Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 28La libreta negra
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CAPÍTULO 28La libreta negra

La libreta negra

La matrícula solo nos dio un coche alquilado y una firma falsa.

Robles dejó el informe sobre la mesa. El vídeo del pasillo llevaba detenido en la misma imagen desde hacía horas: un hombre con gorra salía de la sala de declaraciones, ocultando algo bajo la chaqueta.

—Lucas dijo que era más alto —dije.

—Lucas lo vio tres segundos.

—Y tú llevas toda la mañana mirando una espalda.

Robles pulsó una tecla. La imagen avanzó. El hombre cruzó el vestíbulo sin levantar la cara, pero al empujar la puerta utilizó la mano izquierda.

Le faltaba la falange superior del dedo índice.

Artola acercó la silla.

—Para.

Robles congeló el fotograma.

—¿Lo conoces?

Nieves tocó la pantalla con la uña.

—Fabián Cordero.

—¿Policía?

—Administrativo. Trabajó con Orduña preparando recursos disciplinarios.

Cogí el informe del alquiler. El coche había sido recogido por un tal Javier Dueñas en una oficina junto a la estación. Documento provisional. Pago en efectivo.

—Una identidad falsa demasiado pobre —dije.

Robles cerró el vídeo.

—O una identidad prestada.

Artola se levantó.

—Cordero perdió ese dedo en una imprenta.

—¿Qué imprenta?

—La que utilizaba Orduña para copiar expedientes sin registrarlos.

Robles cogió su chaqueta.

—Dirección.

—Cerró hace doce años.

—No te he preguntado cuándo.

Artola escribió una calle en el reverso del informe. La tinta tembló ligeramente al llegar al número.

—No va a estar allí.

Guardé el papel.

—Entonces tardaremos poco.

La persiana metálica estaba bajada, pero uno de los candados era nuevo. Robles lo rozó con el guante. El metal no tenía polvo.

—Pedimos autorización —dijo.

Miré la ventana del piso superior. Una cortina se movió y volvió a quedar quieta.

—Ya nos han visto.

Crucé la calle antes de que pudiera detenerme. La puerta del portal cedió al segundo empujón. Detrás olía a tinta húmeda, aunque la imprenta llevaba años cerrada.

Robles me alcanzó en la escalera.

—Estás apartado.

—Sigue recordándomelo.

—Lo haré cuando te esposen.

En el primer piso encontramos una puerta abierta. Dentro había cajas vacías, una mesa plegable y una impresora encendida. Una hoja acababa de salir. La tinta brillaba bajo el fluorescente.

La cogí por una esquina.

Era una copia del expediente de Elena Cid.

Robles desenfundó el arma.

—Policía.

Algo golpeó al otro lado del tabique. Después, pasos.

Empujé una estantería. Detrás había una puerta estrecha. Cordero intentaba abrir una ventana con una mochila colgada al hombro.

—No llegas —dije.

Se volvió. La mano izquierda confirmó lo que el vídeo no permitía discutir.

—No sé quiénes son.

Robles entró apuntándole al pecho.

—Entonces arrodíllate y tendrás tiempo para averiguarlo.

Cordero soltó la mochila, pero no se agachó.

—Orduña me obligó.

—Orduña ha desaparecido —dije.

—Por eso.

Miró hacia la ventana. Di un paso y le corté el ángulo.

—¿Dónde está la libreta?

—No tengo ninguna libreta.

Robles abrió la mochila con el pie. Dentro había ropa, dos teléfonos y varios sobres vacíos. Nada más.

Cordero sonrió.

—Han venido demasiado rápido.

Le agarré la muñeca antes de que pudiera apartarse.

—¿A quién se la diste?

—A nadie.

Apreté. La cicatriz del dedo se volvió blanca.

—No tienes aspecto de soportar bien el dolor.

—Tú tampoco.

Robles me apartó.

—Basta.

Cordero se acomodó la manga.

—Orduña sabía que Artola iba a entregarse. Me pidió que recuperara lo que llevaba.

—¿Para destruirlo? —preguntó Robles.

—Para comprobarlo.

Artola apareció en la puerta, escoltada por un agente. Al ver a Cordero, se detuvo.

—Tú estabas en Bilbao.

Él bajó la mirada.

—Estuve en muchos sitios.

Artola cruzó la habitación y volcó la mesa plegable. Una pata golpeó el suelo. Debajo, pegada con cinta, había una llave pequeña.

Cordero intentó lanzarse hacia ella.

Lo derribé contra la pared.

—¿Qué abre? —pregunté.

Artola sostuvo la llave frente a su cara.

—La caja donde guardabas lo que Orduña no quería conservar cerca.

La sonrisa desapareció.

La caja de seguridad estaba en una sucursal a nombre de la madre de Cordero.

