CAPÍTULO 26Los años perdidos
Los años perdidos
Sergio no podía cerrar la mano derecha.
Tenía dos dedos vendados y un hematoma que le cubría media mandíbula. Permanecía sentado en la cama del hospital, custodiado por un agente que no apartaba la vista de mí.
Robles señaló la puerta.
—Cinco minutos.
—Necesito más.
—Entonces aprende a preguntar mejor.
El agente salió con ella. La puerta quedó entornada. Al otro lado, sus zapatos chirriaban cada vez que cambiaba el peso de una pierna a otra.
Me acerqué a la cama.
—¿Quién te llevó a la habitación?
Sergio tocó el vendaje con el pulgar.
—No vi su cara.
—Viste al hombre de la cicatriz.
—En la cafetería.
—Después.
Negó.
—Me cubrieron la cabeza antes de sacarme del coche.
—¿Cuántos eran?
—Dos. Quizá tres.
—Eso no es una respuesta.
—Tampoco era una excursión.
Le agarré la barandilla y la bajé de golpe. El metal golpeó el lateral de la cama.
—La fotografía tenía una fecha. Tú, Pardo y Elena Cid debíais desaparecer al día siguiente.
Sergio dejó de tocarse los dedos.
—¿Quién te la dio?
—Clara la guardó durante años.
—Clara no tenía esa fotografía.
—Ahora sí.
La puerta se abrió unos centímetros. Robles asomó la cabeza.
—Tres minutos.
No la miré.
—¿Por qué estabais juntos?
Sergio hundió la espalda en la almohada.
—No estábamos juntos.
—Aparecéis entrando en el mismo edificio.
—Entramos por motivos distintos.
—Conveniente.
—Tú también estabas allí.
El aire seco del hospital raspó mi garganta.
—Yo no salgo en la imagen.
—Porque llegaste después.
Apreté la barandilla.
—¿Dónde era?
Sergio miró hacia la puerta.
—Una oficina de apoyo operativo. Sin placa. Sin registro exterior. Allí se preparaban encargos que nadie quería firmar.
—¿Qué hacía Elena?
—Revisaba expedientes disciplinarios.
—¿Y Pardo?
—Buscaba quién los fabricaba.
Me incliné hacia él.
—¿Y tú?
Sergio sostuvo la mirada.
—Te buscaba a ti.
La puerta volvió a abrirse.
Robles entró.
—Se acabó.
—Todavía no.
—Precisamente.
Me agarró del codo. Aparté el brazo.
—Sergio dice que yo estuve en aquel edificio.
Robles miró al hombre de la cama.
—Sergio dice muchas cosas cuando necesita que otra persona cargue con ellas.
—Pregúntale.
—Ya lo hice.
Sergio sonrió con el lado de la boca que aún podía mover.
—Y no le gustó la respuesta.
Robles empujó la puerta para cerrarla, pero puse el pie.
—¿Qué respuesta?
Ella mantuvo la mano sobre el pomo.
—Que aquel día retiraste una carpeta.
—¿Cuál?
—La de Román Pardo.
Miré a Sergio.
—Nunca investigué su desaparición.
—No —dijo él—. La impediste.
El agente regresó. Robles se apartó lo justo para dejarlo entrar.
—Fuera, Julio.
No discutí. Crucé el pasillo hasta el ascensor y pulsé el botón. Robles me siguió.
—No vas a ir a ese edificio.
—No sabes cuál es.
—Tú tampoco.
Las puertas se abrieron. Entré.
—Sergio sí.
Robles bloqueó el cierre con una mano.
—Te han apartado por entrar donde no debes, golpear a quien no debes y utilizar información que no te pertenece.
—Entonces no queda mucho que empeorar.
—Siempre consigues encontrar algo.
Quitó la mano. Las puertas empezaron a cerrarse.
—Pardo está dispuesto a hablar —dijo.
Metí el brazo antes de que se juntaran.
—¿Cuándo?
—Esta tarde.
—Voy contigo.
—No.
—Me reconoce a mí.
—Eso es lo que me preocupa.
Salí del ascensor.
Robles caminó hasta una ventana y sacó una hoja doblada del bolsillo.
—Pardo puso una condición.
La cogí.
Solo había una dirección y una hora.
—Quiere verme.
—Quiere verte solo.
Doblé el papel.
—Entonces iré solo.
Robles me agarró la muñeca antes de que lo guardara.
—No confío en Pardo.
—Yo tampoco.
—No hablaba de él.
Soltó mi mano.
—Si sales de allí con una sola prueba que no hayas entregado, te detengo yo misma.
Guardé la dirección.
—Eso sí sonaría oficial.
—Estoy cansada de que solo entiendas ese idioma.
El ascensor volvió a abrirse detrás de nosotros.
Entré sin responder.
Antes de que las puertas se cerraran, Sergio gritó desde la habitación.
—¡Julio!
El agente intentó callarlo.
—¡La carpeta no estaba vacía cuando te la llevaste!
Robles corrió hacia la habitación.
Yo pulsé la planta baja.
Esta vez no detuve el ascensor.
Laura había colocado dos platos en la mesa.
Retiró uno cuando me vio entrar con la chaqueta puesta.
—No te quedas.
Dejé las llaves en el cuenco.
—Tengo una hora.
—Entonces no te quedas.
Siguió recogiendo. El grifo goteaba con un ritmo exacto que terminó metiéndoseme detrás de los ojos.
Saqué la fotografía de Elena, Sergio y Pardo.
Laura secó las manos antes de tocarla.
—¿Quiénes son?
