CAPÍTULO 25La administrativa
La administrativa
El coche apareció contra el guardarraíl con las puertas abiertas.
La lluvia había borrado casi todas las huellas del arcén. Quedaban cristales bajo el asiento del conductor y una marca oscura en el reposacabezas. Sergio no estaba.
Robles cerró la puerta con el codo.
—Lo sacaron esposado.
Señaló el suelo. Dos surcos estrechos descendían hasta una pista de tierra. Entre ambos había pequeñas gotas de sangre.
—O salió por su cuenta —dije.
—Con las manos a la espalda.
—Ha hecho cosas peores.
Robles me lanzó una mirada. Llevaba la misma ropa de la noche anterior y barro seco en los bajos del pantalón.
—El coche fue robado hace tres semanas en Valladolid. Las matrículas pertenecen a otro vehículo.
—El hombre de la cicatriz.
—Nadie lo vio conducir.
Me agaché junto a la rueda trasera. Había una brida cortada atrapada bajo el neumático.
—Sergio no iba solo en el asiento trasero.
Robles cogió la brida con unas pinzas.
—¿Por qué?
—Porque las esposas no se abren con esto.
Un agente se acercó desde la pista. Sostenía una chaqueta gris dentro de una bolsa.
—La hemos encontrado junto al río.
Robles reconoció la prenda.
—Es de Sergio.
—Hay sangre en el cuello —añadió el agente—. No mucha.
Me puse de pie.
—Quieren que pensemos que está muerto.
—¿Y tú qué piensas?
Miré los surcos. Terminaban antes de llegar al agua.
—Que lo necesitaban vivo.
Robles guardó la bolsa en el maletero policial.
—Tú vuelves a Salamanca.
—Voy contigo.
—Sigues apartado.
—Se han llevado a Sergio delante de mi hijo.
Cerró el maletero de golpe.
—Precisamente por eso.
Su teléfono vibró. Leyó la pantalla y se alejó unos pasos. No necesitó levantar la voz para que notara el cambio.
—¿Quién? —pregunté.
Tapó el micrófono.
—Una mujer ha entrado en comisaría preguntando por Román Pardo.
—¿Nombre?
—Beatriz Mena.
El apellido me arañó una zona vacía de la memoria.
Robles siguió escuchando. Después colgó.
—Trabajó como administrativa en la Jefatura Superior hace veinte años.
Abrí la puerta del copiloto.
—Conduces tú.
Beatriz esperaba en una sala sin espejo. Tendría más de sesenta años. Había colocado el bolso sobre las rodillas y mantenía ambas manos cerradas alrededor de las asas.
Cuando entré, se levantó.
—Usted no debería estar aquí.
—Eso me dicen mucho.
Robles cerró la puerta.
—El señor Barral no forma parte oficialmente de esta entrevista.
Beatriz volvió a sentarse.
—Oficialmente fue como empezó todo.
No apartó los ojos de mí.
—¿Me conoce? —pregunté.
—Conocía su usuario.
Robles dejó la grabadora sobre la mesa.
—Empiece por Román Pardo.
Beatriz tocó el cierre del bolso. Una vez. Dos.
—Pardo descubrió que algunas órdenes internas se registraban después de ejecutarse. A veces semanas después.
—¿Quién las introducía? —preguntó Robles.
—Yo.
La calefacción golpeó dentro de la pared. Beatriz esperó a que cesara el ruido.
—Me entregaban hojas con iniciales, número de operativo y una fecha. Yo completaba el registro.
—¿Quién se las entregaba?
—Distintas personas.
—Nombres.
Beatriz miró la grabadora.
—Álvaro Pineda.
Robles dejó de escribir.
—Pineda trabajaba en la universidad.
—Antes estuvo destinado en la oficina de coordinación de Interior. Nunca figuraba en los operativos. Solo llevaba papeles de un sitio a otro.
Apoyé las manos sobre la mesa.