Robles esperó la autorización judicial. Yo esperé fuera, apoyado contra una pared de mármol demasiado fría. Artola permanecía sentada frente a mí. No había vuelto a mirarme desde la imprenta.

—Sabías lo de la caja —dije.

—Sabía que existía.

—Podrías haberlo dicho antes.

—Podrías haber recordado antes muchas cosas.

Una empleada abrió la puerta interior y llamó a Robles. Entramos los tres.

La caja era pequeña. Dentro no había dinero. Solo una bolsa de tela negra y dos cintas de microcasete.

Robles retiró la bolsa.

—Nieves.

Artola no se acercó.

—Ábrela.

El cuaderno tenía tapas negras, gastadas en las esquinas. Ningún título. Ninguna inicial. Una goma mantenía las hojas cerradas.

Robles la retiró con guantes.

La primera página contenía fechas y matrículas. La segunda, nombres. Algunos estaban escritos completos. Otros solo con iniciales.

Artola señaló una columna.

—Estos son seguimientos.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté.

—Porque el mío empezó el día que aparece aquí.

Busqué su apellido. Junto a él había tres direcciones, dos números de teléfono y una anotación breve.

Presión familiar insuficiente.

Artola cerró la mano sobre el respaldo de una silla.

—No sabían nada de mi familia.

—Sabían lo suficiente para escribirlo —dijo Robles.

Pasé varias páginas. Gálvez. Mendoza. Elena Cid. Pardo.

Cada nombre llevaba una fecha de inicio, una rutina y una incidencia que podía utilizarse en su contra. Algunas eran graves. Otras parecían pequeñas hasta que alguien las repetía en un informe.

Robles fotografió cada hoja.

—No hay una lista única —dijo—. Hay años enteros.

—Y varias letras —añadí.

Las anotaciones cambiaban. Algunas eran inclinadas. Otras cuadradas. Distintas tintas. Distintos códigos.

Artola se acercó por fin.

—No era una persona.

—Nunca lo fue —dije.

Robles pasó el dedo por una página.

—Eso no significa que nadie coordinara.

—Significa que podían sustituirse.

Encontré mi nombre cerca de la mitad.

JULIO BARRAL.

Debajo figuraban mis destinos, mis horarios y tres incidentes internos. En uno había una palabra rodeada dos veces.

Impulsivo.

Artola leyó por encima de mi hombro.

—No se equivocaron en todo.

Cerré el cuaderno.

—Todavía no hemos terminado.

Robles lo abrió otra vez.

—Precisamente por eso no decides cuándo se cierra.

Continuamos hoja por hoja. No apareció una orden para condenarme. Tampoco el nombre de David. Había seguimientos, valoraciones y propuestas que unas veces terminaban en traslado y otras quedaban abandonadas.

Una maquinaria sin firma.

Llegamos a las últimas páginas. Varias habían sido arrancadas. El corte era reciente; quedaban fibras claras junto al lomo.

Robles levantó una de las microcasetes.

—Cordero se llevó lo que faltaba.

—O lo entregó antes —dijo Artola.

La empleada llamó desde la puerta.

—Hay un joven preguntando por ustedes.

Robles salió. Regresó con Lucas.

Me levanté.

—¿Qué haces aquí?

—Clara me ha traído.

—¿Por qué no ha entrado?

Lucas dejó el móvil sobre la mesa. En la pantalla aparecía una fotografía que había hecho desde el coche.

Cordero salía de la comisaría la tarde anterior. Al fondo, detrás del vehículo alquilado, se distinguía otro coche.

—Mamá reconoce ese modelo —dijo—. Teníamos uno igual cuando yo era pequeño.

Cogí el teléfono y amplié la imagen. El coche no era importante. La mujer reflejada en el cristal sí.

Clara permanecía junto a la acera, hablando con Cordero.

—¿Cuándo hizo esto? —preguntó Robles.

—Antes de que él robara la libreta.

Lucas miró el cuaderno abierto.

—Mamá dijo que ese hombre había ido a casa hace años.

Busqué las páginas anteriores. Clara no aparecía por orden alfabético. Tampoco junto a mi nombre.

Artola tiró suavemente de una pestaña pegada al borde inferior. Dos hojas estaban adheridas.

Las separó.

La primera contenía fotografías numeradas de Clara entrando en casa, recogiendo a Lucas y saliendo del juzgado durante mi proceso.

La segunda solo tenía una línea.

CLARA BARRAL. CONTACTO AUTORIZADO.

Debajo figuraba una fecha.

Tres días antes de la muerte de David.

Lucas dejó de respirar durante un segundo.

—Ella no se apellida Barral.

Robles cerró la puerta de la sala.

Yo seguí mirando las dos palabras escritas junto al nombre de Clara.

Contacto autorizado.

No decía que la vigilaban.

Decía que alguien podía utilizarla.