CAPÍTULO 20
La conversación pendiente
Clara abrió la puerta con la cadena puesta.
No preguntó quién era. Ya me había visto por la mirilla.
—Los niños duermen.
—No he venido a despertarlos.
—Eso sería una novedad.
Quitó la cadena y se apartó. El piso de su hermana olía a cerrado. Había dos mochilas junto al sofá y una manta infantil extendida sobre el suelo.
Clara volvió a cerrar con llave.
—Robles ha dejado un coche abajo.
—Lo he visto.
—Entonces también habrás visto que no sirve de mucho. El agente lleva veinte minutos mirando el móvil.
Me quité la chaqueta. La cámara de Leal pesaba dentro del bolsillo.
—El coche gris escapó antes de que saliéramos del bar.
—Ya.
—No iba a decírtelo así.
—Nunca sabes cómo vas a decir las cosas. Ese no ha sido nunca el problema.
Caminó hacia la cocina. Abría y cerraba cajones sin buscar nada. Al final sacó dos vasos y dejó uno delante de mí.
No sirvió agua.
—¿Quién era el hombre?
—Trabaja en Seguridad de la universidad.
—¿Nombre?
—Todavía no está confirmado.
Clara empujó el vaso con un dedo.
—Entonces no sabes quién era.
—Sé que Gabriel lo conocía.
—También conocía al rector. A Valdés. A media universidad.
—Entraron juntos dos días antes del asesinato.
—Y llevaba tu pistola.
La frase cayó sin levantar la voz.
Me apoyé en la encimera.
—Eso parece.
—No. Eso es lo que aparece en una fotografía. Tú siempre me corregías cuando confundía una cosa con la otra.
Cogió el vaso y lo llevó al fregadero.
—Ahora te conviene creerlo.
—No me conviene nada de esto.
Clara abrió el grifo. El agua golpeó el acero con demasiada fuerza.
—Doce años diciendo que no recordabas. Ahora resulta que había hombres siguiéndote, armas que cambiaban de manos y policías fabricando grietas.
—No he dicho que sea inocente de todo.
Cerró el grifo.
—Nunca dices esa parte delante de Lucas.
—Lucas no necesita todos los detalles.
—Lucas necesita dejar de imaginar otros peores.
La puerta del pasillo se abrió. Martina apareció descalza, abrazada a una almohada.
—¿Papá?
Clara se agachó.
—Vuelve a la cama.
Martina vino hacia mí. Me agarró dos dedos.
—¿Te quedas?
Miré a Clara. Ella recogió la almohada del suelo.
—Cinco minutos.
Acompañé a Martina hasta la habitación. Lucas estaba despierto en la otra cama, de espaldas a la puerta.
—Buenas noches —dije.
No respondió.
Martina se tumbó y me hizo sentarme junto a ella.
—Mamá dice que aquí estamos seguros.
—Mamá suele acertar.
Lucas se giró.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿También sueles acertar?
Clara apareció detrás de mí.
—Mañana hay colegio.
Lucas se tapó hasta la barbilla.
—Eso no es una respuesta.
Me levanté.
—No. Yo me equivoco bastante.
Lucas bajó la manta.
—¿Con David también?
Clara tocó el interruptor, pero no apagó la luz.
Esperó.
—Sí —dije.
La mandíbula de Lucas se tensó.
—¿En qué?
—Confié en gente que no debía. Hice cosas sin dejar constancia. Pensé que podía arreglarlas después.
—¿Y lo mataste?
Martina cerró los ojos con fuerza.
Clara dio un paso hacia la cama. Levanté una mano.
—No lo sé.
Lucas soltó una risa seca.
—Sigues igual.
—No.
Me acerqué.
—Antes utilizaba esa respuesta para esconderme. Ahora es lo único que puedo demostrar.
—Qué cómodo.
—Lucas —dijo Clara.
—Déjalo.
Me incliné hasta quedar a su altura.
—No te pido que me creas. Te pido que no busques solo.
Lucas apartó la cara.
—Entonces cuéntamelo tú.
La luz del pasillo dibujaba una línea sobre su almohada.
—Cuando tenga algo que no pueda hacerte daño.
—Eso lo decides siempre tú.
Clara apagó la lámpara.
—Se acabó.
Salimos. Cerró la puerta sin hacer ruido.
En el pasillo, me agarró del antebrazo.
—No vuelvas a prometerle una verdad futura.
—No le he prometido nada.
—Exactamente.
Nos sentamos en el suelo del salón.
No había mesa. Clara apoyó la espalda contra el sofá y dobló las piernas. Yo dejé la cámara de Leal entre los dos.
—Enséñame al hombre —dijo.
Busqué la fotografía. La amplié.
Clara acercó la pantalla hasta casi tocarla con la nariz.
—Lo he visto.
Retiré la cámara.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Piensa.
—Llevo doce años intentando no pensar en tus compañeros.
Se levantó de golpe. Fue hasta las mochilas y abrió la de Lucas. Sacó cuadernos, una sudadera y un estuche.
—¿Qué buscas?
—La autorización de la excursión.
