CAPÍTULO 21La segunda víctima
La segunda víctima
La puerta de la sala de reanimación se abrió a las seis y doce.
El médico salió quitándose los guantes. Robles se levantó antes de que llegara hasta nosotros. Yo seguí junto a la pared. La pintura fría se me había pegado a la camisa durante la espera.
—¿Puede hablar? —preguntó ella.
El médico dobló los guantes entre las manos.
—No.
—¿Cuándo podrá?
—No va a poder.
Robles dejó de avanzar.
El médico miró hacia la puerta cerrada.
—Ha entrado en parada hace veinte minutos. Hemos conseguido recuperarla una vez. La segunda, no.
El fluorescente sobre mi cabeza emitió un chasquido. Me separé de la pared.
—¿Qué le hicieron?
—Traumatismo craneal. Estrangulamiento incompleto. También tenía restos de un sedante.
—¿Murió por el golpe?
—Eso tendrá que determinarlo el forense.
—Usted estaba allí.
El médico sostuvo mi mirada.
—Y usted no.
Robles me agarró del codo antes de que contestara.
—Gracias, doctor.
Él se marchó sin despedirse.
Una enfermera empujó un carro al fondo del pasillo. Las ruedas golpearon dos veces contra una junta del suelo.
—La encontramos viva —dije.
—La encontraron tarde.
—Varela sabía cuánto tiempo necesitaba.
Robles soltó mi brazo.
—No sabemos que fuera Varela.
—Su coche. Su desaparición. Irene dentro.
—Precisamente. Demasiado limpio.
Saqué el teléfono. No había llamadas de Clara. Tampoco de Laura. La pantalla mostraba las seis y diecisiete.
—Voy a la universidad.
Robles se interpuso.
—No.
—Varela tenía acceso a las cámaras, las puertas y los turnos.
—Y ahora media ciudad conoce su nombre.
—Entonces se moverá.
—O alguien quiere que lo persigamos mientras se mueve otro.
Pulsó el botón del ascensor. Las puertas se abrieron con un gemido.
—Vamos a casa de Irene.
El piso estaba a oscuras cuando llegamos.
El marido de Irene esperaba en el rellano con las llaves en la mano. Llevaba la camisa mal abrochada y una mancha seca en el hombro. No preguntó por ella. Robles ya se lo había dicho por teléfono.
—Entraron esta noche —dijo.
La cerradura no estaba forzada.
Pasó primero. Encendió la luz del salón. Un vaso roto crujió bajo su zapato.
—No toque nada —dijo Robles.
Él levantó el pie. Miró los cristales.
—Eso no estaba.
Me acerqué al sofá. Un cojín había caído al suelo. La mesa seguía colocada. No había cajones abiertos ni muebles volcados.
—No buscaban nada —dije.
El marido se giró.
—¿Entonces qué querían?
—Que ella saliera.
Robles señaló el recibidor.
—¿Falta algún abrigo?
El hombre abrió el armario. Pasó las perchas una por una.
—El gris.
—¿Bolso?
Miró una silla vacía.
—También.
—Salió voluntariamente —dijo Robles.
El marido cerró el armario de golpe.
—Mi mujer no salía con nadie de madrugada.
—No he dicho que quisiera hacerlo.
Me agaché junto al cristal roto. Debajo había una pequeña pieza de plástico negro. La recogí con un pañuelo.
Era la tapa de una tarjeta de identificación.
—Seguridad universitaria —dije.
Robles se puso guantes y la guardó.
El marido dio un paso hacia mí.
—¿Varela?
No respondí.
—Lo conozco —continuó—. Irene lo llamó hace dos noches.
Robles abrió la libreta.
—¿Qué escuchó?
—Discutieron.
—¿Por qué?
El hombre apretó las llaves.
—Ella dijo que Gabriel había muerto porque alguien abrió una puerta.
—¿Qué puerta?
—No lo sé.
—¿Y Varela?
—Le dijo que dejara de utilizar nombres.
Miré a Robles.
—No estaba amenazándola.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque contestó.
El marido golpeó las llaves contra la pierna.
—También dijo otra cosa.
—¿Cuál? —pregunté.
—Que, si hablaba con la policía, él ya no podría protegerla.
Robles cerró la libreta.
—Varela no la llevó para matarla.
—La metió en su coche —dije.
—O intentó sacarla de aquí.
El timbre sonó. Nadie se movió. Volvió a sonar. Dos pulsaciones cortas.
Robles llevó la mano al arma.
Abrí la puerta de golpe.
Mateo Varela estaba al otro lado. Tenía sangre seca en el cuello y una esposilla colgando de la muñeca izquierda.
—Llegáis tarde —dijo.
Varela cayó de rodillas antes de que Robles pudiera apuntarle.
Lo sujeté por la chaqueta. La tela estaba húmeda y olía a tierra. Robles cerró la puerta con el pie.
—Manos donde pueda verlas.
Varela levantó la derecha. La izquierda seguía unida a media esposilla.
—La otra no puedo.
—¿Dónde estaba? —pregunté.
—En una caseta de mantenimiento.
—¿Quién?
—No le vi la cara.
Lo empujé contra la pared.
—Irene está muerta.
Varela cerró los ojos. Solo un segundo.
—Entonces ya ha empezado.
Apreté la chaqueta.
—¿Qué ha empezado?
Robles me apartó de un tirón.
