CAPÍTULO 23La orden verbal
La orden verbal
Robles me quitó las llaves antes de que pudiera abrir el coche.
—Tú no conduces.
—Lucas lleva fuera tres horas.
—Y has pasado las tres intentando atravesar controles policiales.
Clara abrió la puerta trasera. Tenía el teléfono apretado contra la palma. No había soltado a Martina hasta que llegó su hermana.
—Discutid cuando aparezca —dijo—. Ahora subid.
El antiguo destino de Sergio llevaba años convertido en un centro de formación. Dos patrullas bloqueaban la entrada. El aire olía a caucho mojado y uno de los focos del patio parpadeaba sobre las ventanas.
Un agente corrió hacia nosotros.
—Han visto movimiento en el gimnasio.
Robles le agarró el chaleco.
—¿Cuántas personas?
—Tres. Quizá cuatro.
—¿Armas?
—No lo sabemos.
Me dirigí a la puerta lateral. Robles me cerró el paso con el brazo.
—Te quedas aquí.
—Mi hijo está dentro.
—Precisamente.
—Aparta.
Sacó mi antigua placa del bolsillo. La había guardado desde que me obligó a entregársela por lo de Varela.
—Ya no decides cómo entras en una escena.
Clara se colocó entre los dos.
—Deja que vaya.
Robles la miró.
—No puedo protegerlo si sigue creyendo que las normas son para los demás.
—No te he pedido que lo protejas a él.
Una ventana se rompió en la planta baja.
Corrí antes de que Robles pudiera detenerme.
Atravesé el pasillo. Las luces de emergencia teñían las paredes de rojo. Al fondo, una puerta metálica golpeaba contra el marco.
—¡Lucas!
No respondió.
Entré en el gimnasio.
Sergio estaba de rodillas junto a una espaldera. Tenía una pistola en la mano y sangre en la ceja. Lucas permanecía agachado detrás de unas colchonetas.
Apunté a Sergio con el arma que Robles aún no sabía que llevaba.
—Déjala.
Sergio miró el cañón.
—Sigues escondiendo cosas en los mismos sitios.
—Suelta el arma.
Lucas se levantó.
—Papá, no.
—Quédate ahí.
—No ha hecho nada.
Sergio dejó la pistola en el suelo y la empujó con el pie.
—Ahora puedes escuchar al niño o volver a estropearlo.
Le di una patada al arma.
—¿Dónde está Varela?
—En el vestuario.
Clara apareció detrás de mí.
—¿Lucas?
Él salió de las colchonetas. Clara lo agarró por los hombros y le revisó la cara, las manos, el cuello.
—¿Estás herido?
—No.
Clara le agarró la cara con ambas manos. —No vuelvas a hacerme esto. Lucas intentó apartarse. Ella no lo dejó.
Sergio se puso de pie.
—Lo siguieron desde el piso.
—¿Quiénes? —preguntó Robles al entrar.
—Dos hombres.
—Nombres.
—No los conozco.
Robles lo esposó.
—Prueba otra respuesta.
—Trabajaban como nosotros.
—Tú ya no trabajas como nadie.
Sergio levantó las manos esposadas.
—Eso es lo que llevo intentando explicar.
Fui al vestuario.
Varela estaba sentado contra una taquilla. Tenía las muñecas atadas con cinta y una venda alrededor del abdomen. Respiraba con dificultad.
Me agaché.
—¿Sergio te sacó del furgón?
—Sí.
—¿Mató al agente?
Varela abrió los ojos.
—El agente ya había abierto la puerta.
Robles se detuvo detrás de mí.
—¿Por orden de quién?
Varela soltó una risa que terminó en tos.
—Nunca había órdenes.
Sergio apareció custodiado por dos policías.
—Solo llamadas —dijo—. Conversaciones en pasillos. Favores que nadie escribía.
Me acerqué hasta rozarle el pecho.
—Tú recibiste una.
—Muchas.
—¿Para vigilarme?
Sergio no bajó la mirada.
—Para prepararte.
—¿Para qué?
Un agente levantó a Varela. La venda se oscureció sobre el costado.
Sergio esperó a que salieran.
—Para que algún día hicieras exactamente lo que necesitaban.
Lucas no habló hasta que cerré la puerta de casa.
Clara se había llevado a Martina. Robles permitió que él se quedara conmigo una hora, aunque dejó un coche patrulla abajo y se llevó a Sergio y Varela por separado.
La mochila descansaba sobre la mesa.
—¿Por qué apareció en el ascensor? —pregunté.
Lucas se quitó el abrigo.
—La tiré.
—¿Por qué?
—Vi al hombre que me seguía.
—¿Qué hombre?
—No sé su nombre.
Golpeé la mesa con los nudillos.
—Deja de hacer eso.
—¿Qué?
—Responder solo una parte.
Lucas soltó el abrigo sobre una silla.
—Lo aprendí aquí.
Abrí la mochila. Faltaba el cuaderno.
—¿Dónde está?
—Lo tiene Sergio.
—¿Se lo diste?
—Me lo pidió.
—Y obedeciste.
—No. Le pregunté para qué.
—Eso no cambia nada.
