Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 24El candidato perfecto
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CAPÍTULO 24El candidato perfecto

El candidato perfecto

La declaración interna ocupaba nueve páginas.

Robles dejó la última delante de mí y retiró el bolígrafo antes de que pudiera cogerlo.

—Léela.

La sala olía a café quemado. El cristal del espejo devolvía una versión pálida de mi cara.

—Ya la he leído.

—Entonces firma.

Pasé la hoja hacia ella.

—No voy a reconocer algo que no recuerdo.

Robles apoyó dos dedos sobre el papel.

—No te estoy pidiendo que lo reconozcas. Estoy dejando constancia de que niegas haber autorizado la vigilancia.

—No es lo mismo.

—Por una vez, sí.

Cogí el bolígrafo.

La frase estaba escrita con cuidado: Julio Barral manifiesta no recordar la conversación ni haber autorizado actuación alguna sobre terceros.

Firmé debajo.

Robles cerró la carpeta.

—Estás apartado de la investigación.

—Ya me lo dijiste.

—Ahora está registrado.

—Eso parece tranquilizarte.

Se levantó.

—Me tranquilizaría que dejaras de obligarme a elegir entre el caso y tú.

—Elige el caso.

Robles se detuvo junto a la puerta.

—Eso he hecho.

No esperó respuesta.

Una hora después, Sergio seguía esposado a una mesa en otra sala.

No tenía derecho a entrar. Utilicé el baño del pasillo, esperé a que cambiaran el turno y empujé la puerta cuando el agente salió a por agua.

Sergio levantó la cabeza.

—Robles te ha apartado.

—Hablas demasiado con gente que no te soporta.

—Es mi especialidad.

Cerré la puerta.

—¿A quién autoricé vigilar?

Sergio movió las muñecas. La cadena golpeó la mesa.

—No lo sabes.

—Te lo estoy preguntando.

—Eso no mejora la respuesta.

Le agarré la camisa.

—No vuelvas a jugar conmigo.

Sergio no se apartó.

—Tú eras bueno siguiendo órdenes sin llamarlas órdenes.

Lo solté.

—Nunca recibí ninguna.

—Exacto.

Se inclinó hacia delante.

—Te presentaban un problema. Un policía que filtraba información. Un funcionario que bloqueaba un expediente. Un juez que no cooperaba.

—Y yo investigaba.

—Tú decidías investigar.

—Porque había indicios.

—Porque te daban los indicios adecuados.

La silla chirrió cuando la aparté.

—¿Quién era R?

Sergio miró hacia el espejo.

—Román Pardo.

—Desapareció hace quince años.

—Dejó de existir para la Policía. No es lo mismo.

—¿Trabajaba contigo?

—Trabajaba antes que todos nosotros.

Me acerqué otra vez.

—¿Qué autorizó mi usuario?

Sergio bajó la voz.

—El seguimiento de David.

El aire se quedó atrapado detrás de mis dientes.

—Yo no lo conocía.

—Todavía no.

Golpeé la mesa.

—Entonces no pude autorizarlo.

—No autorizaste seguir a David por ser David.

—¿Por qué?

Sergio sostuvo mi mirada.

—Porque te dijeron que era un contacto de Pardo.

La puerta se abrió.

Robles entró con dos agentes.

—Fuera.

—Necesito terminar.

—Has terminado.

Sergio levantó las manos esposadas.

—Déjalo.

Robles se giró hacia él.

—Tú no decides nada.

—Entonces pregúntale por qué eligieron a Julio.

Nadie se movió.

Sergio sonrió sin humor.

—Porque nunca necesitaban obligarlo.

Lucas dejó el bocadillo sin tocar.

Clara había aceptado que lo viera en una cafetería, pero se sentó dos mesas más allá. No miraba hacia nosotros. Tampoco hacía falta.

—Mamá dice que no puedo preguntarte por el caso —dijo.

—Tu madre acierta demasiado.

—Entonces ¿para qué has venido?

Empujé el plato hacia él.

—Para contarte una parte.

Lucas no tocó el pan.

—La parte que no hace daño.

—La parte que conozco.

Se cruzó de brazos.

—Eso cambia cada día.

Saqué una hoja doblada del bolsillo. No era una prueba. Era una copia de mi primera asignación con el nombre de Román Pardo.

Lucas la leyó.

—¿Quién es?

—Un policía al que me encargaron investigar.

—¿Hizo algo?

—No lo sé.

—Entonces lo investigaste sin saberlo.

—Había informes.

