CAPÍTULO 30El colegio
El colegio
La directora negó conocer a Enrique Salvatierra antes de que Robles terminara de pronunciar el apellido.
Estábamos en su despacho. Sobre la mesa había tres carpetas abiertas y el dibujo de Martina dentro de una funda transparente. El radiador golpeaba cada pocos segundos.
—Trabajó aquí —dije.
—No.
—Entonces entraba por diversión.
La mujer empujó la funda hacia Robles.
—Los dibujos de una niña no son un registro de visitas.
Robles abrió una carpeta.
—Los registros tampoco. Faltan dos cursos completos.
La directora apretó los labios.
—Hubo una avería informática.
—Duró dieciocho meses —dije.
—No sé cuánto duró.
—Dirigía el centro.
—No administraba el servidor.
Me levanté y miré por la ventana. El patio estaba vacío. La verja que Martina había dibujado seguía allí, aunque ahora era más alta y tenía una cámara sobre la entrada.
—¿Cuándo instalaron eso?
La directora siguió mi mirada.
—Hace años.
—¿Antes o después de que Salvatierra empezara a venir?
Robles dejó la carpeta cerrada.
—Tenemos una fotografía suya junto a la puerta.
Era mentira. Solo teníamos el dibujo.
La directora bajó la vista hacia la funda.
—No puedo identificar a nadie con eso.
—No se lo hemos pedido —dijo Robles.
El silencio hizo más ruido que el radiador.
La mujer tocó el teléfono del escritorio. No llegó a marcar.
—Había un hombre que esperaba a veces.
—¿A quién? —pregunté.
—Decía que era familiar de un alumno.
—Nombre.
—No lo dio.
Robles acercó una fotografía de Salvatierra sacada del sumario de David.
La directora no la tocó.
—Es él.
La palabra salió demasiado rápido.
—¿Cuánto tiempo estuvo viniendo? —preguntó Robles.
—Meses. Quizá un año.
—¿Y nunca comprobaron quién era?
—No entraba en el edificio.
—Daba caramelos a una niña —dije.
La directora retiró la mano del teléfono.
—Nunca supimos eso.
—Porque nadie preguntó.
Se levantó y abrió un archivador detrás de ella. Sacó una caja de cartón llena de partes disciplinarios y autorizaciones antiguas.
—Hubo una queja.
Robles se acercó.
—¿De quién?
—Una cuidadora del comedor.
La directora buscó entre los papeles. No encontró el documento. Volvió a revisar desde el principio.
—No está.
—¿Qué decía? —pregunté.
—Que un hombre hablaba con los niños desde la verja.
—¿Qué hicieron?
—Avisamos a las familias.
—Clara no recuerda ningún aviso.
La directora se detuvo.
—No a todas.
Le agarré el borde del archivador.
—¿A cuáles?
—A las que ese hombre mencionó.
Robles levantó la cabeza.
—¿Mencionó familias concretas?
La directora cerró la caja.
—Dijo que trabajaba con la Policía. Que existía riesgo para varios alumnos.
—¿Enseñó una placa?
—No.
—¿Y aun así le creyó?
—Llamó alguien del juzgado.
El radiador golpeó otra vez.
—¿Quién? —pregunté.
—No recuerdo el nombre.
—Claro que lo recuerda.
Robles se interpuso antes de que me acercara más.
—Buscaremos la llamada.
La directora negó.
—La línea se cambió hace años.
—Entonces buscaremos quién estaba de guardia en el juzgado.
Guardó silencio.
Robles tomó una decisión.
—Quiero la lista de familias avisadas, el personal del comedor y cualquier incidencia relacionada con la verja. Hoy.
—Necesito autorización.
—Ya está pedida.
La directora miró hacia mí.
—¿Siempre trabaja así?
—Hoy está siendo educado —respondió Robles.
Salimos al pasillo. Lucas esperaba junto a una vitrina con trofeos. Clara permanecía a varios metros, con Martina de la mano.
—¿Qué habéis encontrado? —preguntó Lucas.
—Que ese hombre estuvo aquí más de una vez.
Clara soltó la mano de Martina.
—¿Y nadie nos dijo nada?
—Avisaron a algunas familias.
—¿A cuáles?
Robles cerró la carpeta.
—Eso vamos a averiguar.
Martina tiró de mi manga.
—El señor no venía solo.
Me agaché.
—¿Con quién?
Señaló el fondo del pasillo. Una profesora acababa de salir de un aula. Cincuenta años. Pelo corto. Llevaba una carpeta roja bajo el brazo.
—Con ella.
La profesora se llamaba Isabel Mena.
No huyó.
Tampoco fingió no reconocer a Salvatierra.
Dejó la carpeta roja sobre una mesa del aula y cerró la puerta antes de que Robles se lo pidiera.
—Sabía que acabarían viniendo.
Clara se quedó fuera con los niños. Yo ocupé una silla frente a la profesora. Robles permaneció de pie.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
—Desde que vi su cara en las noticias del juicio.
—Eso fue hace años.
Isabel tocó el cierre de la carpeta.
