Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 18No era una casualidad
45%

CAPÍTULO 18No era una casualidad

No era una casualidad

La llave llevaba toda la noche en el bolsillo de mi chaqueta.

A la mañana siguiente, Robles la dejó sobre el mostrador de consignas de la estación. El empleado la giró entre dos dedos y comprobó el número grabado.

—La ciento diecinueve.

Sergio permanecía varios pasos detrás. No se había quitado la chaqueta. Tampoco había vuelto a decir que me vio abandonar el lugar donde murió Mena.

El empleado introdujo la llave.

—Necesito que se aparten.

Robles mostró la placa.

—Necesito que la abra.

El hombre soltó el cierre. La puerta metálica cedió con un golpe seco.

Dentro había una mochila negra.

Nada más.

Sergio dio un paso.

Le bloqueé el camino con el brazo.

—Tú esperas.

—La llave es mía.

—La mochila no.

Robles se puso guantes y tiró de una de las correas. La tela estaba endurecida por el tiempo. Dejó la mochila en el suelo y abrió la cremallera principal.

Sacó una sudadera, una linterna sin pilas y una pistola envuelta en una camiseta.

El empleado retrocedió.

—Eso no estaba cuando...

—Cierre la zona —ordenó Robles.

El hombre obedeció. Bajó una persiana lateral y llamó a Seguridad.

Sergio no miraba el arma.

Miraba la sudadera.

—No era eso lo que dejé.

Me giré hacia él.

—¿Qué dejaste?

—Una grabadora.

—Anoche dijiste que Mena te entregó algo.

—Eso era.

Robles levantó la pistola dentro de su envoltorio. El cañón tenía restos oscuros adheridos.

—¿Reconoces el arma?

Sergio se acercó hasta que mi brazo volvió a frenarlo.

—No.

—Has contestado antes de verla bien —dije.

Me apartó la mano.

—Porque no la reconozco.

Robles revisó el bolsillo exterior. Encontró una cartera vacía y unas llaves de coche. Después palpó el forro interior.

Algo crujió.

Abrió una costura con unas tijeras que le prestó el empleado y sacó una tira estrecha de papel térmico.

Había cuatro números impresos.

Fechas.

Todas anteriores a mi detención.

Sergio cerró los ojos un instante.

—Han cambiado el contenido.

—¿Quién conocía la consigna? —preguntó Robles.

—Mena y yo.

—Mena está muerto.

—Eso pensaba él también.

Robles guardó la tira en una bolsa.

—Te vienes a comisaría.

Sergio negó.

—No.

—Ya no te lo estoy pidiendo.

Dos agentes aparecieron al otro lado de la persiana. Robles les abrió.

Sergio miró la salida. Calculó la distancia. Yo también.

—No corras —dije.

—Nunca he sido tan rápido como tú.

—Ayer dijiste lo contrario.

Uno de los agentes le tocó el brazo. Sergio no se resistió. Solo me sostuvo la mirada mientras le colocaban las esposas.

—Pregunta por las fechas —dijo.

Robles recogió la mochila.

—Ya lo haremos.

—No a mí.

El agente tiró suavemente de él.

—Entonces ¿a quién? —pregunté.

Sergio se detuvo.

—A los policías que dejaron de ascender esos días.

Dos horas después, la sala de reuniones olía a café quemado.

Robles había cruzado las cuatro fechas con expedientes internos. En cada una aparecía un policía distinto. Ninguno había sido detenido. Ninguno fue acusado de nada.

Los cuatro habían sufrido el mismo destino.

Traslado. Suspensión. Renuncia. Jubilación anticipada.

Toqué la primera hoja.

—No eran investigaciones.

Robles cerró el expediente.

—Eran limpiezas.

—Sin órdenes firmadas.

—Sin denuncias.

—Sin dejar un culpable.

Robles empujó la silla hacia atrás.

—Sergio sabía lo que íbamos a encontrar.

—Porque trabajó con ellos.

—O para ellos.

Cogí las cuatro hojas y me levanté.

—Voy a hablar con él.

Robles bloqueó la puerta con la mano.

—No solo.

—No quiero que se agarre a un interrogatorio oficial.

—Y yo no quiero que termines rompiéndole la cara.

Aparté su brazo.

—Entonces entra cuando empiece.

Sergio tenía las esposas sujetas a una anilla de la mesa.

Al verme, dejó de frotarse las muñecas.

—Has tardado.

Le lancé las cuatro hojas. Una cayó al suelo.

—Elige una.

No se agachó.

—No sé qué son.

—Policías vigilados antes de ser apartados.

Su boca se tensó apenas.

Me senté enfrente.

—Trabajabas con Mena.

—Coincidí con él.

—Conocías las fechas.

—Conocía el sistema.

Robles cerró la puerta detrás de mí. No se sentó.

Sergio miró su reflejo en el cristal lateral.

—No era un sistema.

—Cuatro hombres en cuatro ciudades —dije—. Todos vigilados. Todos fuera de servicio poco después.

—Eso no demuestra quién lo ordenó.

—No he preguntado quién.

Me incliné sobre la mesa.

—He preguntado qué hacías tú.

Sergio movió una hoja con la punta del dedo.

—Revisaba conductas.

—¿Qué significa eso?

—Llegadas tarde. Deudas. Amantes. Alcohol. Quejas.

—Basura útil.

—Información.

—Para destruirlos.

Sergio levantó la vista.

—Para saber por dónde podían romperse.

Robles cambió el peso de una pierna a otra.

—¿Quiénes eran los objetivos?

—Policías que molestaban.

—¿A quién?

—A cualquiera con poder suficiente para pedir un favor.

La respuesta quedó flotando.