—¿Introdujo una autorización con mi usuario?
Beatriz no respondió enseguida.
—Varias.
Robles empujó una fotografía hacia ella. Era la captura del archivo encontrado en mi ordenador.
—¿Esta también?
Beatriz apenas la miró.
—Ese formato lo preparé yo.
La silla raspó el suelo cuando me acerqué.
—Yo no autoricé seguir a David.
—No he dicho que lo hiciera.
—Utilizó mi usuario.
—Porque me dieron su código.
Robles levantó una mano.
—¿Quién?
Beatriz abrió el bolso. No sacó documentos. Solo una llave pequeña, antigua, sujeta a una chapa azul.
—Pardo guardó una copia del registro real.
—¿Dónde? —pregunté.
Cerró la mano sobre la llave.
—Primero quiero protección.
—La tendrá —dijo Robles.
Beatriz negó.
—Eso mismo le dijeron a él.
Me incliné hacia ella.
—Pardo sigue vivo.
La llave dejó de moverse entre sus dedos.
—¿Dónde?
—No voy a decírselo hasta que responda.
Robles me agarró del brazo.
—Julio.
No me aparté.
—¿Quién ordenó usar mi identidad?
Beatriz tragó saliva.
—Nadie usó su identidad.
Dejó la llave sobre la mesa.
—Su usuario nunca significó Julio Barral.
Robles acercó la grabadora.
—Explíquelo.
Beatriz señaló las dos letras impresas en el registro.
J. B.
—Significaban jefe de brigada.
El golpe llegó sin ruido.
Veinte años creyendo que aquellas iniciales me señalaban. Solo eran un cargo. Un hueco que cualquiera podía ocupar.
—¿Quién era el jefe de brigada? —pregunté.
Beatriz deslizó la llave hacia mí.
—El hombre que decidió convertirlo en el candidato perfecto.
Clara no abrió hasta que llamé por tercera vez.
Llevaba el pelo recogido y una camiseta vieja. Detrás de ella, una maleta permanecía abierta sobre el sofá.
—Los niños están con mi hermana.
—Necesito preguntarte algo.
—Siempre necesitas algo cuando ya he terminado de recoger.
Entré. Clara cerró la puerta, pero no se apartó de ella.
Puse la chapa azul sobre la mesa.
—¿La reconoces?
La observó desde lejos.
—Es una llave.
—Estaba en manos de una administrativa que trabajaba con la Policía cuando empezó mi vigilancia.
Clara cruzó los brazos.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Pineda llevaba las órdenes.
Su postura cambió apenas. Un hombro descendió.
—¿Álvaro Pineda?
—No te he dicho el nombre completo.
Clara se acercó a la mesa. No tocó la llave.
—Porque ya lo había oído.
Esperé.
Cogió una camiseta de la maleta y la dobló de nuevo, aunque ya estaba doblada.
—Fue antes de que naciera Lucas.
—¿Cuándo?
—Después del ingreso de tu padre.
La tela se le escapó entre los dedos. Volvió a colocarla.
—Tú pasabas las noches en el hospital. Una tarde vino un hombre a casa. Dijo que trabajaba en Personal.
—¿Qué quería?
—Confirmar unos datos para tu traslado.
—Yo no había pedido ningún traslado.
—Eso lo sé ahora.
Me acerqué.
—¿Le dejaste entrar?
Clara levantó la barbilla.
—Llevaba una acreditación. Sabía tu número profesional. Conocía el hospital y el nombre de tu padre.
—¿Qué le diste?
—Nada importante.
—Clara.
Golpeó la camiseta contra el sofá.
—Tus horarios. La matrícula del coche. El teléfono de la comisaría. Preguntó dónde guardabas el arma cuando estabas en casa.
La cicatriz del hombre de la cafetería apareció detrás de mis ojos.
—¿Era él?
