CAPÍTULO 17Sergio
Sergio
Dos mañanas después, el coche gris seguía sin aparecer.
Robles había asignado vigilancia al portal. Laura dormía en un hotel cuyo nombre no figuraba en ningún informe. Yo llevaba cuarenta minutos recorriendo la estación de Salamanca cuando vi a Sergio bajar del tren.
No llevaba maleta.
Solo una chaqueta ligera y el mismo gesto cansado con el que había entrado a verme en Topas años atrás.
Se detuvo al encontrarme junto a la cafetería.
—Tienes mala cara.
—Tú sigues llegando sin avisar.
Un tren arrancó detrás de él. El chirrido de los frenos tapó su respuesta. Sergio esperó a que el andén volviera a quedarse quieto y metió las manos en los bolsillos.
—Me dijiste que llamara si recordaba algo.
—No te he llamado.
—Precisamente.
Pasó junto a mí. No nos abrazamos. Ni siquiera nos dimos la mano.
Lo seguí hasta la salida.
—¿Quién te ha contado lo de Salamanca?
—Se ha muerto un profesor. Sale en los periódicos.
—En los periódicos no aparece mi nombre.
Sergio cruzó la puerta automática sin mirarme. Afuera, varios taxis esperaban con el motor encendido. Se acercó al último, abrió la puerta y dejó que el conductor lo observara.
—Al centro —dijo.
Agarré el marco antes de que entrara.
—No vas a ningún sitio hasta que contestes.
El taxista apagó la radio.
Sergio miró mi mano sobre la puerta.
—Robles no debería dejarte interrogar a nadie.
—Robles no sabe que estás aquí.
—Entonces todavía te queda algo de criterio.
Cerré de golpe. El taxi se marchó vacío.
Sergio siguió con la vista el coche.
—Eso ha sido innecesario.
—Has venido sin equipaje, sin avisar y sabiendo que estoy en Salamanca. Empieza por la parte que no parezca una mentira.
Caminó hacia el aparcamiento. Lo alcancé antes de que cruzara el paso de peatones y le agarré del hombro. Se revolvió con rapidez. Demasiada para alguien que llevaba años fuera del servicio.
Me apartó la mano.
—No vuelvas a hacer eso.
—¿O qué?
Durante un segundo vi al policía que había conocido. Después bajó la mirada hacia mi cintura, donde antes llevaba la pistola.
—O recordarás que ya no tienes placa.
Un autobús pasó entre nosotros y la estación. El aire olía a gasóleo.
Saqué el móvil.
—Voy a llamar a Robles.
—Hazlo.
Marqué su número.
Sergio no intentó detenerme. Se acercó a una papelera, sacó un billete doblado del bolsillo y lo rompió en cuatro pedazos.
—¿Qué haces?
—Evitar que alguien sepa dónde pensaba ir después.
Robles contestó al tercer tono.
—Dime.
—Tengo a Sergio delante.
El silencio duró lo suficiente.
—¿Qué Sergio?
Él sonrió sin alegría.
—El que sabe que preguntas eso cuando ya conoces la respuesta.
Me aparté unos pasos.
—Ha aparecido en la estación. Dice que viene por el caso.
—No le digas nada.
Sergio recogió uno de los trozos que había caído fuera de la papelera. Lo guardó en el bolsillo.
—Ya sabe demasiado —dije.
—Retenlo.
—No tengo autoridad.
—Eso nunca te ha preocupado.
La llamada terminó.
Guardé el teléfono.
—Vamos a comisaría.
—No.
Le bloqueé el paso.
—No era una invitación.
Sergio miró por encima de mi hombro. Una mujer esperaba junto a la parada con un niño. Un empleado descargaba cajas de una furgoneta. Nadie nos prestaba atención.
—Si me llevas allí —dijo—, la persona que me ha seguido desde Madrid sabrá exactamente con quién he venido a hablar.
No me giré.
—¿Dónde está?
—Ya se ha ido.
—¿Cómo lo sabes?
Sergio señaló el cristal de la cafetería.
En el reflejo distinguí un vehículo arrancando al otro lado de la avenida. Gris oscuro. Sin luces.
Eché a correr.
El coche aceleró antes de que alcanzara la calzada. Cruzó el semáforo en ámbar y desapareció detrás de un autobús urbano.
Sergio llegó caminando.
—Sigues corriendo antes de saber hacia dónde.
Le agarré la chaqueta y lo empujé contra la pared.
—¿Quién era?
No se defendió. Eso me detuvo más que un golpe.
—No he venido a ayudarte a atraparlo.
—Entonces has elegido mal la ciudad.
—He venido porque el hombre al que estáis buscando no se llama Samuel Rivas.
Aflojé los dedos.
Sergio sacó lentamente del bolsillo el trozo de billete que había guardado. En el reverso había un nombre escrito a bolígrafo.
Daniel Mena.
El falso empleado de la universidad.
El hombre de las fotografías.
—Ese tampoco es su nombre —dije.
—No.
Sergio dobló el papel y volvió a guardárselo.
—Pero yo trabajé con él.
Robles eligió un bar junto al río, lejos de la comisaría.
Nos sentamos en una mesa del fondo. No había carpetas ni grabadoras visibles. Sergio pidió agua. Laura llegó cinco minutos después y dejó el bolso en la silla sin saludarlo.
