CAPÍTULO 29El nombre borrado
El nombre borrado
Clara llevaba cuarenta minutos negándose a entrar.
La veía a través del cristal de la sala. Sentada frente a Robles, con el abrigo puesto y los brazos cruzados. Lucas esperaba en el pasillo. No habían vuelto a hablar desde que apareció su nombre en la libreta.
Artola dejó una copia del cuaderno delante de mí.
—Las páginas arrancadas no estaban al final.
—Ya lo sé.
—Entonces deja de mirarlas como si fueran a volver.
Pasé el pulgar por el lomo. Entre dos hojas quedaba una franja estrecha de papel. No buscaba letras. Buscaba dónde habían empezado a tirar.
La numeración saltaba del cuarenta y seis al cuarenta y nueve.
—Faltan dos páginas.
—Eso también sabemos contarlo —dijo Artola.
Cogí las hojas anteriores. La cuarenta y cinco recogía seguimientos de Clara durante el juicio. La cuarenta y seis terminaba con una referencia.
Traslado autorizado por M-4.
La página cuarenta y nueve empezaba con otra anotación.
Contacto restablecido.
—No borraron un nombre —dije—. Borraron lo que ocurrió entre las dos órdenes.
Artola acercó la silla.
—O no había nada.
—Entonces no arrancas dos páginas.
Robles abrió la puerta de la sala contigua.
—Clara va a hablar.
Me levanté.
—Entro.
—No.
—Mi nombre también está en esa libreta.
—Por eso.
Robles me entregó unos auriculares.
—Escuchas desde aquí. Si golpeas el cristal, apago el sonido.
Se marchó antes de que pudiera responder.
Clara no miró la grabadora cuando Robles la encendió. Miraba la mesa vacía.
—¿Conocías a Fabián Cordero? —preguntó Robles.
—No.
—Lucas dice que estuvo en vuestra casa.
—Lucas tenía siete años.
—Y tú no.
Clara tiró de una manga del abrigo.
—Venía mucha gente.
—¿Durante el proceso de Julio?
—Abogados. Periodistas. Policías.
—Cordero no era ninguna de esas cosas.
Clara levantó por fin la vista.
—Dijo que trabajaba para el abogado de Julio.
Apreté los auriculares contra las orejas.
Robles no cambió el tono.
—Julio tenía abogado de oficio al principio.
—Él dijo que venía de parte de otro despacho.
—¿Qué quería?
Clara tocó el borde de la mesa. La uña chocó dos veces contra la madera.
—Una copia de las llaves del coche.
Me levanté. Artola me agarró del antebrazo.
—Si entras, se acaba.
Volví a sentarme.
Robles acercó la grabadora unos centímetros.
—¿Se las diste?
—No.
—¿Estás segura?
Clara apartó la mano.
—Le dejé las llaves originales para que comprobara el mando. Dijo que podían haberlo manipulado.
—¿Cuánto tiempo las tuvo?
—Cinco minutos.
Robles abrió la carpeta y sacó una fotografía del coche de Julio, tomada después de la muerte de David.
—¿Volviste a verlo?
Clara tragó saliva.
—Una vez.
—¿Cuándo?
—Tres días antes de que muriera David.
El papel de la libreta crujió bajo mis dedos.
—¿Dónde? —preguntó Robles.
—Delante del colegio de Lucas.
Artola soltó mi brazo.
Clara continuó sin que nadie la apretara.
—Estaba hablando con un hombre. Cuando me vio, se separó de él.
—¿Reconociste al otro?
—No.
Robles le mostró varias fotografías. Pineda. Orduña. Sergio. Pardo.
Clara las observó una a una.
Negó.
—Ninguno.
Robles guardó las imágenes.
—¿Por qué no se lo contaste a Julio?
Clara soltó una risa breve.
—Porque entonces Julio veía amenazas hasta en las matrículas de los coches.
El cristal devolvió mi cara partida por el reflejo.
Robles apagó la grabadora.
—Necesito que vuelvas a pensar en ese hombre.
—Ya lo he hecho.
—Hazlo mejor.
Clara se puso de pie.
—Eso también lo decía Julio.
Salió de la sala y cruzó el pasillo sin mirarme.
Lucas se levantó para seguirla, pero ella pasó de largo.
Él se quedó inmóvil.
Robles entró y dejó una hoja delante de mí. Era la declaración de Clara, todavía sin firmar.
—Las páginas arrancadas no escondían una orden —dijo—. Escondían un contacto.
—Cordero.
Artola negó.
—Cordero ejecutaba encargos. M-4 era otra persona.
Miré la referencia al final de la página cuarenta y seis.
—Entonces averiguamos quién podía autorizarlo.
Robles recogió los auriculares.
—Ya lo he pedido.
—¿A quién?
—A Asuntos Internos.
—Van a tardar días.
—No.
Abrió la puerta.
—M-4 no es un código operativo.
Esperé.
—Es el número de despacho que utilizaba un mando concreto en la antigua comisaría de Julio.
El despacho M-4 había pertenecido a tres personas.
Una había muerto.
Otra vivía en Málaga.
La tercera seguía trabajando en Salamanca.
Robles escribió los nombres en la pizarra. Yo señalé el último.
—Ramiro Varela.
—No puedes acercarte a él —dijo.
