CAPÍTULO 27Nunca estuviste solo
Nunca estuviste solo
El primer hombre se levantó al verme y dejó el café sin probar.
—No pienso declarar.
Robles cerró la puerta de la cafetería con el hombro. Dos días habían bastado para localizar a cuatro antiguos policías relacionados con Román Pardo. Solo uno había aceptado reunirse. Ya estaba arrepentido.
Se llamaba Andrés Gálvez. Había sido subinspector en Madrid. Ahora conducía autobuses urbanos y llevaba una quemadura vieja en el dorso de la mano.
—No hemos mencionado una declaración —dije.
—Ella lleva una grabadora.
Robles sacó el aparato del bolsillo y lo dejó sobre la mesa.
—Está apagada.
—Eso también lo decíais antes.
Gálvez cogió su chaqueta. Le bloqueé el paso sin tocarlo.
—Pardo tenía una lista con policías vigilados. Tú figurabas en ella.
Su mano se cerró alrededor de la cremallera.
—No conozco a ningún Pardo.
—Te suspendieron seis meses por perder un arma reglamentaria.
Gálvez me sostuvo la mirada.
—La perdí.
—Apareció dos semanas después en un atraco.
La cafetera soltó un chorro de vapor. Él miró hacia la barra, pero nadie prestaba atención.
—Ya pagué por aquello.
—No te estoy preguntando por el arma —dije—. Te pregunto quién sabía dónde guardabas la llave de la taquilla.
Gálvez dejó la chaqueta sobre la silla.
Robles no encendió la grabadora.
—Mi compañero —respondió.
—Nombre.
—No importa.
—A él quizá sí.
El hombre golpeó la mesa con dos dedos.
—Murió hace nueve años.
—Entonces deja de protegerlo.
Gálvez acercó la cara. Tenía una vena marcada junto a la sien.
—No lo protejo. Intento no volver a perderlo todo.
Robles deslizó una fotografía de Pardo. No procedía de un archivo secreto. La había recuperado de su ficha profesional.
Gálvez la apartó de inmediato.
—Ese hombre vino a verme después de la suspensión.
—¿Qué quería?
—Saber quién había entrado en mi taquilla.
—¿Se lo dijiste?
—No lo sabía.
Cogí la fotografía antes de que cayera al suelo.
—¿Y qué hizo Pardo?
—Me dio tres nombres.
Robles apoyó los antebrazos en la mesa.
—¿De sospechosos?
Gálvez soltó una risa seca.
—De otros policías a los que les había pasado lo mismo.
No habló durante varios segundos. Después sacó un bolígrafo del bolsillo y escribió tres apellidos en una servilleta.
Leí el primero.
Cid.
El segundo.
Mendoza.
El tercero estaba emborronado por una mancha de café.
—¿Quién es este?
—Una inspectora de Bilbao. Nieves Artola.
Robles cogió la servilleta.
—Sigue en activo.
—No —dijo Gálvez—. Sigue cobrando. No es lo mismo.
Me senté frente a él.
—¿Por qué los apartaron?
—A Elena Cid la acusaron de copiar informes. Mendoza golpeó a un detenido. Artola filtró una operación.
—¿Lo hicieron?
—Yo también perdí mi arma.
Gálvez empujó la taza hasta el borde.
—Las acusaciones tenían una parte verdadera. Esa era la gracia. Cogían un error, lo estiraban y construían una persona distinta alrededor.
Robles miró la grabadora apagada.
—¿Quiénes?
—Nunca vi a nadie dando órdenes. Solo compañeros que dejaban de hablarte. Mandos que aplazaban reuniones. Informes que aparecían corregidos.
—Alguien tenía que coordinarlo.
—Eso pensé durante años.
Gálvez se puso la chaqueta.
—Después entendí que no hacía falta. Bastaba con que cada uno protegiera su puesto.
Se marchó sin despedirse.
Robles guardó la servilleta en una bolsa. Yo seguí mirando la silla vacía.
—No prueba nada —dijo.
—Prueba que Pardo no era el único.
—Y que tú tampoco.
Cogí mi abrigo.
—Vamos a Bilbao.
Robles no se movió.
—Artola está en Salamanca.
La miré.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta mañana. Vino a entregar su placa.
—¿Por qué?
Robles guardó la bolsa.
—Porque alguien ha vuelto a acusarla de filtrar una operación.
Encontramos a Nieves Artola sentada en el vestíbulo de la comisaría. Tenía la placa sobre las rodillas y una carpeta oficial cerrada bajo el brazo.
Al verme, no preguntó quién era.
—Llegas tarde, Barral.
Me detuve delante de ella.
—¿Nos conocemos?
Artola levantó la placa.
—No. Pero llevamos veinte años cometiendo los mismos errores.
Artola exigió que Lucas saliera de la sala.
Él permaneció junto a la puerta, con las manos dentro de los bolsillos. Clara lo había llevado a comisaría después de encontrar en su mochila copias del caso David. Robles quería devolverle los documentos. Yo quería saber cómo los había conseguido.
Ninguno obtuvo lo que buscaba.
—No es menor para leer sobre su padre —dijo Lucas.
—Sí lo eres para escuchar esto —respondí.