No había una organización perfecta. Solo despachos, llamadas y gente dispuesta a obedecer sin preguntar.

Golpeé la fotografía de uno de los agentes.

—¿También me revisaste?

Sergio no respondió.

Le quité la hoja de debajo de la mano.

—Mírame.

Lo hizo.

—No al principio.

La pata de la silla arañó el suelo cuando me levanté.

Robles dio un paso.

—Julio.

Apoyé ambas manos sobre la mesa.

—¿Cuándo?

—Después de tu ascenso.

—¿Por qué?

Sergio tiró de las esposas. El metal golpeó la anilla.

—Hiciste una pregunta que no debías.

—He hecho muchas.

—Sobre una intervención.

Esperé.

—¿Cuál?

—Un registro que salió limpio.

—Eso no reduce demasiado la lista.

—Tenía que salir limpio.

Robles se acercó.

—¿Qué buscaban?

Sergio se quedó quieto.

Le di la vuelta a una de las hojas. En el reverso escribí tres nombres.

Mena.

David.

Yo.

Deslicé el bolígrafo.

—Une dos.

Sergio miró los nombres, pero no tocó el bolígrafo.

—No funciona así.

—Haz que funcione.

—David no estaba entonces.

—Pero tú sí.

Sergio empujó el bolígrafo hacia mí.

—La vigilancia empezó como una comprobación. Duraba días. A veces semanas. Alguien pedía saber si un policía era vulnerable y nosotros buscábamos la grieta.

—¿Nosotros?

—Mena. Yo. Otros.

—Nombres.

—No los conocía a todos.

—Claro.

Me aparté de la mesa. Robles recogió el bolígrafo antes de que rodara al suelo.

—¿Y cuando no encontrabais una grieta? —preguntó.

Sergio miró la puerta.

—La fabricaban.

El aire pareció quedarse atrapado en la habitación.

Me acerqué de nuevo.

—¿Quién?

—No lo sé.

Le agarré la chaqueta con ambas manos y lo levanté hasta tensar la cadena.

Robles me sujetó del hombro.

—Suéltalo.

—Doce años —dije—. Dame algo mejor que no lo sé.

Sergio no intentó soltarse. Su cara quedó a pocos centímetros de la mía.

—Yo no construí tu caída.

—Pero miraste.

—Sí.

—Y callaste.

Sus ojos se desplazaron hacia Robles.

—No fui el único.

Lo solté.

La silla cayó hacia atrás. Sergio chocó contra el respaldo y la anilla arrancó un crujido a la mesa.

Robles levantó la silla con el pie.

—¿Por qué apareciste ahora?

Sergio se acomodó la chaqueta.

—Porque Mena está en las fotografías.

—Eso ya lo sabemos.

—No. Sabéis que un hombre con su cara seguía a Gabriel.

Se frotó el cuello donde lo había agarrado.

—El verdadero Mena murió antes de que Julio entrara en Topas.

—Lo viste —dije.

—Vi un cuerpo.

—Y me viste marcharme.

Sergio negó despacio.

—Vi tu coche.

Me quedé inmóvil.

—No es lo mismo.

—Entonces ¿por qué dijiste que me viste a mí?

—Porque quería saber si lo recordabas.

Robles golpeó la mesa con la palma.

—Esto no es una prueba de memoria.

—Para mí sí.

Sergio volvió a mirar los tres nombres escritos.

—Alguien utilizó tu coche aquella noche. Después dejó que yo creyera que eras tú.

—¿Viste al conductor?

—No.

—¿Matrícula?

—La tuya.

—¿Dónde?

Sergio rozó con un dedo la palabra David.

—En un almacén a las afueras de Madrid.

—¿Qué hacía Mena allí?

—Esperándome.

—¿Con qué?

La garganta de Sergio se movió.

—Con una grabación.

Robles sacó el teléfono.

—La que debía estar en la consigna.

Sergio asintió.

—¿Qué contenía? —pregunté.

Tiró otra vez de las esposas. Esta vez no sonaron.

—Una conversación entre dos mandos.

—¿Sobre mí?

—Sobre varios policías.

—¿Qué decían?

Sergio bajó los ojos hasta mi nombre.

—Que contigo no bastaba un traslado.

La puerta se abrió. Un agente asomó la cabeza y pidió a Robles que saliera. Ella hizo una señal para que esperara.

—Termina —dije.

Sergio respiró por la nariz.

—Mena había descubierto que alguien estaba reutilizando los seguimientos. Ya no buscaban apartar policías. Estaban preparando delitos para colocarlos junto a sus nombres.

El agente volvió a tocar la puerta.

—Inspectora, es urgente.

Robles salió y cerró.

Me quedé a solas con Sergio.

—¿Mi delito también lo prepararon?

—No lo sé.

Golpeé la mesa.

—Otra vez no.

—Sé que te vigilaban. Sé que usaron tu coche. Sé que alguien necesitaba que parecieras inestable antes de David.

—¿Quién?

Sergio miró el cristal.

—La noche que murió Mena había otra persona en el almacén.

Me acerqué.

—¿La viste?

—No la cara.

—Entonces no sirve.

—Le oí hablar.

La puerta volvió a abrirse. Robles entró con el rostro endurecido y dejó una fotografía sobre la mesa.

Era la pistola encontrada en la consigna.

—Balística acaba de identificarla.

Sergio no apartó los ojos de mí.

Robles empujó la imagen hasta mis dedos.

—Es el arma con la que mataron a Daniel Mena.

Toqué el borde de la fotografía.

—¿A nombre de quién estaba?

Robles tardó demasiado.

Sergio cerró los ojos.

—Díselo.

Ella dejó una segunda hoja sobre la mesa.

Mi número de placa aparecía impreso en la parte superior.

—Tuyo —dijo.