Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 22Los cuadernos
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CAPÍTULO 22Los cuadernos

Los cuadernos

Llevábamos catorce horas buscando el coche de Sergio.

Habían cerrado las salidas de Salamanca sin encontrarlo. Tampoco había rastro de Varela.

Robles me llevó a casa de Irene porque era el último lugar que Varela había intentado proteger.

El precinto de la casa de Irene Salas estaba roto.

Robles lo tocó con un bolígrafo. La cinta colgaba del marco, cortada por el centro. En el rellano olía a lejía. Alguien había fregado la escalera antes de que amaneciera.

—Entraron con llave —dijo.

Empujé la puerta con el hombro.

El salón seguía revuelto desde nuestra primera visita, pero algo había cambiado. Los cristales habían desaparecido del suelo. El cojín estaba de nuevo sobre el sofá. Incluso el vaso roto había sido retirado.

—Han limpiado —dije.

—Solo lo que les convenía.

Robles señaló la mesa. La marca circular de una taza seguía allí. También las fotografías familiares. No faltaban joyas ni aparatos electrónicos.

Abrí el armario del recibidor.

—Buscaban los cuadernos.

—O comprobar que no los encontramos nosotros.

El marido de Irene apareció detrás de un agente. Llevaba la misma camisa del hospital, ahora arrugada hasta el cuello.

—No podía quedarme en un hotel —dijo.

Robles se giró.

—Le dijimos que no entrara.

—Es mi casa.

—Ahora también es una escena bajo investigación.

Él metió la mano en el bolsillo. El agente dio un paso. El hombre sacó una llave pequeña y la dejó sobre la mesa.

—Esto estaba en el bolso de Irene.

La cogí con un pañuelo. Era antigua. Corta. Tenía una etiqueta de plástico con un número escrito a mano.

—¿Qué abre? —pregunté.

—Si lo supiera, no habría esperado aquí.

Robles llamó al técnico de Científica. Mientras hablaba, abrí los cajones del aparador. Facturas. Medicamentos. Fotografías. Nada escondido.

El marido me siguió.

—Ella utilizaba una consigna.

—¿Dónde?

—En la estación de autobuses. Cuando viajaba por trabajo.

Robles colgó.

—¿Número diecisiete?

El hombre negó.

—Nunca me lo dijo.

Cogí la chaqueta.

—Vamos a comprobarlo.

Robles se interpuso.

—Tú no.

—La llave apareció después de que alguien entrara.

—Y Sergio sigue desaparecido con Varela.

—Precisamente.

Ella señaló mi manga.

La mancha de sangre seguía allí. No había vuelto a casa para cambiarme.

—No has dormido.

—Tú tampoco.

—Yo no golpeo testigos cuando estoy cansada.

El marido de Irene cogió la llave de la mesa. Robles le cerró la mano antes de que pudiera retirarla.

—Déjela.

—Era de mi mujer.

—Y alguien la mató por lo que guardaba.

El hombre aflojó los dedos.

Fuimos a la estación.

La zona de consignas estaba junto a los aseos. Una máquina de limpieza golpeaba el suelo al otro lado del pasillo. El encargado introdujo la llave en la taquilla diecisiete.

No giró.

—No es de aquí —dijo.

Robles le enseñó la etiqueta.

—¿Reconoce el número?

—Es de las antiguas consignas.

—¿Dónde están?

El encargado señaló una puerta cerrada.

—Las retiraron cuando reformaron.

—Quiero verlas.

—No quedan.

Empujé la puerta.

Dentro había estanterías, cajas de productos de limpieza y tres filas de taquillas metálicas apoyadas contra la pared. El encargado me agarró del brazo.

—No puede entrar.

Me solté.

—Acaba de decir que no quedaban.

Robles mostró la autorización.

—Ahora sí podemos.

La llave encajó en la taquilla diecisiete.

El cierre cedió con un golpe.

Dentro había una bolsa de tela. Nada más.

Robles la abrió sobre una mesa. Sacó cuatro cuadernos escolares sujetos con una goma y un sobre con el nombre de Gabriel Ledesma.

No toqué el sobre.

Abrí el primer cuaderno.

Las páginas estaban llenas de fechas, turnos de seguridad y nombres de profesores. Al lado de algunos aparecía una frase breve.

Vigilancia iniciada.

Otros tenían una cruz.

Robles pasó varias hojas.

—¿Son de Irene?

—La letra coincide con la declaración del tribunal.

El encargado retrocedió hacia la puerta.

—Yo no quiero saber nada de esto.

—Ya lo sabe —dije.

En el último cuaderno, una expresión se repetía cada pocas páginas.

Los que observan.

No había explicación. Solo nombres debajo.

Mateo Varela.

Álvaro Pineda.

Sergio Aguirre.

Y el mío.

Lucas había desmontado el fondo de una mochila.

Clara la dejó sobre la mesa de mi cocina y empujó hacia mí una tira de tela cortada. Laura ya no estaba. Su taza seguía junto al fregadero, limpia y boca abajo.

—Esto estaba cosido dentro —dijo Clara.

Saqué una hoja doblada del compartimento.

Era una copia del listado de la excursión a la Facultad de Derecho. Junto a varios alumnos había anotaciones a lápiz. Horarios. Paradas del autobús. Personas autorizadas para recogerlos.