Artola abrió la carpeta.
—Que se quede.
Robles le retiró una silla.
—No decides tú.
—Entonces tampoco decidirás qué parte de mi declaración desaparece.
La silla quedó inmóvil entre ambas.
Lucas se sentó antes de que alguien pudiera impedírselo.
Artola sacó cuatro resoluciones disciplinarias y las colocó sobre la mesa. No eran documentos ocultos. Todas habían sido publicadas y recurridas.
—Gálvez, Cid, Mendoza y yo —dijo—. Cuatro expedientes. Cuatro provincias. Cuatro mandos distintos.
Toqué la resolución de Elena.
—¿Qué los conecta?
—Los recursos.
Artola abrió cada documento por la última página. Los cuatro habían sido rechazados con párrafos casi idénticos.
Robles acercó uno a la luz.
—El mismo modelo jurídico.
—No —dijo Artola—. El mismo abogado externo.
Señaló una firma al pie.
Esteban Orduña.
El nombre no me decía nada.
—¿Trabajaba para Interior?
—Trabajaba para cualquiera que pagara. Universidades, ayuntamientos, sindicatos policiales.
Lucas cogió una de las hojas. Se la quité.
—No toques.
—Llevas años diciéndome eso.
Artola observó el gesto.
—¿Es tu hijo?
—No es asunto tuyo.
—Entonces se parece a ti por accidente.
Robles cortó la conversación.
—¿Qué relación tenía Orduña con Pardo?
—Pardo descubrió que preparaba los recursos antes de que se abrieran algunos expedientes.
El respaldo de mi silla crujió.
—Eso significa que ya sabían quién iba a ser apartado.
—Significa que alguien se preparaba —corrigió Artola—. No sabemos quién decidió nada.
—¿Y Robles?
Elisa levantó la mirada.
Saqué la cinta de la bolsa y la dejé sobre la mesa. La científica había limpiado el sonido. Mi voz seguía acusándola.
Artola no tocó el casete.
—Esa cinta está cortada.
Robles se inclinó.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Pardo grababa en microcasetes. Ese aparato usa cinta normal.
Cogí la carcasa. Dos tornillos no coincidían con el resto.
—La copiaron.
—O la recompusieron —dijo Artola.
Robles apretó la mandíbula.
—¿Qué decía la original?
—No lo sé.
—Pero conocías a Pardo.
—Me buscó después de mi expediente. Quería que denunciáramos juntos.
—No lo hiciste.
Artola cerró la carpeta.
—Tenía una hija de cinco años.
El aire acondicionado arrancó con un golpe. Lucas dejó de moverse.
—¿Y los demás? —preguntó.
Lo miré, pero ya era tarde.
Artola respondió sin suavizarlo.
—Gálvez aceptó la suspensión. Mendoza pidió la baja. Elena siguió investigando y murió. Tu padre entró en prisión.
Lucas bajó la vista hacia las cuatro resoluciones.
—Pero él mató a David.
La frase no salió con la dureza habitual.
Me apoyé en la mesa.
—Eso dictó el tribunal.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque todavía no puedo darte otra cosa.
Lucas empujó la resolución de Elena hacia mí.
—A ellos también los condenaron sin meterlos en prisión.
Artola lo observó con atención.
—No conviertas a tu padre en inocente por necesitar que lo sea.
Lucas levantó la barbilla.
—No lo he hecho.
—Bien.
Ella recogió tres documentos y dejó el mío delante.
—Porque cometió errores. Entró donde no debía. Retiró pruebas. Confió en personas que le convenían.
Los dedos de Lucas rozaron el borde del papel.
—Pero no empezó todo él.
Artola cerró la carpeta.
—Eso tampoco.
El teléfono de Robles vibró. Leyó la pantalla y se levantó.
—Han localizado a Orduña.
—¿Dónde? —pregunté.
—En su despacho de Madrid.
Cogí el abrigo.
Robles no se movió hacia la puerta.
—No vamos a Madrid.
—¿Por qué?
Giró el teléfono para que viera la fotografía recibida. Un despacho abierto. Cajones volcados. Una silla rota junto a la ventana.
No había cadáver.
Tampoco sangre.
Solo un hueco rectangular en la pared, más limpio que el resto.
—Orduña ha desaparecido —dijo.
Artola se puso en pie de golpe.
—No.
Robles guardó el móvil.
—¿Qué ocurre?
Artola abrió su carpeta y revisó el bolsillo interior. Después otro. Arrancó el forro con dos dedos.
Vacío.
—Traía una libreta —dijo.
—¿Qué libreta?
Su mirada cayó sobre la puerta por la que habíamos entrado.
—La de Pardo.
Lucas se levantó.
—Yo he visto salir a un hombre de esta sala.
Todos lo miramos.
—¿Cuándo? —pregunté.
—Antes de que llegarais. Llevaba una carpeta debajo de la chaqueta.
—¿Le viste la cara?
Lucas negó. Después señaló la cámara del pasillo.
—Pero él sí me vio a mí.
Salí de la sala.
La puerta principal de la comisaría seguía abierta.
Y al otro lado de la calle, un hombre permanecía sentado dentro de un coche, mirando directamente hacia nosotros.