Saqué el móvil. Busqué una de las fotografías recuperadas por Gabriel y amplié el rostro.
Clara tardó dos segundos.
—No.
Pasó a la siguiente imagen. Álvaro Pineda caminaba detrás de mí a la salida de una comisaría.
Su dedo se detuvo sobre la pantalla.
—Ese.
Le quité el teléfono antes de que pudiera soltarlo.
—¿Estás segura?
—Se sentó donde estás tú.
Miró la mesa.
—Dejó una carpeta encima. Tenía una llave igual.
La chapa azul seguía entre los dos.
—¿Qué abrió?
—Nada. Al menos delante de mí.
Cogí la llave.
—¿Qué más ocurrió?
Clara caminó hasta la ventana. Separó la cortina con dos dedos y miró la calle.
—Volvió otra vez.
—Nunca me lo dijiste.
—Tú estabas convencido de que todos querían vigilarte. Yo no iba a darte otra razón.
—¿Cuándo volvió?
—La noche de tu ascenso.
La frase me cerró la garganta.
Clara se giró.
—No llamó al timbre. Lo vi dentro del coche, frente al portal. Pensé que esperaba a alguien.
—¿Iba solo?
Negó lentamente.
—Había una mujer con él.
—¿La viste?
—Cuando encendieron la luz interior.
Abrí la fotografía de Beatriz Mena tomada aquella mañana en comisaría.
Clara negó de nuevo.
—No era ella.
—¿Cómo era?
—Más joven que Pineda. Pelo corto. Llevaba uniforme.
Deslicé las imágenes almacenadas. Policías, administrativos, antiguos responsables. Clara apartó dos sin mirarlas apenas.
En la tercera me agarró la muñeca.
—Esa.
La fotografía mostraba a una mujer junto a Román Pardo. Ambos salían de una reunión sindical. La fecha estaba escrita en una esquina.
Tres meses antes de mi ascenso.
—Se llama Elena Cid —dije.
Clara leyó el nombre.
—¿Policía?
—Inspectora. Murió en un accidente hace dieciocho años.
—No murió aquella noche.
—No he dicho eso.
—Yo sí.
Me devolvió el móvil.
—La vi después de tu condena.
El suelo pareció inclinarse bajo mis pies.
—¿Dónde?
Clara cerró la maleta.
—En Topas.
Le agarré el brazo.
—Nunca vino a verme.
—No fue a verte.
Se soltó y tiró de la cremallera. El sonido cortó la habitación.
—Me esperó en el aparcamiento después de una visita. Sabía el nombre de David. Sabía lo que habías declarado. Y me pidió que convenciera a Lucas de que dejara de escribirte.
—Lucas tenía tres años.
—Por eso acepté.
La maleta cayó al suelo.
—¿Qué te dio?
Clara me sostuvo la mirada.
—Una fotografía.
—¿De qué?
Abrió el armario del recibidor. Retiró una caja de zapatos y levantó el cartón del fondo.
La imagen estaba doblada por la mitad.
La desplegué.
Sergio aparecía entrando en un edificio junto a Elena Cid. Entre ellos caminaba Román Pardo. Ninguno miraba a cámara.
En el reverso había una fecha y una dirección de Salamanca.
La fecha era del día siguiente.
Mi teléfono vibró. Robles.
Contesté sin apartar la vista de la fotografía.
—Han abierto el lugar de la llave —dijo—. No es un archivo.
—¿Qué es?
Escuché una puerta metálica al otro lado.
—Una habitación.
—¿Qué hay dentro?
Robles tardó demasiado.
Clara recogió la maleta.
—Julio —dijo.
La voz de Robles regresó.
—Sergio.
Apreté el teléfono.
—¿Vivo?
—Sí.
Clara señaló la fecha escrita detrás de la fotografía.
—Mírala bien.
Lo hice.
No indicaba cuándo había sido tomada. Indicaba cuándo debían desaparecer los tres.