El nombre de Lucas estaba rodeado por un círculo.

—¿Quién encontró esto?

—Yo.

—¿Dónde está él?

Clara golpeó la mochila con la palma.

—En casa de mi hermana. Después de mentirme durante dos días.

Desdoblé la hoja por completo.

En el margen aparecía una dirección web y una contraseña escrita con letra infantil.

—Esto no lo puso Varela.

—No.

—Lo puso Lucas.

Clara apartó una silla.

—Ha estado entrando en tu ordenador.

La miré.

—No tiene la clave.

—Tenía.

El borde del papel se clavó en mi dedo.

—¿Qué ha visto?

—No me lo cuenta.

Cogí el teléfono.

Clara me lo quitó.

—No vas a llamarlo así.

—Hay un círculo alrededor de su nombre.

—Y lleva semanas intentando que le hables sin interrogarlo.

—Esto ya no es una conversación.

—Para ti nunca lo es.

Le arrebaté el móvil.

—Voy a buscarlo.

Clara se puso delante de la puerta.

—Te ha oído hablar con Robles.

—¿Cuándo?

—En el piso. Mientras creías que dormía.

—¿Qué escuchó?

—Sergio. Varela. David. Lo suficiente.

Me aparté de ella y abrí el portátil. La contraseña había cambiado. Probé la fecha de nacimiento de Martina.

Nada.

—Lucas sabe entrar —dijo Clara.

—Lo sé.

—No. Sabes que puede. No sabes por qué lo hace.

Probé otra combinación.

DAVID.

La pantalla se desbloqueó.

Clara dejó escapar el aire por la nariz.

—Bonito.

El historial estaba limpio. Abrí la carpeta de descargas. Vacía.

—Ha borrado todo.

—No todo.

Clara sacó un cuaderno del bolso.

Era de Lucas. En la portada había escrito un título con rotulador negro.

La persona que más admiro.

Lo abrí.

Las primeras páginas hablaban de un futbolista. Después, las hojas estaban arrancadas. En la última quedaba una lista de preguntas.

¿Por qué estaba David con mi padre?

¿Quién encontró el arma?

¿Por qué Sergio mintió?

¿Quién es O-17?

Mis dedos se detuvieron.

—¿Dónde ha visto eso?

—No lo sé.

—O-17 estaba detrás de una fotografía mía. No se lo enseñé a nadie salvo a Robles.

Clara señaló el ordenador.

—Entonces no buscaba en tus archivos.

El teléfono vibró.

Robles.

Contesté.

—Dime.

—Los cuadernos de Irene tienen referencias cruzadas.

—¿A qué?

—A grabaciones, turnos y seguimientos. También a una carpeta identificada como O-17.

Miré el cuaderno de Lucas.

—¿Qué pone?

—Que el expediente fue trasladado antes del asesinato de Gabriel.

—¿Quién lo trasladó?

Robles pasó una página.

—No hay nombre. Solo una autorización verbal.

—¿Fecha?

Me la dio.

Era el día de la excursión de Lucas.

Clara me observó desde el otro lado de la mesa.

—¿Qué pasa?

No respondí.

Robles continuó:

—También hay una anotación de Irene. Dice que uno de los alumnos vio cómo sacaban la carpeta del despacho 214.

Me levanté.

—¿Qué alumno?

—No lo identifica. Solo pone las iniciales.

Clara cerró el cuaderno de golpe.

—L. B.

La llamada quedó en silencio.

Robles habló primero.

—¿Lucas Barral?

Cogí la chaqueta.

Clara volvió a bloquear la puerta.

—No vas a aparecer allí como un policía.

—Puede haber visto a quien mató a Irene.

—Y lleva dos días sin contártelo.

—Por eso voy.

—No. Por eso tienes que averiguar qué hiciste para que prefiera investigar solo.

Aparté su brazo.

—Luego.

—Siempre luego.

Llegamos al piso de su hermana veinte minutos después.

La puerta estaba abierta.

Clara entró corriendo.

—¡Lucas!

La televisión seguía encendida. Martina estaba sentada en el sofá, abrazada a una manta.

—¿Dónde está tu hermano? —preguntó Clara.

Martina señaló el pasillo.

La habitación estaba vacía.

La ventana permanecía cerrada. La mochila de Lucas no estaba. Tampoco su abrigo.

Sobre la cama había dejado mi antigua fotografía. La de la comisaría. La primera que tomaron de mí.

En el reverso, debajo de O-17, había escrito una dirección.

Clara la leyó por encima de mi hombro.

—¿Dónde es?

Guardé la fotografía.

—El antiguo destino de Sergio.

Martina tiró de mi manga.

—Lucas dijo que no llamáramos a nadie.

Me agaché.

—¿Cuándo se fue?

—Hace poco.

—¿Solo?

Martina negó.

—Vino un señor.

Clara se arrodilló junto a ella.

—¿Qué señor?

Martina miró hacia la puerta abierta.

—El de las fotos.

Me puse de pie.

—¿Varela?

Volvió a negar.

—El amigo de papá.

Clara me agarró de la muñeca.

—Sergio.

El ascensor sonó al final del pasillo.

Las puertas se abrieron.

Dentro no había nadie.

Solo la mochila de Lucas.