Lucas apoyó las manos sobre la mesa.
—Me dijo que, si volvía contigo, lo esconderías.
—Sergio te llevó a un edificio abandonado.
—Era una comisaría.
—Ya no.
—Como tú.
Le agarré la muñeca.
Lucas miró mi mano. La solté.
—Encontraste la dirección y fuiste solo.
—Llamé a Sergio.
—¿Cómo conseguiste su número?
—Estaba en tu ordenador.
—Entraste sin permiso.
—Tú guardabas fotos mías sin decirme que alguien me seguía.
—Intentaba protegerte.
—No sabía de qué.
Cogí el portátil y lo dejé delante de él.
—Enséñame lo que viste.
Lucas no se movió.
—Ahora.
Abrió la pantalla. Introdujo una contraseña y buscó en la papelera del sistema.
Aparecieron archivos eliminados.
Fotografías. Informes. Transcripciones de llamadas. Copias de los documentos que Robles me había entregado.
—¿Cómo sabías dónde buscar?
—No sabía.
—Entonces ¿qué hiciste?
—Puse el nombre de David.
El ventilador del portátil empezó a girar. Lucas señaló una carpeta que yo nunca había abierto.
INTERVENCIONES PREVIAS.
—Esto no estaba en mis archivos.
—Sí estaba.
—No lo había visto.
—Eso no significa que no existiera.
Hice doble clic.
La carpeta pidió una contraseña distinta.
Lucas abrió el cuaderno que había sacado de mi mochila. En la última página había copiado varias anotaciones encontradas en el historial del navegador.
O-17 / acceso anterior.
Debajo aparecían tres intentos fallidos y una fecha.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Lo encontré en el autocompletado. No enseñaba la contraseña entera.
Lucas escribió O-17, añadió el año que figuraba en la primera fotografía y pulsó Intro.
El acceso se abrió.
Solo había una transcripción. Sin membrete. Sin firmas. Una conversación entre dos personas identificadas por iniciales.
S. y R.
—Sergio y quién —dijo Lucas.
—No lo sé.
—Siempre empiezas por ahí.
Leí la primera página.
Hablaban de mi ascenso. De mis horarios. De investigaciones que me habían asignado. Una frase aparecía subrayada.
Barral no necesita obedecer. Basta con dejarle creer que ha decidido.
Cerré el archivo.
Lucas puso la mano sobre el portátil.
—Sigue.
—No.
—Ahí habla de ti.
—Precisamente.
Intentó abrirlo otra vez. Le aparté los dedos.
—Se acabó.
—¿Porque soy un niño?
—Porque casi consigues que te maten.
—No fui por jugar a policía.
—Fuiste sin avisar.
—Te avisé durante semanas.
La mandíbula se me endureció.
—No vuelvas a entrar en mi ordenador.
—Contéstame y no tendré que hacerlo.
—No funciona así.
—Contigo nada funciona de otra manera.
El timbre sonó.
Robles esperaba al otro lado. Llevaba mi placa dentro de una bolsa transparente.
Entró sin pedir permiso.
—Lucas, Clara te espera abajo.
Él cogió el abrigo.
—No hemos terminado.
—Sí —dije.
Robles lo acompañó hasta la puerta.
Antes de salir, Lucas miró la pantalla.
—Pregunta quién es R.
La puerta se cerró.
Robles dejó la bolsa sobre la mesa.
—La agresión a Varela ya consta en el informe.
—Bien.
—No lo dices como si lo fuera.
—¿Qué quieres?
—Que entiendas que estás fuera.
Empujó la bolsa hacia mí.
—Sin acceso a pruebas. Sin escenas. Sin acompañarme.
—Sergio acaba de admitir que recibió órdenes para vigilarme.
—Ha admitido que recibió llamadas.
—Es lo mismo.
—No. Precisamente esa diferencia puede hundir el caso.
Abrí de nuevo la transcripción.
—¿Conoces esto?
Robles no tocó el ordenador.
Leyó desde donde estaba.
—¿De dónde lo has sacado?
—Estaba en mis archivos.
—No te lo envié yo.
El ventilador siguió girando entre los dos.
Robles se puso guantes antes de acercarse.
—¿Quién entró en tu ordenador?
—Lucas.
—Antes que él.
Miré la fecha de creación.
El archivo llevaba allí ocho meses.
Mucho antes de Salamanca.
Robles desplazó la página hasta el final. No había firma, pero sí una frase añadida después de la conversación.
Operativo aceptado verbalmente por J. B.
Me quité la mano del teclado.
—Yo nunca acepté eso.
Robles abrió las propiedades del documento.
—La anotación se creó desde tu usuario policial.
—Llevaba años en prisión.
—No ese día.
La fecha apareció en la pantalla.
Tres semanas antes de la muerte de David.
Robles retrocedió un paso.
—Julio, necesito preguntártelo oficialmente.
—No.
—¿No qué?
—No recuerdo esa conversación.
Ella cerró el portátil.
—Entonces ya no eres solo el hombre al que vigilaban.
Cogió la bolsa con mi placa.
—También puedes ser quien autorizó que empezaran a vigilar a otro.