—Ya me acerqué.
—Y acabaste apartado por golpearlo.
Artola cogió el rotulador y tachó el nombre de Varela.
—No autorizó el contacto.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté.
—Porque M-4 no identificaba al ocupante. Identificaba el teléfono del despacho.
Robles dejó de escribir.
—Cualquiera con acceso podía utilizarlo.
—Exacto.
Golpeé la mesa con los nudillos.
—Otra vía muerta.
—No —dijo Artola—. Una vía que no termina donde querías.
Robles cerró la carpeta.
—Vamos a hablar con Cordero.
Lo habían trasladado a dependencias judiciales. Cuando entramos, tenía una venda en la ceja y una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—Pensaba que Barral estaba fuera.
—Lo está —respondió Robles.
Me senté frente a él.
—Por eso no llevo placa.
Cordero miró hacia la puerta.
—Quiero un abogado.
—Ya viene —dijo Robles—. Tienes siete minutos para decidir qué encontrará antes de llegar.
Artola dejó una hoja en blanco sobre la mesa.
—¿Quién utilizaba M-4?
Cordero no tocó el papel.
—No conozco ese código.
—No era un código —dije.
Su mirada se movió hacia mí. Solo un instante.
Suficiente.
—Fuiste a casa de Clara tres días antes de la muerte de David.
—No conozco a Clara.
—Le pediste las llaves de mi coche.
—La gente recuerda lo que necesita.
Me incliné.
—Lucas también te recuerda cerca del colegio.
Esta vez no reaccionó.
Robles abrió la puerta.
—Se acabó.
Cordero levantó la mano.
—Yo no seguía al niño.
Robles volvió a cerrar.
—Nadie ha dicho que lo hicieras.
La venda de su ceja empezó a oscurecerse.
—Fui a hablar con una mujer.
—Clara —dije.
—Otra.
Artola empujó la hoja hacia él.
—Nombre.
Cordero cogió el bolígrafo. Lo sostuvo unos segundos. Después lo dejó.
—No lo sé.
—Entonces describe.
—Treinta y tantos. Pelo corto. Abrigo claro.
—Eso describe a media ciudad —dijo Robles.
—Llevaba una carpeta roja.
Miré a Artola. Ella negó.
—¿Qué quería?
Cordero apoyó ambos antebrazos en la mesa.
—Que dejáramos de observar a Barral.
—¿Por qué?
—Decía que el seguimiento se había descontrolado.
—¿Quién era? —pregunté.
—No dio su nombre.
Robles abrió la puerta otra vez.
—Ahora sí hemos terminado.
Cordero apretó el bolígrafo.
—Pero Clara la conocía.
La puerta quedó a medio abrir.
—Las vi hablar —añadió—. Delante del colegio.
El abogado apareció en el pasillo. Robles retiró la hoja antes de que entrara.
No obtuvimos un nombre.
Solo una mujer sin identificar, una carpeta roja y una conversación que Clara no había mencionado.
Cuando regresé a casa, Martina estaba sentada en el suelo del salón. Tenía varios dibujos extendidos alrededor. Clara permanecía junto a la ventana, hablando con Lucas en voz baja.
—¿Qué hacéis aquí?
—Esperarte —dijo Clara.
No sonó como una respuesta amable.
Martina levantó una cartulina.
—Mamá dice que tire los dibujos viejos.
—He dicho que elijas algunos —corrigió Clara.
Me agaché. Había casas, animales y figuras con brazos demasiado largos. Martina me entregó uno doblado por la mitad.
—Este es del colegio antiguo.
Lo abrí.
Había dibujado la verja, un árbol y cuatro niños. Junto a la puerta aparecía un hombre con una gorra negra. Tenía un brazo levantado y algo rojo bajo la axila.
Una carpeta.
—¿Quién es? —pregunté.
Martina se encogió de hombros.
—El señor que esperaba a Lucas.
Clara dejó de hablar.
—Martina, tú eras muy pequeña.
—Me daba caramelos.
Lucas se acercó y cogió el dibujo por una esquina.
—Yo también lo recuerdo.
—¿Era Cordero? —pregunté.
Lucas negó.
—Cordero tenía el pelo oscuro. Este hombre era mayor.
Martina buscó entre los dibujos. Sacó otro. El mismo hombre aparecía junto a un coche, esta vez sin gorra.
Clara se apoyó contra el respaldo de una silla.
—No puede ser.
Le quité el papel a Lucas.
—¿Lo conoces?
Ella no respondió.
Acercó el dibujo a la lámpara. El rostro apenas tenía dos puntos y una línea, pero Martina había añadido un detalle bajo la oreja.
Una cicatriz curva.
Clara dejó caer la cartulina.
—Ese hombre vino a declarar contra ti.
—¿Nombre?
Me miró.
—Enrique Salvatierra.
El apellido me golpeó antes que el recuerdo.
Salvatierra no era policía. Había sido el testigo que aseguró haber visto mi coche la noche en que murió David.
Lucas recogió el dibujo del suelo.
En la esquina inferior, Martina había escrito una fecha con ayuda de su profesora.
Seis meses después de mi entrada en prisión.
Salvatierra no había desaparecido al terminar el juicio.
Había seguido esperando junto al colegio de mis hijos.