CAPÍTULO 19El parque
El parque
La policía había retirado mi acreditación cuando llegué al colegio.
Robles no discutió la orden. Tampoco me defendió delante del comisario. Guardó mi tarjeta en un sobre y me pidió que no empeorara las cosas.
A las cinco menos cuarto estaba frente a la verja, sin placa y con las manos vacías.
Clara salió con Martina. Lucas caminaba detrás, mirando el móvil. Al verme, Clara apretó el botón del cierre del coche.
—No deberías estar aquí.
—Sigo siendo su padre.
—Hoy eso no es lo que están investigando.
Martina me abrazó la cintura. El golpe me hizo retroceder medio paso. Lucas levantó la vista, pero no guardó el teléfono.
—¿Te han detenido?
—Todavía no.
Clara abrió la puerta trasera.
—No hagas bromas con eso.
—No era una broma.
Un hombre cruzó la acera al otro lado de la calle. Gorra oscura. Chaqueta impermeable. Llevaba una bolsa de tela pegada al costado.
No miró hacia nosotros.
Tampoco necesitaba hacerlo.
—Subid al coche —dije.
Clara dejó de colocar el abrigo de Martina.
—¿Qué pasa?
El hombre entró en una papelería. Antes de que la puerta se cerrara, vi su mano dentro de la bolsa.
Sujetaba una cámara.
—Llévatelos.
—Julio.
—Ahora.
Lucas siguió mi mirada. Guardó el móvil.
—Es el mismo.
Clara lo agarró del hombro.
—¿El mismo que quién?
—El del parque.
El hombre salió por la puerta lateral de la papelería y echó a andar hacia la plaza. No corrió. Sabía que correr lo delataría.
Crucé entre dos coches.
—¡Julio! —gritó Clara.
Lo seguí.
La calle desembocaba en una zona peatonal llena de estudiantes. El hombre se quitó la gorra y la metió en la bolsa. Después cambió de dirección sin volver la cabeza.
Aceleré.
Rozó a una pareja y derribó un vaso de café. El cartón golpeó el suelo. El hombre aprovechó el movimiento para meterse bajo los soportales.
—¡Deténgase!
No lo hizo.
Giró hacia una calle estrecha. Una furgoneta de reparto bloqueaba la mitad del paso. Saltó una caja y perdió la bolsa.
La cámara cayó fuera.
Se agachó para recogerla.
Lo alcancé.
Le agarré la parte trasera de la chaqueta y lo lancé contra la persiana de un comercio cerrado. El metal retumbó.
—Suéltame.
—Mírame.
Intentó golpearme con el codo. Esquivé el movimiento y le torcí el brazo contra la espalda.
—¿Quién te paga?
—No sé de qué hablas.
Apreté un poco más.
—Has fotografiado a mis hijos.
—Soy fotógrafo.
—Pues sonríe.
Alguien tocó mi hombro. Me giré preparado para golpear.
Era Lucas.
—Papá.
Lo solté de inmediato.
El hombre aprovechó para apartarse, pero Clara apareció en la salida de la calle con Martina agarrada de la mano. Le cerró el paso.
—Ni se te ocurra.
Él miró hacia ambos lados. No tenía salida limpia.
Lucas recogió la cámara.
—La contraseña tiene cuatro números.
—Dámela —dijo el hombre.
Lucas se apartó.
—No.
Le quité la cámara antes de que intentara abrirla.
—¿Desde cuándo lo ves?
Lucas se encogió de hombros.
—Tres días.
Clara se volvió hacia él.
—¿Y no has dicho nada?
—Pensé que era por papá.
Aquello dolió más que el metal bajo mis nudillos.
El fotógrafo se frotó el brazo.
—No quería acercarme a ellos.
—Has estado frente al colegio.
—Porque me lo pidieron.
—¿Quién?
Sacó una cartera despacio. Le advertí con una mirada. Mostró una acreditación profesional.
Tomás Leal. Fotógrafo autónomo.
—Puedo explicarlo.
—Hazlo antes de que llegue la policía.
Leal miró la cámara que yo sostenía.
—No aquí.
Clara abrió la puerta de un pequeño bar próximo y señaló el interior.
—Ahí.
—No voy a entrar con los niños —dije.
—Tampoco se quedan solos.
Lucas sujetó la mano de Martina.
—Podemos esperar junto a la barra.
Clara me miró. No pidió permiso.
—Cinco minutos.
Entramos.
Leal se sentó en la mesa más cercana a la salida. Yo dejé la cámara delante de él.
—Empieza.
El hombre miró a Lucas y Martina.
—Gabriel Ledesma me contrató.
Clara apartó la cámara antes de que Leal pudiera tocarla.
—Gabriel está muerto.
—Por eso sigo trabajando.
—Eso no tiene sentido —dije.
Leal metió la mano en el bolsillo interior. Saqué su muñeca antes de que llegara al fondo.
—Despacio.
Sacó una tarjeta de visita doblada. No llevaba ningún mensaje. Solo el nombre de Gabriel y un número profesional.
—Me llamó hace un mes.
—¿Para fotografiar niños?
—Para fotografiar a quienes los seguían.
Lucas dejó de mover la pajita dentro del vaso.
Clara apoyó las manos sobre la mesa.
—No había nadie siguiéndolos.
Leal la miró.
—Entonces yo habría terminado en dos días.
Giró la cámara hacia mí. Introdujo la contraseña. No era una fecha ni un código misterioso. Cuatro cifras escritas en su acreditación fiscal.