No esperaba verla.
Se le notó en la forma de sostener el vaso.
—Pensaba que estaría protegida —dijo.
Laura se quitó el abrigo.
—Lo estoy.
—Esto no parece protección.
—Tú tampoco pareces una visita.
Robles colocó el teléfono boca abajo sobre la mesa.
—Empieza.
Sergio giró el vaso entre los dedos.
—Mena estuvo destinado conmigo durante tres meses. No se llamaba así. Tampoco figuraba en nuestra unidad.
—¿En cuál? —preguntó Robles.
—Información.
—Tú no trabajabas en Información —dije.
Levantó los ojos.
—Tú creías que no.
Laura empujó su silla hacia atrás. Apenas unos centímetros.
Sergio lo vio.
—No he dicho que vigilara a Julio.
—Todavía —respondió ella.
Robles golpeó una vez la mesa con el nudillo.
—¿Qué hacía ese hombre?
—Entraba cuando había una investigación interna. Nunca firmaba. Nunca interrogaba. Se sentaba, escuchaba y después hablaba con el mando.
—¿Qué mando?
Sergio bebió agua.
—Cambió varias veces.
—Los nombres no cambian tanto —dije.
—Los hombres sí.
Cogí el vaso y lo aparté de su mano.
—Has venido desde Madrid para decirnos que conociste a alguien cuyo nombre tampoco conoces.
Sergio dejó las manos sobre la mesa.
—He venido porque vi su cara en televisión detrás del rector.
Robles desbloqueó el teléfono.
—No aparece en ninguna grabación pública.
Sergio miró la pantalla. Tardó una fracción de segundo de más.
Laura se levantó.
—Nos está midiendo.
—Siéntate —dije.
—No.
Cogió el bolso.
Sergio se inclinó hacia ella.
—El coche que te siguió no quería hacerte daño.
Laura se detuvo.
Robles y yo hablamos a la vez.
—¿Cómo sabes lo del coche?
Sergio cerró la boca.
Laura volvió despacio hasta la mesa. No se sentó. Apoyó las dos manos sobre el respaldo.
—No se ha publicado —dijo—. Tampoco se lo hemos contado a nadie.
Sergio miró la puerta del bar.
Me levanté y me coloqué entre él y la salida.
—Ahora sí vas a hablar.
—He supuesto que era un coche.
—Has dicho que me siguió.
—Julio me contó que alguien había entrado en casa.
—No hemos hablado desde hace meses.
Una cuchara cayó detrás de la barra. El sonido hizo que Sergio girara la cabeza.
Laura no parpadeó.
—¿Quién te avisó?
—Nadie.
—Mientes peor cuando intentas proteger a alguien —dije.
Sergio empujó la silla. No pudo levantarse porque yo seguía delante.
—He cometido un error viniendo.
—El error fue nombrar el coche.
Robles levantó el móvil.
—Puedo llamar a una patrulla.
Sergio miró primero a ella. Después a Laura.
—No fue el mismo hombre.
Laura tensó los dedos sobre el respaldo.
—¿Qué hombre?
—El de las fotografías no te siguió. No pudo hacerlo.
—¿Por qué?
Sergio desvió los ojos.
Le agarré la muñeca antes de que alcanzara el bolsillo. Sacó la mano abierta. No llevaba nada.
—Porque Daniel Mena lleva años muerto —dijo.
—Ya encontramos su certificado —respondió Robles.
—El certificado es falso.
—Entonces está vivo.
Sergio negó.
—No.
Laura se acercó un paso.
—Decídete.
Él frotó con el pulgar una cicatriz junto a la muñeca. Nunca se la había visto.
—Yo vi el cadáver.
Solté su brazo.
—¿Cuándo?
—Dos semanas antes de que detuvieran a Julio por la muerte de David.
El borde de la mesa se clavó contra mi muslo. No retrocedí.
Robles abrió la aplicación de grabación.
—Repite eso.
Sergio estiró la mano y apagó el teléfono.
—No he venido a declarar.
Robles volvió a encenderlo.
—Pues has cruzado media España para elegir un bar bastante malo.
Laura cogió su abrigo, pero esta vez no se movió hacia la puerta.
—¿Dónde murió?
Sergio la miró.
—No debería estar aquí.
—Eso ya lo sabemos —dijo ella—. Lo que no sabemos es para quién has venido.
Sergio se quedó inmóvil.
Una sombra cruzó el ventanal. Giré la cabeza. Un hombre caminaba por la acera con el móvil pegado a la oreja. No miró hacia dentro.
Cuando volví a la mesa, Sergio había colocado una llave pequeña junto al vaso.
—Hay una consigna en la estación.
Robles acercó la mano.
Sergio la cubrió con la suya.
—No contiene documentos.
—¿Entonces qué hay? —pregunté.
Me sostuvo la mirada.
—Algo que me entregó Mena la noche que murió.
Laura soltó el respaldo.
—Has dicho que viste el cadáver.
—Lo vi.
Sergio retiró la mano y dejó la llave al descubierto.
—También vi quién se marchaba de allí.
Cogí la llave.
—¿Quién?
Sergio miró hacia el ventanal. El hombre del teléfono se había detenido al otro lado de la calle.
—Tú.