—Déjalo hablar.
Varela apoyó la cabeza contra la pared. Tenía una herida abierta detrás de la oreja.
—Fui a buscarla. Sabían que Irene iba a declarar.
—¿Quiénes?
—Los mismos que hicieron desaparecer a Gabriel.
—Nombres —dije.
—No funcionan con nombres.
Le golpeé la mano esposada contra la pared.
El metal sonó seco.
Robles me agarró por la muñeca.
—Otra vez y te saco de aquí.
Varela respiró por la boca.
—Eso es lo que esperan de ti.
Me quedé quieto.
Él levantó la mirada.
—Que llegues enfadado. Que elijas rápido. Que vuelvas a cometer un error sin dejar constancia.
El marido de Irene apareció desde el salón.
—¿La metiste tú en el coche?
Varela giró la cabeza.
—Estaba inconsciente.
—¿Y la dejaste allí?
—Me golpearon antes de poder arrancar.
El hombre se lanzó sobre él.
Lo frené con el antebrazo. Robles empujó a Varela hacia el suelo mientras pedía una ambulancia y refuerzos.
—¡Suéltame! —gritó el marido.
—Ahora no.
—¡Ha dejado morir a mi mujer!
Varela levantó la cara desde el suelo.
—Su mujer me pidió que sacara algo de la universidad.
Robles dejó de hablar por teléfono.
—¿Qué cosa?
—Sus cuadernos.
El marido se quedó inmóvil.
—¿Qué cuadernos?
Varela no respondió.
Robles le ajustó la esposilla libre.
—¿Dónde están?
—No los tengo.
—Entonces ¿quién?
Varela miró hacia mí.
—Gabriel los escondió antes de morir.
Dos agentes entraron en el piso. Se llevaron a Varela sin permitirle añadir nada. Antes de cruzar la puerta, tiró del brazo de uno de ellos.
—No lo llevéis por el garaje.
El agente lo empujó.
—Camina.
—¡El garaje no!
Bajé detrás.
Robles me bloqueó el ascensor.
—Tú te quedas.
—Si sabe cómo entraron—
—Acabas de golpear a un testigo esposado.
—No estaba esposado por nosotros.
—Eso lo mejora muchísimo.
Las puertas se cerraron entre los dos.
Cuando regresé a casa, la maleta de Laura estaba sobre la cama.
No era grande. Eso lo empeoraba.
Ella doblaba una camiseta sin mirarme. La cremallera abierta raspaba la colcha cada vez que movía la bolsa.
—Varela ha aparecido —dije.
—Lo he oído en la radio.
—Puede que intentara salvar a Irene.
Laura colocó la camiseta dentro.
—También he oído que ha muerto.
—Llegamos tarde.
—Tú siempre llegas tarde a algún sitio.
Cogí la maleta antes de que metiera otra prenda.
—No hagas esto ahora.
Ella tiró del asa.
—Suéltala.
—¿Adónde vas?
—A mi casa.
—Esta es tu casa.
Laura dejó de tirar.
—No conviertas una llave en una promesa.
Solté la maleta.
Ella cerró la cremallera. El sonido atravesó la habitación de un extremo a otro.
—Varela dijo que esperan que cometa un error.
—No tienen que esperar demasiado.
—No sabes qué ha pasado.
—Sé que Clara y los niños están escondidos. Sé que una mujer ha muerto dentro del coche de un hombre que conocía tu pasado. Y sé que has vuelto con sangre en la manga.
Miré el puño de la camisa. No era mía.
—He perdido el control.
Laura cogió la maleta.
—Eso tampoco es nuevo.
—No he dicho que lo fuera.
Caminó hacia la puerta. Me puse delante.
—Apártate.
—¿Me estás dejando?
—Estoy saliendo de una habitación.
—Laura.
—No uses mi nombre para hacer que parezca otra cosa.
El teléfono vibró en mi bolsillo. Robles.
No contesté.
Laura miró el movimiento bajo la tela.
—Cógelo.
—Puede esperar.
—No puede. Ese es el problema.
El teléfono se detuvo. Volvió a vibrar de inmediato.
Contesté.
—Dime.
Robles no saludó.
—Han atacado el furgón.
Apreté el móvil.
—¿Varela?
—Se lo han llevado.
Laura cerró los ojos.
—¿Los agentes?
—Uno herido. El otro no responde.
—¿Dónde?
—En el garaje del hospital.
Miré la puerta abierta. Después la maleta.
Laura pasó junto a mí.
—Ve.
Le agarré el asa.
—No.
Ella soltó la maleta.
—Ya has elegido.
—He dicho que no voy.
—No me refería a ahora.
El ascensor se abrió al fondo del pasillo. Laura entró sin la maleta. Pulsó el botón de la planta baja.
Corrí hacia ella.
Las puertas empezaron a cerrarse.
—Laura.
Metió una mano entre ambas hojas. El ascensor se detuvo.
Por un instante pensé que iba a salir.
—Cuando vuelvas —dijo—, no quiero encontrarte aquí.
Retiró la mano.
Las puertas se cerraron.
Robles seguía hablando al teléfono.
—Julio, hay algo más.
Me quedé mirando mi reflejo en el metal del ascensor.
—¿Qué?
—El agente consciente vio quién conducía el coche que se llevó a Varela.
—¿Lo reconoció?
—Sí.
Robles bajó la voz.
—Era Sergio.