.

No era un arma.

Era una grabadora.

—Tú sabes dónde está.

Mi voz quedó registrada entre aquellas paredes.

—Quítate la gorra.

El hombre retrocedió.

Fui hacia él.

Encendió una linterna y la dirigió a mi cara. El fogonazo me cegó. Escuché una carrera, una puerta y el golpe de algo contra el suelo.

Disparé al techo.

El estruendo sacudió el pabellón.

—¡Quieto!

Robles entró por el lateral.

El hombre ya había desaparecido.

Sobre el suelo quedaba la grabadora.

Seguía funcionando.

Y repetía mi voz.

Tú sabes dónde está.

Laura me quitó la pistola de la mano.

Lo hizo delante de Robles, de Sergio y de los dos agentes.

Nadie intentó impedírselo.

—Devuélvemela.

La sostuvo por el cañón, lejos de su cuerpo.

—Has disparado dentro de un colegio.

—El pabellón está abandonado.

—Eso arregla bastante las cosas.

Robles cerró la puerta del despacho de la directora. Habíamos regresado allí porque la profesora no aparecía y su coche seguía en el aparcamiento.

Sergio se sentó esposado frente a la mesa.

—¿Por qué está ella aquí? —preguntó.

Laura dejó mi pistola delante de Robles.

—Porque alguien tiene que distinguir entre investigar y embestir paredes.

—No la he llamado —dije.

—Me llamó Clara.

La miré.

—Los niños están con ella —añadió—. Por el momento.

Robles reprodujo la grabación encontrada en el pabellón.

Primero se oyó mi voz llamando a Isabel. Después la respuesta del hombre. Luego el disparo.

La reproducción terminó con un golpe seco.

—Han querido grabarte amenazando a una testigo desaparecida —dijo Robles.

Sergio apoyó los antebrazos en las rodillas.

—Y lo han conseguido.

Me acerqué.

—Tú nos llevaste allí.

—Un teléfono metido en mi coche os llevó allí.

—El mismo coche donde estaba la fotografía de Lucas.

—Te lo están sirviendo todo demasiado fácil.

Golpeé la mesa con la palma.

—Tu placa sacó a mi hijo del colegio.

Sergio levantó la barbilla.

—Eso no significa que fuera yo.

—Significa que tu nombre aparece cada vez que alguien toca mi vida.

Laura cogió la bolsa que contenía el móvil.

No la abrió. Solo observó la servilleta que lo envolvía.

—¿Cuándo registraron el coche?

Robles consultó su reloj.

—A las seis y veinte.

—¿Y desde cuándo estaba vigilado?

—Desde anoche.

Laura giró la bolsa.

—Entonces quien puso el teléfono entró antes de que lo vigilarais.

—O lo dejó Sergio —dije.

Ella señaló una esquina de la servilleta.

Había una mancha verde.

—¿Qué es eso?

Robles se acercó.

—Pintura.

Laura miró hacia la puerta.

El marco acababa de ser barnizado. Conservaba un color verde oscuro, pero la superficie estaba seca.

—No es de aquí —dije.

—No. De aquí no.

Sergio dejó de moverse.

Laura observó su chaqueta. Después miró mis manos.

—¿Dónde la apoyaste?

—¿Qué?

—La chaqueta. En el pabellón.

Recordé la entrada lateral. Una puerta metálica. Las gradas. El suelo pegajoso.

—En ningún sitio.

—Te rozaste contra la puerta.

Miré la manga. Había una línea verde junto al codo.

Robles comparó ambas manchas.

—La misma pintura.

El aire me raspó la garganta.

—El teléfono pasó por el pabellón antes de llegar al coche.

—Y la servilleta estaba húmeda cuando lo envolvieron —dijo Laura—. La pintura no se transfirió hace días.

Robles llamó al agente que vigilaba el aparcamiento.

—Necesito las cámaras del acceso. Todas las entradas de esta mañana.

Sergio se inclinó hacia atrás.

—Ya tienes tu inocente.

—No —dije—. Solo demuestra que alguien entró en tu coche.

—Vas mejorando.

Le agarré las esposas y tiré de él hacia mí.

—La autorización sigue llevando tu placa.

—Julio —dijo Laura.

No la miré.

Sergio acercó la cara.

—Pregunta por qué estaba activa.

—Estabas suspendido.

—La suspensión no anuló el número.

—¿Quién podía usarlo?

—Más gente de la que te gustaría.

Robles se colocó entre nosotros.

—Nombres.

Sergio cerró la boca.

—Eso pensaba —dije.

Cogí la grabadora del pabellón.

—Vamos a detenerlo.

Robles no respondió.

—Tenemos la placa, la fotografía y un teléfono en su coche —continué—. Retención ilegal de un menor. Obstrucción. Posible conexión con las muertes.

Laura bloqueó la puerta.

—No vas a hacerlo.

—Apártate.

—Acabas de entrar armado en una trampa construida para ti.

—No es asunto tuyo.

—Precisamente por eso funciona.

Intenté pasar. Ella no se movió.

—Quieren que detengas a Sergio —dijo—. Quieren que su nombre aparezca oficialmente unido a Lucas, a Isabel y al pabellón.

—Ya está unido.

—Por ti.

La frase me frenó.

Laura señaló la grabadora.

—Has dado a quien lo preparó una amenaza, un disparo y un sospechoso. Si lo detienes ahora, dejarás de buscar a la persona que colocó el teléfono.

Robles tomó las llaves de las esposas.

—Tiene razón.

—No sabemos dónde está Isabel.

—Y detener al hombre equivocado no va a traerla.

Abrió las esposas.

Sergio se frotó las muñecas, pero no se levantó.

—No puede marcharse —dije.

—No va a hacerlo —respondió Robles—. Va a declarar.

Sergio miró la marca que las esposas habían dejado en su piel.

—Hay algo que no os he contado.

Robles encendió la grabadora de la mesa.

—Empieza.

Él negó.

—Aquí no.

—Ya no decides dónde.

Sergio me miró.

Esta vez no había desafío en sus ojos. Solo una cautela que conocía demasiado bien.

La misma que utilizaban los policías antes de traicionar a otro policía.

—El día que sacaron a Lucas del colegio —dijo—, mi placa no estaba perdida.

Laura apartó lentamente la mano de la puerta.

Sergio clavó los ojos en mí.

—La entregué yo.