Abrió una carpeta.
Las primeras imágenes mostraban el parque próximo al colegio. Lucas jugando al baloncesto. Martina junto a los columpios. Clara sentada en un banco.
Después apareció un hombre leyendo un periódico.
El mismo día. Otro ángulo.
No leía.
Observaba a los niños por encima de las páginas.
—Amplía —dije.
Leal lo hizo.
El rostro quedaba parcialmente cubierto. Cincuenta años. Pelo corto. Una mancha rojiza junto a la oreja.
No era Mena.
—¿Quién es? —preguntó Clara.
—No lo sé —respondió Leal—. Cambia de ropa y coche. Nunca se acerca demasiado.
Pasó varias fotografías.
En otra, el hombre estaba frente a la academia de Lucas. En una tercera aparecía dentro de un autobús, dos filas por detrás de Martina y Clara.
Clara apartó la silla. Las patas arañaron el suelo.
—Nos vamos de casa.
—Espera.
—No.
Cogió su teléfono.
—Mi hermana tiene un piso vacío. Nadie sabe dónde está.
—Yo sí.
—Tú no vas a venir.
La frase quedó entre los dos.
Martina tocó el brazo de Clara.
—¿Nos mudamos?
—Unos días.
—¿Y mi cumpleaños?
Clara guardó el teléfono.
—También vendrá con nosotros.
Martina miró hacia mí.
—¿Papá también?
Clara no contestó.
Leal cerró la carpeta de fotografías.
—Ledesma quería que identificara al hombre. No que asustara a nadie.
—Podía haber ido a la policía —dije.
—Dijo que parte del problema estaba dentro.
—¿Dentro de dónde?
Leal se encogió de hombros.
—No me pagaba para preguntar.
Le agarré la acreditación y la acerqué a la luz.
—¿Cómo te pagaba?
—Transferencia.
—¿Desde qué cuenta?
—La suya.
—Entonces Robles podrá comprobarlo.
El nombre de Robles hizo que Leal mirara hacia la puerta.
Lo vi.
—¿Qué ocurre?
—Gabriel me pidió que no hablara con ella.
Clara dejó de escribir en el teléfono.
—¿Con Robles?
—Con la policía.
—No es lo mismo —dije.
—Para él sí.
Leal abrió otra carpeta. Esta no contenía a los niños.
Gabriel aparecía entrando en el parque al anochecer. Llevaba una carpeta bajo el brazo. En la siguiente imagen esperaba junto a una estatua.
—¿También lo seguías a él?
—Ese día me pidió que lo hiciera.
Una mujer se acercó a Gabriel. Pelo recogido. Abrigo claro. Le entregó algo pequeño y se marchó sin detenerse.
—¿Quién es? —pregunté.
—No pude verle la cara.
—¿Cuándo fue?
Leal comprobó los datos de la imagen.
—La noche anterior a su muerte.
Cogí la cámara.
En la fotografía siguiente, Gabriel guardaba el objeto en el bolsillo. Después miraba directamente hacia el lugar donde Leal estaba escondido.
Sabía que lo fotografiaba.
—¿Qué te dijo después? —pregunté.
Leal bajó la voz.
—Que, si no acudía a nuestra cita del día siguiente, continuara vigilando a los niños.
—¿Por qué a ellos?
—No lo explicó.
Clara agarró el bolso.
—Se acabó. Nos vamos.
Lucas no se movió.
—Quiero ver las demás.
—No.
—Mamá.
—He dicho que no.
Leal extendió la mano hacia la cámara. No se la devolví.
—Queda una fotografía.
Abrió el último archivo desde la pantalla.
El hombre del periódico estaba sentado en el parque. A su lado había otra persona. Solo se veía su espalda.
Leal amplió la imagen.
El segundo hombre llevaba una chaqueta de Seguridad de la universidad.
—¿Pineda? —pregunté.
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo seguí después.
Clara empujó a los niños hacia la salida.
—Julio, haz lo que tengas que hacer. Nosotros nos vamos.
Le toqué el brazo antes de que pasara.
—Robles pondrá vigilancia.
—Robles no sabe quién tiene tu arma.
—Precisamente por eso.
Clara se soltó.
—Llevas años diciendo precisamente por eso.
Lucas abrió la puerta. Martina salió detrás.
Clara se detuvo un instante.
—No llames a los niños hasta que yo te llame.
Se marchó.
El aire frío entró en el bar antes de que la puerta volviera a cerrarse.
Leal recogió su acreditación.
—No le he contado lo peor.
Volví a sentarme.
—Habla.
Giró la cámara y buscó una fotografía tomada frente a la Facultad de Derecho.
El hombre de Seguridad aparecía entrando por una puerta lateral. No iba solo. Gabriel caminaba detrás de él.
—Esto fue dos días antes del asesinato.
—Gabriel investigaba a ese hombre.
—No.
Leal amplió la imagen.
Gabriel no parecía seguirlo.
El hombre le sostenía la puerta.
—Entraron juntos.
—¿Y?
Leal pasó a la fotografía siguiente. Ambos salían cuarenta minutos después. Gabriel llevaba la carpeta. El otro hombre, una pistola enfundada bajo la chaqueta.
La misma empuñadura negra encontrada en la consigna.
—Gabriel sabía quién tenía tu arma —dijo Leal.
Guardé la cámara dentro de mi chaqueta.
—¿Dónde está ese hombre?
Leal miró hacia la cristalera.
Un coche gris acababa de detenerse frente al bar.
—Ahí.