Encontró la hoja doblada. Facultad de Derecho. El nombre del responsable aparecía al pie.
Mateo Varela. Coordinador de Seguridad.
Coloqué la cámara junto al papel.
La mancha junto a la oreja coincidía.
—Es él.
Clara cogió el teléfono.
—Llama a Robles.
—Espera.
—¿A qué?
—A saber, por qué Gabriel entró con él voluntariamente.
—Llevaba tu arma.
—Y no apuntaba a Gabriel.
Clara dejó el teléfono sobre el sofá.
—Siempre encuentras una razón para acercarte un poco más.
—No voy a acercarme a Varela.
—No te creo.
—Entonces llama tú.
Lo hizo.
Robles contestó enseguida. Clara activó el altavoz y dejó el móvil entre nosotros.
—Mateo Varela —dijo—. Seguridad de la universidad.
Hubo un golpe de papeles al otro lado.
—¿De dónde sale ese nombre?
—De una excursión escolar —respondí.
Robles guardó silencio.
—Te dije que no investigaras.
—Estoy sentado en el suelo.
—No te mejora.
Clara le explicó la fotografía. No mencionó la conversación con Lucas. Tampoco el arma hasta el final.
Robles respiró despacio.
—Varela declaró el primer día.
—¿Qué dijo? —pregunté.
—Que no conocía a Gabriel fuera del trabajo.
Clara tocó la imagen.
—Miente.
—Eso parece.
—No parece —dije—. Entró con él por una puerta lateral.
Robles empezó a teclear.
—Su turno terminó a las nueve la noche del asesinato.
—¿Quién lo sustituyó?
—Nadie. El registro dice que salió.
—Los registros ya fueron manipulados.
—Lo sé.
La voz de Robles se endureció.
—Por eso no voy a detenerlo con una fotografía.
—Entonces cítalo.
—Ya está citado.
Me incliné hacia el teléfono.
—¿Cuándo?
—Mañana a primera hora.
Clara me miró.
—No irás.
—No puedo entrar.
—No he dicho eso.
Robles oyó el cambio.
—Julio, mantente lejos de Varela.
—Eso depende de él.
—No. Depende de ti. Por una vez, prueba.
La llamada terminó.
Clara recogió la autorización y volvió a guardarla.
—Mañana los niños no van al colegio.
—Bien.
—Y tú no vienes aquí.
—Clara.
—Has dicho que dependía de ti.
Se puso de pie. Yo hice lo mismo.
—No puedo protegerlos desde fuera.
—Llevas años protegiéndolos desde fuera. A veces incluso cuando estabas dentro de casa.
La frase me dejó la garganta seca.
Clara recogió mi chaqueta y me la entregó.
—No vuelvo a pensar que todo fue culpa tuya.
No cogí la prenda.
—Eso suena mejor de lo que es.
—No he terminado.
Me empujó la chaqueta contra el pecho.
—Tampoco creo que fueras solo una víctima.
Agarré la tela.
—No lo fui.
—Díselo a Lucas.
—Ya lo he hecho.
—Le has dado tres frases.
—Es lo que tengo.
Clara abrió la puerta.
—No. Es lo que estás dispuesto a perder hoy.
El agente de vigilancia seguía en el coche. Ahora hablaba por teléfono.
Me detuve en el umbral.
—¿Por qué me dejaste verlos después de Topas?
Clara mantuvo la mano en el pomo.
—Porque Martina preguntaba por ti.
—Lucas no.
—Lucas también. Solo había aprendido a no hacerlo.
Bajé la mirada hacia la chaqueta.
—Podías haber dicho que no.
—Lo hice durante años.
—¿Y después?
Clara miró hacia la habitación de los niños.
—Después entendí que castigarte a ti también los castigaba a ellos.
No añadió nada más.
Salí al rellano.
La puerta estaba a punto de cerrarse cuando el teléfono de Clara sonó dentro. La escuché responder.
—¿Sí?
Esperé.
Su voz cambió.
—Un momento.
La puerta volvió a abrirse. Me tendió el móvil.
—Es Robles.
Me lo llevé al oído.
—Dime.
—Varela no se ha presentado en comisaría.
Miré la hora.
—Todavía no son las ocho.
—La cita era hoy, no mañana.
Clara cerró la mano sobre el borde de la puerta.
—¿Dónde está?
Robles habló mientras alguien abría otra línea junto a ella.
—Su mujer dice que salió anoche. No ha vuelto.
—Buscad el coche.
—Ya lo hemos encontrado.
El agente de vigilancia bajó del vehículo. Miró hacia nosotros y se llevó la mano a la cintura.
—¿Dónde? —pregunté.
—En el aparcamiento de la Facultad de Derecho.
—¿Vacío?
Robles tardó un segundo.
—No.
Clara dejó de respirar detrás de mí.
—¿Está muerto?
—Varela no está dentro.
Apreté el teléfono.
—Entonces ¿quién?
Se oyó una puerta metálica al otro lado de la llamada.
—La profesora Irene Salas.
Miré a Clara.
Robles continuó:
—Y todavía respira.