—Tres personas que debían desaparecer.
—Una manera extraña de presentarlos.
—Sergio sigue vivo. Pardo también.
Señaló a Elena.
—¿Y ella?
—Murió en un accidente.
—Eso ya no parece una respuesta suficiente.
Le quité la foto y la dejé sobre la encimera.
—Dicen que yo retiré el expediente de Pardo antes de que desapareciera.
Laura apoyó el paño.
—¿Lo recuerdas?
—No.
—¿Tienes alguna razón para creer que no lo hiciste?
Abrí la boca. La cerré.
Ella cogió uno de los platos y lo metió en el armario.
—Entonces empieza por ahí.
—No necesito que me interrogues.
—Necesitas que alguien lo haga sin una grabadora delante.
Empujé una silla y me senté.
—Yo retiraba expedientes.
—¿Por orden de quién?
—No siempre había órdenes.
—Eso ya lo sé.
Me miró desde el otro lado de la cocina.
—Lo que no sé es por qué lo hacías.
Pasé el pulgar por una grieta de la mesa.
—Porque algunos informes estaban mal construidos. Porque un nombre quedaba marcado por una sospecha que nadie comprobaba. Porque después nadie se molestaba en corregirlo.
—¿Los destruías?
—A veces los apartaba.
—¿Sin dejar constancia?
—Sí.
Laura abrió el armario otra vez. Esta vez no guardó nada.
—Creías que protegías a la gente.
—A veces la protegía.
—Y otras borrabas el rastro que podía demostrar quién los había señalado.
La madera crujió bajo mis dedos.
—No lo sabía.
—Eso no cambia lo que hiciste.
Me levanté.
—Lucas ya me lo explicó.
—Lucas tiene dieciséis años. No debería cargar con la obligación de hacerlo.
Cogió la fotografía y la sostuvo frente a mí.
—¿Qué ocurrió con Pardo?
—Recibí un informe. Decía que filtraba identidades de confidentes y manipulaba operaciones.
—¿Lo comprobaste?
—Parte.
—¿Qué parte?
—Había llamadas. Reuniones fuera de servicio. Dinero sin justificar.
—Entonces era culpable.
—O alguien quería que lo pareciera.
Laura dejó la foto.
—¿Qué hiciste?
Fui hasta la ventana. Un autobús frenó en la calle y el cristal vibró.
—Entré en su despacho.
—¿Con autorización?
No respondí.
—Julio.
—No.
La palabra quedó entre los dos.
—Encontré una carpeta con nombres de policías vigilados. Yo estaba entre ellos.
Laura no se movió.
—¿Y te la llevaste?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque pensé que Pardo me investigaba.
—¿La entregaste?
Negué.
—La guardé en una taquilla fuera de comisaría.
Laura acercó una silla y se sentó despacio.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Eso tampoco es verdad.
Me giré.
—La taquilla estaba en una estación que reformaron hace años. Todo aquello desapareció.
—¿Y la llave?
Metí la mano en el bolsillo. Saqué la chapa azul que Beatriz había entregado.
Laura la miró.
—La reconoces.
No era una pregunta.
Apreté la llave hasta que el borde se clavó en la palma.
—Yo tenía una igual.
—¿Dónde?
—En casa de mi padre.
Laura se levantó.
—¿Antes o después de prisión?
—Antes de la muerte de David.
Cogió su abrigo del respaldo.
—Vamos.
—Tengo que ver a Pardo.
—Has esperado quince años. Puede esperar una hora más.
—Robles ha montado vigilancia.
—Entonces por una vez deja que haga su trabajo.
Abrió la puerta.
No me moví.
Laura volvió y me quitó la llave de la mano.
—Llevas semanas buscando quién eras antes de Topas.
—No necesito encontrarlo todo hoy.
—No. Necesitas encontrarlo antes de que otro lo haga desaparecer.
Salimos.
El trastero de mi padre conservaba el mismo olor a madera húmeda. Laura encendió la bombilla y una polilla golpeó el cristal.
Aparté dos cajas. Después una maleta vieja. Detrás seguía el armario metálico que mi padre nunca quiso tirar.
—¿Está ahí? —preguntó Laura.
—Debería.
La llave azul entró en la cerradura.
No giró.
Laura la sacó.
—No es esta.
Toqué el marco. Había arañazos nuevos junto al bombín.
—Alguien ha intentado abrirlo.
Cogí una barra de hierro del suelo y la introduje entre las puertas.
—Julio.
—Apártate.
Hice palanca. El cierre saltó y golpeó la pared.
Dentro no había una carpeta.
Había una grabadora, una pistola envuelta en tela y una fotografía de David tomada desde el interior de mi coche.
Laura agarró el borde del armario.
—¿Esto estaba aquí antes?
Cogí la pistola sin tocar el metal.
En la tela había una mancha marrón y dos iniciales bordadas.
R. P.
Debajo encontré una cinta de casete.
La etiqueta llevaba mi letra.
DECLARACIÓN DE PARDO.
Laura me miró.
—Dijiste que nunca lo interrogaste.
La grabadora crujió cuando pulsé el botón.
Durante tres segundos solo sonó estática.
Después escuché mi propia voz, más joven.
—Román, dime quién te dio los nombres.
Pardo respiró al otro lado de la cinta.
—Tú ya sabes quién fue.
Mi voz respondió sin dudar.
—Sí.
Hubo un golpe.
Después pronuncié un nombre.
Laura alargó la mano para detener la grabación.
Llegó tarde.
La voz que salió del aparato no pertenecía a un desconocido.
—Elisa Robles.