—Entonces tardaron bastante.
Abrí la fotografía del sumario.
—¿Qué hacía Salvatierra aquí?
—Observaba.
—Eso ya lo sabemos.
—No. Ustedes creen que observaba a los niños.
Robles apoyó ambas manos en la mesa.
—¿Y no?
Isabel negó.
—Observaba a quienes venían a recogerlos.
La piel de mi cuello se tensó.
—Clara.
—También.
—¿A quién más?
—Policías. Abogados. Un hombre que esperaba dentro de un coche gris.
—Nombre.
—Nunca lo supe.
—¿Y usted colaboraba con Salvatierra?
Isabel abrió la carpeta roja. Dentro había horarios escolares, autorizaciones de recogida y copias de circulares antiguas.
Robles no tocó nada.
—¿Por qué conserva esto?
—Porque alguien empezó a modificarlo.
Cogí una de las autorizaciones. Mi nombre aparecía tachado. Debajo, escrito a bolígrafo, figuraba “recogida suspendida”.
—Yo estaba en prisión.
—Por eso nadie preguntó.
Pasé a otra hoja. Clara constaba como única autorizada. En una tercera aparecía una firma distinta al pie.
—¿Quién es?
Isabel se acercó.
—El hombre del coche gris.
—Eso no es una respuesta.
—Firmó como tutor judicial.
Robles tomó la hoja.
—No existe esa figura.
—Aquí existió durante seis meses.
Isabel se sentó.
—Salvatierra venía a comprobar que se respetaban esas autorizaciones.
—¿Por orden de quién?
—Nunca lo dijo.
—¿Y tú aceptaste?
—Al principio.
—¿Qué cambió?
Isabel golpeó la carpeta con un dedo.
—Lucas empezó a preguntar por su padre.
Desde el pasillo llegó el golpe de una pelota contra la pared. Después, la voz de un niño.
—¿Qué tiene que ver eso? —preguntó Robles.
—Salvatierra pidió que anotáramos cuándo preguntaba. Qué decía. A quién se lo decía.
La silla chirrió al apartarme.
—Vigilabais a mi hijo.
—Yo dejé de hacerlo.
—Después de empezar.
Isabel sostuvo mi mirada.
—Después de entender que no querían protegerlo de ti.
Robles abrió la carpeta por la última página.
—¿Qué querían?
—Saber cuánto recordaba.
La frase dejó el aula pequeña.
—Lucas tenía cuatro años cuando murió David —dije.
—Y estaba en el coche contigo dos días antes.
Me acerqué a la mesa.
—¿Quién te contó eso?
Isabel cerró la carpeta de golpe.
—Salvatierra.
—Miente.
—Puede.
—Lucas no estuvo conmigo.
—Entonces alguien quería que creyéramos que sí.
Robles levantó una mano.
—Necesitamos separar lo que vio de lo que le dijeron.
Isabel respiró por la nariz.
—Vi a Salvatierra enseñar una fotografía. Lucas aparecía dentro de un coche. En el asiento trasero.
—¿Mi coche?
—No se veía la matrícula.
—¿Cuándo se tomó?
—No había fecha.
—¿Quién más la vio?
—La directora. Una orientadora. Y Clara.
Me quedé inmóvil.
—Clara no ha mencionado ninguna fotografía.
—Pregúntale.
Abrí la puerta.
Clara estaba junto a la vitrina. Lucas y Martina ya no estaban con ella. Un agente los había llevado al patio.
—¿Viste una fotografía de Lucas dentro de un coche? —pregunté.
Su cara cambió antes de responder.
—No aquí.
—¿Dónde?
—En el juzgado.
Robles apareció detrás de mí.
—¿Quién te la enseñó?
Clara agarró la correa del bolso.
—El abogado de la acusación.
—¿Salvatierra estaba presente?
—Sí.
—¿Qué dijeron?
—Que Lucas podía haber visto algo la noche anterior a la muerte de David.
La correa crujió entre sus dedos.
—Me pidieron que no le preguntara. Que podía contaminar su recuerdo.
—Y obedeciste.
—Tenía cuatro años.
—Yo tenía una condena esperando.
Clara dio un paso hacia mí.
—Tú no estabas en condiciones de cuidar de nadie.
La puerta del aula se abrió detrás. Isabel salió con la carpeta roja.
—Hay algo más.
Robles se giró.
—¿Qué?
Isabel mostró una hoja doblada que había quedado atrapada bajo el cierre.
No era un informe.
Era una lista de recogidas del colegio. Junto a cada fecha aparecía una inicial.
L.
M.
C.
En la última línea figuraba otra.
J.
—¿Qué significa? —pregunté.
Isabel señaló la fecha.
—Ese día nadie recogió a Lucas.
—Clara estaba trabajando —dije.
—Y la cuidadora afirmó que lo había entregado a una persona autorizada.
Robles buscó la firma al pie.
No había nombre.
Solo una rúbrica inclinada y un número de placa.
Lo reconocí.
No porque perteneciera a Salvatierra.
Pertenecía a Sergio.