—¿Eran verdad?

Doblé la hoja.

—Algunos.

—¿Y los otros?

—No los comprobé bien.

Lucas bajó la vista.

El camarero dejó dos vasos de agua. El cristal golpeó la mesa.

—¿Eso pasó con David?

—Puede.

—Otra vez puede.

—No tengo una respuesta mejor.

Lucas apartó el vaso.

—Pues búscala.

—Eso hago.

—No. Buscas quién te engañó.

La frase me frenó.

—¿Qué diferencia hay?

—Que así todo es culpa de otro.

Clara levantó la cabeza desde su mesa.

No intervino.

Cogí el vaso. El agua estaba tibia.

—Yo rompí procedimientos. Acepté información sin dejar constancia. Presioné a personas para que hablaran. Utilicé contactos fuera de la investigación.

Lucas no apartó la mirada.

—¿Pegaste a alguien?

—Sí.

—¿Mentiste?

—Sí.

—¿Plantaste pruebas?

—No.

—¿Seguro?

Apreté el vaso.

—No recuerdo toda aquella noche.

—Eso no era lo que te he preguntado.

Dejé el cristal.

—No recuerdo haber plantado pruebas.

Lucas respiró por la nariz.

—Suena mejor.

—No pretende sonar bien.

—Entonces di lo malo.

Clara se levantó, pero levanté una mano.

—Déjalo.

Lucas esperó.

La cafetería seguía llena. Una cucharilla cayó detrás de la barra.

—Elegían a gente como yo —dije—. Policías que querían resolver las cosas rápido. Que confiaban más en su instinto que en el procedimiento.

—Porque erais buenos.

—Porque éramos útiles.

Lucas tocó la hoja doblada.

—¿Te eligieron para culparte?

—Puede que al principio no.

—¿Y después?

—Después ya sabían cómo iba a reaccionar.

Clara se acercó.

—¿Qué significa eso?

—Que no necesitaban inventar todos mis errores.

Lucas levantó la vista.

—Solo tenían que esperar.

Asentí.

—Y empujar en el momento correcto.

El teléfono de Clara vibró. Lo miró y me lo tendió.

—Robles.

No lo cogí.

—Estoy fuera del caso.

—No te llama por el caso.

Contesté.

—Dime.

Robles habló rápido.

—Han encontrado a Román Pardo.

Lucas dejó de mover el pie.

—¿Vivo?

—Sí.

Me levanté.

Clara agarró mi manga.

—No vas a irte sin terminar.

Robles continuó:

—Está en un centro asistencial de Zamora. Ingresó con otro nombre.

—¿Puede hablar?

—Eso depende.

—¿De qué?

—De si te reconoce.

Miré a Lucas.

—¿Por qué yo?

Robles pasó una hoja.

—Porque lleva quince años repitiendo una sola frase.

—¿Cuál?

Hubo un silencio breve.

—Barral fue el candidato perfecto.

La puerta de la cafetería se abrió. Entró un hombre con abrigo oscuro y se detuvo junto a la barra.

Lucas lo reconoció antes que yo.

Su mano se cerró sobre mi muñeca.

—Papá.

El hombre giró la cabeza.

Tenía la misma cicatriz junto a la oreja que aparecía en las fotografías de Gabriel.

Clara dio un paso atrás.

El desconocido dejó unas monedas sobre la barra y salió.

Me solté de Lucas.

—Quédate con tu madre.

Corrí hacia la puerta.

Al otro lado de la calle, el hombre abrió la puerta del conductor del coche gris.

La matrícula era la misma del vehículo que llevaba semanas siguiéndonos.

Algo golpeó la ventanilla trasera.

Me detuve.

Sergio levantó la cara desde el asiento. Tenía las manos esposadas a la espalda y sangre en la comisura de los labios.

No entendí cómo había salido de comisaría.

Él me vio.

Negó una vez con la cabeza.

El hombre de la cicatriz arrancó.

Corrí hacia la calzada.

—¡Sergio!

El coche cruzó el semáforo en rojo. Dos vehículos frenaron al mismo tiempo. Un claxon cubrió mi voz.

Robles seguía al teléfono.

—¿Qué ocurre?

No aparté la vista del coche.

—Ya no tienes a Sergio.

—¿Qué?

—Está en el coche gris. Se lo lleva el hombre de la cicatriz.

El vehículo giró al final de la calle y desapareció.

Lucas y Clara habían salido de la cafetería. Lucas estaba a pocos metros de mí.

Había visto todo.